Capítulo 21
Poppy
El antiguo granero de los Scott estaba precioso.
Luces cálidas colgaban entre las vigas y habían dejado todo el centro libre como una improvisada pista de baile.
Junto a las paredes colocaron algunas mesas de madera decoradas con flores silvestres y bastantes sillas para poder descansar entre baile y baile.
La orquesta tocaba una melodía country suave, de esas que te invitan a moverte sin apenas darte cuenta.
Josie llevaba el vestido azul marino que le presté y que combinaba con sus bonitos ojos, a la vez que le marcaba su estrecha cintura. El look lo completaban mis botas marrones de cowboy . Se la veía radiante.
Yo me había puesto un vestido blanco y floreado, con un generoso escote. Era sencillo, pero se amoldaba a mis curvas como un guante. También me había colocado unas bonitas sandalias de cuerdas que subían hasta mitad de mi pantorrilla y enfatizaban mi tono de piel.
Tucker, por su parte, iba con una camiseta blanca, sobre la que se puso una camisa de cuadros negros y rojos. Unos tejanos ajustados —que eran una tentación para cualquiera que tuviera ojos en la cara— y un sombrero vaquero.
—Dios mío, estás preciosa —dijo Mason aproximándose a su esposa y dándole un suave beso en los labios.
—Muchas gracias, cariño —respondió ella con cara de enamorada.
Aquellos dos siempre estuvieron hechos el uno para el otro.
Entonces, se giró hacia mí. Estaba casi igual que lo recordaba, con su cabello negro muy corto, esas gafas de pasta que siempre le dieron un aspecto de intelectual y la sonrisa agradable y cercana que solía lucir.
—La desaparecida Poppy Hart —comentó tomando una de mis manos—. Josie me dijo que habías regresado al pueblo, pero no podía creerlo. Me alegro de volver a verte.
—Yo también a ti —contesté con sinceridad.
—¿Cómo te va la vida? Según lo que veo en Instagram, de maravilla.
—Sí, no puedo quejarme —dije, aunque de pronto, pensar en lo que reflejaban mis redes de mí me hizo sentir incómoda—. ¿Y qué hay de ti? Ya conocí a Nora. Una niña encantadora.
—Se parece a su madre —comentó con dulzura, agarrando a Josie por la cintura y acercándola más a él—. He tenido mucha suerte.
Se miraron de un modo que me ablandó el corazón. Josie llevaba toda la vida enamorada de él, y Mason más de lo mismo. Tenían esa complicidad difícil de conseguir y que los convertía en almas gemelas.
—Iré a por las bebidas —se ofreció Tucker, como si se sintiera un tanto incómodo con aquella escena—. ¿Todos queréis cerveza?
Los tres asentimos y él se alejó hacia la barra.
—¿Bailamos? —preguntó Mason a su mujer.
—¡Me encanta esta canción! —exclamó Josie. Me miró—. ¿Te importa?
—Oh, no, para nada. —Hice gestos con las manos hacia la pista—. Id y pasadlo bien.
Sin soltarse, se unieron a las parejas en la pista de baile.
Encontré una silla libre y aproveché para tomar asiento. Saqué el móvil del pequeño bolso que llevaba y vi que tenía un mensaje de April.
April:
¿Sigues viva?
Espero que no te haya devorado ningún oso.
Sonreí.
Poppy:
Peor, ha intentado hacerlo un gallo loco.
Por suerte, logré sobrevivir.
April:
Ja, ja, ja.
Parece que estás muy entretenida en el rancho del señor sexi.
Poppy:
Más de lo que esperaba.
April:
¿Eso qué quiere decir?
Alcé los ojos hacia donde se encontraba Tucker, que hablaba con el chico que atendía la barra. La luz tenue marcaba los músculos de sus antebrazos. Parecía relajado y eso me hizo sonreír.
Poppy:
Ha pasado algo entre Tucker y yo.
April:
¡No me jodas! ¿¡Te lo has tirado!?
Poppy:
No pude evitarlo.
April:
¡Ay, madre!
¿Y cómo fue?
Poppy:
Una puta pasada.
April:
¿Y ya te has quitado esa espinita que tenías con él?
¿Me la había quitado?
Siempre imaginé lo que hubiera sido acostarme con Tucker Tate. Ahora ya lo sabía, pero no era suficiente. Quería más.
Iba a responderle eso mismo a mi amiga, cuando vi que Roy comenzaba a acercarse a mí.
Poppy:
Tengo que dejarte, luego hablamos.
Te quiero.
Lo escribí de manera apresurada antes de guardar el móvil en el bolso y sonreírle al veterinario.
—Buenas noches, Roy.
—Buenas noches. ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! Suerte que decidí pasarme a tomar una copa.
Llevaba una camisa clara con las mangas remangadas y parecía feliz de verme. Quizá demasiado.
Mi estómago se encogió.
Me sentía culpable por haberle dado falsas esperanzas.
—Josie insistió —respondí con incomodidad.
Él rio.
—Recuérdame que se lo agradezca cuando la vea.
Hubo un silencio breve. Me removí en la silla.
Solo podía pensar en lo encantador, atento y divertido que fue conmigo durante nuestra cena. Incluso había coqueteado un poco con él… Y esa misma noche acabé acostándome con Tucker.
Me ardieron las mejillas.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Roy.
—Sí, sí, estupendamente —mentí y me puse en pie—. Solo tengo un poco de calor.
Asintió, comprensivo.
—Esta noche está siendo especialmente calurosa.
—Sí —respondí de manera escueta.
Roy apoyó un hombro contra una de las columnas del granero.
—La otra noche me lo pasé genial. Tal vez podríamos volver a repetirlo.
Noté que se me cerraba la garganta. No quería hacerle daño ni tampoco alimentar sus esperanzas.
—Roy, yo…
—Buenas noches —la voz de Tucker cortó mi respuesta.
Levanté la mirada hacia él, que, con los ojos fijos en mí, dejó los cuatro botellines de cerveza sobre una mesa cercana.
Roy entrecerró los ojos percibiendo la energía que chispeaba entre nosotros y entendió lo que sucedía.
Su sonrisa se desvaneció. Respiró hondo y asintió, aceptando su derrota con elegancia.
—Espero que disfrutéis de la fiesta —nos dijo.
Alargué la mano hacia él para detenerlo.
—Roy…
—No hace falta que digas nada, Poppy —me interrumpió—. Espero que Tucker te pueda ofrecer lo que necesitas.
—Lo lamento —murmuré, sintiéndome fatal.
—No tienes que disculparte. —Desvió sus ojos hacia Tucker e hizo un leve asentimiento de cabeza a modo de despedida.
Tuck se llevó una mano al ala de su sombrero e imitó el gesto.
Roy se alejó atravesando la pista de baile.
—¿Estás bien? —me preguntó Tucker inclinándose un poco hacia mí.
Tragué el nudo que se formó en mi garganta.
—No quise hacerle sentir mal —respondí con sinceridad.
Él guardó silencio un momento y suspiró.
—Solo fue una cena, no le prometiste nada, Poppy —dijo al fin.
Poppy.
Volver a escucharlo pronunciar mi nombre hizo que se me erizara la piel desde la nuca hasta los dedos de los pies, como si una corriente eléctrica me recorriera por dentro.
—Hazlo otra vez —pedí.
Frunció el ceño.
—¿Que haga qué?
—Di mi nombre.
Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—Poppy —repitió con voz ronca.
Noté que mi entrepierna se contraía.
¿Era posible que solo escuchar mi nombre salir de entre sus labios me excitara? Pues sí, lo era.
Lo cogí de la mano y tiré de él hacia la pista de baile.
—Bailemos.
—Yo no bailo —protestó.
—Esta noche no acepto un no, vaquero.
Enarcó una ceja.
—¿Y cuándo lo haces?
Puse los ojos en blanco.
—Soy una mujer persistente. ¿Y qué?
—Persistente, claro —ironizó.
Me puse en jarras.
—¿Vas a mover los pies o no?
Gruñó.
—No sé bailar.
—Oh, vamos. —Coloqué sus manos en mi cintura y le rodeé el cuello con los brazos—. Solo tienes que dejarte llevar por el ritmo. Hasta Duke sabría hacerlo.
—¿Estás comparando mis habilidades para bailar con las de mi perro?
—Por supuesto que no —me apresuré a negar—. Se ve a leguas que Duke es muy superior a ti.
Soltó una carcajada.
Aquello pareció relajarlo, porque comenzó a moverse. Al principio con timidez, poco a poco fue soltándose.
La gente a nuestro alrededor nos miraba porque parecíamos una pareja de enamorados. Sin embargo, nosotros estábamos ajenos a todo aquello. Solo nos centrábamos en las luces cálidas que nos envolvían, la música que nos acompañaba y las sensaciones que nos hacíamos sentir el uno al otro.
Comenzó a sonar una balada. Noté una de las manos de Tucker bajar peligrosamente hacia mi trasero. Yo enredé los dedos entre el espeso pelo castaño.
Era como si estuviéramos hechizados y a nuestro alrededor no existiera nada ni nadie más.
Entonces, la voz firme y clara de June nos interrumpió:
—Tucker, cariño, ¿bailas conmigo?
El aludido se separó de mí al instante y se volvió hacia ella.
—Claro, abuela —respondió sonriente—. ¿Te importa? —me preguntó.
—No, claro que no —contesté un tanto tensa.
La mirada larga y hostil que me dirigió la anciana me hizo saber que no le gustaba para nada que estuviera tan cerca de su nieto.
Tucker pareció no notarlo, puesto que comenzó a bailar y a hablar con ella de manera animada.
Me alejé hasta quedar fuera de la pista y los observé. Para June, yo no era más que la villana de aquella historia, que había regresado para torturar de nuevo a su nieto.
Earl se colocó a mi lado.
—Buenas noches, Poppy Happy —me saludó.
Su presencia era todo lo contrario a la de su mujer: cálida, tranquila y amable.
—Buenas noches —repetí.
—No te tomes a mal la interrupción de mi esposa.
Solté una risa suave y carente de humor.
—Creo que no le caigo demasiado bien.
—No es eso —negó sin alterarse—. Solo intenta proteger a Tucker.
Suspiré.
—Lo sé. —En el fondo, la entendía.
—Cuando te marchaste hace diez años, partiste el corazón de mis nietos.
Sentí un pinchazo en el pecho al escuchar sus palabras.
—Yo…
—Tranquila, no te culpo —me cortó—. Eras joven y necesitabas encontrar tu camino. Ellos también lo entendieron… o al menos, lo intentaron. Aunque eso no apaciguó su sufrimiento.
»Tucker se esforzó en ocultarlo, ya sabes cómo es, pero todos éramos conscientes de que lo estaba pasando tan mal como Josie, si no más.
Asentí y tragué saliva.
—Nunca fue mi intención herirlos.
Earl clavó sus ojos en los míos y sonrió con amabilidad.
—No me cabe duda. Aun así, el daño no solo viene de malas intenciones, Poppy. Hay ocasiones en las que nuestras acciones tienen daños colaterales, aunque no queramos.
La música aún sonaba y la gente continuaba bailando a nuestro alrededor, sin embargo, para mí, el granero se había quedado en silencio.
—Lo lamento —murmuré al borde de las lágrimas.
Los Tate siempre fueron mi familia. El apoyo que necesitaba y con los que sabía que podía contar pasara lo que pasara, y yo, egoístamente, los abandoné sin mirar atrás.
—Sé que lo sientes, Poppy Happy . —Tomó una de mis manos con cariño—. Aun así, estamos asustados.
—¿Asustados? —Fruncí el ceño.
—No sabemos si te quedarás lo suficiente como para volver a partirles el corazón.
Sentí un nudo en la garganta.
—No sé qué va a pasar —respondí con sinceridad.
—Nadie lo sabe, cielo —corroboró él—. Pero soy lo suficientemente viejo como para reconocer cuando dos personas se miran como si el resto del mundo sobrara para ellos.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Tan evidente era?
—¡Dios, este hombre no se cansa nunca! —exclamó Josie llegando hasta nosotros—. ¿No hace mucho calor aquí? —comentó, abanicándose con las manos.
—Bastante —repuse por decir algo.
—¿Dónde has dejado a Mason? —preguntó Earl, divertido.
—Bailando con la señora Benson. Así aprovecho para escabullirme y tomar un trago de cerveza. ¿Dónde las dejó Tucker?
—Ven, te acompaño —me ofrecí.
—Yo os espero aquí —dijo el anciano.
Caminamos entre la gente hasta la mesa donde Tucker dejó las bebidas. Josie agarró una de ellas y dio un largo sorbo directamente del botellín.
—Toma. —Me entregó otra—. Brindemos por estar de nuevo juntas.
Choqué mi botellín contra el suyo, pero no bebí. Solo me la quedé mirando con los ojos brillantes.
—¿Te pasa algo? —me preguntó preocupada.
—Josie… —mi voz tembló—. Lo siento.
Su sonrisa desapareció de golpe.
—Poppy…
—No, déjame decirlo —la interrumpí—. Lamento el modo en que lo hice todo.
Irme sin despedirme, no contactar con vosotros cuando llegué a Hollywood…
Era lo que necesitaba hacer o habría cogido mi vieja maleta y hubiera regresado con el rabo entre las piernas.
Sin embargo, eso no justifica el daño que os causé. Solo pensé en mí y lo siento mucho.
Sin previo aviso, me abrazó con fuerza y supe que era justo lo que necesitaba.
—No te machaques más —murmuró a la vez que me acariciaba la espalda—. Éramos unas crías y estabas pasando por una situación complicada. Escapaste y te daba miedo dar un paso en falso y tener que regresar.
—Hice que lo pasarais mal —susurré aferrada a ella.
—Sí, lo hiciste —dijo con sinceridad—. Aunque he llegado a entenderlo.
Se separó un poco de mí para mirarme a los ojos.
—Te eché de menos durante mucho tiempo, pero aquí estás de nuevo, y eso es lo que importa.
—Prometo no volver a desaparecer.
Josie sonrió.
—No me cabe duda.
Solté una risita y ella enarcó una ceja.
—¿He dicho algo gracioso?
—Es que te pareces mucho a tu abuelo.
—¿Oye? —Me dio un manotazo juguetón en el brazo—. ¿Insinúas que estoy mayor?
—No. —Volví a reír—. Más bien, que usas sus mismas expresiones.
—Vamos, que mi forma de hablar es viejuna.
Arrugué la nariz.
—Puede que un poco —bromeé.
—Serás capulla.
Las dos estallamos en risas y, por primera vez en muchos años, sentí que algo dentro de mí se recolocaba. Esa parte mía que solo salía cuando estaba con Josie volvió a florecer y no quería perderla.
—Así que te escondías aquí, preciosa —dijo Mason tomando a su esposa de la cintura y pegándola a su cuerpo—. ¿Creías que podrías esconderte de mí?
Ella le sonrió de oreja a oreja.
—Al menos unos minutos —bromeó.
—Ya han pasado esos minutos, de modo que mueve tu bonito culo de nuevo hacía la pista. Esta noche no voy a dejarte descansar.
—¿En toda la noche? —inquirió Josie con picardía.
—Nora está con mis padres. ¡Por supuesto que no descansarás en toda la noche! —dijo con énfasis.
Ambos se alejaron jugueteando.
Me alegraba mucho por ellos y por lo felices que parecían. Lo merecían, eran muy buenas personas.
Busqué a Tucker entre la multitud que bailaba y lo encontré, pero su pareja ya no era June, sino Kelly, aquella preciosa pelirroja con la que estaba segura de que había tenido algo más que una amistad.
Se encontraban muy cerca el uno del otro, quizá demasiado, y sus movimientos se sincronizaban a la perfección.
Sentí el aguijonazo de los celos atravesarme como un puñal. Él no me debía nada, aun así, fue inevitable.
Quise apartar la mirada de ellos, pero mi cuerpo se negaba a obedecer.
—Kelly es una buena chica —la voz de June a mi lado me sobresaltó. Sus ojos me traspasaron cuando me giré hacia ella—. Mi nieto se merece ser feliz —sentenció antes de seguir su camino.
Permanecí inmóvil, con la cerveza en la mano y la sensación de que la noche no estaba siendo lo que yo esperaba.
Oí la risa de Kelly cuando Tucker la hizo girar sobre sí misma.
Sentí que mi estómago se encogía. No porque estuviera con Kelly, sino porque, por primera vez en mi vida, me di cuenta de que Tucker podía ser feliz con otra mujer que no fuera yo y que no tenía ningún derecho a irrumpir de nuevo en su vida y ponerla patas arriba.
June tenía razón.
Sin embargo, era incapaz de pensar en marcharme, por mucho que quizá eso fuera lo correcto.