Capítulo 20
Tucker
La primavera en Magnolia Creek siempre olía a tierra húmeda y flores, y me traía bonitos recuerdos de mi infancia.
En ese momento, el abuelo y yo estábamos recogiendo fresas. Era un trabajo simple, pero lo disfrutaba. Me mantenía la cabeza ocupada y me aportaba paz.
Josie permanecía cerca de nosotros, con una cesta en la mano completamente vacía.
—No sé por qué te aferras a este rancho que va a arrastrarnos a todos con él —se lamentó.
—Porque es el legado de nuestros padres —respondí sin dejar de trabajar.
—Su legado somos tú y yo, Tuck, creo que estás confundido —me rebatió.
Gruñí y cuando me disponía a responderle, la voz de Poppy me detuvo.
—Buenos días —saludó con cierta timidez.
Llevaba una camisa anudada bajo el pecho de la misma tela tejana que sus pantalones y un sombrero vaquero marrón, a juego con las botas y el cinturón. Su cabello ondulado caía de manera natural sobre sus hombros y no se había puesto ni una gota de maquillaje. Aun así, estaba preciosa.
—Buenos días, Poppy Happy —respondió el abuelo sonriente.
—Me alegro de verte vestida —bromeó Josie.
Puse los ojos en blanco.
—Cierra la boca —solté, arrojándole una fresa que llevaba en la mano.
Mi hermana se carcajeó.
—¿Te ha hablado tu hermano sobre el acuerdo al que hemos llegado? —se apresuró a preguntar Poppy, para desviar el tema de conversación.
—¿Un acuerdo? —inquirió Josie con el ceño fruncido.
—Voy a hacer publicidad de vuestras mermeladas —explicó—. Deberemos conseguir que parezcan más profesionales. Crear un logotipo, una imagen más cuidada… Os aseguro que vais a tener muchos pedidos cuando las promocione en mis redes.
—Oh, bueno… —Josie me miró confundida—. Si eso funciona…
Poppy sonrió de oreja a oreja.
—Funcionará, créeme —dijo con seguridad—. Solo hay que grabar contenido para subir a redes y me parece que Tucker recolectando fresas puede ser un buen reclamo.
La miré con una ceja enarcada.
—¿Quieres grabarme a mí?
—Por supuesto. La mayoría de mis seguidoras son mujeres y ver a un hombre atractivo trabajando con las manos les encantará.
—Así que quieres usarme como cebo.
—¿Algún problema? —inquirió con suficiencia.
Suspiré y negué con la cabeza.
—Haz lo que te parezca.
Satisfecha, sacó el móvil y compuso esa sonrisa que siempre usaba en sus vídeos, aunque a mí me gustaba más la suya genuina.
Comenzó a hablar y a presentarme. Me grababa mientras recogía las fresas y explicaba que, con ellas, elaborábamos unas mermeladas deliciosas y libres de conservantes artificiales.
Tras un buen rato, se despidió de sus seguidores y me felicitó:
—Lo has hecho genial. Un vaquero rudo y masculino siempre gusta a las mujeres. ¡Vas a encantar!
—No quiero encantar a nadie, solo que las mermeladas se vendan —refuté—. Y ahora, ¿vais a ayudarnos o pensáis quedaros mirándonos?
Puso los ojos en blanco y guardó el móvil en el bolsillo trasero de su pantalón. Se agachó frente a la planta y extendió una mano hacia una enorme y roja fresa.
—¿Así? —preguntó tirando de ella con fuerza.
—No —respondí demasiado rápido. Ella se sobresaltó.
Suspiré, dejé mi cesta en el suelo a su lado y me coloqué a su espalda, muy cerca. Quizá demasiado.
Tomé su mano con suavidad y guie sus dedos hacia el tallito verde justo encima de la fresa.
—No la agarres por el fruto porque, si aprietas, la machacas.
—Ah —murmuró con un hilo de voz.
Mis dedos rodearon los suyos, firmes, pero sin ejercer fuerza. Noté cómo contenía la respiración.
—Ahora pellizca el rabito y no tires hacia arriba, solo haz presión y gira.
Hizo exactamente eso y la fresa se soltó limpia y perfecta.
—¡Lo he hecho! —exclamó feliz.
—Sí —contesté sonriente—. Una. Te quedan cien más por lo menos.
—Oye, déjame disfrutar de mi pequeño triunfo, ¿quieres?
Me separé de ella sin poder evitar reírme y alcé las manos en el aire.
—De acuerdo, disfruta.
La verdad es que tenía derecho a celebrarlo, para ser la primera fresa que recogía, había demostrado su destreza.
¿Por qué a aquella mujer todo se le daba bien?
***
Llevábamos un buen rato trabajando sin descanso. El abuelo iba lento pero constante. Josie se entretenía más de la cuenta porque hablaba sin parar. Y Poppy… Bueno, ella se paraba de vez en cuando a grabar vídeos para la campaña de marketing .
Yo me mantenía concentrado cuando algo húmedo impactó contra mi pecho. Bajé la mirada y pude apreciar una enorme mancha roja sobre el lugar en que una fresa madura me había golpeado.
Escuché las risas de Josie y Poppy, así que me volví hacia ellas.
—A mí no me mires —dijo mi hermana sin dejar de desternillarse.
Poppy intentó ponerse seria, pero le temblaban los hombros a causa de la risa contenida.
—Te la has ganado, Hollywood.
—¿Qué? ¿Yo? —repuso retrocediendo un par de pasos—. No he hecho nada.
—Ah, ¿no? —Fui avanzando hacia ella.
—Te doy mi palabra —respondió, no sin antes cruzar los dedos con descaro y componer una expresión traviesa.
Solté la cesta y eché a correr tras ella.
—¡Tucker! ¡No! —gritó mientras reía a carcajadas y huía entre las filas de plantas de fresas.
Sin embargo, no tenía ninguna oportunidad de escapar de mí. En pocos segundos la alcancé, la rodeé por la cintura con mis brazos y la levanté un poco del suelo.
—¡No vale! —Pataleaba—. ¡Suéltame, Tate! ¡Estaba en desventaja!
—Y yo estaba desprevenido cuando me atacaste.
—¡Era solo una fresa!
—Claro, y esto es solo barro.
Abrió los ojos de par en par.
—No te atreverás.
—Si piensas eso, es que no me conoces en absoluto.
Sin soltarla, me incliné y me manché la mano con la sustancia que pringaba el suelo.
—¡Tuck, ni se te ocurra! —gritaba.
Pasé dos dedos por su mejilla y dejé la mancha de barro en ella.
—¡No! —Se retorcía—. Mi fresa olía bien y dejó una mancha artística en tu camisa.
Me encogí de hombros.
—Yo soy más rústico.
Nos miramos a los ojos, retándonos.
—Eres un rencoroso.
—Y tú estás guapísima hasta con la cara manchada.
Poppy sonrió al recibir el halago.
—Si queréis que os dejemos a solas para que sigáis tonteando, solo debéis decirlo —repuso mi hermana desde lejos.
De vuelta a la realidad, solté a Poppy y carraspeé.
—No digas tonterías.
Josie se puso en jarras.
—Claro, tonterías —ironizó—. De repente, es como si no hubiera pasado el tiempo y siguierais siendo aquellos adolescentes que no podían dejar de mirarse.
—Para nada —terció Poppy, a la espera de ver mi reacción.
—Dios santo, Josie. Lo tuyo son los cuentos de hadas —refunfuñé, acercándome a coger la cesta con las fresas que había recogido.
—No es verdad. Por un momento, viéndote persiguiendo a Poppy entre risas, os he visto a los dos diez años atrás —prosiguió diciendo—. Y, por cierto, esta noche han organizado un baile en el pueblo.
—¿Un baile? —preguntó Poppy con interés.
—Sí, en el antiguo granero de los Scott, como los que se organizaban antes. ¿Recuerdas?
—Cómo voy a olvidarlo, lo pasábamos en grande.
—Entonces, ¿qué? ¿Qué me decís? ¿Nos acompañáis a Mason y a mí?
—¡Me encantaría! —repuso Poppy, emocionada.
Fruncí el ceño.
—Bueno, no sé…
—Oh, vamos, Tuck. ¡No seas aguafiestas! —me regañó mi hermana.
—No soy aguafiestas, pero mañana tengo otra larga jornada de trabajo por delante —gruñí.
—Bueno, si el muermo de mi hermano no quiere venir, puedes hacerlo tú —invitó a Poppy.
—Sí, claro… —respondió con una sonrisa que pretendía ocultar su decepción—. Iré.
El abuelo me dio un leve golpecito en el brazo.
—Vamos, chico. Te vendrá bien un poco de diversión, no todo en esta vida es trabajar —lo dijo con esa voz suave, pero que no admitía discusión. La misma que usaba cuando era un niño e iba a regañarme.
Suspiré.
—Está bien, yo también me uno al plan.
—¡Así me gusta! Será una cita doble —exclamó mi hermana, feliz por haberse salido con la suya.
—Tanto como una cita… —comenzó a decir Poppy, pero Josie chistó para que se callara.
—He dicho que será una cita doble y no acepto discusión al respecto —indicó con cabezonería. Puse los ojos en blanco—. Y ahora solo me queda pensar en qué ponerme.
—Tengo una idea —terció Poppy—. ¿Qué te parece si te presto un vestido y nos arreglamos juntas como hacíamos antes?
—¿Tienes ropa para prestarme?
—Por supuesto.
Josie sonrió de oreja a oreja.
—Pues entonces me parece una idea genial.
Ambas se cogieron de la mano y, sin dejar de parlotear, entraron en la casa.
—Se las ve a las dos muy contentas —comentó el abuelo, sonriente.
Asentí.
Ellas estaban contentas y yo acojonado porque no sabía cómo iba a sobrevivir a una cita con Poppy sin que mis sentimientos por ella me traicionaran y salieran a la luz sin mi permiso.