Amor no incluido Capítulo 19
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Capítulo 19

Poppy

Desperté al no poder moverme. Abrí los ojos medio adormilada, y vi una pierna musculosa y cubierta de vello sobre las mías.

De repente, todos los acontecimientos de la noche anterior acudieron a mi mente. Casi perdí la cuenta de las veces que follamos. ¿Fueron cinco? ¿Seis? Ni puñetera idea. Aquel hombre era insaciable.

Giré la cabeza con lentitud, temiendo que, si lo hacía más rápido, despertaría de ese sueño que estaba viviendo.

Tucker respiraba de manera acompasada y profunda, y estaba increíblemente guapo con el cabello desordenado y la expresión relajada. Sentí como si, por primera vez en muchos años, todas las piezas de mi vida encajaran.

Sonreí.

Con cuidado, aparté su pierna y me deslicé fuera de la cama. Aún era pronto para despertarlo, e intuía que, después de nuestra intensa sesión de sexo, necesitaba un merecido descanso.

Me puse el tanga que estaba por ahí tirado y su camiseta. Salí con sigilo de la habitación, cerrando la puerta tras de mí. Necesitaba lavarme los dientes y tomarme un café bien cargado. Ya me daría una ducha después.

Fui al baño, me lavé la cara y cepillé los dientes. Me peiné el cabello que estaba todo alborotado y me dirigí a la cocina.

Mientras la cafetera burbujeaba, me apoyé en la encimera y clavé la mirada en el paisaje que se veía desde la ventana.

El lago estaba en calma y la luz rosada del amanecer pintaba todo en tonos cálidos y acogedores. Me sentía tan distinta estando aquí. Era como si no fuera la misma Poppy que vivía una vida cargada de estrés en Hollywood.

En Magnolia Creek me olvidaba de las apariencias, las redes sociales, los heaters y las críticas de personas como Morgan Taylor.

Aquí no era Poppy Hart, la superinfluencer . Era tan solo yo, sin dobleces ni presiones.

La cafetera pitó indicándome que mi café estaba listo, así que tomé la taza y me senté en la mesa.

Duke entró en la estancia y se acercó a mí moviendo la cola.

—Buenos días, guapo —lo saludé, a la vez que le acariciaba la cabeza.

Él apoyó el hocico sobre mi muslo y me miró con aquellos ojos tan nobles que poseía.

—No me mires así, sé que no te hemos dejado dormir demasiado esta noche.

Tomé un sorbo de café, sonriente.

Seguí acariciándolo distraídamente y volví a mirar hacia el lago. Sentía que mi cuerpo parecía distinto, como si, por primera vez en mucho tiempo, pudiera dejar de fingir.

Aquí, junto a Tucker, era feliz sin esfuerzo y esa era una verdad que me desarmaba. Era como si regresar me hubiera devuelto algo que había perdido hacía mucho tiempo y de lo que ni siquiera fui consciente.

Flip y Flop aterrizaron sobre las tranquilas aguas que yo observaba. Me puse en pie y me dirigí a la entrada para coger mi móvil, que se quedó sobre la mesita la noche anterior.

Abrí la puerta para salir fuera y poder grabar un vídeo de las dos aves; sin embargo, en cuanto puse un pie en el porche, los ojos de Chuck Norris se clavaron sobre mí. Aquel maldito gallo parecía estar esperándome.

Ese demonio con plumas se lanzó hacia mí como una flecha. Movía sus alas y me soltaba picotazos en los pies descalzos.

—¡Ah! ¡No! ¡Para! —grité tratando de escapar de él.

El muy desgraciado ni se inmutó. Procedió a picotearme los tobillos como si fueran su desayuno.

—¡Tucker! —vociferé mientras intentaba no morir devorada por un ave de corral.

Duke ladraba, mirándome. Parecía confundido de que estuviera armando aquel revuelo por un gallo flacucho y medio desplumado.

Tucker apareció a toda prisa, tan solo vestido con su bóxer negro, el pelo revuelto y expresión preocupada.

—¿Qué pasa? ¿Qué…? —Se detuvo al darse cuenta de lo que sucedía.

Me lancé sobre él sin pensarlo, agarrándome a su cuello como si fuera un salvavidas.

—¡Ese gallo loco quiere matarme! —dije enredando mis piernas en torno a su cintura.

Él se echó a reír a carcajadas.

—¡No tiene gracia! —protesté al ver que el ave se aproximaba de nuevo a nosotros—. ¡Haz que se marche!

—Vale, vale —repuso sin poder dejar de reír—. Tranquila, señorita dramática.

Tucker dio un paso adelante conmigo literalmente colgada de él, y espantó al gallo con varios gestos firmes de sus manos.

—¡Fuera, Chuck! Vete a buscar alguna lombriz por ahí.

El ave retrocedió y me echó una última mirada ofendida antes de alejarse.

Yo seguía agarrada a Tucker y respirando de manera agitada.

—Te juro que ese animal me odia.

Él clavó sus ojos sobre mí, sonriente.

—Creo que ya puedes soltarme.

—No estoy segura, podría volver —respondí.

El rio otra vez. Esa risa grave que tanto me gustaba me calentó por dentro.

—Poppy, Chuck es solo un gallo, no un dinosaurio.

—Pues tiene la misma ferocidad.

Negó con la cabeza como si pensara que no tenía remedio.

—Gracias por acudir en mi auxilio —murmuré, fijando mis ojos en sus labios.

—Para eso estoy —contestó en tono ronco.

Colocó una mano en mi cuello y me miró de ese modo que solo él sabía hacer y que me dejaba sin aliento.

Y entonces me besó.

Me aferré más a él, necesitaba su cercanía. Nuestras lenguas jugueteaban entre sí.

Fue bajando la mano que tenía en mi cuello por mi cuerpo y aferró mis nalgas, del mismo modo que hacía la otra. Notaba que comenzaba a humedecerme, y sabía que él también podía notarlo, ya que mi entrepierna estaba en contacto con su abdomen.

Deseaba volver a la cama y no salir de allí en todo el día. Y lo hubiéramos hecho, si no fuera por el sonido de un motor que nos devolvió a la realidad en la que nos estábamos devorando apenas sin ropa en medio del porche.

—¡Ay, Dios! —exclamé avergonzada.

El todoterreno de Earl avanzaba por el camino polvoriento y Josie estaba sentada en el asiento del copiloto. Por el modo en que ambos nos miraban, estaba claro que habían presenciado nuestro tórrido espectáculo.

¡Estupendo! Lo que toda mujer quiere, que la familia de su reciente amante los pille con las manos en la masa.

Me bajé de Tucker tan rápido que estuve a punto de caerme. Él intentó sujetarme, pero di un paso atrás, tan colorada como un tomate.

—Voy a darme una ducha y a vestirme —murmuré, deseando que la tierra me tragara, y entré en la casa.

Tras cerrar la puerta, me apoyé sobre ella y me cubrí los ojos con las manos. Estaba segura de que habían tenido un primer plano de mi trasero desnudo. ¡Qué vergüenza!

Escuché las voces fuera y agucé el oído.

Tucker les dio los buenos días con toda la dignidad que pudo, teniendo en cuenta que iba tan solo vestido con unos simples bóxer.

—¿Se te ha ido la cabeza, Tuck? —escuché decir a Josie—. ¿Es que ya no recuerdas lo mal que lo pasaste cuándo se marchó? No quiero verte tocar fondo de nuevo por la misma historia.

—Tranquila, Josie. Sé lo que me hago.

—¡Pues cualquiera lo diría!

El abuelo, preocupado también, intervino.

—Entonces, ¿estás bien? ¿No te estarás enamorando de nuevo?

Mi corazón se detuvo a la espera de su respuesta.

—No digas tonterías, abuelo. Os estáis montando películas.

—Creo que la película la montabais vosotros cuando llegamos, y era bastante subida de tono —ironizó Josie.

—Solo es algo físico —dijo Tucker con calma—. Somos jóvenes y atractivos, y estamos disfrutando de ello. Nada más. El amor no está incluido en nada de esto.

Respiré hondo.

No sabía si sentirme triste o aliviada.

Me alejé de la puerta, no quería escuchar más.

Cogí algo de ropa y me encerré en el baño. Miré mi imagen en el espejo. Tenía el pelo revuelto, las mejillas aún encendidas y los labios un tanto hinchados por el beso.

Sus palabras resonaron de nuevo en mi cabeza:

«Solo es algo físico».

«El amor no está incluido».

Me tragué el nudo que se formó en mi garganta.

—Es mejor así, Poppy —me dije a mí misma.

Sin embargo, no sabía si era verdad.