Capítulo 18
Tucker
Estaba subido en la escalera recogiendo manzanas, cuando el coche de Roy llegó para llevarse a Poppy a cenar.
No había vuelto a verla desde que el veterinario se marchó aquella mañana, ya que decidí no entrar en casa a comer, por lo que desde el desayuno no había probado bocado.
Su cercanía me estaba volando la cabeza y desde que aceptó aquella maldita cita, sentía que necesitaba estar activo para desfogarme.
La vi pasar de acá para allá con su teléfono móvil, grabando distintos vídeos y huyendo de Chuck Norris. Por algún motivo que desconocía, al gallo no le caía nada bien.
Sin embargo, una furia apenas controlable se prendió dentro de mí cuando el veterinario se me acercó con esa actitud de «soy el chico majo del pueblo».
—¿No crees que ya es hora de parar? —me dijo con amabilidad—. Pronto comenzará a anochecer.
Se había arreglado para su cita con Poppy y yo solo tenía ganas de bajarme de la escalera y borrarle la sonrisa bobalicona que lucía de un puñetazo.
No era culpa suya que yo me sintiera así, lo sabía; sin embargo, era incapaz de controlarlo.
—Algunos no podemos permitirnos descansar demasiado —respondí sin dejar de recolectar. Era eso o abalanzarme sobre él.
—Ya, corren tiempos difíciles —comentó metiéndose las manos en los bolsillos de sus pantalones negros de pinza.
Duke, el muy traidor, que estaba a la sombra del viejo roble, se aproximó a saludarlo.
—¿Poppy está lista? —preguntó Roy con nerviosismo.
Antes de que pudiera responderle, la puerta de la casa se abrió y apareció la aludida. Estaba increíblemente hermosa, con un vestido blanco de tirantes que se amoldaba a su silueta y resaltaba su piel oscura.
Por unos segundos, me quedé sin aliento.
Bajó los escalones despacio y con una gracia natural que solo ella poseía. Sus ojos verdes permanecían fijos en Roy, aunque la conocía lo suficientemente bien como para saber que aquella puesta en escena iba dedicada a mí.
Era su modo de decirme: «mírame bien, porque esto es lo que te pierdes».
—Me encantan los hombres puntuales —halabó a Roy, cuando estuvo frente a él, con voz suave y coqueta.
El veterinario parecía haber sufrido una especie de apoplejía, porque la miraba con la boca abierta. Incluso tenía serias dudas de que el pobre diablo no se hubiera olvidado de respirar, y no era para menos, porque Poppy era capaz de dejarte sin aliento.
—¡ Wow … Estás… Uff…! —Se pasó las manos por el pelo—. Increíble —logró decir.
La sonrisa de ella se ensanchó aún más.
—Tú también —le devolvió el cumplido.
—¿Nos vamos? He reservado la mesa para dentro de media hora.
—Por supuesto —aceptó.
Roy se apresuró a abrirle la puerta del coche y, entonces, justo antes de entrar dentro, Poppy dirigió sus felinos ojos hacia mí.
Fue una mirada, solo una, pero me atravesó.
En ella pude ver una mezcla de desafío y orgullo, ese que yo había dañado al asegurarle al veterinario tan tajantemente que entre nosotros no había nada, pero ¿qué otra cosa hubiera podido decirle?
¿Que estuvimos a punto de besarnos? Eso igualmente no nos convertía en nada.
—Nos vemos, Tucker —se despidió Roy mientras se sentaba frente al volante del auto.
—Claro —respondí secamente.
Arrancó el motor y el coche se alejó levantando el polvo del camino. Duke se sentó a mi lado, observando cómo se alejaban, del mismo modo que lo hacía yo.
Bajé de la escalera y exploté.
Estampé un puño con fuerza contra el tronco del árbol. El golpe resonó seco e hizo que mis nudillos sangraran. Me dolió, pero no tanto como lo que sentía por dentro.
—Eres un imbécil —me dije en voz alta.
Había vuelto a caer. Otra vez, como un tonto.
Había permitido que Poppy Hart se colara dentro de mí de nuevo. La notaba allí bajo mi piel, igual que un veneno que te mataba poco a poco, y ni siquiera tuvo que hacer nada extraordinario, solo existir.
Poppy me sonreía y yo ya estaba perdido.
Duke empujó mi pierna con el hocico, preocupado por mí.
Lo miré y le acaricié la cabeza.
—Tranquilo, viejo amigo, estoy bien.
No, no lo estaba. ¡No estaba bien en absoluto!
***
Me acomodé en el porche con una botella de whisky en la mano después de que se marcharan. No tenía hambre, a pesar de no haber comido nada desde el desayuno. Solo quería que el alcohol silenciara mis sentimientos y esa sensación de estar al borde de un precipicio.
Duke se colocó a mis pies, cuidando de mí, como siempre. Cuando mis padres murieron, él fue mi mayor sostén, por eso era mi mejor amigo.
Estaba terminando la botella cuando oí el coche de Roy aproximarse. Eran las once de la noche, así que la cita se había alargado varias horas. Unas horas en las que no dejé de torturarme con imágenes de ellos dos besándose y revolcándose.
Mi pecho se tensó cuando se detuvieron frente a la valla y vi bajar a Poppy. ¿Se besarían a modo de despedida?
Me incliné un poco hacia delante para no perderme ninguno de sus movimientos, oculto entre la penumbra que me otorgaba la noche.
—Gracias por la cena y la copa, Roy. Lo he pasado en grande —dijo ella asomada hacia el interior del auto.
Mi estómago se retorció, no sabía si por celos o por la cantidad de whisky que había ingerido.
—Cuando quieras, repetimos —repuso el veterinario—. Ha sido una de las mejores citas de mi vida.
Poppy sonrió, cerró la puerta y se despidió con la mano mientras Roy se alejaba.
Después, cruzó la valla y subió con lentitud las escaleras del porche.
—¿Cómo ha ido tu cita? —pregunté en un impulso.
Ella dio un salto, llevándose la mano al pecho.
—¡Dios, casi me da un infarto! No te había visto —exclamó.
—¿Y bien? —insistí para que me contestara, poniéndome en pie y aproximándome a ella un tanto tambaleante.
Poppy me miró con fijeza y frunció el ceño.
—¿Has bebido?
—No es de tu incumbencia —dije cortante.
Ella apretó los labios, claramente molesta.
—En ese caso, tampoco te importa a ti cómo haya ido mi cita —soltó antes de entrar en la casa.
La puerta me dio en las narices. Respiré hondo para tratar que el whisky dejara de nublarme la cabeza.
Fui tras ella con Duke pegado a mis talones.
Poppy permanecía en el recibidor, dejando el bolso sobre la mesita de la entrada.
Ese vestido blanco que llevaba me dejó de nuevo sin aliento. Joder, ¿por qué esa mujer me afectaba tanto?
—Si quieres ligar, lo mejor es que te alojes en la posada o en casa de tu padre. Esto no es un picadero.
Se giró hacia mí con rapidez.
—¿Perdón? ¿Un picadero? —inquirió ofendida—. ¿Acaso he traído a Roy aquí para follar? Porque, que yo recuerde, solo he quedado con un hombre atractivo para cenar, cosa que a ti no debería importarte, ya que, como bien dijiste, no somos nada.
—Y no me importa, lo que no quiero es que esto se convierta en un desfile constante de pretendientes babeando por ti. ¡Mi casa no es un hotel!
—Con quien salga o deje de salir es solo cosa mía —respondió a la defensiva.
—Y así es, pero no en mi casa.
—¡No he traído a nadie a tu casa! A ver si te enteras, pedazo de idiota —gritó alterada—. ¿Y qué hacías acechándome en la oscuridad?
Apreté los dientes. Estaba siendo demasiado evidente con mis sentimientos y todo era por culpa del jodido alcohol.
—No estaba acechándote —negué.
—Entonces, ¿qué hacías ahí? —reclamó.
—Tomar el aire.
—¡Ja! —exclamó—. No te lo crees ni tú.
—Piensa lo que quieras —dije, e intenté alejarme
Ella me tomó del brazo, deteniéndome.
—Ah, no, amigo mío, no vas a montarme un numerito de celos e irte cuando te dé la gana como si nada. ¿Por qué te molesta tanto que haya ido a cenar con Roy?
—No seas ridícula, no me molesta en absoluto —mentí, intentando que mi voz sonara sincera.
—Mientes.
—No.
—Ya lo creo que sí.
Bufé.
—Déjalo, ¿quieres?
—No, no voy a dejarlo porque no es justo que me apartes de ti, y digas que entre nosotros no hay nada, para después, montarme un espectáculo por quedar con otro hombre. ¿Qué es lo que te enfada tanto?
Apreté los puños.
—No estoy enfadado…, al menos, no contigo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó confundida.
—Estoy enfadado conmigo mismo.
—Pero no…
—Conmigo, por permitir que de nuevo vuelvas a colarte bajo mi piel como un jodido virus que no puedo controlar —proseguí cortándola y acercándome más a ella.
—Tucker —susurró con sus ojos clavados en los míos.
La agarré por los hombros y noté que su cuerpo temblaba. Mis palabras la habían pillado desprevenida.
Miré sus labios, tan carnosos y sensuales como siempre. Daría un brazo por poder volver a notarlos contra los míos.
—A la mierda —murmuré para mí mismo antes de apoderarme de su boca con una pasión desbordante.
Ella me rodeó el cuello con los brazos y se pegó a mi cuerpo, tan anhelante como yo.
A trompicones, nos dirigimos a mi habitación. Duke nos siguió, pero cuando llegamos al cuarto, me separé de Poppy para mirarlo y decirle:
—Voy a tener que dejarte fuera un momento, viejo amigo. No me lo tengas en cuenta.
El suspiró y se tumbó al otro lado de la puerta mientras la cerraba. Estaba claro que me entendía perfectamente por mucho que algunas personas dijeran que eso no era posible.
—¿Por donde íbamos? —le pregunté a Poppy, que me miraba con… ¿pudor?—. ¿Sucede algo?
—Es que… he pensado en este momento muchas veces —reconoció con sinceridad.
—¿Y eso es malo por…?
—Tener demasiadas expectativas no siempre es bueno.
Sonreí de medio lado.
—Créeme, Hollywood, tus expectativas van a quedarse en nada comparado con lo que va a pasar aquí.
Avancé hacia ella cual depredador, la agarré por la cintura y la miré a los ojos. Esas profundidades verdes en las que parecía perderme y de las que no quería escapar.
Agarré con delicadeza los finos tirantes de su vestido y los bajé suavemente por sus hombros. Después, agaché la cabeza y fui besando su cuello, su clavícula, el inicio de su escote…
Ella enredó los dedos en mi cabello y gimió con suavidad.
Dejé que el vestido se deslizara por su cuerpo, quedándose tan solo vestida con un minúsculo tanga de encaje blanco y sus sexis sandalias de tacón.
Me separé unos pasos de ella para poder observarla a mi antojo. No estaba preparado para lo que vi.
Me quedé sin respiración, literalmente.
Había soñado en muchas ocasiones con verla desnuda, pero nada se asemejaba a la perfección que tenía ante mí. Pechos llenos y redondos, de estrecha cintura, unas caderas sinuosas y esas piernas largas y torneadas que me volvían loco.
—Eres jodidamente preciosa —murmuré.
Poppy sonrió y comenzó a acercarse de nuevo.
Tenía los pezones duros y apuntaban hacia mí. No me hice esperar. Agarré uno de sus senos y me metí el pezón en la boca.
Ella tironeó de mi camiseta y la ayudé a quitármela, para después seguir lamiendo con ahínco aquellas tostadas protuberancias que parecían llamarme.
Sus uñas recorrieron mi espalda con suavidad, consiguiendo que mi piel se erizara.
Deslicé una mano por su abdomen, hasta colarla dentro de la diminuta prenda que cubría el centro de su placer. Gruñí al sentir lo mojada que estaba.
Mi polla, tan dura como una piedra, brincó, exigiéndome que me enterrara dentro de ella, pero no quería precipitarme. Necesitaba disfrutar de aquel momento, que tanto había deseado, todo lo posible.
Froté sus pliegues, haciendo especial hincapié en su hinchado clítoris. Ella jadeó, me agarró del pelo y me obligó a levantar la cabeza para apoderarse de mi boca.
Yo no dejé de mover la mano en ningún momento, y cuando noté que abría un poco las piernas, aproveché para hundir mi dedo corazón en su interior.
Dios, qué bien me sentía al notar sus músculos adaptarse a mí. Si eso ya me causaba placer, no podía ni imaginar lo que sería cuando mi polla la llenara por completo.
Oía la fricción de mi dedo contra su humedad, encendiéndome todavía más.
En un arrebato, saqué la mano de dentro de su ropa interior, la cogí por debajo de los brazos y la arrojé sobre la cama, haciéndola reír.
Con una sonrisa ladeada, me arrodillé frente a ella sin dejar de mirarla con los ojos llameantes.
Agarré una de sus piernas, que se veía muy sexi con aquella sandalia de tacón que se ataba en torno a su gemelo.
Fui depositando besos por el interior de su muslo.
Ni siquiera era capaz de contar las veces que fantaseé con aquellas piernas de piel tostada. Eran mi perdición.
Cuando llegué hasta su tanga, lo cogí, se lo quité con delicadeza y lo arrojé al suelo. Sus partes íntimas quedaron expuestas a mí. No tenía ni un solo pelo que cubriera el brillo que su humedad proyectaba en ellas.
Incliné la cabeza y pasé la lengua sobre sus pliegues. La onda expansiva de placer que noté al percibir su sabor me erizó la piel.
Un sonido sensual escapó de entre los labios de Poppy.
Le abrí más las piernas, devorando esa delicia. Pasé mi lengua de arriba abajo, notando como se contorsionaba de gusto.
Saborearla era adictivo y hacía que mi polla se apretara contra mis vaqueros, que estaban a punto de estallar.
Aumenté el ritmo de mi lengua a la vez que metí dos dedos en su interior. Quería que se corriera en mi boca.
Poppy se agarró con fuerza a las sábanas sin dejar de gemir, cada vez con más intensidad.
Apoyó una mano en mi cabeza, apretándome más contra ella, cuando succioné su clítoris y entonces estalló. Los músculos de su vagina se apretaron contra mis dedos una y otra vez.
Cuando los últimos espasmos del orgasmo llegaron a su fin, me quité la ropa que aún llevaba puesta y dejé que ella me observara con avidez.
Me acosté a su lado en la cama y me apoderé de sus carnosos labios. Poppy posó las manos sobre mi pecho y me hizo tumbar de espaldas para subirse a horcajadas sobre mis caderas.
Frotó su coño contra mi polla, deslizándose con facilidad gracias a lo húmeda que estaba.
Gemí.
Bajó la mano para agarrar mi miembro con decisión y dejarse caer sobre él. Estar dentro de ella era como rozar el jodido paraíso.
Se irguió, dándome una visión perfecta de sus pechos, que botaban mientras se movía con energía.
Posé mis manos en sus caderas.
—Dios, estoy follando con Tucker Tate —murmuró a la vez que cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás, disfrutando—. Eres mi fantasía hecha realidad.
Aquellas palabras hicieron que ya no pudiera contenerme más y exploté dentro de ella. Un orgasmo largo y potente, más que ninguno que hubiera experimentado en mi vida.
Poppy se dejó caer sobre mí con la respiración tan entrecortada como la tenía yo mismo.
Mi polla aún estaba en su interior y, aunque no era capaz de pensar con claridad, me di cuenta de una cosa.
—No hemos usado condón —murmuré con cierta preocupación.
Ella alzó un poco la cabeza para mirarme a los ojos.
—Tomo píldoras anticonceptivas para regular mis reglas —dijo, para mi alivio—. Aunque nunca me había pasado esto de no acordarme de usar preservativo.
—A mí tampoco —reconocí.
La agarré por la nuca y la besé de nuevo. Era incapaz de no hacerlo teniéndola tan cerca y siendo tan preciosa.
Tenía un puto problema, y bien gordo.