Capítulo 17
Poppy
Tenía el corazón en la garganta, las manos me temblaban y la piel de todo mi cuerpo ardía cuando descolgué la llamada sin ni siquiera mirar de quién se trataba.
—¿Diga? —pregunté con la voz agitada.
—¡Poppy! ¿No pensabas decirme que te habías ido de Hollywood?
Por unos segundos fui incapaz de ubicar quién me hablaba. Mis pensamientos eran tan caóticos que me costaba centrarme.
—¿Owen? —dije al fin.
Me giré hacia la puerta del establo desde donde veía a Tucker enrollar la manguera.
—Claro que soy yo, preciosa. ¿Ya no me reconoces? —bromeó.
—Es que estaba liada y no miré en la pantalla del móvil quién me llamaba —traté de explicarme.
—¿Liada con vacas y patos? —rio—. He visto tu nuevo contenido y es… interesante. Diferente a lo que solías hacer, pero parece que a la gente le gusta.
—Sí, está teniendo buena acogida —corroboré con los ojos fijos en la espalda de Tucker.
Sabía que desde donde estaba podía escuchar todo lo que decía.
—Nunca pensé que tuvieras pensado mudarte a un pueblecito perdido.
—En realidad, no me he mudado, solo… estoy pasando unos días aquí. Necesitaba desconectar.
Vi como Tucker cogía el sombrero vaquero que tenía sobre la valla y se alejaba con Duke siguiéndolo de cerca.
¿Le habrían molestado mis palabras? En el fondo, no debería preocuparme por eso, porque era la verdad, solo permanecería allí un tiempo y era esencial que ambos no lo olvidáramos.
—Espero que la desconexión te dé fuerzas, porque las vas a necesitar —comentó Owen, consiguiendo que por fin centrara mi atención en él.
—¿A qué te refieres? —inquirí con el ceño fruncido.
—Tu «amiga», Morgan Taylor. No deja de hacer vídeos comentando tu contenido.
Se burla de tus reels y dice que ahora se te ve más en tu ambiente, entre gallinas y vacas.
—Apreté los dientes, furiosa. Cada vez tenía más ganas de dejar calva a esa arpía rubia—.
Ya sabes que te tiene envidia, preciosa —prosiguió—.
Le gustaría ser como tú y poder montarme del modo en que lo haces.
La simple idea de follar con Owen hizo que me sintiera incómoda, porque en aquel momento no podía pensar en otra cosa que no fuera el beso que estuve a punto de darme con Tucker.
—No puedo hablar demasiado, he quedado con una vieja amiga —mentí.
—Sí, claro. No quiero entretenerte —repuso—. Solo necesitaba escuchar tu voz y comprobar por mí mismo que estabas bien.
—Lo estoy —le aseguré, aunque ni yo misma sabía si eso era verdad.
—Me alegro. Volveré a llamarte pronto.
—Cuídate, Owen.
—Y tú, preciosa.
Colgué la llamada y el silencio cayó sobre el establo.
Mi pelo y mi ropa seguían goteando.
Entré en Instagram y busqué el perfil de Morgan. La muy zorra se estaba haciendo viral a costa de criticarme. Cómo me gustaría darle un puñetazo en esa cara ridículamente bonita que poseía.
Estuve un buen rato revisando los vídeos en los que hablaba de mí, hasta que me harté.
Todos eran iguales. Me ninguneaba y rebajaba con esa sonrisa de falsa dulzura, que hacía que todos la vieran como una chica inocente y adorable, pero yo había visto su verdadero rostro, y no se parecía en nada a su apariencia exterior.
Bloqueé la pantalla del móvil y me dirigí a la casa.
Justo cuando iba a entrar, me crucé con Tucker, que ya se había cambiado de ropa.
—Hoy no dejas de lucir modelitos —dije en tono de humor—. Podemos hacer un calendario con fotos tuyas. Creo que se vendería muy bien entre las cincuentonas.
—No me interesa comerciar con mi imagen —repuso serio.
Fruncí el ceño, confundida.
—Solo bromeaba.
—Lo sé —contestó sin detenerse.
Suspiré y negué con la cabeza. Los cambios de humor de aquel hombre iban a volverme loca.
Di un paso adelante y un bufido me sobresaltó. La dichosa gata me miró con cara de pocos amigos, para después seguir a Tucker con una postura de: «es mío».
Puse los ojos en blanco y continué mi camino.
Entré en la habitación que ocupaba para buscar algo de ropa seca que ponerme. Tampoco me vendría mal una ducha para quitarme el olor a leche de encima. Y también el olor de Tucker, que parecía haberse pegado a mi cuerpo.
Era incapaz de ordenar mis emociones y pensamientos.
Cogí el móvil en un arrebato y le escribí a April.
Poppy:
April, estoy metida en un buen lío.
No sé qué me pasa con Tucker… O quizá sí lo sepa y me dé miedo admitirlo.
Necesito un consejo de amiga. ¡Urgente!
Tiré el teléfono sobre la cama y me fui para la ducha. Sabía que April era una mujer ocupada, por lo que no esperaba respuesta inmediata.
Me deshice de la ropa y me metí bajo el chorro del agua caliente. Cerré los ojos con la esperanza de relajarme, pero la imagen de Tucker asaltó mi mente.
Tan guapo, con el pelo algo revuelto y sonriendo. Cogiendo mi cintura mientras yo estaba encaramada sobre él y esas ganas de besarme reflejadas en su rostro.
Abrí los ojos de golpe.
No podía seguir así. La tensión que se acumulaba entre nosotros tenía que terminar y el único modo de hacerlo era consumando nuestros deseos; sin embargo, sabía que, si eso sucedía, podía acabar por rompernos.
Salí de la ducha con el pelo húmedo y la piel caliente por el agua. Me había colocado unos vaqueros cortos y una camiseta de tirantes roja. Parecía que el día iba a ser caluroso.
Desde lejos ya vi que tenía un WhatsApp, así que me apresuré a leerlo.
April:
Ay, Poppy.
Creo que no es que estés metida en un lío, es tu corazón recordándote que ese hombre era el amor de tu vida.
Sé que tienes miedo, así que respira y relájate.
Piensa en lo que realmente quieres y, una vez lo hayas decidido, ve a por ello.
Amiga, eres la puñetera Poppy Hart, no hay nada que se te resista.
Leí el mensaje dos veces más. Me alucinaba lo bien que April me conocía. Y, aunque jamás se lo reconocería a ella, siempre tenía razón.
Escuché el sonido de un motor y pensé que, ante todo pronóstico, quizá traerían mi coche ya reparado del taller, así que me apresuré a salir fuera. Sin embargo, no había ni rastro de mi deportivo rojo de alquiler, sino un coche pequeño, con el logo de la clínica veterinaria en la puerta.
Tucker saludó al veterinario con la mano cuando su automóvil traspasó la valla.
Bajé las escaleras del porche y me aproximé a ellos justo cuando Roy salía del vehículo.
—¡Poppy! —dijo el veterinario, sonriente—. No esperaba verte por aquí.
El sol se reflejaba en sus gafas y lucía una camisa oscura con las mangas remangadas.
—Hola, Roy. —Le devolví la sonrisa—. Sí, Tuck ha tenido la amabilidad de dejarme pasar unos días más en su casa.
Pareció que mi mención de Tucker hizo que Roy cayera en la cuenta de que él también estaba allí con nosotros.
Carraspeó.
—Tucker, ¿cómo va todo? —preguntó un tanto avergonzado.
—Dusty sigue cojeando —respondió el aludido sin más preámbulos.
El veterinario asintió.
—Echémosle un vistazo.
Los dos se dirigieron al establo y yo los seguí.
Tucker tomó a Dusty de las riendas y Roy procedió a revisarle la pata dolorida. Iba explicándonos lo que observaba y yo intentaba concentrarme en escucharlo, pero mi cabeza seguía centrada en el hombre que llevaba marcado a fuego en mi corazón.
—Dusty es un viejo guerrero —seguía diciendo el veterinario—. Sigue con inflamación, pero más leve que la última vez que lo revisé. Le vendaré un poco la pata y le iría bien que le pongas gel frío dos veces al día. Le pincharé también un calmante para el dolor.
—¿Eso quiere decir que está bien? —pregunté con nerviosismo. Conocía a ese caballo de casi toda mi vida y no me gustaría que le sucediera nada malo.
Roy alzó sus ojos marrones hacia mí y sonrió de manera tranquilizadora.
—Perfectamente. Es un caballo fuerte, esto solo son achaques de la edad.
Asentí, aliviada.
—Sé que es un caballo fuerte. Aún recuerdo cuando…
—Hollywood, deja de entretener a Roy, no está aquí para escuchar tus historias.
Giré el rostro hacia él, ofendida.
—¿Tienes que ser siempre tan grosero?
Se cruzó de brazos y enarcó las cejas.
—Solo cuando alguien es muy molesto.
—¿Que yo soy molesta? —bufé, malhumorada, y me volví de nuevo hacia el veterinario—: ¿Te estoy molestando, Roy?
El hombre rio.
—A mí no, desde luego —respondió con amabilidad.
Alcé el mentón, triunfante.
—¿Ves? Ahí lo tienes —le dije a Tucker.
—Roy es demasiado educado para decirte la verdad.
—¡Bufff! —me desesperé—. Eres exasperante.
—Ajá —soltó para enfadarme aún más, lo sabía por la sonrisa de medio lado que se dibujó en sus labios.
—¿Has visto lo que hace? —le pregunté a Roy señalando con mi dedo índice al idiota que estaba a mi lado.
El veterinario rio de nuevo.
—Veo que mantenéis un tira y afloja muy entretenido —comentó—. ¿Hay algo entre vosotros? —inquirió de repente.
Me quedé congelada y miré a Tucker de soslayo. Abrí la boca para responder, pero no supe que decir.
¿Había algo entre nosotros? Ni yo misma lo sabía.
—Lo siento, no debí haber preguntado —comenzó a disculparse Roy.
—No, no te preocupes —se apresuró a añadir Tucker—. No hay nada entre nosotros. Como bien te dije, Hollywood es una vieja amiga de mi hermana y yo he tenido la amabilidad de acogerla en el rancho, ya que, en casa de Josie, con Nora y demás, hubieran estado más incómodos. Eso es todo.
Sentí un pellizco en el pecho que me dejó sin aliento.
¿Así que solo era una vieja amiga de Josie? ¿Y qué pasaba con el momento que habíamos vivido hacía unos minutos? ¿O solo había significado algo para mí?
—Oh, está bien —repuso Roy—. Es que parecíais, no sé… bastante cercanos.
—Pues no, nada más lejos de la realidad —respondió Tucker de nuevo.
Noté cómo me ardían las mejillas por una mezcla de vergüenza y rabia.
—De hecho, no nos caemos bien —añadí, intentando mantener la poca dignidad que me quedaba.
Vi los ojos de Tucker dirigirse hacia mí un segundo, pero no dijo nada más.
Roy terminó de vendar la pata de Dusty y se puso en pie, sacudiéndose las manos.
—Listo.
—Mañana pasaré por tu consulta para pagarte —indicó el otro hombre.
—Claro, sin problema.
Caminamos hacia su coche. Duke nos esperaba allí meneando la cola y el veterinario le acarició la cabeza.
—¿Cómo vas, campeón?
El can ladró a modo de respuesta.
—Espero que disfrutes de tus días aquí, Poppy —me dijo, mientras sujetaba la puerta del auto.
—Lo dudo, no tengo muy buena compañía —solté solo para molestar a Tuck.
Asintió y abrió el coche; no obstante, antes de subir se giró hacia mí.
—Poppy, yo… —Se removió incómodo—. No sé si estoy siendo demasiado atrevido, pero ¿te gustaría cenar conmigo esta noche? Hay un restaurante nuevo en el pueblo que seguro que no conoces. Hay buena comida y una música decente.
Sentí la mirada de Tucker clavada en mí y, azuzada por el enfado, sonreí de modo encantador.
—Sería estupendo. Me salvas de una noche aburridísima.
Los ojos de Roy brillaron satisfechos.
—Genial. ¿Te parece bien si te recojo alrededor de las siete?
—Perfecto —dije sin perder la sonrisa en ningún momento.
El veterinario asintió y se despidió de Tucker, quien se mantuvo en silencio, antes de marcharse.
—Qué agradable es este hombre —añadí con el mentón alzado—. Y qué suerte has tenido, porque, por unas horas, podrás librarte de mi molesta presencia.
Sin más, me di media vuelta para entrar en la casa con la sensación de que, por una vez, acababa de ganarle la batalla.