Capítulo 16
Tucker
No pude dormir en toda la noche. Solo di vueltas en la cama pensando en la locura que estuve a punto de cometer.
Poppy se iba a marchar pronto y a mí no se me pasaba otra cosa por la cabeza que besarla.
¿Qué mierda me ocurría? ¿Estaba tarado?
Me levanté malhumorado y me vestí con lo primero que pillé del armario. Me lavé los dientes y, sin tan siquiera peinarme, me fui a los establos.
Estar entretenido era lo mejor que podía hacer. Así mantendría la mente ocupada y lejos de la maldita Poppy Hart.
Duke, que me había seguido, se plantó frente a mí, ladeó la cabeza y ladró. Siempre sabía lo que pasaba por mi cabeza.
—Tranquilo, viejo amigo. Estoy bien —aseguré, más para mí que para él.
Se acercó mucho y apoyó una de sus patas delanteras sobre mi pierna, sin dejar de mirarme con sus insistentes ojos castaños.
—Vale, vale… No estoy bien —admití de mala gana—. ¿Eso querías oír?
Duke lloriqueó y me acuclillé para acariciarle el cuello y mirarlo a los ojos.
—Estuve a punto de besarla.
Mi fiel amigo ladeó de nuevo la cabeza y yo negué con la mía.
—No puedo volver a enamorarme de ella. Me niego a pasar por lo mismo otra vez.
Duke lamió mi cara, consolándome.
—Eres el mejor compañero del mundo, ¿lo sabías? —le dije.
Palmeé su lomo y me puse en pie.
Fui hacia Dusty, que levantó la cabeza nada más verme.
—Vamos, chico.
Abrí la puerta del box y le permití salir. Le iría bien pastar al aire libre.
Fruncí el ceño al comprobar que continuaba cojeando. Esperaba que la lesión no hubiera empeorado, pero me preocupaba por su avanzada edad.
Suspiré y me volví hacia Bessie, que me observaba con esa paciencia infinita que poseía. Casi todos los animales que quedaban en el rancho eran mayores, o medio tarados, como Chuck Norris, y yo me sentía casi tan viejo y cansado como ellos.
—Vamos a ver cuánta leche me das hoy, pequeña.
Entré en su box , cogí el taburete y el cubo, y me acomodé junto a sus ubres. Empecé a ordeñarla y el sonido rítmico y constante del líquido blanquecino al caer dentro del cubo me calmó.
Duke se tumbó a mi lado, pero pocos minutos después alzó la cabeza y comenzó a menear la cola, haciéndome saber que Poppy se aproximaba.
—Buenos días —dijo con voz cantarina.
La miré.
Estaba preciosa con una camiseta blanca que dejaba uno de sus hombros al descubierto y contrastaba con su piel oscura.
—Buenos días —repetí.
Se acercó a acariciar la cabeza de Bessie.
—Siempre quise aprender a ordeñar. ¿Me enseñas?
Enarqué una ceja.
—¿Lo dices en serio, Hollywood?
—Por supuesto —respondió con una resplandeciente sonrisa.
Suspiré, me puse en pie y señalé el banquito con la mano.
—En ese caso, toma asiento.
No se hizo esperar y se apresuró a acomodarse en el pequeño taburete.
—¿Y ahora qué?
Apoyé un hombro en la pared, crucé los brazos y un tobillo sobre el otro.
—Lo primero es no poner nerviosa a Bessie, así que relájate antes de coger las ubres, porque ella nota tu energía.
—De acuerdo. —Cerró los ojos y respiró hondo varias veces, para relajarse, antes de coger los pezones de la vaca con decisión—. ¿Ahora tiro de ellos?
—Es más bien un apretón, pero no lo hagas de golpe. Sé delicada.
Ella se mordió el labio inferior, concentrada. Por un segundo pensé en que quería ser yo el que mordiera ese labio, pero deseché esa idea de inmediato.
—¿Lo hago bien? —preguntó insegura.
Me acerqué y me agaché a su lado para poner mis manos sobre las suyas. El contacto me atravesó e hizo que me tensara.
Carraspeé.
—Hazlo un poco más suave —le dije con voz ronca—. Así. —Comencé a mover la mano junto a la suya.
—¡Está saliendo leche! —soltó entusiasmada.
—Claro —susurré retirando mis manos y alejándome unos pasos de ella.
Su olor se quedó grabado en mi mente.
—¡Lo estoy haciendo sola! —exclamó, riéndose.
Esa risa siempre me desarmaba.
—Sí, lo haces bien —concedí. Y no me extrañaba, Poppy Hart siempre conseguía todo lo que se proponía.
Apartó una mano de las ubres y la metió en el bolsillo trasero de su vaquero para sacar su móvil y alargarlo hacia mí.
—Ten, quiero que me grabes.
Enarqué las cejas.
—¿Para inmortalizar la primera vez que ordeñaste?
—Para subirlo a redes.
—¿A redes? —repetí tras coger el teléfono—. ¿Esto le va a interesar a la gente?
Asintió y volvió a coger las ubres de la vaca con ambas manos.
—Todo lo que yo haga les interesa —respondió sin perder la concentración—. Mis seguidores quieren sentir que forman parte de mi día a día.
Suspiré, activé la cámara y la enfoqué.
—¿Te grabo así, sin más?
—Ve haciendo zoom para que puedan ver bien cómo lo hago.
Colocó la espalda bien recta, miró a cámara y comenzó a hablar. Les explicaba a sus seguidores que era la primera vez que ordeñaba y les decía que ya conocían a Bessie. Parecía muy natural mientras hablaba.
Acerqué un poco más la imagen e hice un primer plano de su rostro. ¡Era preciosa, joder! La luz que entraba por el ventanal se reflejaba en su cabello y en su bonita piel tostada.
De repente, apretó más fuerte de lo debido la ubre de Bessie y esta se movió, emitiendo un mugido de protesta.
Poppy, asustada, soltó un grito ahogado. Se resbaló del taburete y cayó al suelo de culo, derramando toda la leche del cubo sobre su pantalón.
No pude evitar echarme a reír. Las carcajadas que durante años tuve atascadas en mi garganta salieron una tras otra, sin control.
Ella me miró desde el suelo.
—¡No te rías! —protestó, a pesar de que también comenzó a hacerlo.
—Creo que este vídeo va a triunfar en tus redes —dije con la voz entrecortada de tanto reír.
—Esta parte no verá la luz, créeme.
Alargué una mano hacia ella y la ayudé a incorporarse.
—Anda, vamos —repuse de buen humor—. Tengo que limpiar este desastre.
Caminamos hasta el exterior del establo con Duke siguiéndonos.
Cogí la manguera. Ahora tendría que apartar la paja para después quitar los rastros de leche.
—Dios, huelo a leche agria —protestó Poppy, asqueada.
En un impulso, me giré hacia ella y abrí el grifo del agua regándola de arriba abajo.
—¡Tuck! —gritó, echando a correr.
Duke iba tras ella ladrando y dando saltos, divertido. Le gustaba mucho remojarse en aquellos días que el calor comenzaba a apretar.
Poppy trataba de cubrirse con las manos sin dejar de reír. Por un momento, parecía que el tiempo no hubiera pasado y siguiéramos siendo aquellos dos muchachos que tanto se amaron.
—¡Está helada! —exclamó.
Cerré el grifo y me la quedé mirando con una sonrisa ladeada.
—Listo. Ya estás limpia y no hueles a leche agria.
Estaba empapada, con el pelo pegado a la cara y la ropa chorreando. Aun así, seguía siendo preciosa.
—Muy gracioso, Tate —espetó, y alargó una mano hacia mí—. Creo que es tu turno. Dame esa manguera.
—Ni loco.
—Tuck… —dijo en tono de advertencia.
—Si la quieres, tendrás que quitármela —la provoqué, levantando el brazo para poner la manguera en alto, fuera de su alcance.
Ella entrecerró los ojos y antes de que pudiera reaccionar, se lanzó sobre mí, literalmente.
Tenía a Poppy encima, con esas piernas que me volvían loco enroscadas en torno a mis caderas e intentando arrancarme la manguera de la mano.
Duke ladraba animado a nuestro alrededor.
—¡Dámela de una vez!
—Ni en broma —respondí sin dejar de reír.
Su ropa estaba mojando la mía.
Ella dio un tirón más fuerte de mi muñeca haciendo que me desequilibrara y acabara con la espalda contra la pared del establo. Con el brazo que tenía libre la aferré por la cintura para que no cayera. Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se entremezclaban, y ahí se acabaron las risas.
Su olor se colaba en mis fosas nasales y sus manos seguían aferradas a mi muñeca, pero ya no tiraban.
Y yo, como un adolescente en celo, no podía apartar la mirada de sus carnosos labios.
De repente, el mundo se quedó en silencio. Dejé de escuchar hasta los ladridos de Duke. Solo reverberaban en mis oídos los latidos de mi acelerado corazón.
Los intensos ojos verdes de Poppy brillaban y podía reconocer perfectamente cuando una mujer me deseaba de aquel modo en que ella lo hacía.
Fue bajando sus manos con lentitud por mi brazo, hasta colocarlas alrededor de mi cuello. Se inclinó un poco hacia mí, lo suficiente para conseguir que el aire entre nosotros se cargara de electricidad.
Si moviera mi cabeza unos centímetros, podría besarla y ella respondería de manera ardiente. La conocía bien.
Por suerte, el móvil de Poppy comenzó a sonar dentro del establo y aquello nos hizo regresar a la realidad. Una realidad donde ambos no podíamos cometer el error de dejarnos llevar por la pasión.
Poppy parpadeó varias veces, como si tratara de despertar de un sueño.
—Yo… debería responder —balbució.
—Claro —dije, ayudándola a poner los pies en el suelo.
Cuando su cuerpo se alejó del mío, noté un frío que me caló hasta los huesos.
Tras mirarme una última vez con las mejillas arreboladas, entró al establo con rapidez.
Suspiré y permanecí inmóvil con la manguera aún en la mano y la sensación de que acabábamos de cruzar una línea invisible que nos traería problemas.
Duke ladró una vez más, sentándose a mi lado.
Bajé los ojos hacia él y ladeó la cabeza.
—Lo sé, lo sé. Soy un auténtico gilipollas.
Estuve a un suspiro de dejar todo mi autocontrol atrás y besarla. El problema era que no estaba seguro de si agradecía la interrupción que habíamos sufrido o si simplemente se había postergado algo que ya era inevitable.