Amor no incluido Capítulo 15
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Capítulo 15

Poppy

Me dejé caer sobre la cama y di rienda suelta a las lágrimas. Las palabras de Tucker resonaban en mi cabeza como si se hubieran grabado a fuego.

Me cubrí la cara con las manos con la esperanza de que eso pudiera alejar el daño de mí, pero ya estaba hecho, y lo peor de todo es que probablemente tuviera razón.

Fui una egoísta. Me marché sin dar explicaciones ni despedirme. Quise huir de una vida que me dañaba para perseguir un sueño. Por desgracia, para eso tuve que dejar a muchas personas queridas atrás.

Lo dejé atrás a él.

Entiendo que eso le partiera el corazón y que pensara que la persona de la que se enamoró —porque sabía que me amó con locura—, no era quién creía conocer.

No obstante, él no lo sabía todo. No era consciente de lo que me costó coger aquel autobús y las lágrimas que derramé mientras me alejaba del amor de mi vida.

Sentía que mi vieja maleta pesaba demasiado, aunque lo que realmente pesaba era tener que marcharme.

El autobús se detuvo frente a mí y les ordené a mis pies que caminaran para subir a él, pero se negaban a obedecerme.

Por un instante, pensé en dar marcha atrás y regresar a casa. Ese lugar donde me esperaba un padre borracho y agresivo, y ningún futuro para mí.

—¿Vas a subir o no? —gruñó el conductor del autobús.

Noté como mi corazón bombeaba con fuerza y mi cuerpo entero temblaba.

Volví la mirada hacia el pueblo en el que nací y contuve la respiración. Las casas que se veían a lo lejos, el puente donde me di mi primer beso, los árboles que bordeaban los caminos, Tucker… todo seguía allí. Todo, menos yo.

—¡Chica, no tengo todo el día! —bramó el hombre con impaciencia.

Me giré hacia él y asentí, tragándome el nudo que notaba en la garganta.

Subí las escaleras con paso titubeante y me senté en mitad del autobús, junto a la ventana para poder ver cómo nos alejábamos. Coloqué la maleta a mis pies y la mochila que portaba a la espalda sobre mi regazo.

Las vibraciones del motor al arrancar recorrieron mi cuerpo y supe que ya no había vuelta atrás.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin que pudiera contenerlas. Abrí la mochila y de ella saqué una foto donde aparecíamos Tucker y yo, sonrientes y ajenos a que nos separaríamos de aquel modo.

Ni siquiera pude despedirme de él porque sabía que, si lo hacía, si miraba esos ojos azules que tanto amaba, jamás lograría marcharme.

—Lo siento —susurré apretando el retrato contra mi pecho.

El autobús avanzaba y el pueblo se hizo cada vez más pequeño. Cuanto más lejos estaba de Magnolia Creek, más grande era mi angustia, pero había tomado una decisión y debía cargar con eso.

Metí la mano en mi bolso y saqué mi monedero. Cogí de él la foto ajada por el tiempo. Me había acompañado a lo largo de todos aquellos años. Durante mis duros comienzos, en los que tuve que echar mano a toda mi fuerza de voluntad para no coger el teléfono y llamar a Tucker o a Josie.

Me sentí sola en más de una ocasión, viviendo en aquella roñosa posada. Iba a castings y audiciones, me decían que era guapa, pero que no daba el perfil.

De repente, un día, cansada de todo y a punto de tirar la toalla, decidí grabar un vídeo documentando mi vida en Hollywood y subirlo a mis redes sociales. Ni siquiera sé cómo pasó, pero se hizo viral y mis seguidores comenzaron a subir.

Cambié mi vida sencilla por una de lujos y fiestas refinadas y, a pesar de tener todo lo que siempre soñé, nunca dejé de pensar en esas personas que me quisieron cuando yo no era nadie y a las que había decepcionado.

Justo eso me hizo no contactar con ellas cuando alcancé mi objetivo, me avergonzaba de mí misma y no era capaz de enfrentarme a que todos me odiaran, pero siempre anhelé poder celebrar mis logros con Josie, que los Tate me dieran un abrazo y que Tucker me mirara de aquel modo en que nadie más lo hacía.

Como si yo fuera la persona más especial y valiosa del mundo.

Ahora, eso ya no sucedía.

En ocasiones me parecía distinguir atisbos de aquella mirada, pero la mayor parte del tiempo solo quedaba decepción. Él mismo lo dijo, vio las cuerdas tras el telón y se dio cuenta de que todo era fachada y que no había nada más. Nada que mereciera la pena en mí.

Unos golpes en la puerta hicieron que guardara la foto de nuevo en la cartera y me secara las lágrimas con rapidez.

—¿Qué quieres? —traté que mi voz sonara firme y no notara que me hizo llorar.

—Disculparme —dijo desde el otro lado.

Cerré los ojos y respiré hondo. Me volví hacia la puerta y la abrí.

—No tienes que disculparte, has dejado muy claro lo que piensas de mí.

Tucker se pasó la mano por el pelo, desordenándoselo. Se notaba que estaba incómodo.

—Lo de antes… no estuvo bien.

Me quedé con los ojos clavados en él, sin saber qué decir. Aunque mis lágrimas decidieron por sí solas y comenzaron a brotar de nuevo.

—No tenía derecho a juzgarte tan duramente. Lo siento, estaba enfadado conmigo mismo y lo he pagado contigo.

Sollocé.

Hacía años que no me permitía llorar de aquel modo.

—Soy consciente del daño que te hice —murmuré.

—Eso es pasado, yo…

—Déjame decirlo —lo interrumpí—. Me fui sin despedirme de nadie. Sin despedirme de ti. Y sí…, fui egoísta. Pensé en mí, en lo que creía que necesitaba y que este pueblo no podía darme.

»Mi intención nunca fue herirte, pero lo hice. Te dañé a ti, a Josie y a todos los que me queríais. Llevo años sintiéndome culpable por ello y preguntándome si podría haberlo hecho de otra manera, porque yo también lo pasé mal, aunque eso no es excusa.

»Lo siento. Siento haberte herido.

Tucker permanecía inmóvil, como si mis palabras le hubieran afectado más de lo que pretendía demostrar.

Y entonces, sin que me lo esperara, alargó los brazos hacia mí y me envolvió con ellos.

Me dejé caer contra su pecho, triste y sintiéndome la peor persona del mundo. Quizá lo fuera.

Apoyó su barbilla sobre mi cabeza y suspiró.

—El pasado no lo podemos cambiar, solo nos queda aprender de nuestros errores para no volver a cometerlos.

Lloré contra su camisa de cuadros rojos y negros, y él me abrazó con más fuerza.

—Fui una persona horrible —me lamenté.

Me tomó por los brazos y me apartó un poco de su cuerpo. Iba a decir algo, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta al mirarme y, de nuevo, volví a ver aquel destello que las profundidades de sus azules ojos desprendían cuando se clavaban en mí.

No habló, se limitó a subir sus manos a ambos lados de mi rostro y a secar mis lágrimas con los pulgares.

Desvió la mirada a mis labios y supe que sentía deseos de besarme. Y, por Dios, esperaba que lo hiciera, porque, de lo contrario, me volvería loca.

Su respiración pareció detenerse del mismo modo que la mía cuando se inclinó levemente; entonces, se detuvo.

Su mandíbula se apretó y sus ojos se cerraron un instante, como si estuviera peleando consigo mismo. Me soltó el rostro y retrocedió un paso.

—No… no puedo —murmuró, abandonando la habitación.

Crucé los brazos sobre mi pecho para abrazarme a mí misma y observé la puerta por donde se marchó.

Estaba aterrada porque, de nuevo, volvía a sentir algo por él. Ese algo que me removía por dentro y hacía que mi alma se sintiera cerca de la suya. O quizá es que nunca dejé de sentirlo.

Había enterrado tan profundo mis sentimientos hacia él que hubo un momento que creí que ya no estaban, que desaparecieron, pero ahora me daba cuenta de que no era así.

Amaba a Tucker Tate. Siempre lo había hecho y me temía que siempre lo haría.