Capítulo 14
Tucker
Íbamos en silencio. Las palabras que nos habíamos dicho aún flotaban entre nosotros. Tenía ganas de llegar a casa y poder alejarme de ella, aunque fuera por un momento, para poder tranquilizarme. Sentía que me costaba respirar cuando la tenía tan cerca.
Por desgracia, un rebaño de ovejas cortaba la carretera, por lo que no me quedó más remedio que detener la ranchera en medio del pequeño puente de piedra.
Apoyé un antebrazo sobre el volante y bufé.
No podíamos habernos quedado atrapados en otro lugar, debía ser justo ahí. El sitio donde nos besamos por primera vez.
Nunca me había gustado el puente que pasaba por encima del río porque era viejo y las piedras se veían un tanto desgastadas y cubiertas de verdín.
Siempre pensé que algún día se vendría abajo, pero era el único modo de llegar al pueblo desde mi casa.
—¿Puedes dejar de seguirme, Poppy? —le dije al notar a la jovencita correr tras de mí para alcanzarme.
—No te sigo, Tate, es que tengo que tomar este camino.
La miré escéptico.
—Ah, ¿sí? ¿A dónde te diriges?
—No es de tu incumbencia —soltó con el mentón alzado.
Reí a mandíbula batiente.
—Se le ve el plumero, señorita Hart.
Se paró en medio del puente y se puso en jarras.
—¿Quieres que te diga que te sigo porque quiero pasar tiempo contigo? Pues sí, es justo eso.
Su sincera respuesta me dejó totalmente descolocado. Además de la sonrisa que lucía y que me había tenido semanas sin dormir fantaseando con ella.
—¿Y bien? —Se acercó más a mí—. ¿Tú no tienes nada que decirme?
Tragué saliva y me limité a mirarla. ¿Qué podía decirle? Me había quedado sin palabras, cosa que siempre me pasaba con Poppy.
Sentía un tremendo deseo de tocarla. Era como si su cuerpo fuera un imán que me empujara a unirme a ella.
—Poppy —su nombre dejó un gusto dulce en mi boca.
Ella dio un paso más hacia mí, pequeño, pero suficiente para que ese olor tan suyo penetrara en mis fosas nasales y me erizara la piel.
—¿Sí, Tuck?
Sus ojos verdes reflejaban el mismo anhelo que debían mostrar los míos.
El viento agitó su cabello y uno de los mechones se pegó a su mejilla. Sin pensarlo, levanté la mano y lo coloqué tras su oreja.
Fue un gesto mínimo, pero cuando gimió levemente, sentí que estaba perdido. Y entonces lo supe. Supe que iba a besarla y que eso cambiaría el resto de mi vida.
Me incliné despacio para darle la opción de retirarse. No obstante, hizo todo lo contrario. Cerró los ojos y apoyó las manos en mi pecho, justo antes de que nuestros labios se tocaran.
La tomé por la cintura con esa urgencia que nace del deseo y la apreté contra mí.
Aquel beso no fue calculado, pero sí muy real. Del tipo que te corta la respiración y te hace saber que estás en el lugar que debes y que esa persona es la indicada. Como si hubiera estado destinada para ti desde el principio.
Sentí los dedos de Poppy temblar cuando se aferraron a mi camiseta y me di cuenta de que no era la única que lo hacía.
Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, los dos respirábamos acelerados, al igual que si hubiéramos corrido una maratón.
Poppy tenía las mejillas encendidas y los labios un tanto hinchados, y yo… era incapaz de dejar de mirarla.
—¡Woaw! —exclamó con una sonrisa satisfecha—. Ha sido una pasada. ¿Por qué has tardado tanto en hacerlo?
Solté una risa nerviosa.
—Porque quizá no sea buena idea.
—¿Qué no es buena idea? —preguntó negando con la cabeza y sin perder la sonrisa—. Yo creo todo lo contrario. Es lo mejor que he probado en mi vida, así que acostúmbrate, porque no pienso parar de hacerlo de aquí en adelante.
Y no lo hizo…, no lo hicimos.
Volvimos a besarnos en ese puente que siempre odié y que gracias a ella se convirtió en mi lugar favorito en el mundo, hasta que me partió el corazón.
La voz de Poppy me devolvió a la realidad:
—Estoy por bajarme de esta tartana e irme caminando. El rancho ya está bastante cerca.
Giré el rostro hacia ella y supe que estar allí le afectaba tanto como a mí.
—Para ti sigue estando demasiado lejos.
Me miró con los ojos entrecerrados.
—He hecho el camino de tu rancho al pueblo a pie, y viceversa, un millón de veces —protestó.
—Sí, pero no con esos absurdos tacones que ahora te pones y que no te dejarían llegar muy lejos.
Suspiró y se volvió de nuevo hacia la ventanilla. El habitáculo del vehículo parecía demasiado pequeño y el ambiente muy cargado.
¿Y si la cogiera por la nuca y me inclinara sobre ella? ¿Sentiría lo mismo que aquella primera vez que la besé? Me moría de ganas por descubrirlo.
Duke ladró avisándome de que el camino ya estaba despejado y alejándome de mis peligrosos pensamientos.
Arranqué furioso porque mis sentimientos me traicionaran de aquel modo. No podía volver a pasarme. No iba a dejar que Poppy Hart jugara conmigo de nuevo.
Llegamos y detuve la ranchera de un frenazo. Salí y, sin esperarla, entré en la casa. Clover saltó sobre la mesa de la entrada para saludarme. La acaricié con suavidad con la esperanza de que su ronroneo me sosegara.
—¿No podías esperarme? —inquirió Poppy a modo de reproche cuando irrumpió en el recibidor—. Hasta has dejado a Duke. —Le acarició la cabeza cuando se sentó a su lado—. ¿Tanta prisa tenías?
Cerré los ojos y respiré hondo para calmarme. Intentaba controlar mi mal humor, pero ella siempre me lo ponía difícil.
—Os he dejado la puerta de casa abierta —respondí sin mirarla.
—Eso no es excusa —insistió—. Desde luego, has perdido los buenos modales, no hay duda.
—No estoy de humor para aguantar tus pataletas, Hollywood.
—¿Pataletas? —Me encaró y se puso en jarras—. No son pataletas. Yo tampoco llevo el mejor día del mundo y, aun así, no me comporto como un…
—¿Un qué? —la interrumpí—. ¿Un imbécil?
—No, yo…
—No, claro —volví a cortarla—. Porque lo que le gusta a la señorita Hart son los peleles. Marionetas a las que ella pueda manejar a su antojo.
Parpadeó varias veces.
—Solo he dicho que podrías haberme esperado, no que te comportes como un pelele.
—Te conozco bien, Hollywood.
—Pues parece que no tanto como te crees, idiota —espetó alzando un poco el tono.
Clover, en respuesta, clavó sus ojos azules sobre ella y le bufó.
—¿En serio? ¿Te vas a poner de su parte? —le dijo—. ¡Has puesto a tu gata en mi contra!
—No digas tonterías, solo siente la tensión que flota en el ambiente —respondí con cansancio.
—Un mal ambiente que tú has creado —repuso cruzándose de brazos.
—Claro, porque tú eres perfecta y nunca haces nada mal. —Me reí sin humor—. Solo te acercas, encandilas a los demás con tu encanto para después desecharlos como a basura. Aunque no sé de qué me sorprendo, siempre fuiste una egoísta.
—No es cierto.
Sonreí de medio lado, mordaz.
—Lo es y lo sabes. Éramos los demás los que vivíamos engañados, pero eso nunca más sucederá. Vimos las cuerdas tras el telón y nos dimos cuenta de que lo que había detrás no valía absolutamente nada.
Poppy se quedó quieta, casi parecía que ni respiraba. Sus ojos brillaban, y no de rabia, era dolor. Un dolor que yo mismo le había causado.
Sin decir nada, se dio media vuelta y se alejó para encerrarse en la habitación que ocupaba.
Cerré los ojos y me quedé plantado en medio de la entrada.
—Mierda —murmuré y me apreté el puente de la nariz.
La culpa me golpeó de lleno, sin piedad. No quise ser tan duro con ella, pero las palabras salieron de mi boca sin pedir permiso.
Duke me observaba en silencio y sentí que hasta él sabía que no me había comportado bien.
—Lo sé, viejo amigo. La he cagado.
Poppy me rompió el corazón, sí, pero no podía seguir machacándola porque yo siguiera… enamorado de ella.