Capítulo 13
Poppy
Lo vi alejarse y no pude evitar que mis ojos se desviaran hacia ese perfecto trasero que poseía. ¿Cómo era posible que los vaqueros le sentaran tan bien? Me daban ganas de arrancárselos con los dientes.
¿Cuántas veces a lo largo de estos años había imaginado cómo sería hacer el amor con él? Porque tenía claro que hubiera sido muy distinto a los polvos que había echado con los tíos guapos y superficiales con los que estuve. Tucker Tate era diferente. Siempre fue especial para mí… y seguía siéndolo.
Sacudí la cabeza.
«No vayas por ahí, Poppy —me dije a mí misma—. Recuerda que, en este trato, el amor no está incluido».
—¿A dónde vas? —pregunté al notar que no se dirigía hacia la ranchera.
—He de pasar un momento por casa de los abuelos —respondió—. No puedo venir al pueblo e irme sin visitarlos, o la abuela me lo recordará hasta que me muera.
Corrí tras él.
—Quizá yo debiera esperarte por aquí.
Soltó una risa.
—¿Poppy Hart asustada de un par de ancianos? —repuso sarcástico.
—No estoy asustada, solo… un poco nerviosa —respondí con sinceridad.
—Ajá.
Cómo odiaba aquella expresión. ¡Me sacaba de quicio!
—Hablé con tu abuelo por teléfono, por si no lo recuerdas.
—Así que solo le tienes miedo a la abuela —dedujo acertadamente.
—No es miedo, te lo vuelvo a repetir, es que… June es muy directa.
Me miró con una sonrisa ladeada.
—¿Y eso no es algo bueno?
—Emm… En ocasiones —contesté dubitativa.
Porque lo cierto es que, para alguien como yo, que huyó e hizo daño a sus nietos, la cosa estaba muy jodida. Intuía que June no me tendría demasiado aprecio en aquel momento y tampoco podía culparla.
Llegamos a la casa de los Tate, el precioso jardín cargado de flores seguía siendo el más bonito de todo Magnolia Creek, sin ninguna duda.
Tucker llamó a la puerta y, en pocos segundos, Earl la abrió. No había cambiado demasiado en aquellos diez años, seguía poseyendo el cabello blanco y una barba bien arreglada cubría parte de sus facciones, muy parecidas a las de su nieto.
Sonrió y unos hoyuelos se dibujaron en sus mejillas.
—Qué agradable sorpresa. —Se acercó y me abrazó—. Estás preciosa, Poppy Happy .
—Muchas gracias, Earl —dije emocionada.
Durante mucho tiempo, los Tate fueron la familia que no tuve.
—Adelante, pasad —nos invitó haciéndose a un lado—. June está preparando galletas.
Entramos al salón. Todo estaba igual que lo recordaba. Tan cálido y hogareño.
—No me puedo creer que tengas la desfachatez de poner los pies en mi casa —oí la voz de June a mis espaldas.
Me giré hacia ella, que se secaba las manos en un trapo de cocina. Su cabello, antes rubio, ahora era canoso y le llegaba a la altura de los hombros, y sus ojos castaños parecían fulminarme.
—Hola, June —fue lo único que atiné a decir.
—¿Hola, June? ¿Después de diez años sin dar señales de vida, solo dices: «¡Hola, June!»?
—Vamos, abuela. Dale un poco de tregua —le pidió Tucker, aproximándose a ella.
Pasó un brazo sobre los hombros de la mujer, la acercó a él y depositó un beso sobre su frente.
—Tregua. ¡Ja! —exclamó sin dejar de mirarme con animadversión—. Quien hace daño a mis nietos no se merece nada de mí.
—Lo siento, June —conseguí balbucir—. Nunca fue mi intención dañarlos.
—¿Y qué creías que iba a pasar? Mi nieta te quería como a una hermana, y mi nieto…
—Ya está bien de hablar del pasado —la interrumpió Tucker—. Además, ella es ahora nuestra jefa de marketing , así que es mejor que nos llevemos bien.
—¿Jefa de qué…? —inquirió Earl.
—¿Qué quieres decir con eso? —indagó June, bastante descontenta con aquella información.
—Hemos llegado a un trato —intervine—. Tucker me dejará pasar una semana en su casa y, a cambio, yo haré publicidad de vuestras deliciosas mermeladas.
—¿Cómo vas a hacer eso, Poppy Happy ? —preguntó el abuelo.
—Haré publicaciones en mis redes sociales promocionándolas. Tengo muchos seguidores y los pedidos no se harán esperar, así que os aconsejo tener preparadas muchas. Todas las que sean posibles, en realidad —le expliqué sonriente.
—Eso es una chorrada —espetó la abuela—. No creo que merezca la pena, Tucker —le dijo a su nieto.
—Solo será una semana. No perdemos nada por probar.
June posó una mano sobre el rostro de su nieto y lo miró con… ¿preocupación?
—Nada que pueda hacerte sufrir merece la pena, cariño.
—Vamos, abuela, no seas dramática. Sé que Hollywood es insufrible, pero podré aguantarlo.
Puse los ojos en blanco. La abuela suspiró.
—Ya eres mayorcito para saber lo que haces. ¿Y a qué viene eso de Hollywood?
—Le ha dado por llamarme así desde que regresé —contesté por él.
—Creo que le pega —repuso, encogiéndose de hombros con despreocupación.
—Ya que estáis aquí, quedaos a comer, anda —refunfuñó la abuela y regresó a la cocina.
Me acerqué a Tucker y murmuré:
—No creo que sea buena idea. Tu abuela me odia.
—Lo que no sería buena idea es rechazar su invitación —apuntó Earl, que alcanzó a escucharme.
***
Comimos un guiso de judías rojas con arroz. Estaba delicioso. June siempre tuvo buena mano para la cocina.
Yo intenté contarles anécdotas sobre mis años en Hollywood. Earl se mostraba interesado en ellas, mientras Tucker iba soltando comentarios mordaces de vez en cuando, pero June se mantenía en silencio, observándome con interés y algo más, que fui incapaz de descifrar.
Tras la deliciosa comida, nos dieron unas cuantas galletas y nos marchamos.
—Dios, creí que no saldría con vida de ahí. Si las miradas mataran…
Tucker rio.
—No ha sido para tanto, Hollywood, no exageres.
—Tucker —una voz dulce nos hizo volvernos de golpe.
Una mujer de generosas curvas y genuina belleza nos miraba de forma interrogativa. Su cabello era rojizo, le caía en ondas hasta mitad de la espalda, y unas bonitas pecas salpicaban su rostro.
—Kelly —la saludó Tuck acercándose a besarla en la mejilla—. Te presento a Poppy Hart. Es una antigua amiga de mi hermana. Ella es Kelly Bauer, hace unos años que se mudó a Magnolia Creek.
—Es un placer —repuse, con más curiosidad de la que admitiría jamás.
—Lo mismo digo —respondió con una mirada de desconfianza.
—Estábamos visitando a los abuelos —le explicó Tucker.
—Y por el olor que desprende esa caja, imagino que June ha hecho sus deliciosas galletas de chocolate —comentó Kelly.
Tucker sonrió abiertamente.
—Ten. —Se las entregó.
—Oh, no, no puedo aceptarlas.
—Claro que puedes, sé que son tus favoritas.
La mujer cogió el recipiente y sus mejillas se sonrojaron.
—Muchas gracias. Siempre tan atento.
Él me miró de soslayo y carraspeó.
—Bueno, tenemos que irnos, pero prometo que nos veremos pronto.
—¿Qué tal mañana? —sugirió Kelly—. Podemos ir a Rusty´s a bailar.
—Quizá. Te llamaré para confirmarlo —dijo dirigiéndole una sonrisa amable que a mí no me mostraba.
—De acuerdo —aceptó Kelly, con una expresión deslumbrante, a la vez que se ponía de puntillas y lo besaba muy cerca de la comisura de la boca—. Espero que disfrutes de tu regreso al pueblo, Poppy —añadió, antes de alejarse.
Me quedé mirándola contonear sus caderas voluptuosas enfundadas en aquel vestido floreado que lucía. Sentí un aguijonazo de celos en las entrañas.
—Una chica preciosa —comenté para ver qué decía Tuck.
—Ajá —respondió sin más, tras comenzar a caminar hacia la ranchera.
—Parece que te tiene mucho aprecio —continué diciendo—. O, tal vez, sea algo más.
—¿Quieres preguntar algo, Hollywood?
—No, nada. Es más que evidente que entre vosotros hay una relación que va más allá de una simple amistad.
—¿Celosa? —inquirió con una ceja enarcada.
—No digas tonterías. ¿Celosa yo? —reí sin ganas—. Solo me preguntaba si a tu novia no le molestaría que me quede en tu casa. Por qué es tu novia, ¿no?
—No te debo explicaciones, Hollywood.
—No te estoy pidiendo explicaciones —espeté molesta—. Solo digo que Kelly parece una buena chica y no me gustaría hacerle daño, aunque no sea de manera intencionada.
Tucker se carcajeó.
—Eso sí que es gracioso. Poppy Hart preocupándose por el daño que les hace a los demás. ¡Menuda novedad!
Sentí como se me encendía el rostro.
—No tienes derecho a soltarme eso ahora.
—Tengo todo el derecho —replicó, abriendo la puerta de la ranchera y montándose en ella.
Desde luego, ser un poco caballeroso y abrirme a mí la puerta no iba con él, así que hice lo mismo, me subí al auto y cerré de un portazo, furiosa.
—Pareces muy dolido porque me fuera, pero no moviste ni un solo dedo para recuperarme —contraataqué.
—¿Recuperarte? —murmuró y soltó una amarga risa—. No se recupera algo que nunca has tenido.