Amor no incluido Capítulo 12
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Capítulo 12

Tucker

—¿No pensabas cogerme el teléfono? —refunfuñé al verla en la puerta de la cafetería con el móvil en la mano.

Me tenía preocupado.

Después de llamarla en varias ocasiones sin obtener respuesta, decidí ir a casa de su padre para comprobar que todo estuviera bien. Sin embargo, de camino, me la encontré más feliz que una perdiz y sin pensar en nada más que sus malditas redes sociales. ¡Seré gilipollas!

Alzó sus ojos verdes hacia mí.

—Emm… ¿Has dicho algo?

Me paré frente a ella, crucé los brazos y enarqué una ceja.

—¿Dónde tienes la cabeza, Hollywood? ¿Acaso no ha ido bien la charla con tu padre? —Fruncí el ceño—. ¿O es que no has hablado con él?

—Sí, fui a su casa. Estuvimos hablando un par de horas, pero me di cuenta de que me había dejado el móvil aquí cuando tomé café con tu hermana, así que tuve que regresar a por él. Por eso no pude responder a tus llamadas.

—¿Has estado con Josie?

Asintió.

—Y he conocido a tu sobrina —respondió sonriente—. Una niña muy espabilada.

—Sí que lo es —dije orgulloso—. ¿Y todo bien con tu padre? —indagué.

Dudó unos instantes antes de contestar:

—Mejor de lo que pensé.

—Estupendo. Entonces, recogeremos tus cosas para llevarlas a casa de Thomas y…

—En cuanto a eso —me interrumpió—. Me gustaría poder quedarme unos días más contigo.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loca? No, de eso ni hablar.

—¿Por qué? Tampoco hemos llevado tan mal la convivencia.

Sin duda, había perdido la cabeza.

—Lo siento, Hollywood, pero valoro demasiado mi independencia.

—Vamos, Tuck. Por favor —suplicó—. Acabo de reconciliarme con mi padre, sé que no estaré cómoda viviendo bajo su mismo techo tan pronto.

—¿Y conmigo sí? —ironicé.

—Contigo ya lo he estado haciendo y no ha sido tan horrible. No eres el peor compañero que pueda imaginar, a pesar de las comidas cargadas de colesterol que te empeñas en hacerme tragar.

Enarqué las cejas.

—Al menos, yo cocino. No he visto que tú te acercaras a los fogones, señorita criticona.

—Prometo que, si me dejas quedarme unos días más contigo, cocinaré. —Alargó una mano hacia mí—. ¿Trato hecho?

No hice ni un solo gesto de tomarla.

—No, lo lamento. Lo mejor para los dos será que te vayas a casa de Thomas.

—Oh, vamos —protestó—. Te propongo algo. Si me permites pasar un tiempo más en tu casa, haré publicidad de vuestras mermeladas. No te imaginas lo que me llegan a pagar las marcas para que haga eso, pero a ti te lo haré a cambio de mi estancia en tu rancho. Será como un trato comercial.

—¿Es que no sabes aceptar un no? —gruñí, sabiendo que no se daría por vencida.

Sonrió de oreja a oreja.

—No suelo escuchar muchos noes, la verdad.

—Pues me alegro de ser uno de los pocos que te lo digan.

Me di media vuelta y comencé a andar a grandes zancadas, dándole la espalda.

—Tuck, no seas cabezota —dijo, tratando de seguir mi paso con esos absurdos zapatos de tacón que llevaba.

—No soy cabezota, valoro mi tranquilidad, y contigo rondando cerca es imposible tenerla.

—¿Tan nervioso te pongo?

—No, es que eres muy molesta.

Bufó.

—¿Puedes pensar fríamente por una vez? Con mi ayuda, podríamos conseguir que vuestras mermeladas se vendan en cualquier lugar. Es lo que necesitas para que el rancho siga a flote.

—No es asunto tuyo lo que suceda con mi rancho —repuse cortante.

—No seas idiota. No permitas que tu orgullo te haga perder todo por lo que tus padres tanto pelearon.

Aquellas palabras me hicieron detener de golpe. Me volví hacia ella sin prisa y la miré. Me hubiera gustado decirle que se fuera a la mierda, porque sus reproches me habían dolido, pero, por desgracia, tenía parte de razón.

Aunque no era el orgullo lo que me hacía declinar su trato, era el miedo de tenerla cerca más tiempo y volver a sufrir cuando se marchara. Sin embargo, el legado de mis padres me importaba demasiado.

—Tuck, yo… —Se removió inquieta, interpretando mi silencio como enfado—. No tendría que haber dicho eso, en realidad…

—Una semana —la corté. No quería escuchar su disculpa—. Si en ese tiempo no noto un resultado satisfactorio con los pedidos de las mermeladas, te irás.

Los ojos de Poppy brillaron victoriosos. Como siempre, volvía a salirse con la suya.

—En una semana vas a tener tantos pedidos que me pedirás que no me marche nunca —aseveró con seguridad en sí misma.

—Créeme, Hollywood, será un milagro que no te eche a patadas antes de que acabe la semana, así que no, no te pediré que te quedes.

Me di media vuelta para continuar mi camino.

—Será imbécil —la oí refunfuñar por lo bajo.

Y sí, claro que era un imbécil, porque tenía la sensación de que con aquel trato acababa de vender mi alma al diablo.