Amor no incluido Capítulo 11
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Capítulo 11

Poppy

Tuck se había marchado a comprar unas cosas que necesitaba para el rancho y sugirió que me daba tiempo libre, el muy capullo. ¡Ni que fuera una cría que necesitara su permiso!

Me dijo que me llamaría cuando estuviera listo y, como su ranchera era el único medio de transporte que tenía para regresar, le tuve que dar mi número de teléfono, a regañadientes.

Mientras tanto, entré a la cafetería en la que tantas veces estuve en el pasado.

La señora Benson, la dueña del local, me saludó con efusividad y quiso servirme el batido de fresa que siempre le pedía en mi adolescencia, pero al final, logré convencerla de que ya no me gustaban esas bebidas tan azucaradas y que prefería un café bien cargado.

Acto seguido, me acomodé en una de las mesas y saqué el móvil para comunicarme con April.

Poppy:

¡¡April!!

Dios mío, no sabes las ganas que tenía de poder hablar contigo.

Me pilló una terrible tormenta de camino a Magnolia Creek y tuve un pequeño accidente. Algo sin importancia. Pero me he quedado atrapada aquí.

No había cobertura y no podía escribir ni llamar a nadie.

¡No sabes lo mal que lo he pasado!

Le di a enviar y segundos después, mi amiga ya estaba leyendo mis palabras.

April:

Madre mía, Poppy, me tenías muy preocupada.

Después de todo lo que se está hablando en redes y no poder contactar contigo, me temía lo peor.

Por cierto… ¿Magnolia Creek? ¿Qué es eso?

Reí por lo bajo.

Poppy:

Es el pueblo donde nací.

April:

¿Y qué haces ahí?

Poppy:

Jordan me aconsejó desaparecer por un tiempo y me pareció la opción más adecuada.

April:

¿Y qué hay del tema del accidente?

¿Qué te ha sucedido?

¿Seguro que estás bien?

Poppy:

Sí, sí, tranquila.

Perdí el control del coche y me estampé contra la valla de Tuck, pero, por suerte, no me hice ni un rasguñó.

April:

Eh, un momento.

¿Tuck? ¿Quién es ese Tuck?

No será TU TUCK.

¡No! Había metido la pata diciendo su nombre.

Poppy:

No es mi Tuck.

April:

¿No es el Tuck del que me hablaste?

¿Al que no podías olvidar y el único hombre del que has estado enamorada?

¿Qué podía responder a eso?

Escribí y borré varias veces.

Poppy:

Ese sí que es, sí.

Puse al fin.

April:

¡Entonces sí que es tu Tuck!

¡¡¡QUÉ FUERTE!!

¿Y qué tal? ¿Cómo ha sido el reencuentro?

Poppy:

Pues el de dos desconocidos.

April:

No me lo creo.

¿Acaso no has sentido nada al verlo de nuevo?

Poppy:

Nada.

Si la fábula de Pinocho fuera real, mi nariz ahora mismo habría crecido más de dos palmos.

April:

¿Y estás en su casa? ¿Con él?

Poppy:

No tuve más remedio que quedarme en su rancho.

Nos quedamos atrapados.

April:

Parece el argumento de una novela romántica,

Puse los ojos en blanco. April y su mente soñadora.

Poppy:

Más bien, una pesadilla.

April:

Y dime, ¿cómo está?

Poppy:

¿Qué quieres decir?

April:

No te hagas la tonta, Poppy.

¿Ha mejorado?

¿O parece un viejo decrepito y ajado por los años?

Mi amiga y su curiosidad insaciable. ¿Qué podía responder ahora?

Busqué entre las fotos que hice estos días y le envié la que le tomé a Tucker cuando estaba arreglando la valla.

Poppy:

Júzgalo tú misma.

April:

¡¡¡JOOODER!!!

Está buenísimo.

Quiero todos los detalles jugosos.

Poppy:

No hay nada que contar.

April:

Eso no te lo crees ni tú.

—¿Poppy? —una voz tremendamente conocida me hizo alzar los ojos y toparme con el rostro adorable y bonito de mi antigua mejor amiga.

—Josie —murmuré sobrecogida.

—Cuánto tiempo —dijo ella, con esa sonrisa agradable tan suya dibujada en los labios.

—Diez años —corroboré, aún en shock .

Noté vibrar mi móvil y miré la pantalla.

April:

¡¡Poppy!!! Eooo.

No te hagas la loca conmigo.

Poppy:

Luego hablamos.

Y sin más, dejé el teléfono en el bolso que colgaba de la silla y me puse en pie.

—¿Puedo darte un abrazo? —pregunté con los ojos vidriosos.

Josie no respondió, simplemente se limitó a estrecharme entre sus brazos. ¡Cuánto la había echado de menos!

—Diez años sin saber de ti, Pops —murmuró contra mi oído. Noté dolor en sus palabras.

—Lo siento —respondí con sinceridad.

Cuando el abrazo llegó a su fin, ambas estábamos emocionadas.

—¿Qué haces aquí? Mi abuela me dijo que habías vuelto, pero no podía creerlo.

—Leí tu mensaje sobre mi padre —contesté.

—¿Ahora?

—Sé qué hace meses que me lo mandaste —repuse un tanto avergonzada.

Suspiró y se encogió de hombros.

—Imagino que nunca es tarde para hacer lo correcto.

—Mamá, ¿quién es esta señora?

Aquella vocecilla hizo que desviara los ojos hacia la niña que sostenía la mano de Josie. Tenía el cabello dorado como su madre y unos enormes ojos castaños que me recordaron a Mason.

—Es una amiga de la infancia, cielo —le dijo—. Se llama Poppy.

—¿Poppy? Que nombre tan bonito —comentó la pequeña.

Sonreí.

—¿Y tú cómo te llamas?

—Nora —respondió orgullosa.

—Vaya, creo que tu nombre es mucho más bonito que el mío.

Ella asintió feliz.

—¿Queréis sentaros a tomar algo? —ofrecí.

Noté que Josie dudaba un instante antes de aceptar.

—De acuerdo, no me vendría mal un chocolate calentito.

Ambas tomamos asiento, mientras Nora se colocaba en el suelo para jugar con un par de unicornios que llevaba dentro de un coqueto bolsito de purpurina.

—Así que aún tomas chocolate.

Josie sonrió de oreja a oreja.

—Hay costumbres que no deben perderse.

Hablamos largo y tendido sobre nuestras respectivas vidas. De repente, parecía como si el tiempo no hubiera pasado y siguiéramos siendo las mismas adolescentes que se gastaban bromas cómplices y se entendían con una sola mirada.

—No sabía qué más hacer para contactar contigo; por suerte, tú padre se recuperó. Incluso ha dejado de beber —decía mi amiga en aquel momento.

—Lamento no haber leído tu mensaje antes.

Noté sus ojos entristecerse.

—¿Por qué me hiciste a un lado, Pops? —preguntó cargada de dolor—. Yo te quería, eras como una hermana para mí y tú no fuiste capaz de hacerme ni una llamada.

Tragué el nudo que se formó en mi garganta.

—No podía hacerla.

—¿Por qué?

—Porque sabía que, si hablaba contigo, si escuchaba tu voz… solo hubiera querido regresar corriendo, y eso no podía permitírmelo. Quería algo más, Josie. Otra vida que aquí no obtendría.

—¿Y por eso decidiste dejarme atrás?

Era duro, pero asentí.

—Tuve que dejar atrás todo lo que me ataba a este pueblo. Siento haberte hecho daño.

Por un instante, la noté procesar mis palabras. Se debatía entre comprenderme o mandarme a la mierda, y no la culparía si se decantara por la segunda opción.

—Supongo que tomaste un camino y no querías que nada te desviara de él. —Dudó un segundo antes de hacerme la siguiente pregunta—: ¿Te arrepientes?

—No, Josie, no lo hago —respondí… ¿con sinceridad? De súbito, tenía dudas.

Ella asintió con tristeza.

—Creo que debo irme.

Se puso en pie y agarró de la mano a su hija, que permanecía sentada en el suelo detrás de mí.

—Josie, espera… —¿qué iba a decirle?—. Yo…

—Me ha gustado verte, Pops. Te deseo que seas feliz con la vida que siempre soñaste.

Se alejó y yo solo pude quedarme mirándola. Sabía que fui una egoísta en mis decisiones y que la herí profundamente.

Sintiendo una fuerte presión en el pecho, me colgué el bolso al hombro y salí de la cafetería.

Era consciente de que no podía demorar más el momento de ir a ver a mi padre, pero era difícil.

La última imagen que tenía de él era un borracho agresivo, y, aunque Josie me aseguró que había cambiado, no podía acabar de creerlo.

De hecho, una de las cosas que me empujó a tomar la decisión de irme sola con mi pequeña maleta fue él. No podía permanecer por más tiempo bajo su mismo techo.

Tras diez minutos caminando, me detuve frente a la pequeña casa de ladrillo. Mi corazón latía con fuerza.

Llamé a la puerta y oí su voz al otro lado:

—Ya voy.

Cuando abrió, ante mí no me encontré al hombre demacrado y ojeroso que recordaba.

Ahora tenía a un señor de aspecto respetable, alto, vestido con una camisa limpia y una sonrisa agradable que se borró de su rostro en cuanto me vio.

Su tez negra tenía un resplandor diferente y había ganado algunos kilos que le daban un aspecto más saludable.

También lucía una barba bien arreglada y unas gafas de pasta que le daban un toque más intelectual.

—Po… Poppy —balbució con la voz temblorosa.

—Hola, papá.

—Yo… ¿Quieres pasar?

Dudé un instante. Aún recordaba las veces que me golpeó antaño y sentí miedo de estar a solas con él. Pareció notarlo, porque su rostro se contrajo.

—No voy a hacerte daño —prometió, y se hizo a un lado para dejar la entrada libre.

Respiré hondo y caminé hacia dentro de la casa. Estaba mucho más limpia y ordenada que cuando me fui.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó nervioso.

—No, gracias. Acabo de beberme un café.

—En ese caso, siéntate.

Tomé asiento en uno de los sillones y él se acomodó frente a mí.

—Me alegro tanto de volver a verte. Te he seguido por las redes todo este tiempo, era el único modo de saber de ti.

—Josie me escribió para decirme que estabas enfermo —le expliqué el motivo de mi visita.

—Lo estuve. Tuve una fuerte pulmonía que me dejó tocado durante meses, por suerte, ya me encuentro mejor.

—Me alegra oír eso —dije con sinceridad.

—También he dejado de beber.

Asentí.

—Te veo bien.

—Lamento lo que te hice, hija —se disculpó con los ojos cargados de lágrimas—. La muerte de tu madre me devastó y no logré ser lo bastante fuerte como para seguir adelante. Fui un mal padre.

Sentí un pellizco en el pecho porque noté verdad en sus palabras.

Me eché hacia delante y tomé sus grandes manos entre las mías.

—Lo importante es que ya no eres ese hombre.

—Ni pienso volver a serlo.

Sentí como una gran carga, que ni sabía que llevaba, se aflojaba dentro de mí. Lo había echado de menos sin darme cuenta, no al hombre que dejé atrás hacía diez años, sino al padre protector y cariñoso que fue y que se había perdido en el fondo de una botella.

Estuvimos hablando durante un par de horas, hasta que metí la mano en el bolso para buscar mi teléfono y preguntarle a Tucker cuánto le quedaba, pero no lo hallé.

—¡Joder!

—¿Qué sucede? —preguntó mi padre.

—Debí dejarme el móvil en la cafetería. He de ir a ver si lo encuentro.

—¿Volverás? —preguntó ansioso.

Lo miré a los ojos y sonreí.

—Volveré, papá. Mañana nos vemos —aseguré dándole un beso en la mejilla, antes de salir de la casa y dirigirme a toda prisa hacia la cafetería.

—Señora Benson, no habrá encontrado…

—¿Un móvil? —me interrumpió, alargándolo hacia mí.

Lo cogí y lo apreté contra mi pecho. ¡Menudo alivio!

—Muchísimas gracias. Acaba de salvarme la vida.

—Jóvenes —refunfuñó—. Un día perderán la cabeza.

Sonreí y salí a la calle, comprobando que tenía tres llamadas de Tucker y… ¡¿seis de Jordan?!

¿Qué había pasado para que me llamara tan insistentemente?

En ese momento volvió a sonar el teléfono. ¡Era él!

—Dime, Jordan. ¿Sucede algo?

—¿Qué significan esos vídeos que has subido?

Fruncí el ceño.

—¿Que yo qué? ¿Vídeos? —Fui a mirar mi Instagram—. Yo no…

Pero sí. Sí había vídeos subidos sin ningún tipo de texto. Eran todos los que había grabado de los animales del rancho, como si los entrevistara. O simples reflexiones mientras grababa un bonito atardecer. Todo ello sin ningún tipo de edición o cortes, era yo en estado puro.

¡¿Qué mierda era eso?!

—¡No he subido nada de esto! —me defendí—. Ha debido… —Traté de buscar la explicación más lógica—. Quizá haya sido la hija de una amiga. Guardé el móvil sin bloquear y ella estaba jugando junto al bolso. Debió cogerlo sin que me percatara.

—Pues recuerda darle las gracias cuando vuelvas a verla.

—¿Cómo dices? —inquirí confusa.

—Tus números están subiendo, Poppy. Parece ser que a la gente le ha gustado lo natural que te muestras, encima, en un entorno rural. Comienza a haber especulaciones de que el vídeo donde criticabas el sur y sus costumbres estuvo manipulado. Sigue así.

Parpadeé varias veces.

—Yo… no sé qué decir.

—No digas nada, solo quédate ahí y continúa haciendo este tipo de contenido. Vamos por el buen camino, Poppy. No todo está perdido.

—De acuerdo —murmuré sin entender nada.

¿Eso era lo que la gente quería de mí? ¿Naturalidad? Con lo que me esforcé para construir una imagen perfecta e irreal de mí.

—Debo dejarte, hoy tengo un día ajetreado.

—Vale, Jordan. Vamos hablando.

—Por supuesto.

Colgó y me quedé mirando los vídeos subidos y los comentarios de la gente, en su gran mayoría, eran positivos. Risas. Alabanzas. Cariño… Y por ser yo misma, no ese personaje perfecto y sin mácula que había creado.

¡Increíble!