Amor no incluido Capítulo 10
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Capítulo 10

Tucker

Al día siguiente desperté temprano, me di una ducha y me dirigí a hacer el desayuno.

Poppy seguía dormida, lo que me daba unas horas de calma al saber que no iba a encontrármela de golpe y a quedarme sin habla a causa de su belleza deslumbrante.

Acaricié la cabeza de Duke y puse la radio. El locutor local explicaba que ya habían despejado las carreteras y que las líneas de teléfono estaban reestablecidas.  También consiguieron solucionar los problemas con la red eléctrica.

Terminé de hacer el café y fui directo a llamar a mis abuelos. Esperaba que estuvieran bien.

—¿Dígame? —escuché la voz del abuelo al otro lado de la línea.

—Hombre, dichosos los oídos —dije sonriente.

—¡Tucker! ¿Cómo estás, chico? ¿Todo bien? A tu abuela casi le da algo por no poder saber cómo te encontrabas.

—Todo bien, abuelo. Gracias al generador he podido hacer vida normal. ¿Y vosotros?

—Estuvimos unas horas sin luz, pero nos las apañamos.

—¿Y Josie?

—Ella y su familia también están bien. La pequeña Nora te echa de menos.

Mi sonrisa se amplió.

—Yo también a ella.

—¡¿Estás hablando por teléfono?! —la exclamación de Poppy me hizo girarme hacia la puerta.

Adiós a mis horas de paz.

—¿De quién es esa voz femenina? —preguntó el abuelo desde el otro lado de la línea.

—Es Poppy Hart —respondí desganado. Sabía que eso traería cola.

—¡Poppy Hart! —espetó sorprendido.

—¿Está Earl al teléfono? —inquirió aproximándose a mí y tratando de arrebatármelo—. Quiero hablar con él.

—No, no creo que… —no me dio tiempo a decir nada más, pues me quitó el aparato de las manos.

—¿Earl? —repuso con una sonrisa de oreja a oreja.

—La pequeña Poppy Happy —la saludó por el apelativo cariñoso por el que siempre la llamó—. ¿Qué haces de vuelta en Magnolia Creek? Menuda sorpresa.

Como estaba tan cerca de ella, podía escuchar lo que decía el abuelo, a pesar de que Poppy sostuviera el teléfono contra su oído.

—Vine a ver a mi padre, me pilló la tormenta y no me quedó más remedio que refugiarme en el rancho con el gruñón de tu nieto. —Puse los ojos en blanco—. ¿Y cómo estáis vosotros? ¿Qué tal June?

—Tirando, hija, tirando —contestó—. Los años pesan, pero no podemos quejarnos.

—Me alegro mucho de que estéis bien.

—Igualmente, Poppy Happy .

—Dale un beso a June de mi parte.

—Se lo daré.

—Adiós —se despidió.

—No, espera —dije y alargué la mano hacia el teléfono, pero ya había colgado—. Quería hablar con mi abuela.

—Pues ya lo harás —repuso marcando otro número de teléfono—. Necesito decirle a mi agente que sigo con vida.

Bufé y me alejé a servirme una taza de café. Entonces, me senté para observarla con calma.

—¡Jordan! Sí, sí, tranquilo. Estoy bien —decía apresuradamente—. Tuve un pequeño accidente y me quedé atrapada en el rancho de un viejo amigo sin ningún medio para comunicarme con nadie.

»Estoy de vuelta en el pueblo donde nací —rio—. No creo que lo conozcas. Se llama Magnolia Creek.

Se quedó callada escuchando algo que le decía su dichoso agente.

—He grabado algunos vídeos rurales, pero no sé si tienen potencial para ser publicados.

Está bien, te los pasaré para que los revises.

—Miró de reojo y bajó la voz antes de decir—: ¿Y cómo va la cosa?

¿Se ha calmado un poco el ambiente? —Asintió varias veces—.

Ya, ya. Lo comprendo. De acuerdo, lo haré y espero que funcione.

Muchas gracias, Jordan. Te iré llamando. Un beso.

Colgó y se giró para mirarme.

—¿No has pensado que estaría bien ofrecerme un poco de intimidad?

Enarqué una ceja.

—¿La misma que me has dado tú, que hasta me arrebataste el teléfono? —contrataqué.

Suspiró y negó con la cabeza.

—¿Crees que sería posible bajar al pueblo?

Asentí.

—Parece ser que las carreteras y caminos ya están despejados.

—¡Genial! —exclamó emocionada—. Voy a darme una ducha y a vestirme. No tardo nada.

No pude evitar sonreír. Esa mujer era pura energía desde que se despertaba hasta que se acostaba.

***

Una media hora después, estábamos de camino al pueblo en mi ranchera. Iba conduciendo con una mano en el volante y otra apoyada en la ventanilla abierta, ya que mi carraca era tan vieja que no tenía aire acondicionado.

Poppy estaba sentada en el asiento de al lado, mientras que Duke permanecía tumbado atrás.

Llevaba veinte minutos hablando sin parar. ¡Veinte! Y ni siquiera necesitaba que yo le respondiera para seguir con su retahíla de palabras. ¿Acaso los viajes en silencio habían pasado de moda?

—Por cierto, ayer vi a dos patos machos en el estanque que se comportaban como si fueran pareja.

La miré de soslayo.

—Sí, son Flip y Flop.

—¿Flip y Flop? —Enarcó una ceja, divertida—. Lo tuyo poniendo nombres es digno de estudio.

Sonreí de medio lado.

—Gracias, pero en esta ocasión no es cosa mía. Fue Nora quien los eligió.

—¿Nora?

—Mi sobrina.

—Ah, sí. Es cierto. —Miró por la ventanilla—.

Aún no puedo hacerme a la idea de que Josie sea madre.

Aunque, pensándolo bien, siempre tuvo instinto maternal.

—Se giró a mirarme—. Recuerdas que sus muñecas siempre estaban perfectas.

Las mías parecían vagabundas con pelos de loca, pero ella las llevaba de punta en blanco.

Solté una carcajada

—Hollywood, respira un momento.

Ella frunció el ceño, ofendida.

—Estoy respirando.

—No lo parece.

—¡Pues lo hago!

—Ajá —dije, porque sabía que eso la molestaba.

Bufó y se cruzó de brazos.

—Creo que estás un poco nerviosa —continué diciendo.

—No es verdad —negó—. Solo pretendía darte conversación, pero me doy cuenta de que contigo es imposible. Y otra cosa más, deberíais exigir que os arreglaran las carreteras, siguen en el mismo mal estado que cuando me fui. No puede ser que…

Perdí el hilo de su apasionado discurso.

Verla así, con los ojos brillantes, las manos moviéndose y la voz llena de emoción, hizo que algo me golpeara en el pecho.

Poppy Hart había regresado a mi vida y, con ella, el ruido, el caos y… esa luz que parecía haberme abandonado.

Mi mundo llevaba años en silencio y Poppy había vuelto a llenarlo, y eso me tenía aterrado.

—¿Me estás escuchando? —inquirió malhumorada.

—Claro —mentí.

—¿Qué te he dicho?

—Algo sobre… patos gais —repuse sonriente.

Me miró como si quisiera tirarme por la ventanilla.

—Eres imposible.

—¿Qué quieres que haga? Hablas más que una radio vieja.

—¡No es cierto!

—Poppy, no he podido ni oír mis propios pensamientos desde que subiste a la puñetera ranchera.

Ella abrió la boca para protestar, pero se impuso la risa. Una risa suave y contagiosa, que despertó un cosquilleo dentro de mi pecho.

Estaba jodido.

***

Paramos frente al taller de Hank. Mientras yo le explicaba los desperfectos que había visto en el deportivo rojo, ella se dedicó a actualizar sus redes sociales.

El mecánico tenía bastante trabajo por culpa de la tormenta y tardaría un par de días en poder ponerse con el auto de Poppy, aunque mandaría esa misma tarde a su hijo a recogerlo.

—¿Cuándo tendrá reparado mi coche? —inquirió Poppy en cuanto salí del taller.

—En unos días.

—¿Días? —espetó—. ¿No puede tenerlo listo para mañana?

Me crucé de brazos y enarqué una ceja. Duke, sentado junto a ella, nos miraba como si pensara que éramos un par de idiotas.

—Lamento decírtelo, Hollywood, pero no eres la única persona en el mundo. Hank tiene varios coches para revisar antes que el tuyo.

—¿Y si le doy un extra para que me dé prioridad?

—No todo en este mundo es el dinero —solté con mordacidad.

—No estoy diciendo eso —replicó—. Es solo que necesito el coche.

—Como todos los que lo tienen en el taller antes que tú. No eres el ombligo del mundo.

—¡Deja de tratarme así! —exclamó furiosa.

—¿Cómo te trato?

—Como si fuera una egocéntrica materialista.

—¿Y no lo eres?

—¡Claro que no! —gritó, y consiguió que las personas que caminaban a nuestro alrededor nos miraran.

—Ajá —ironicé.

—Mira, pedazo de zoquete…

—¿Tucker? —la voz del veterinario interrumpió su perorata.

—Roy, ¿cómo va? —lo saludé dándole un apretón de manos.

—Espero no interrumpir nada —comentó dirigiendo sus ojos hacia Poppy.

En esa mirada pude ver admiración, y eso me molestó, aunque no tuviera motivos para ello.

—No, no, tranquilo —repuse con calma, pese a que unos locos celos punzaron mis entrañas—. No sé si llegaste a conocer a la señorita Hart. Es la hija de Thomas.

—¡Vaya! —exclamó sonriente—. No tuve el placer, llegué cuando ya se había marchado, pero su padre me ha hablado mucho de usted, señorita Hart. Encantado de conocerla —dijo alargando una mano a modo de saludo.

Ella la tomó.

—Por favor, tutéame y llámame Poppy. No me van mucho los formalismos.

—Yo soy Royce Carter, el veterinario del pueblo desde que el doctor Harris se jubiló, pero todo el mundo me llama Roy.

—En ese caso, yo también te llamaré Roy.

Me pareció que las mejillas del hombre se sonrojaban. Estaba claro que Poppy le resultaba atractiva y, por como se comportaba ella, parecía que era recíproco.

—¿Querías algo, Roy? —le pregunté con más brusquedad de la que me hubiera gustado.

—Emm… Sí, claro. —carraspeó, desviando sus ojos hacia mí con dificultad—. Quería saber cómo seguía la cojera de Dusty.

—No se le ha ido —reconocí—. De hecho, me gustaría que subieras a echarle un vistazo.

El veterinario asintió.

—Mañana mismo me pasaré por el rancho. Siempre es mejor prevenir. —Miró a Duke y le acarició la cabeza—. Es una suerte que tú nunca nos des problemas, amigo.

El perro meneó la cola de manera amistosa.

—Duke es fuerte como un roble —afirmé orgulloso de él.

—Es cierto. —Volvió la vista hacia Poppy—. En fin, me tengo que marchar. Espero que tu vuelta a Magnolia Creek sea satisfactoria. Tu padre estará muy feliz de tenerte por aquí de nuevo.

—Muchas gracias, Roy. Que tengas buen día —respondió de manera educada.

—Igualmente —se despidió, aunque giró la cabeza varias veces mientras se alejaba.

—¿Así que este es el nuevo veterinario del pueblo? —inquirió ella con más interés del que me hubiera gustado.

—Sí, desde hace unos siete años, si no me equivoco —respondí.

—¿Está casado?

Apreté los dientes.

—Tranquila, está libre para que puedas coquetear con él tanto como quieras.

Poppy dirigió sus ojos de golpe hacia mí.

—¿Celoso, Tate? —sonrió con suficiencia.

¡Mierda!

—Sigue soñando, Hollywood —intenté sonar indiferente, aunque sabía que me conocía demasiado bien para tragárselo.