Amor no incluido Capítulo 9
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Capítulo 9

Poppy

Por fin, por la tarde, ya pude ponerme mi ropa y eso me hizo sentir que volvía a ser yo, la influencer sofisticada que tenía una perfecta vida en Hollywood.

Opté por algo cómodo y fresco para las altas temperaturas de la primavera en Tennessee. Un tejano claro desgastado, un top negro de tirantes que dejaba mi trabajado abdomen al descubierto y unas botas cowboy del mismo color.

Volví a intentar llamar por teléfono a Jordan o a April. También les envié varios WhatsApp, pero no les llegaban.

Estaba nerviosa al pensar lo abandonadas que tenía mis redes sociales. ¿Qué estarían pensando mis seguidores? ¿Qué hablarían de mí mis enemigos? Aquellas preguntas y muchas más me atormentaban.

Me dejé caer en la hierba frente al lago y alcancé a ver a un par de patos machos nadando en él. No se separaban el uno del otro, incluso juraría que se comportaban como si fueran pareja.

Los enfoqué con la cámara del móvil y los grabé. Representaban una escena bonita y entrañable. Se sumergían en el agua y emergían a la vez, recordándome a las chicas de natación sincronizada.

Tras un rato más haciéndoles vídeos, guardé el teléfono en el bolsillo de mi vaquero y me puse en pie para regresar a la casa. Pronto anochecería y el cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados.

En ese instante, mis ojos vislumbraron un árbol conocido. Alcé la vista y hallé lo que buscaba. La casa del árbol que Sam construyó para Tucker y Josie cuando eran niños, y en la que tan buenos ratos pasamos.

—Cuando seamos más mayores, viviremos juntas en una casa como esta —decía Josie, de tan solo trece años.

—Mejor en un ático en el rascacielos más lujoso de Hollywood —apunté, asomándome a la ventana.

Desde lejos vi a Tucker junto a su padre. Ambos recogían manzanas subidos a una escalera.

A pesar de que Tuck solo tenía dieciséis años, ya era casi tan alto como Sam. ¡Y tan guapo!

Llevaba toda mi vida enamorada de él, aunque solo me viera como la molesta amiga de su hermana pequeña. No obstante, en este último año me había desarrollado de golpe y notaba en su mirada una intensidad que nunca estuvo ahí hasta entonces.

—¡Josie, Poppy! —nos llamó Carol Tate desde el porche de la casa—. Acabo de preparar vuestra tarta favorita. Venid a probarla.

—¡Tarta de zanahorias! Vamos, Pops, antes de que Tuck la devore entera y no nos deje ni las migas —exclamó mi amiga, apresurándose a bajar las escaleras de la adorable casita.

—Voy.

Reí y fui tras ella.

Las tartas que Carol preparaba eran las más deliciosas del condado, estaba segura. Además, las acompañaba con una humeante taza de chocolate caliente que estaba para chuparse los dedos.

De repente, uno de los escalones se rompió y me precipité hacia atrás. Creí que me estamparía contra el suelo, pero unos brazos fuertes frenaron mi caída.

—¿No puedes tener un poco de cuidado, Hart?

Era incapaz de contestarle, solo podía mirar su atractivo rostro y esos ojos azules como el cielo que en ese momento parecían traspasarme.

Con cuidado, me ayudó a poner los pies en el suelo. Después, se recolocó el gorro vaquero que llevaba y carraspeó.

—En fin, ve con Josie antes de que se coma toda la tarta.

Asentí, me puse de puntillas y le planté un beso en la mejilla, quizá demasiado cerca de la comisura de su boca. Cuando me separé de él, noté como los colores teñían su rostro. Aquella vez fue la primera que me di cuenta de cuánto le afectaba y que no le era indiferente.

Sonreí de oreja a oreja, sintiéndome poderosa.

—Te espero dentro —dije con coquetería.

Esta vez fue él quien no pudo hablar.

Entré a la casa dando saltitos y con el convencimiento de que conseguiría que Tucker Tate acabara totalmente enamorado de mí.

Suspiré y volví a la realidad.

No podía distraerme con ensoñaciones del pasado. Tenía que centrarme en lo importante: comprobar por mí misma que mi padre estaba bien, esperar a que las crueles habladurías sobre mí hubieran cesado y centrarme de nuevo en mis redes sociales.

Todo lo demás no importaba.

Tucker Tate solo era un amor pasado que me removió como ningún otro, pero que no debía volver a repetirse.

***

Después de grabar unos cuantos vídeos del atardecer y los pocos animales que quedaban en el rancho, Tucker me llamó para cenar.

Cuando entré en la cocina, el olor a carne a la parrilla me hizo salivar. No recordaba cuando fue la última vez que me comí un buen chuletón como los que había servidos a la mesa.

—¿En serio esta es nuestra cena?

Tucker enarcó una ceja.

—¿Acaso parece un chiste? —Se sentó y se sirvió un poco de agua.

—Las cenas deben ser ligeras, Tuck. No habría ejercicio a estas horas que quemara las calorías que tiene esto —repuse acomodándome frente a él.

—A mí se me ocurren varias cosas que sí nos harían quemar las suficientes —dijo, con la mirada fija en la mía—. Por desgracia, no hay nadie con quien pueda llevarlas a cabo.

Carraspeé y aparté los ojos hacia la carne.

—Creo que quieres cebarme —comenté para cambiar de tema, ya que aquella simple insinuación había conseguido que mi entrepierna palpitara rogando que lleváramos esa actividad a cabo.

—La antigua Poppy nunca hubiera rechazado un buen chuletón.

—Esa Poppy de la que hablas solo era una cría que no se tenía que preocupar por nada más que corretear de un lado a otro. Ahora ya soy una mujer madura y responsable.

—Más bien, una estirada.

—¿Perdona? —Me enderecé en la silla, indignada—. ¿Querer cuidarme significa que soy estirada?

Se metió un pedazo enorme de carne en la boca y lo masticó con esa sonrisa ladeada tan suya.

—Comprendo que quieras cuidarte, hagas dieta y bla, bla, bla…, las cosas que decís las charlatanas como tú, pero no es muy educado de tu parte que estés en mi casa, te sirva la comida y tú la critiques constantemente, ¿no crees? ¿Acaso has perdido los modales en la gran ciudad, Hollywood?

—Tú entiendes más de modales que yo, ¿verdad, pueblerino? —solté furiosa—. Por eso estás comiendo sin quitarte ese roído sombrero que llevas tan ajustado a la cabeza y que no debe dejarte pensar con claridad.

Se encogió de hombros y se recolocó el sombrero con chulería.

—¿Viene una señorita de ciudad a decirme cómo cenar en mi propia casa?

—Solo te recuerdo que no puedes alardear mucho de modales, Tate.

—Lo que tú digas, Hart. —Volvió a meterse otro trozo de carne en la boca—. Si no quieres comer el chuletón, no lo hagas. Duke será muy feliz de aprovechar tus desechos.

El anciano perro que estaba a sus pies alzó la cabeza cuando pronunció su nombre.

Refunfuñé entre dientes y, partiendo la jugosa carne en un pedazo pequeño, la probé. El delicioso sabor hizo que mis papilas gustativas gritaran de alegría.

No pude evitar cerrar los ojos y gemir de placer. Hacía tantos años que no probaba una carne tan buena como aquella.

Tucker dejó los cubiertos a un lado, apoyó los codos en la mesa y se me quedó mirando. Entonces, sonrió ampliamente.

—¿A qué viene esa cara de bobo? —inquirí tras abrir los ojos.

—Aunque intentes hacerte la fina, sigues siendo esa chica que disfrutaba como nadie con la carne apenas cocinada. A mí no me engañas, Hollywood. Esa fachada de señoritinga de ciudad no te pega.

Preferí ignorar sus palabras porque, de lo contrario, debería darle la razón. Seguía siendo la misma por mucho que tratara de aparentar lo contrario, y ser tan consciente de ello me asustaba.