Amor no incluido Capítulo 8
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Capítulo 8

Tucker

Vi a Poppy regresar. ¿Dónde había estado metida tanto tiempo? Por la dirección que tomó, seguramente fue a los establos, aunque allí ya solo quedaban la vieja Bessie y mi fiel Dusty.

Se plantó ante mí y evité mirarla.

—¿Qué ha pasado con el resto de animales?

—Que no están —respondí sin más.

Se puso en jarras.

—¿Te crees que soy ciega? Eso ya lo he visto —repuso—. Pero ¿por qué? ¿Qué ha sucedido con ellos?

—Algunos murieron. Por si lo has olvidado, hace mucho que te marchaste.

—¿Y el resto? —insistió.

Suspiré, dejé el martillo y me incorporé.

—Los vendí.

—¿Los vendiste? —Frunció el ceño y negó con la cabeza—. No… no lo entiendo.

—Cuando mis padres murieron, las deudas se nos echaron encima. Tuve que despedir a los empleados y vender a los animales más jóvenes.

Noté en sus ojos compasión y eso me molestó.

—Es una pena —comentó—. ¿No tenías más opciones? ¿Pedir un préstamo, quizá?

Apreté los puños.

—¿Crees que si hubiera tenido más opciones habría desmantelado el rancho que mis padres con tanto esfuerzo levantaron? ¿Te piensas que para mí fue fácil?

Dio un paso atrás ante la brusquedad de mi tono.

—No he querido decir eso…

—¿Y qué has querido decir? —la interrumpí—. Porque me ha sonado a que me estabas juzgando.

—No te juzgo, solo intentaba… Yo…

Sonreí con amargura.

—Lo que pensaba.

Poppy suspiró, y entonces dijo algo que me sorprendió:

—Lo siento, no quise hacerte sentir mal. Sé lo que este rancho significa para ti. Lo que ha significado siempre.

Respiré hondo para relajarme y asentí.

—Nos pudimos mantener un tiempo a flote gracias a nuestras mermeladas caseras, pero no fue suficiente.

—¡Dios, las mermeladas de tu abuela! —Se relamió los labios—. No recuerdo haber probado nunca algo tan delicioso como las mermeladas que hacía June.

Sonreí.

—Lo sabía, por eso siempre hacía varios frascos para que te llevaras a casa.

—Ellos… —La noté dudar—. ¿Tus abuelos están bien?

Asentí.

—El abuelo aún viene a ayudarme a recolectar la fruta y la abuela está centrada en ayudar a Josie con Nora.

—¿Nora? —inquirió entrecerrando los ojos.

—Mi sobrina —respondí.

Poppy abrió la boca con sorpresa.

—¿Josie tiene una hija?

—De seis años.

—Madre mía, cuánto han cambiado las cosas por aquí.

—Hace diez años que te marchaste, Hollywood. Lo extraño sería que todo siguiera igual, ¿no crees?

Se limitó a mirarme, no dijo nada al respecto.

—Por cierto, gracias por recoger y lavar mi ropa. Antes no te lo dije.

Me alejé para tomar el martillo y guardarlo en la caja de herramientas. La valla ya estaba de nuevo en su sitio y esperaba que esa loca no volviera a derribarla.

—No quería tener tus cosas por ahí tiradas —le resté importancia a mis acciones—. Aún seguimos sin línea telefónica y las carreteras continúan cortadas —expliqué para no centrarme en lo preciosa que era.

—Tampoco hay cobertura —repuso hastiada.

—Aquí cuesta coger señal e imagino que la tormenta también ha podido afectar a la red eléctrica.

—¿A la red eléctrica? En la casa hay luz.

—Contamos con un generador propio que se alimenta de placas solares. Fue una de las inversiones que mi padre hizo antes de fallecer.

Poppy sonrió con añoranza.

—Sam siempre tuvo una gran visión de futuro.

No respondí, aunque estaba de acuerdo con ella. Mi padre fue un visionario que no esperaba morir tan joven y que los préstamos que pidió para las mejoras del rancho acabaran asfixiándonos.

—Y ahora, entretente con algo, Hollywood. He de almohazar a Dusty.

—Vaya, siento molestarte, señor ocupado —ironizó con mala cara.

—No puedes evitarlo, eres molesta por naturaleza —dije para picarla.

Bufó.

—¡Que te den, capullo! —espetó, se dio media vuelta malhumorada y entró dentro de casa.

Sonreí de medio lado y me dirigí al establo.

Bessie mugió al verme y Dusty pateó el suelo con sus patas delanteras a modo de saludo.

—Buenos días, chicos. Lamento haber tardado, una conductora imprudente rompió la valla y he tenido que arreglarla.

Abrí el box del caballo y este salió de él con una leve cojera. Ya era mayor y hacía días que la pata delantera le molestaba.

Aunque no me venía bien, no me quedaría más remedio que llamar a Roy, el nuevo veterinario del pueblo, para que viniera a echarle un vistazo.

Mientras pasaba el cepillo con calma sobre su lomo, no pude evitar pensar que Poppy había acabado con mi calma.

¿Acaso no tenía suficiente con las deudas y mi lucha para no perder el rancho, como para encima lidiar con ella y lo que despertaba en mí cada vez que la tenía cerca?

En qué momento se le ocurrió a Josie escribirle. Mi hermana tenía el corazón demasiado blando, no cabía duda.

Después de que Poppy se marchara sin despedirse, la vi llorar días y días, encerrada en su habitación. La echaba de menos, y yo también, aunque jamás lo reconocí en voz alta.

La buscó durante meses enteros, pero fue incapaz de hallarla. Estaba seguro de que, si lo hubiera hecho, se habría plantado en donde quisiera que estuviera para pedirle explicaciones. Y lo peor de todo es que la entendería y le habría dicho que no pasaba nada, que todo estaba bien.

Josie era así. Pura bondad.

Yo, sin embargo, estaba demasiado dolido como para perdonarla tan rápido. Se marchó sin decir una sola palabra, ni siquiera dejó una nota de despedida.

Al principio me preocupé.

¿Y si le había pasado algo malo? ¿Y si alguien la dañó?

Sin embargo, cuando Thomas, su padre, nos dijo que lo llamó para decirle que se había marchado para iniciar una nueva vida lejos de Magnolia Creek, cambié la inquietud por la rabia.

Una profunda rabia que arraigó en mis entrañas y cerró mi corazón a cal y canto a cualquier mujer que quisiera acercarse a mí.

Un maullido zalamero llamó mi atención

Bajé la mirada y me encontré con Clover, una gata callejera que decidió instalarse en casa hacía un par de años.

—¿De dónde vienes, preciosa? —pregunté, agachándome a acariciarla.

Ella se restregó contra mi mano y ronroneó. Era tan cariñosa.

—¿Ya has conocido a la mujer que ha traído la tormenta? Es la misma de la que te hablé. La que me rompió el corazón en mil pedazos.

Ella se me quedó mirando con sus enormes ojos azules. Aunque pareciera una locura, estaba seguro de que me entendía, y eso me reconfortó.