Amor no incluido Capítulo 7
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Capítulo 7

Poppy

Un sonido estridente y desafinado me hizo despertar de golpe y con el corazón acelerado. No fue un trueno lo que me sobresaltó, era como un graznido agudo y absolutamente desagradable.

—¿Qué narices…? —murmuré tras sentarme en la cama, con el cabello revuelto y los ojos algo hinchados.

Otro nuevo canto me hizo rechinar los dientes.

Miré hacia la ventana y sobre el alfeizar vi a un gallo flacucho, desplumado y con ojos de loco.

—¿Tú que eres? ¿Una especie de ave de corral mutante o qué?

El gallo, como si me hubiera entendido, ladeó la cabeza y cantó otra vez. Cada sonido que emitía parecía peor y más estridente que el anterior.

—¡Fuera de aquí! —grité, levantándome de la cama y agitando las manos para espantarlo—. ¡Vete a molestar a otra, pajarraco!

El gallo dio un salto hacia atrás, ofendido, y se alejó corriendo por el patio mientras me lanzaba miradas de… ¿odio?

Puse los ojos en blanco.

Al volverme, el espejo de pie que había junto al armario me devolvió mi imagen. Tenía el pelo hecho un desastre y la camiseta de Tucker caía desgarbada sobre mis hombros.

Sin duda, necesitaba una ducha. Aunque ni siquiera tenía bragas limpias, joder.

Bufé y me acerqué a rebuscar algo que ponerme entre la ropa de Tucker. Cogí una sencilla camisa de cuadros y un pantalón corto que podía ajustarme a la cintura gracias a los cordones que tenía.

Tras ducharme, me vestí y me dejé el pelo suelto para que se secara al aire. Qué remedio, aquel hombre era tan básico que no tenía ni un sencillo secador.

Fui a la cocina. Necesitaba un buen café para comenzar el día.

Me sorprendí al ver sobre la mesa mi maleta. Estaba embarrada y hecha un desastre, pero al menos ya la tenía a cubierto.

¿Y qué habría hecho Tuck con mi ropa?

Me asomé a la ventana y la vi tendida en las largas cuerdas del patio. Parecía limpia, así que debía haberla lavado.

¿A qué hora se habría levantado para hacer todo eso?

Me acerqué a la cafetera que aún humeaba y me serví una taza de café. También había un par de tostadas en un plato, pero aún no tenía hambre.

De repente, una gata blanca y negra con unos espectaculares ojos azules saltó sobre la encimera.

—Hola —la saludé—. ¿Tú quién eres?

Traté de acariciarla, pero se erizó y me bufó. Di un rápido paso atrás.

—¡Vaya! Qué mal genio.

Ella se sentó sin quitarme la vista de encima. Me estaba dejando claro que esa era su casa y yo solo una visita indeseada.

¿Qué les pasaba a los animales en aquel rancho conmigo? ¿Me odiaban tanto como su dueño?

Por suerte, siempre me quedaría Duke. Estaba junto a la puerta de entrada y, al verme, meneó el rabo, contento.

—Menos mal que tú sí me quieres —dije a la vez que acariciaba su cabeza.

Con paso lento, salí fuera de la casa y la escena que presencié me dejó sin aliento.

Tucker estaba inclinado sobre la valla, con un martillo en la mano y el torso desnudo. Las gotas de sudor resbalaban por su espalda y relucían bajo los rayos del sol.

Me quedé quieta. Tan quieta que apenas era capaz de parpadear y sentía el aire atascado en la garganta.

Madre mía, no era justo que estuviera tan bueno.

Me había acostumbrado a codearme con modelos, hombres que se machacaban en el gimnasio para tener un cuerpo perfecto… Si incluso llevaba meses enrollándome con un dios griego como Owen Roberts. Un mojabragas por excelencia.

Y, aun así, nadie me afectaba tanto como el maldito Tucker Tate. Era como si fuera un imán que me atraía hacia él sin remedio.

El sonido del martilleo parecía marcar los latidos de mi corazón.

¿Cómo demonios podía poseer aquellos músculos si jamás en su vida había levantado una sola pesa?

¿Y por qué era incapaz de apartar mis ojos de él?

Despacio, saqué el móvil del bolsillo y le hice una foto. Tenía que mostrarle a April este pedazo de espécimen sureño.

El sonido del martillo se detuvo y Tucker se volvió hacia mí.

—Sabes que puedo sentir que me miras, ¿verdad?

Los colores subieron a mis mejillas.

—Solo estaba observando como reparabas la valla —mentí.

—La valla que tú misma rompiste —apuntó.

—Minucias. —Moví la mano en el aire para restar importancia a sus palabras—. Por cierto, buenos días, don gruñón.

Esa media sonrisa tan suya se dibujó en sus labios.

—Buenos días, Hollywood —dijo irguiéndose y pasándose los dedos por el cabello para tratar de acomodárselo—. ¿Dormiste bien?

¡Santa madre del amor hermoso!

El sudor que perlaba su piel relucía bajo los rayos del sol primaveral, y yo solo podía pensar en recorrer con mis manos aquel cuerpo escultural.

Carraspeé y traté de centrarme.

—Lo hacía, hasta que un gallo psicópata decidió torturarme con su canto infernal.

Se carcajeó.

—Parece que has conocido a Chuck Norris.

—¿Chuck Norris? —repetí con una ceja enarcada.

—Fue el primer nombre que se me ocurrió —contestó, encogiéndose de hombros.

Puse los ojos en blanco.

—Muy apropiado para ese animalucho desplumado.

Amplió aún más su sonrisa y sentí que las piernas me fallaban.

—¿A qué hora te has despertado para recoger mi ropa, lavarla y tenderla? Te dio tiempo hasta de hacer el desayuno —comenté para distraer mi mente y no pensar en esos abdominales por los que me gustaría pasar la lengua hasta llegar a…

«Joder, Poppy. Para, que te pierdes», me recordé a mí misma.

—A las seis, como cada día. Imagino que tú nunca madrugas. ¿Me equivoco?

—Bueno… Suelo acostarme tarde.

Asintió con un aire de superioridad.

—Lo que pensaba —repuso, dándose media vuelta para continuar con su tarea.

Bufé.

Puede que estuviera como un tren, pero era un imbécil redomado.

Sin decir nada más, me alejé.

Me iría bien pasear un poco y que me diera el aire para que se me bajara la calentura.

Caminé despacio porque las botas que Tuck me prestó me iban bastante grandes y se me salían un poco a cada paso.

Cualquier rincón de aquel rancho me traía recuerdos bonitos: los veranos interminables nadando en el lago, las risas compartidas con Josie, los animales a los que cogí tanto cariño, el olor a heno y a las tartas recién horneadas de la señora Tate…

Y Tucker. Él siempre había sido lo que más me gustó de aquel lugar.

Me dirigí a los establos sin pensarlo y el corazón me dio un vuelco cuando reconocí a la enorme vaca moteada que me miró con sus bondadosos ojos marrones en cuanto traspasé el umbral de la puerta.

—¿Bessie?

Ella soltó un mugido largo y profundo, como si también me recordara.

A su lado, en el box contiguo, vi a Dusty. El caballo más testarudo, noble y paciente del condado. Su pelaje marrón se veía más apagado y estaba un poco más delgado, pero sabía que era él.

—Tú también sigues aquí —murmuré, aproximándome para acariciarle el hocico.

Se me vino a la mente el montón de veces que me había tirado al suelo de culo cuando Tucker me enseñó a montar.

Eran los dos únicos habitantes que quedaban. Antaño, aquellos establos estuvieron llenos de animales y me sorprendió el cambio.

Metí la mano en el bolsillo de los pantalones y saqué mi móvil. Seguía sin cobertura, pero podía grabar algún vídeo que subir a redes en el momento que tuviera.

—Vale, Bessie, vas a convertirte en mi modelo improvisada —dije antes de enfocarme con la cámara—. Hola, mis amores digitales. Llevo unos días desconectada porque una terrible tormenta me ha dejado completamente incomunicada.

»Por suerte, he vuelto a reencontrarme con una antigua amiga que quiero presentaros. —Me giré para que la vaca saliera en el video tras de mí—. Ella es Bessie y aunque no podáis creerlo, cuando era una adolescente bebí mucha leche suya.

Continué hablando y grabando vídeos de ella y de Dusty, aunque este último se mostraba más reacio y menos cooperativo.

Después de un buen rato, salí de allí.

Miré hacia los árboles frutales que se extendían hasta donde me alcanzaba la vista. Antes, a esas horas, ya había varios trabajadores recolectando fruta o cuidando de los animales; ahora no quedaba nadie.

Por lo que había visto, Tucker era el único que se hacía cargo del rancho y aquello era demasiado trabajo para una sola persona.

Sin duda, aquel lugar no corría sus mejores tiempos. Parecía en decadencia y algo dejado.

Sentí una profunda tristeza.

¿Qué había sucedido durante mi ausencia?