Amor no incluido Capítulo 6
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Capítulo 6

Tucker

Permanecía acostado en la cama con las manos tras la cabeza mientras miraba el techo de mi habitación. La lluvia no cesaba y estar encerrado en la misma casa con Poppy era una auténtica tortura.

Después de la comida, traté de centrarme en arreglar el suelo del sótano e ignorarla. Aun así, la escuchaba hablar con Duke y su risa se me colaba en la cabeza como un jodido canto de sirena.

Un nuevo relámpago iluminó la estancia y oí a Duke gemir desde debajo de la cama cuando el trueno hizo retumbar los cristales.

—Tranquilo, viejo amigo. Todo va bien —murmuré, porque sabía que mi voz lo calmaba.

De repente, escuché la puerta abrirse con un suave chirrido.

—¿Tuck…? —preguntó la mujer que no me dejaba dormir—. ¿Puedo pasar?

Cerré los ojos por un segundo.

Perfecto, justo lo que necesitaba, tenerla cerca y oler su maldito aroma que conseguía que me entraran ganas de olisquearla como un perro.

—¿Qué quieres ahora? —solté, más borde de lo que pretendía.

Asomó la cabeza. Tenía el oscuro pelo algo revuelto y sus ojos parecían brillar como los de un gato en la penumbra. Lucía una de mis camisetas, que le llegaba por la mitad del muslo, y se retorcía las manos con nerviosismo.

—Yo…

Un nuevo trueno estalló justo encima de la casa, tan violento que hasta yo di un leve respingo.

Poppy se quedó paralizada, con el rostro contraído, y contuvo la respiración.

Y entonces lo recordé.

Poppy Hart tenía miedo a las tormentas. Lo supe cuando, con catorce años, la encontré llorando y echa un ovillo en el porche de mi casa. La ayudé a pasar dentro y estuve junto a ella hasta que amainó.

Aún recuerdo que el terror que se reflejaba en sus ojos me afectó como si fuera yo mismo el que lo sentía. No había nadie en el mundo que me hubiera causado aquellas emociones.

Por lo que se veía, ese miedo no había cambiado.

Me incorporé sin pensarlo y me acerqué a ella.

—¿Estás bien?

Ella negó con la cabeza y cuando fue a responder, otro trueno hizo temblar las paredes.

Abrió la puerta del todo, dio un respingo y se abrazó a sí misma, intentando detener los temblores que sacudían su cuerpo.

Me aproximé un par de pasos más a ella y pude notar el brillo de las lágrimas sobre sus mejillas. Estaba llorando de miedo.

Joder.

Sin poder evitarlo, la estreché entre mis brazos.

—Tranquila, todo está bien —murmuré contra su oreja.

Poppy se dejó caer contra mí y hundió la cara en mi pecho con desesperación. Sentía su cuerpo estremecerse por completo.

—Lo siento —balbució—. No pretendía molestarte.

—No te preocupes por eso ahora, Hollywood.

La tormenta seguía rugiendo fuera y ella se acurrucó más, como si yo pudiera protegerla.

La sostuve con fuerza, más de lo debido. Notaba su respiración irregular contra mi piel y me afectaba más de lo que me hubiera gustado admitir.

—Estoy aquí. Nada malo te va a pasar —aseguré en un arrebato.

Sin separarme de ella, la acompañé hasta la cama y la ayudé a recostarse. Yo también lo hice.

Nos quedamos mirándonos el uno al otro muy cerca. Quizá demasiado.

—Lamento invadir tu intimidad —se disculpó de nuevo—. Intenté permanecer en el cuarto que me has dejado ocupar, pero… tenía demasiado miedo.

—Está bien, Hollywood. No pasa nada, ya te lo he dicho.

Asintió.

—Es que… las tormentas me traen recuerdos desagradables. —Tragó saliva audiblemente—. Cuando mi madre murió, había una tormenta como esta. Los truenos parecían ser los rugidos desesperados del cielo al saber que una mujer tan maravillosa como ella se marchaba tan pronto.

»Desde entonces, cada vez que escucho truenos, es como si volviera a tener diez años. Me aterran.

—Lo sé —respondí cuando guardó silencio.

Ella parpadeó, confundida.

—¿Cómo dices?

—Me lo contaste aquella tarde que te encontré en el porche, asustada y empapada. La tormenta te pilló de camino aquí.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Lo recuerdas? —susurró con sorpresa.

—Claro que lo recuerdo —dije, sin apartar mi mirada de la suya—. No hubiera podido olvidarlo.

Poppy no dijo nada, se mantuvo en silencio.

Notaba su cálido aliento contra mí rostro y, sin poder evitarlo, mis ojos se fijaron en sus labios. Se encontraban entreabiertos y pasó la lengua de manera inconsciente sobre ellos.

Respiré hondo y me tumbé sobre la espalda para mirar al techo. Necesitaba controlar la necesidad que sentía de besarla.

—Deberíamos tratar de dormir, ya es tarde —comenté sin más.

La oí removerse a mi lado.

—Sí, es buena idea.

Ese olor suyo, dulce y fresco a la vez, me golpeó y consiguió que tuviera una inapropiada erección. Su cercanía ya me había alterado, pero su aroma… Jamás había logrado deshacerme de él.

En todos aquellos años que estuve sin verla, cuando pensaba en ella, recordaba su olor. Incluso, en más de una ocasión me había parecido percibirlo, y eso aceleraba mi corazón, porque Poppy Hart siempre fue mi debilidad.

No era momento para que mi cuerpo reaccionara de ese modo; sin embargo, el muy capullo se negaba a aceptarlo.

Poppy estaba asustada, era vulnerable y sabía que, si yo diera un paso y la besara, no me rechazaría; aun así, no era lo que yo quería.

Tenía que mantener la mente fría. Debía ordenar mis caóticos pensamientos.

Además, en cuanto la lluvia cesara y abrieran las carreteras, ella podría marcharse y no volvería a verla jamás, o, como mínimo, en otro puñado de años. Regresaría a mi vida tranquila, libre del huracán que representaba para mí aquella mujer.

La lluvia siguió golpeando las ventanas, aunque poco a poco, los truenos cesaron. Comencé a escuchar como la respiración de Poppy se relajaba, hasta volverse acompasada. Se había quedado dormida.

Entonces aproveché para volver la cabeza y mirarla de nuevo. Estaba absolutamente preciosa.

Con cuidado de no despertarla, la tapé. No quería que tuviera frío. Aunque no pude evitar que, antes de hacerlo, mis ojos se fijaran en sus torneadas piernas. ¿Qué tenían para que me volvieran loco?

Maldije para mis adentros.

Tenerla en mi cama, tan cerca de mí, me removía por dentro. No era solo deseo —aunque era innegable que estaba presente—, sino algo más profundo. Algo que llevaba años ignorando.

Ella suspiró y su respiración acarició mi clavícula. Algo tan simple hizo que mi erección palpitara.

No podía volver atrás. Debía impedir que mis sentimientos por Poppy Hart afloraran de nuevo. ¡Si solo llevaba unas horas en mi vida, por el amor de Dios! ¿Se podía ser más estúpido?

Ya me destrozó el corazón una vez. Viví como una sombra durante meses, incluso años, hasta poder recomponerme. Me negaba a volver a pasar por lo mismo.

Como si pudiera leer mis pensamientos, susurró mi nombre. La miré pensando que me llamaba, pero no, continuaba dormida.

¿Soñaba conmigo?

—Es una jodida putada que hayas vuelto, Poppy —susurré pese a saber que no me escuchaba.

Tenerla en casa de nuevo me recordaba cuánto la amé, quién era yo cuando ella estaba cerca, lo que quise que compartiéramos, lo que nunca logré decirle…

Gruñí y me cubrí el rostro con el brazo.

Sabía que sería incapaz de pegar ojo, y no por culpa de la tormenta.

Era ella.

Siempre fue ella la que me quitaba el sueño y se colaba en mi cabeza y… en mi corazón.