Capítulo 5
Poppy
Salí al salón recién duchada y luciendo la camiseta y el pantalón de chándal que Tucker me prestó y que, por supuesto, me quedaban enormes. Por suerte, pude ajustar los cordones de la cinturilla para que no se me cayeran delante de él. ¡Era la última humillación que me faltaba por hoy!
Y, por cierto, ¿dónde se había metido el señor amabilidad?
Un exquisito aroma inundó mis fosas nasales, así que me dirigí a la cocina. Allí lo encontré, con las mangas de la camisa remangadas y removiendo algo que tenía en la olla y que olía realmente bien.
Mi mirada recorrió su espalda, más ancha que antaño, al igual que sus bíceps. Estaba claro que aquellos diez años le habían sentado de maravilla. ¡Qué putada!
Dejé vagar mis ojos hacia su trasero. ¡Joder! Eso sí que no había cambiado. Jamás vi un culo tan redondo y bien hecho como el de Tucker Tate.
—¿Vas a repasarme mucho rato más? Porque puedo darte una foto firmada, si lo prefieres —espetó cortante.
Me atraganté con mi propia saliva. ¡Genial! No dejaba de hacer el ridículo.
—No te hagas ilusiones, engreído —respondí cuando logré dejar de toser. Me senté en una de las antiguas sillas de nogal—. Solo trataba de averiguar qué estabas cocinando —mentí.
Giró la cabeza para mirarme por encima de su hombro con una ceja enarcada.
—Claro, claro.
No me gustó nada su tono.
—¿Qué insinúas?
—Que eres una mentirosa. Aunque sí creo que estabas decidiendo si te apetecía más comerte mi chili o a mí.
Sentí como los calores me subían por el cuello y se instalaban en mi rostro.
—No seas ridículo, Tuck. ¿Sabes cuantos hombres guapos e interesantes hay en Los Ángeles? No me voy a impresionar por un pueblerino cateto como tú.
Tucker soltó una risotada.
Dejó el cucharón sobre la encimera y se acercó con paso seguro hasta quedarse a escasos centímetros de mí. Su conocido olor me envolvió y me hizo rememorar recuerdos que creía haber enterrado.
—Y, aun así, te sigues mordiendo el labio del mismo modo en que lo hacías antes mientras tus ojos reflejan cuánto me deseas.
Me apresuré a desclavar los dientes de mi labio inferior. Ni siquiera me di cuenta de que lo estaba haciendo, pero, como él dijo, aquel gesto delataba mi excitación.
¡Mierda, me conocía demasiado bien!
—Creo que estás desvariando —logré decir con tono sereno, pese a las mariposas que revoloteaban dentro de mi estómago—. Solo tengo hambre.
Su sonrisa se amplió aún más.
—Ya, claro. Solo hambre —repitió, sin creerse una sola palabra. Se metió las manos en los bolsillos y se alejó de mí—. Pues aún le queda un poco, deberás aguantarte.
Respiré aliviada.
Tenerlo tan cerca me afectaba demasiado, siempre lo había hecho. En el pasado supe manejarlo bien porque todo era sano y sencillo entre nosotros. Sin embargo, ahora era mucho más complicado.
¡No estaba aquí para volver a colgarme de Tucker Tate, joder!
—¿Y cómo te va la vida? ¿Algo nuevo que contarme? —pregunté para tratar de entablar una conversación banal y dejar de pensar en sus impresionantes ojos azules.
—Nada, todo sigue igual —respondió, de manera escueta, mientras removía de nuevo el chili.
—Está bien eso, hay personas que se sienten a gusto con la monotonía —comenté—. Yo no soy una de ellas. Mi vida es una constante montaña rusa, llena de fiestas y lujos…
No sé por qué comencé a alardear de todo lo que había conseguido. Quizá necesitaba recordarme a mí misma que ya no era la misma chica de dieciocho años que se marchó de Magnolia Creek con una maleta barata para perseguir sus sueños.
Tuck permanecía callado, escuchándome y mirándome de soslayo de vez en cuando.
Como no podía soportar el silencio entre nosotros, me explayé explicándole todas las campañas de marketing de las que era imagen.
Le hablé de que tenía vídeos que habían llegado a los dos millones de reproducciones en menos de veinticuatro horas, y que recibí un premio por mi ascendente carrera.
Él no reaccionaba. Ni un «felicidades» o «me alegro por ti». ¡Nada!
—Bueno, supongo que no está mal para una chica de pueblo, ¿no? —finalicé, a la espera de que respondiera algo.
Tucker apoyó la cadera contra la encimera de la cocina, se cruzó de brazos y me dedicó una sardónica sonrisa ladeada.
—¿Qué? —inquirí molesta—. ¿Qué significa eso?
Negó con la cabeza.
—No he dicho nada.
—Ese es el problema —repuse plantándome ante él en jarras—. Para mantener una conversación, ambas partes tiene que interactuar, si no, siento que hago un monólogo.
—Siempre se te dio bien hablar de ti, nunca necesitaste nada más.
Sus palabras fueron como un bofetón.
—¿Perdona? ¿Estás insinuando que soy una egocéntrica?
—Salta a la vista, Hollywood, no hay que ser un lince para darse cuenta.
—¡Vete a la mierda! —espeté furiosa—. ¡Y deja de llamarme así!
—Lo que tú digas, Hollywood.
Me dio la espalda.
—¿A qué vienen esos aires de superioridad moral que te gastas? ¿Desde cuándo te has vuelto así?
—No son aires de superioridad, solo digo lo que veo.
—No entiendo por qué tienes que tratarme de esta manera. Solo intentaba entablar una conversación contigo.
—No es cierto, solo hablabas de ti. Como siempre. Además, no tienes que esforzarte tanto. Tú estás aquí por accidente y porque no tenías otro lugar a donde ir, y yo tampoco estoy contento con tu presencia, así que no es necesario que finjamos.
No le faltaba razón, pero tampoco había que decirlo tan abiertamente.
—Aun así, no está de más ser amable, ¿no crees? Aunque sea por el pasado que nos unió.
—Eso ya está más que olvidado —repuso con brusquedad—. No creo que tengamos demasiado en común. La verdad es que todo lo que me has explicado me ha sonado a chino y bastante banal, por cierto.
—Perdona por tener una vida tan interesante como tú —ironicé, con más veneno del que pretendía—. No todos podemos dedicarnos a ordeñar vacas, recoger boñigas de caballo y gruñirle a la gente.
Clavó sus ojos azules en los míos.
—Ah, claro. Lo tuyo es mucho más importante —soltó burlón—. Fotos, vídeos y seguidores que se creen todas las mentiras que tratas de colarles. Todo muy profundo.
—No es solo eso.
—¿Y qué más hay? —me azuzó, con una ceja enarcada, escéptico.
—Pues… pues… —no sabía qué responder—. ¡Oh, eres odioso!
Tucker se carcajeó.
—Lo que pensaba —repuso con suficiencia—. No te preocupes, hay personas que solo necesitáis que os aplaudan cada cinco minutos y con eso ya sois felices.
Noté que mis mejillas ardían de rabia.
—En Los Ángeles todo el mundo me valora y nadie se atreve a hablarme del modo en que lo haces tú.
—Quizá deberían haberlo hecho y decirte la verdad.
—¿La verdad según quién?
Tucker inclinó la cabeza hacia un lado, con esa calma irritante que me sacaba de quicio.
—Según cualquiera que te escuche hablar cinco minutos seguidos.
—Eres un imbécil —escupí cabreada.
Se encogió de hombros sin perder la sonrisa.
—Es posible que tengas razón.
Puse los ojos en blanco y bufé exasperada.
Salí de la cocina hecha un basilisco y me dirigí a coger el móvil de mi bolso, que estaba sobre el aparador de la entrada. Por suerte, no se había mojado.
Les envié un WhatsApp a April y a Jordan, pero no había cobertura. ¡¿Algo más podía salir mal?!
De repente, escuché el sonido de unas patas sobre el suelo de madera. Al girarme, me encontré con el precioso labrador que antaño en tantas aventuras nos había acompañado.
—¿Duke? ¿Eres tú?
El perro comenzó a mover el rabo.
Me arrodillé delante de él con los ojos brillantes y lo acaricié con afecto.
—Sigues aquí, precioso. Creía que… —no terminé la frase—. Me alegro de verte.
Él lamió mis mejillas y me hizo reír.
—La comida ya está lista —dijo Tucker desde la puerta.
Me puse en pie y me giré hacia él. Mi corazón decidió saltarse un latido cuando nuestras miradas se cruzaron.
¿Por qué tenía que afectarme tanto su presencia?
—Ya era hora —repuse con el mentón alzado al pasar por su lado.
Me senté a la mesa de la cocina, con la espalda bien recta.
Después de todo lo que me soltó, se merecía mi enfado y no se me iba a pasar porque tuviera unos ojos en los que me gustaría perderme.
Tucker también regresó a la cocina, acompañado de Duke. Sirvió la comida antes de acomodarse delante de su plato.
El olor del chili llenaba el ambiente. Picante, sabroso y absolutamente opuesto a lo que yo solía comer en mi día a día.
—¿Has oído hablar de la alimentación sana? —comenté metiendo la cuchara en la pringosa sustancia—. Esto no es bueno comerlo de manera habitual.
Él levantó una ceja.
—Te he visto comer el chili que preparaba mi madre un millón de veces.
—Eso era antes. Esto es una bomba calórica —dije señalando el plato—. ¿Sabes cuanta grasa tiene? ¿Cuánta sal?
—No, pero estoy seguro de que vas a decírmelo para fastidiarme la comida —repuso, llevándose una enorme cucharada a la boca.
Puse los ojos en blanco.
—Solo digo que es importante cuidar lo que uno come.
Tucker apoyó un codo en la mesa y me miró con esa mezcla de paciencia y burla que me sacaba de quicio.
—Ajá.
—¿Qué significa ese «ajá»? —pregunté irritada.
—Significa que tú no comas si no quieres y que me dejes a mí hacer lo que me dé la gana. Total, en cuanto la tormenta amaine, no volveremos a vernos.
Me dolieron sus palabras, a pesar de ser ciertas.
—Como quieras, solo me preocupaba por ti. Si quieres morirte de un infarto a los cuarenta, tú mismo. Aunque una ensalada de vez en cuando no te sentaría mal.
Tucker rio.
—Hollywood, si quisiera comer hierba, saldría a pastar al jardín, como mi caballo.
—No es hierba, son vegetales y…
—Ajá —repitió, cortándome.
—Eres un idiota —refunfuñé—. Y un auténtico maleducado.
Me centré en el plato que tenía delante. Por mucho que comer eso significara saltarme mi dieta por todo lo alto, tenía demasiada hambre.
Metí la punta de la cuchara en el chili y lo probé. Aquel sabor conocido hizo que mis papilas gustativas gritaran de alegría.
Estaba claro que Tucker había heredado la receta de su madre, aunque a él le iba más el picante.
—¿Esto es chili o lava volcánica? —pregunté tras beber un largo trago de agua.
—¿Vas a criticarlo todo, Hollywood? —Enarcó una ceja.
—No, solo digo que…
Se puso en pie y encendió la radio. No quería escucharme más y la sutileza no era uno de sus fuertes.
Bufé y clavé la mirada en la comida.
«¡Que te den, gilipollas!», pensé para mis adentros.
Me centré en comer y en escuchar lo que decía el locutor local. Al parecer, había caminos cortados, el puente estaba inundado y las líneas telefónicas habían caído.
Por desgracia, y dadas las circunstancias, iba a tener que quedarme con Tucker Tate más de lo esperado.
¿Acaso le había hecho yo algo al destino para que todo se pusiera en mi contra?