Amor no incluido Capítulo 4
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Capítulo 4

Tucker

Me quedé petrificado mirando a Poppy con la boca abierta. ¿Qué hacía ella aquí? No estaba preparado para verla de nuevo.

Salí de casa al escuchar el ruido del deportivo al estrellarse contra el viejo roble, pero lo que no esperaba era que Poppy Hart fuera quien lo condujera.

La miré a través de la lluvia y, para mi desgracia, era igual de preciosa de lo que recordaba. Su rostro había perdido un poco las redondeces de la adolescencia y ahora sus pómulos se veían algo más marcados y sus pechos más llenos.

¿La camiseta se le transparentaba? ¡Joder!

«Para, Tuck. Que te pierdes», me dije a mí mismo.

Permanecí quieto, como si me hubieran clavado al suelo, y mi corazón latía desbocado. Sentía que me faltaba el aire.

Traté de recomponerme de la impresión. Ya no era el mismo jovenzuelo estúpido que cuando se marchó, así que más me valía demostrarlo.

Respiré hondo y me cuadré de hombros antes de aproximarme más a ella y tomarla del brazo para ayudarla a incorporarse.

—Entra en casa antes de que cojas una pulmonía.

—Pero… mi ropa… —dijo, señalando hacia las prendas esparcidas por el suelo embarrado.

—Cuando la lluvia amaine, las recogeremos.

—¡No pienso dejarlas ahí tiradas! —protestó—. ¿Tú sabes lo que valen?

Enarqué una ceja.

—Seguro que más que mi vieja ranchera, pero ni con esas voy a ponerme a recoger tus bragas bajo este aguacero que está cayendo.

Noté como los colores subían a sus mejillas.

—No hace falta que cojas las bragas, exactamente. Hay muchas cosas más: camisetas, pantalones, vestidos, faldas…

—Que sí, que sí. Que tienes de todo, eres una gurú de la moda —ironicé—. Y si quieres quedarte a recoger esos trapos, allá tú. Yo me vuelvo dentro.

La solté y me di media vuelta.

—¿Vas a dejarme aquí sola? —inquirió indignada.

—Es justo lo que estoy haciendo.

—¿Cuándo te has vuelto un capullo?

—¿Y tú una persona tan superficial y materialista?

La oí bufar justo antes de agacharse para comenzar a recoger sus cosas a la vez que protestaba porque no la ayudara. Sin embargo, otro enorme relámpago volvió a iluminar el cielo, seguido de un sonido ensordecedor.

Oí gritar a Poppy, que corrió hacia mí despavorida.

—Creo que tienes razón y será mejor recoger mi ropa después —comentó con la voz agarrotada.

Abrí la puerta de casa y me hice a un lado para dejarla pasar. Ella no dudó y entró como una exhalación. Cuando yo también estuve dentro, fui hasta la sala y me acerqué a la chimenea para avivar el fuego. Ambos dejábamos charcos por donde pasábamos.

—¿No vas a preguntarme qué hago aquí? —la oí decir.

—¿Quieres que te lo pregunte? —dije sin más, como si su presencia no me afectara del modo en que lo hacía.

—Sería lo apropiado —respondió frotándose los brazos para intentar entrar en calor.

Me volví hacia ella y puse las manos en las caderas.

—¿Qué haces aquí? —repetí sus palabras en tono cansado.

Poppy sonrió de oreja a oreja. Aquella sonrisa deslumbrante que poseía seguía afectándome igual que siempre.

—Vi un mensaje que tu hermana me envió a mi Instagram donde me decía que mi padre no andaba bien de salud. Así que decidí venir a verlo. Por desgracia, a causa de la tormenta, un árbol cayó en medio de la carretera y no me quedó más remedio que desviarme hasta aquí.

Compuse una expresión sarcástica.

—¿Cuánto hace de eso?

—¿De la caída del árbol?

Negué con la cabeza.

—Desde que mi hermana te escribió.

Ella desvió la mirada, incómoda.

—Bueno… soy una mujer que recibe muchos mensajes privados y… no puedo leerlos todos.

Solté una carcajada carente de humor.

—Ya veo. —Me alejé hacia mi habitación en busca de ropa seca que ponernos.

—¿Qué es lo que ves, Tucker Tate? —inquirió viniendo tras de mí—. Porque no me gusta nada esa actitud de superioridad que muestras desde que llegué.

—Lo que veo es que hace meses desde que Josie te envió ese mensaje. Meses en los que tu padre pudo haber muerto sin que tú te hubieras preocupado por él ni un solo instante —repuse rebuscando en mi armario—. Pero tranquila, está perfectamente, si de verdad te interesa saberlo.

—Claro que me interesa, por eso estoy aquí. —Era una verdad a medias—. ¡Y no es culpa mía! Ya te he explicado que…

—Claro, Hollywood —me interrumpió—. Tú nunca tienes la culpa de nada.

—¿Hollywood? —repitió con una ceja enarcada.

—¿No es de allí de dónde vienes? El lugar en el que soñabas estar, donde todos tus sueños se harían realidad —repetí las palabras que siempre coreaba y me puse frente a ella.

Vi como su garganta se movía, como si le costara tragar—.

Siempre te creíste demasiado buena para este pueblo. Mejor que todos nosotros.

—Eso no es cierto —murmuró.

—Ten. —Le entregué una toalla y un par de prendas de ropa—. Puedes darte una ducha si quieres antes de cambiarte, estás cubierta de barro. Ya sabes dónde queda el baño.

Intenté alejarme, pero me agarró de la manga de mi camisa de cuadros y me detuvo.

—¿Dónde están tus padres? Desde luego, siempre fueron mucho más hospitalarios que tú.

Apreté los dientes por un momento antes de responder:

—Murieron —dije de forma cortante—. Tuvieron un accidente de coche hace cinco años.

Abrió los ojos de par en par.

—Cuánto lo siento, Tuck. No tenía ni idea, si lo hubiera sabido…

—Si lo hubieras sabido, ¿qué? —la corté con amargura—. ¿Habrías venido a presentar tus condolencias? No me hagas reír, Hollywood.

—¿Se puede saber a qué vienen estos desprecios? ¿Acaso me odias? Sé que me marché sin despedirme, pero tú tampoco hiciste nada al respecto.

Sonreí sin ganas.

—No te odio, me eres indiferente —aseguré—. Solo una molestia que ha llegado para romper mi valla nueva. Que me vas a tener que pagar, por cierto.

—¿Y Josie? —preguntó entonces—. ¿Ella tampoco vive aquí ya?

—No, se casó con Mason Brooks al poco de marcharte.

—¿Con Mason? —parecía ilusionada—. Siempre supe que estaban hechos el uno para el otro. ¿Qué hay de ti? ¿Hay una señora Tate a la que deba presentarme?

—No es de tu incumbencia —respondí tajante—. Y ahora sal de aquí, quiero quitarme la ropa que me he mojado por tu culpa.

La empujé con suavidad fuera del cuarto, me di media vuelta y cerré, dándole con la puerta en las narices.

—¡Eres un idiota! —gritó enfadada.

Si esperaba que fuera el mismo pelele estúpido que babeaba por ella, lo llevaba claro. Poppy Hart no volvería a meterse en mi cabeza nunca más.

Comencé a deshacerme de las prendas empapadas y, con una toalla blanca, procedí a secarme el pelo.

Recordé a esa Poppy adolescente, siempre tan sonriente y alegre.

Su madre murió cuando solo tenía diez años y su padre se dio a la bebida, por eso pasaba mucho tiempo aquí, con Josie. Mis progenitores la trataban como a una hija más, y yo estaba encantado, porque así podía tenerla cerca.

Tanto mi hermana como ella son tres años menores que yo, por eso me erigí como su protector. Nadie se atrevía a meterse con ellas porque sabían que, si no, tendrían que vérselas conmigo.

Un recuerdo del verano de antes de que se fuera vino a mi mente:

Estaba junto al gran roble que había en el jardín y arreglaba mi vieja bicicleta. Duke, mi fiel labrador, se hallaba junto a mí, acostado apaciblemente.

Escuché la risa de Poppy a mi espalda y, sin poder evitarlo, un estremecimiento recorrió mi espina dorsal.

—Qué concentrado te veo, Tucker Tate —dijo apoyándose contra el grueso tronco del árbol como si posara para una foto imaginaria.

Llevaba el pelo largo y algo revuelto, e iba vestida con una camisa rosa anudada a la cintura, unos vaqueros cortos y unas sencillas deportivas blancas. Aun así, estaba preciosa.

—Hasta que has llegado a molestarme, Poppy Hart.

Ella chasqueó la lengua.

—Por favor, sabes que te encanta tenerme cerca —presumió.

Me obligué a mantener la vista fija en la cadena de la bici, aunque sus piernas me estaban distrayendo.

—Me encanta cuando tienes la boca cerrada y no eres un fastidio —la provoqué.

Poppy se acercó más a mí con las manos en las caderas y esa mirada que siempre me hacía sentir que sería capaz de hacer lo que fuera por ella.

—¿Te han dicho alguna vez que mientes fatal, Tate?

Como no me veía capaz de seguir teniendo sus piernas tan cerca de mi cara, me puse en pie mientras me limpiaba las manos en los vaqueros. Sin embargo, no fue una buena idea, porque entonces mis ojos se fijaron en sus carnosos labios y sentí tales deseos de besarla que mi cuerpo entero tembló.

Carraspeé.

Sus ojos verdes brillaron divertidos, como si supiera con exactitud lo que me sucedía. Yo noté que ella también lo deseaba y estuve a punto de hacerlo, pero en el último momento, di un paso atrás.

Era Poppy. Mi Poppy. La única persona que hacía que el suelo bajo mis pies se desvaneciera y perdiera el norte. Claro que quería besarla, y algún día lo haría, pero aquel no era el momento ni el lugar.

Respiré hondo y forcé una media sonrisa.

—Deja de mirarme así, Hart, o acabaré pensando que estás loca por mí.

Ella se pasó la lengua por los labios con lentitud.

—Ya era hora de que empezaras a darte cuenta. Creía que tendría que hacerte un plano.

Y, sin más, se dio media vuelta y se marchó por donde había venido, dejándome con el corazón tan acelerado que de un momento a otro se me saldría del pecho.

Duke rozó su morro húmedo contra mi mano y me devolvió a la realidad.

—¿Has estado aquí dormido todo el tiempo, viejo amigo? —dije, acariciando su cabeza.

Cuando había tormenta, se escondía bajo mi cama. Lo asustaban, en especial, los días de muchos truenos.

Su pelaje, que en su día fue todo de color crema, ahora tenía mechones blancos alrededor del hocico y las cejas. Caminaba con paso lento pero firme, y seguía siendo mi mejor amigo.

Me miró con esos ojos color café tan puros y que parecían entenderlo todo.

—Estoy en problemas, ¿no es cierto?

Él movió la cola a modo de respuesta y asentí. Ambos sabíamos que estaba bien jodido.