Capítulo 3
Poppy
A la mañana siguiente, volé hasta Nashville y, una vez en el aeropuerto, alquilé un precioso deportivo rojo para llegar hasta Magnolia Creek.
El paisaje a mi alrededor, el clima, los olores… Todo me traía recuerdos de mi pasado. Me conocía aquella carretera de memoria y, aun así, sentía como si estuviera entrando en un terreno desconocido.
Había dejado atrás las luces, los edificios altos, el lujo, las fotos… Aquello que tanto me deslumbraba y que, quizá, no me dejara ver cuánto había echado de menos este lugar.
A medida que iba avanzando hacia el pueblo, mi corazón se aceleraba más y más. Sentí un nudo en la garganta cuando vi el cartel que anunciaba que mi destino estaba próximo.
De repente, un rayo partió el cielo en dos y di un respingo, asustada. No podía con las tormentas. Cuando mi madre murió, el cielo parecía llorar por ella, los relámpagos más terroríficos que vi nunca rompían el silencio de la noche y yo desarrollé un terror tremendo desde entonces.
Cada vez que llovía, me ponía a temblar y me quedaba paralizada. No me podía creer que justo fuera a pillar un tormentón encerrada dentro de un coche y en medio de la nada.
La lluvia caía con fuerza y, aunque los limpiaparabrisas iban a toda potencia, apenas lograba ver el camino.
Un rayo cayó muy cerca. Tanto que se estrelló contra un árbol a mi derecha y este se derrumbó cortando el camino que llevaba al pueblo.
Solté un alarido y di un volantazo.
Respiré hondo con las manos apretando fuertemente el volante. Necesitaba calmarme o sufriría un ataque de pánico.
¿Qué se suponía que debía hacer?
Miré alrededor entre la cortina de lluvia para intentar orientarme. Supe donde me encontraba al instante y la única salida que tenía era dirigirme al rancho de los Tate.
Di marcha atrás un par de metros, hasta que el estrecho camino a través de la ladera y flanqueado por árboles se vislumbró.
El deportivo no estaba preparado para subir por ahí, pero no me quedaba otro remedio. Ya pensaría después en arreglarle los bajos, ahora solo quería encontrar un lugar donde refugiarme.
Subí la cuesta embarrada a toda leche. Cuando estaba casi llegando a la casa en la que tantas veces estuve, otro trueno hizo retumbar los cristales del deportivo.
No pude evitar sobresaltarme y perder el control del coche, que rompió la valla blanca que tenía al lado y acabó estrellándose contra un grueso roble.
Algo aturdida porque mi cabeza se golpeó contra el volante, me toqué el cuerpo para comprobar que estaba de una sola pieza. Traté de arrancar de nuevo el auto, pero este no respondió, y no era de extrañar, ya que se había fusionado con el enorme tronco.
Abrí la puerta y cuando puse un pie fuera, mi tacón se hundió en el barro.
—¡Me cago en todo! —me lamenté.
Eran unos preciosos Christian Louboutin que me compré cuando empecé a ganar bastante dinero.
Decidí quitármelos y caminar descalza. Era asqueroso notar el pegajoso fango bajo los pies, pero también mejor opción que destrozar mis tacones favoritos.
En menos de dos segundos fuera del automóvil acabé empapada. El top blanco se transparentaba y mis vaqueros parecían una segunda piel.
Me dirigí al maletero para sacar la maleta, que, gracias a la jodida ley de Murphy, se abrió de repente y mis prendas se desparramaron por el suelo.
—¡No, joder! ¡Nooo! —grité. Aunque el grito quedó amortiguado por un nuevo relámpago.
Me agaché junto al coche y me cubrí la cabeza con ambas manos a la vez que mi cuerpo temblaba de pánico.
—Señorita, ¿está bien?
Aquella voz.
Despacio, descubrí mi cabeza y alcé la mirada para encontrarme con esos ojos azules que tantas veces me persiguieron en sueños.
Su cabello castaño claro estaba mojado, igual que el resto de él.
Sus facciones se veían más masculinas, y un par de arruguitas se dibujaban en la comisura de sus ojos.
Sin embargo, estaba igual de guapo que recordaba, o quizá más, pues parecía más musculoso y esa nueva barba de días que lucía en su mandíbula cuadrada le daba un aspecto algo rudo e interesante.
Tucker Tate.
El chico más encantador del pueblo y el dueño de mi corazón desde que tengo uso de razón.