Amor no incluido Capítulo 2
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Capítulo 2

Poppy

El insistente sonido de mi teléfono me despertó de golpe. Tenía un fuerte dolor de cabeza que indicaba que anoche bebí más de la cuenta.

Me levanté de la cama a trompicones. Recordaba haber llegado a mi piso en compañía de Owen, aunque ahora no hubiera ni rastro de él.

Rebusqué en mi pequeño bolso de fiesta hasta dar con el móvil. Me senté pesadamente en uno de los taburetes de la isla de la cocina y respondí:

—¿Diga?

—¿Qué coño has hecho, Poppy? —la voz de mi representante se oía enfadada.

Jordan Mercer era el mejor en su trabajo. Él mismo contactó conmigo hacía casi dos años, cuando empecé a despuntar, y desde entonces, mi carrera había subido como la espuma.

De unos cuarenta años y aspecto atractivo y elegante, era capaz de conseguirme cualquier campaña publicitaria que se propusiera.

—¿Me estás escuchando, Poppy? —insistió.

—Eeeh… Sí, perdona. ¿Qué decías? —Me costaba pensar con claridad. ¡Maldito champán!

—¿Te preguntaba por qué la has cagado tanto? —soltó con brusquedad.

—¿Cagarla? ¿Yo? —No recordaba nada de eso—. No sé de qué me hablas.

—Por el amor de Dios —le oí murmurar—. ¿Cuánto bebiste anoche?

«Bastante más de la cuenta», pensé.

—No lo sé exactamente.

—Hay un vídeo tuyo por las redes en el que aseguras que los sureños solo son una panda de catetos analfabetos a los que desprecias.

Incluso Morgan Taylor ha salido a hablar sobre ello.

¿Sabes la repercusión que va a tener esto?

—inquirió en tono cortante—. Ya he recibido varias llamadas para rescindir contigo campañas publicitarias importantes, joder.

Aquella información me golpeó como un mazazo.

Corrí hacia mi portátil y el vídeo en cuestión me saltó en cuando abrí el Instagram. También vi a Morgan aprovechando mi metedura de pata para hurgar en la herida. Era como un tiburón que había olido sangre y no iba a desaprovechar la ocasión.

—No… no puede ser. Esto es un malentendido, Jordan. ¡Si soy sureña!

—Lo sé, pero eso no invalida todo lo que has dicho, Poppy. Ahora mismo mucha gente te odia, solo tienes que leer los comentarios que están dejando en todas tus publicaciones.

Me sentía al borde de las lágrimas. ¿Cómo pudo torcerse todo de aquella manera?

—¿Qué puedo hacer para solucionar esto?

—Creo que lo mejor es desaparecer por un tiempo y esperar a que todo se enfríe. Después, tendrás que disculparte y rezar para que el daño causado no sea irreparable.

Sollocé.

—¿Quién ha grabado el vídeo?

—No tengo ni idea. ¿Tú no recuerdas nada?

—Por desgracia, no —reconocí.

—Lo único que sé es que Morgan está siendo la más beneficiada con esta situación y asistió al evento, así que no sería descabellado que hubiera sido ella quien te grabara.

—¡La muy zorra! —dije entre dientes con rabia.

—Hazme caso y desaparece unos días. Yo intentaré idear algún modo de que las marcas no te den la espalda.

—De acuerdo —susurré—. Gracias por todo, Jordan.

Sin despedirse, colgó el teléfono. Estaba enfadado, y no era para menos.

Dejé el móvil sobre el escritorio y vi el vídeo completo.

Se notaba que había bebido de más, incluso tenía el rímel algo corrido.

Mis comentarios sobre la gente del sur y sus costumbres eran horribles.

Ni siquiera era lo que yo pensaba en realidad, así que no sabía por qué dije aquellas cosas tan espantosas.

Después me fui al perfil de Morgan. Su imagen perfecta apareció en la pantalla del ordenador. Ponía expresiones ensayadas de indignación y cuando comenzó a hablar, censuró todas mis palabras. Sin duda, le salió la jugada redonda.

¿Cómo pude caer en su trampa?

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin control.

Empecé a leer la infinidad de mensajes privados que tenía. La gran mayoría me insultaban, me decían que era una estirada, que me creía superior a ellos, e incluso me deseaban la muerte. Estaba acostumbrada a los haters , pero no aquel aluvión.

De repente, entre todos esos nombres desconocidos, hubo uno que hizo que me diera un vuelco el corazón.

Josie Tate, mi amiga de la infancia.

Hacía diez años que no había vuelto a saber nada de ella, desde que me fui de mi pueblo natal sin mirar atrás. Yo misma corté toda comunicación con mis raíces y, en muchas ocasiones, había pensado si hice lo correcto.

Con mano temblorosa, abrí el mensaje. Pude ver una imagen sonriente de Josie en su foto de perfil. Prácticamente no había cambiado nada.

Me di cuenta de que me escribió hacía dos meses, pero hasta ahora, no reparé en ello. Tenía tantos mensajes de mis seguidores que era imposible leerlos todos.

«Hola, Poppy:

Sé que no quieres saber nada de mí y puede que te sorprenda que te escriba por aquí, pero no he encontrado otro modo de contactar contigo.

Quería que supieras que tu padre no está bien. Hace un tiempo que su salud no es la que era y pensé que necesitabas saberlo.

Espero que no te moleste mi mensaje y que todo te vaya bien, aunque por lo que veo en tus redes, tienes la vida que siempre soñaste.

Un gran abrazo».

¿Mi padre estaba enfermo? ¿Sería algo grave?

Conocía a Josie lo bastante bien como para saber que no me habría escrito por una tontería.

Hacía mucho tiempo que no me permitía pensar en ellos, en las personas que formaron parte de mi pasado y que dejé atrás de forma voluntaria para poder alcanzar mi sueño. Un sueño que, en esos momentos, parecía a punto de desmoronarse.

De repente, por mi cabeza pasó una idea. ¿Y si volvía a Magnolia Creek? De ese modo mataría dos pájaros de un tiro. Podría comprobar que mi padre estaba bien y, de paso, desaparecería del mapa por unos días.

Total, ¿quién me buscaría en un pueblucho desconocido como aquel?

La imagen de Tucker Tate, el hermano de Josie, me vino a la mente. Si regresaba al pequeño pueblo, sería inevitable cruzarme con él. Cuando me marché, hacía diez años, me rompió el corazón dejarlo atrás.

Sin embargo, esperaba que esa década que llevaba sin saber de él hubiera enfriado aquello que siempre me hizo sentir. Quizá ahora fuera un gruñón con barriga cervecera y sin un pelo en la cabeza. Seguramente hasta se habría casado y tuviera más de un crío correteando por casa.

Me daba mucho miedo que el pasado que dejé atrás pudiera afectarme más de la cuenta, pero no me quedaba otro remedio que enfrentarme a él.