Amor en pole position (Dirty Air 3) Epílogo
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Epílogo

Elena

UN MES DESPUÉS

—No vale mirar —dice Jax, asegurándose de que la venda me cubre bien los ojos.

Me coge la mano y me ayuda a bajar del coche.

No sé cómo he conseguido aguantar todo el trayecto desde la casa de sus padres sin marearme ni entrar en pánico a pesar de haber tenido los ojos vendados todo el rato.

La oscuridad ya no me da miedo. No después de un mes de terapia y de atreverme a exponerme a mi mayor temor.

—¿Dónde estamos? —pregunto.

—¿Necesitas explicaciones para todo?

—Sí, sobre todo cuando me has secuestrado antes de que pudiera darme una ducha.

Jax se ríe. No me ha dado la oportunidad de hacer preguntas ni de asearme después de nuestro sparring en casa de sus padres. Siento un hormigueo de expectación en la piel mientras él me lleva a lo desconocido.

Intento valerme de mis otros sentidos para hacerme una idea de dónde nos encontramos. La hierba cruje bajo mis zapatillas, y oigo pájaros cantando, pero eso no me aclara nada. ¿Qué demonios quiere hacer conmigo de noche en medio de la nada?

—¿Solo llevamos un mes viviendo juntos y ya quieres matarme?

—Lo que quiero es matarme a mí mismo por acceder a vivir con mis padres mientras pensábamos qué hacer. Se acabó.

Me río por la nariz.

—Creía que estabas contento de que hubiera elegido mudarme a Londres. —En cuanto se lo dije, Jax pidió que nos rembolsaran el dinero del asilo de mi abuela y le buscó la mejor residencia de la ciudad mientras nosotros nos quedábamos temporalmente en casa de sus padres.

—Ay, bonita, estoy pletórico. Pero creo que mis padres nos están cortando el rollo —sentencia antes de detenerse.

Me choco contra su espalda y él me sujeta para que no me caiga. Me ayuda a sentarme en una especie de banco antes de hacer lo propio a mi lado. Su cercanía me hace sonreír. El corazón empieza a latirme más rápido cuando me da un beso tiernísimo en la mejilla.

Me pasa los dedos por los labios antes de quitarme la venda. Me encuentro con la visión de un Jax sonriente que se mete la tela en el bolsillo.

Parpadeo confusa al ver el piano que tenemos delante. Unas pocas velas nos proporcionan algo de luz, permitiéndome distinguir lo que parece una casa en construcción.

—¿Qué hacemos en medio de una casa abandonada? —Mi voz hace eco en la estancia vacía.

—Deja que te lo explique con una canción. —Pasa los dedos por la hilera de teclas antes de que la dulce melodía de una famosa canción de amor inunde el ambiente.

Le sonrío.

—Me encanta cuando te pones romántico, aunque la elección del lugar esta vez deja bastante que desear. Da más miedo que otra cosa.

Jax suelta una carcajada y pierde el ritmo un instante antes de retomar la canción.

Me gusta muchísimo que toque para mí; ver cómo se deja llevar por la música me da una paz que hace que los ojos se me llenen de lágrimas de alegría.

De repente, me invade un profundo deseo de verle enseñando a nuestros hijos a tocar el piano algún día.

Quiero disfrutar de cada momento con este hombre antes de que la enfermedad me lo vaya arrebatando poco a poco.

Saborear cada beso, cada gesto tierno, cada pelea.

Un enorme dosier azul en el atril me llama la atención. Me inclino hacia él.

—¿Qué es esto? —Saco el móvil del bolsillo y enciendo la linterna.

—Échale un vistazo.

Paso la primera página, que muestra un plano básico de una parcela. En la parte inferior, una nota indica que el arquitecto tiene que añadir una bolera, una sala de cine privada y un vestidor con sitio de sobra para tacones y zapatos.

La siguiente página me hace sonreír. Es un boceto del exterior con un patio, una hoguera con guirnaldas de luces alrededor, una piscina con tobogán y río lento e incluso un esbozo de un campo de minigolf.

Pero lo último que veo es lo que hace que se me aneguen los ojos en lágrimas. Paso el dedo por el colorido dibujo de una preciosa casita de árbol con un cartel colgado en el que pone «Los niños Kingston».

No puedo evitar que se me caigan lágrimas de tristeza al recordar el día en que Jax y yo nos pusimos a pensar cómo querríamos que fuera nuestra futura casa. Se ha acordado de todos los detalles y ha hecho que alguien plasme nuestra visión en papel.

Le abrazo con brazos y piernas, obligándole a parar de tocar.

Él me devuelve el abrazo.

—Entiendo que te han gustado los planos.

—No me gustan, ¡me encantan! —Acerco sus labios a los míos y le doy un beso apasionado. Se me pone la piel de gallina mientras me besa como si quisiera comerme, acariciándome todo el cuerpo con las manos y dejando calor a su paso.

Entonces señala hacia un enorme ventanal al otro lado de la habitación.

—La casita del árbol puede ir ahí. —Luego nos hace girar para mirar otra ventana, que da a un inmenso bosque—. Y la piscina y la hoguera ahí, al lado del minigolf.

—¿Qué? ¿Vamos a vivir aquí? ¿En serio?

—Sí, pero no solo nosotros.

Ladeo la cabeza.

—¿Ah, no?

—Ninguna casita de árbol está completa sin niños —dice con una sonrisa.

Le beso de nuevo. Ver cómo se le iluminan los ojos al pensar en tener hijos me llena el corazón.

Estoy convencida de que este hombre se desvivirá para que sus hijos sientan hasta la última gota del amor que tiene dentro.

Sé de lo que hablo, teniendo en cuenta que he sido la beneficiada estos últimos meses.

Jax apoya la frente contra la mía.

—Te quiero. Te quiero tanto que desearía tenerte siempre para mí solo. Pero al mismo tiempo quiero que compartas tu amor con niños que lo necesiten. Nuestros futuros hijos. Y no tiene que ser ahora, pero quería que supieras mis intenciones. Te lo mereces todo, y quiero ser yo quien te lo dé.

En ese instante siento que no puedo adorarle más.

—Te quiero. Me encanta todo de ti, absolutamente todo.

—Genial. Pues pasemos a la segunda parte de la noche.

Alzo una ceja.

—¿Hay más?

—Claro. Ahora que se ha acabado el cortejo, voy a enseñarte la otra razón por la que he traído el piano —contesta, dándome un suave beso en la comisura de los labios.

—Mmm... Cuéntame más.

—Llevo meses fantaseando con hacértelo contra un piano. Esta es la oportunidad perfecta.

Suelto una risotada al cielo nocturno.

—Bueno, Jax Kingston, ¿y a qué estabas esperando?

—A ti. Siempre a ti.

Una calidez se extiende por mi cuerpo mientras Jax me demuestra cuánto me quiere. Nuestra historia no será fácil, pero es real. Jax no es el único que necesitaba que le salvaran. Mientras él sufría por su futuro, yo batallaba con mi pasado. Pero ya no tenemos que seguir luchando solos.

Somos más fuertes que un diagnóstico, e incluso que el mismo miedo.

Pero, sobre todo, somos más fuertes juntos que separados.

FIN