51. Jax
Jax
TRES MESES DESPUÉS
Puede que Elena se haya atrevido a luchar por mí, pero no puedo evitar que me invada la ansiedad al pensar que todo esto es algo pasajero.
Cada vez que caigo en un bucle de negatividad, ella me saca de ahí.
Y, siendo sincero, después del campeonato han sido muchas las veces en las que me he metido en mi cárcel mental.
En todos los sentidos.
Lo cual me lleva a mi siguiente dilema. En términos prácticos, podría decirse que Elena y yo ahora mismo tenemos una relación a distancia.
«Por Dios...».
Yo, que era alérgico a cualquier cosa que durara más que las sobras de la semana pasada, me he volcado de lleno en algo al margen de mi carrera y mi familia.
Pero, a pesar de mi paciencia y de la lealtad que siento hacia Elena, no puedo seguir viviendo tan lejos de ella.
Un vuelo de Londres a Mónaco es demasiado para mi gusto.
Incluso Caleb no para de darme la murga con que mi novia viva tan lejos de mí.
Todavía no hemos hablado de cómo queremos que sea nuestra vida a partir de ahora. Después de terminar con todos los eventos de prensa y de descansar de la última temporada, vuelo a Mónaco para darle una sorpresa.
Tengo un plan. Un plan tan ambicioso que me ilusiona más que me agobia.
Al contrario que con mi último gran cambio vital, esta vez tengo cada detalle pensado al milímetro.
Sé que está yendo todo muy rápido y que mis amigos se van a preguntar si me he vuelto loco cuando se enteren de lo que voy a hacer, pero si algo he aprendido este año es que no puedo pasarme la vida esperando.
No quiero malgastar otro año de mi vida de brazos cruzados por lo que dicten las normas sociales.
Es más, no quiero malgastar ni un solo mes más de mi vida, ni tampoco estar un solo día más sin Elena a mi lado.
Y, sobre todo, quiero vivir cada día al máximo ahora que sé que mi existencia cambiará drásticamente cuando me haga mayor. De ahí mi plan.
El primer paso fue prepararlo todo.
El segundo ha tenido algo de allanamiento de morada.
Y el tercero y último está a punto de ocurrir, a juzgar por el sonido del pomo de la puerta del piso de Elena.
Respiro hondo y me meto las manos en los bolsillos de los vaqueros rotos, nervioso. Ella abre la puerta, entra en su apartamento y deja las llaves en la cómoda de la entrada. Cierra y pasa el pestillo antes de colgar el bolso, todo sin reparar en mí.
No se da cuenta de nada. Junta eso con el antro en el que vive y ya tienes material para un pódcast de true crime . Duro pero cierto.
—Bueno, bonita, una cosa tengo que decirte: acabas de demostrarme por qué no deberías seguir viviendo sola.
Elena suelta un grito y da un salto hacia atrás antes de estrellarse contra la puerta.
—¡Qué susto, Jax!
Me apoyo en la pared, sonriendo.
—Te estaba esperando —anuncio.
—¿Y no podías haberme avisado con un mensaje? ¿Cómo has conseguido la llave siquiera?
—Tu casero es fácil de sobornar.
—¡No me jodas! —Enciende el interruptor que hay a su lado, bañándonos de luz.
—Que no, mujer, era broma. Te cogí prestada la llave de repuesto la semana pasada.
—¿Con «cogerla prestada» te refieres a que la sacaste de mi llavero?
—Exacto. Se te dan mucho mejor las palabras que a mí.
Ella se acerca, apartándose por fin de la puerta. Sus ojos pasan de mí a la nueva estantería que hay oculta tras una sábana.
—¿Qué es eso?
Aviso para navegantes: no cometáis el mismo error que yo; montar muebles de IKEA es como montar un LEGO sin instrucciones. Una pesadilla.
—Un regalo —contesto.
—¿Sigues intentando comprar mi amor después de varios meses juntos?
Le sonrío antes de darle un beso suave en los labios.
—¿Para qué iba a comprar algo que ya tengo? —replico.
Ella sacude la cabeza, ocultando su sonrisa.
—¿Y qué es?
Tiro de la sábana, mostrando mi creación.
Elena no se mueve, no pronuncia palabra mientras sus ojos admiran los estantes repletos de bolas de nieve.
—¿Guardaste todas las notitas? —Acaricia la esfera de cristal de una de ellas como si pudiera tocar el papelito morado que tiene dentro.
—No podía dejar que las tiraras. Todavía no las había canjeado todas.
—¿A qué te refieres?
—Compruébalo por ti misma.
Elena lee en voz alta cada uno de los cupones. Me río cuando menciona el Trankimazin, negando con la cabeza al pensar en lo adicto que estaba y lo insoportable que era. Me motivó a salir del pozo con unas notitas escondidas en mi frasco de pastillas.
Cojo una de las bolas de nieve personalizadas y la agito antes de darle cuerda. La dulce melodía de una canción romántica rompe el silencio mientras le paso el adorno.
—¡No puede ser! —exclama, y se le iluminan los ojos cuando reconoce la canción que siempre me pide que le toque al piano.
Nos quedamos callados mientras suena la música. Se le saltan las lágrimas mientras lee la nota. Intento limpiárselas, pero se me escapa alguna.
Sus ojos pasan de la bola de nieve a mi cara.
—Esta nota no la he escrito yo —murmura.
Se me escapa una risita.
—Claro que no.
Mi desastrosa letra dista mucho de su elegante caligrafía. Observo el mensaje:
¿Quieres casarte conmigo?
—Esto es una locura... —susurra.
—Pero es real. —Dejo la bola de nieve en la estantería y la atraigo hacia mí. Su calor me envuelve y me invade una sensación de felicidad.
—Es demasiado pronto.
—A estas alturas, nada es demasiado pronto en mi vida.
—Yo también tengo vida, ¿eh?
Me río para mis adentros. Me encanta esa parte racional suya que necesita sopesar todos los posibles inconvenientes antes de dar el sí.
—Si quieres quedarte en Mónaco, yo viviré aquí contigo.
—¿Harías eso por mí? —pregunta, con las mejillas húmedas por las lágrimas.
—Claro.
—Pero ¿y tu madre?
—Iré a menudo de visita.
Elena niega con la cabeza. Se me encoge el pecho ante su posible rechazo.
—Para mí no tiene sentido esperar a algo que sé que va a pasar tarde o temprano —insisto—. No quiero perder otro día sin estar a tu lado, no con mi diagnóstico. Me da igual que vivamos en Mónaco o en Londres, solo te necesito a ti. Y a tu abuela, claro, que sé que viene en el lote.
Más lágrimas se escapan de los ojos de Elena.
—Sí...
Me quedo de piedra.
—¿Sí a qué? ¿Te quieres casar conmigo?
—Sí. Sí. ¡Sí! —Me rodea la cara con las manos y tira de mí para darme un beso. Un beso que me consume y reafirma mi necesidad de tenerla siempre a mi lado. Se aparta y repite—: Sí. ¡Casémonos!
—¿No prefieres ver el anillo antes de decir que sí?
Ella echa la cabeza para atrás y suelta una risotada.
—No. Podrías darme una piedra de la calle y aun así te diría que sí.
—Pues menos mal, porque te aseguro que tiene un pedrusco.
Su risita se torna sarcástica.
—Para ya, anda, que te estás cargando el momento.
Saco la cajita de mis vaqueros, hinco la rodilla y abro la tapa. Le cojo una mano con fuerza.
—Elena González, me muero de ganas de pasar el resto de mi vida contigo, me da igual dónde, cómo y cuándo. Eres la heroína de nuestra historia, dispuesta a estar a mi lado por muy lúgubre que se presente el futuro. Mi mayor deseo es hacer que seas mía, hoy y siempre. Sin arrepentimientos.
He inscrito esas dos últimas palabras en el interior del anillo porque soy más pasteloso todavía que mis dos amigos. ¿Qué puedo decir? Me saca mi lado más cursi.
Ella me sonríe con un cariño incondicional.
—Sin arrepentimientos, ni uno solo. Ni en los momentos más difíciles ni en los días más duros. Te quiero y te querré pase lo que pase.
Deslizo el anillo por su dedo. Se me hincha el pecho de orgullo al ver el diamante solitario que la señala como mía. Me pongo de pie y me llevo su mano a los labios para besarle el dedo anular.
Luego atraigo a mi prometida hacia mí para un beso como Dios manda, marcándola de todas las formas posibles. Para darle las gracias por su amor, su perdón y su aceptación. Para alejar con besos sus dudas y demostrarle que lo quiero todo.
La esperanza es para hombres con un futuro por delante.
La esperanza es para los que piden deseos a las estrellas o en una iglesia o en un momento de necesidad.
La esperanza, en definitiva, es para personas como yo.