Amor en pole position (Dirty Air 3) 50. Jax #2
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50. Jax #2

—Me gustaría verte intentarlo —se mofa—.

Me da igual todo, Jax. No me asusta tu diagnóstico.

Podrías empezar a tener síntomas mañana mismo y aun así querría estar a tu lado todos los días que vengan.

Ya me han arrebatado demasiadas cosas valiosas en mi vida; lo último que quiero es perder al hombre al que amo porque prefiere estar solo que conmigo. —Se le quiebra la voz.

Le rodeo la nuca y la insto a mirarme.

—No sabes qué es lo que estás pidiendo.

—¿Quién ha dicho nada de pedir? He venido a recuperar nuestro futuro con mis propias manos.

—¿Y qué pasa con lo de tener hijos?

—Eso, ¿qué pasa? Hay otras formas de tener hijos. Donantes de esperma, adopción... Las opciones son infinitas. No me importa cómo sea con tal de poder estar contigo.

—Elena... —Aparto la vista, porque me pone nervioso mirarla a los ojos—. ¿Estás segura de esto? Porque, si tú vas con todo, yo también.

Sus dedos me cogen por la mandíbula y me giran la cara hacia ella.

—No querría que fuera de otra forma. Jax Kingston, atrévete a vivir una vida complicada conmigo. Quiero el caos, quiero la oscuridad, quiero días de sol y días de tormenta contigo. Pero, sobre todo, te quiero a ti, con todo.

Las palabras se me filtran por la piel y se me quedan grabadas como la tinta que me cubre todo el cuerpo. No era consciente de cuánto la necesitaba hasta que la dejé ir.

—Yo también te quiero. Te he querido incluso cuando me he esforzado por todos los medios por no hacerlo. —La atraigo hacia mí con la mano que tengo en su nuca y fundo mis labios con los suyos.

La beso con todo el amor que siento por ella, esperando poder expresar cuánto lo siento por todo, cuánto la he echado de menos, cuántas ganas he tenido de volver arrastrándome para que me perdonara.

Ella suspira y yo aprovecho el momento para pasarle la lengua por los labios antes de introducirla en su boca. Con Elena, un beso nunca es suficiente. Y no lo será en ninguno de todos los días que nos quedan por delante. A pesar de que me muero por seguir, me aparto.

Ella suelta un gruñido de protesta, y yo me río mientras la cojo de la mano y la llevo al paddock de McCoy. Los fans gritan mi nombre y yo hago un gesto de asentimiento sin apenas enterarme de nada porque tengo una misión.

Noto que el miembro me palpita sabiendo lo que está por venir mientras entramos en mi habitación privada. La traigo hacia mí para darle otro beso y le quito rápidamente la ropa. Ella me baja la cremallera del mono de carreras y, con mi ayuda, me quita esa prenda empapada en sudor y champán.

—Dios, cómo te he echado de menos —murmuro mientras la observo, disfrutando de cada curva de su cuerpo.

—Y yo a ti.

Suspira cuando le pego los labios al cuello y se lo chupo.

—Si fuera un caballero, te llevaría a mi hotel y te daría el polvo de reconciliación que te mereces.

—Pero no he venido aquí a salir con un caballero. —Me agarra la erección y me pasa el pulgar por la punta.

Echo la cabeza para atrás y suelto un gemido.

—Entonces prepárate para que haga contigo lo que quiera.

Ella se ríe.

—Me muero de ganas.

La empujo al sofá y Elena se tumba, ocupando todo el espacio. Me mira como si fuera un regalo que no me merezco, pero que no quiero soltar de todos modos.

—No pasa nada por ser feliz —me dice con una sonrisa.

Le cojo las piernas y la arrastro al lateral del sofá, levantándole el culo con el reposabrazos. Mis rodillas chocan contra el suelo y la devoro con la boca. Su sabor es jodidamente adictivo, y me recuerda lo imbécil que he sido por alejarme de ella.

La beso, la lamo, la venero con cada acometida de mi lengua. Sus gemidos son música para mis oídos. Inhala bruscamente cuando le rodeo el clítoris con los labios. Le meto un dedo, y luego otro, preparándola para mí.

Gime mi nombre antes de estallar alrededor de mis dedos. Pero no los saco, quiero recibir todo lo que me quiera dar.

—Joder... —jadea—. No sabes cuánto te he echado de menos.

—Échate para atrás.

Ella obedece, moviéndose hasta que su cuerpo vuelve a ocupar todo el sofá. Cojo un condón de mi bolsa de deporte y me lo pongo antes de colocarme a cuatro patas sobre su cuerpo.

—Yo te he echado tanto de menos que no sé cómo empezar a explicártelo.

Lo siento, Elena, lo siento por todo. Siento haberte hecho daño, siento haberte hecho sentir que no eras lo bastante buena para mí.

Lo cierto es que siempre has sido demasiado buena para mí.

Pero, Dios, no pienso volver a dejarte marchar.

—Quédate conmigo para siempre —murmura ella, incorporándose sobre los codos y besándome. Luego alarga la mano a mi entrepierna y me da unas sacudidas antes de guiarme a su entrada.

Me hundo en ella, gimiendo mientras me tira del pelo.

—Joder...

Ella se queda sin aliento cuando empiezo a moverme. Me lo tomo con calma, porque quiero disfrutar de este momento. Mantengo un ritmo lento pero constante que hace que me tire del pelo más fuerte.

—Mira que me gusta el sexo lento, pero esto es una tortura —musita.

—La mejor tortura. Contigo siempre es la mejor tortura. —Le beso el cuello mientras aumento la cadencia y la potencia de mis embestidas, dándole en ese punto que hace que me arañe la espalda.

El gemido que se le escapa me pone a mil. Mis movimientos se vuelven erráticos y ella me abraza con fuerza, exclamando mi nombre.

Con unas cuantas arremetidas más, se contrae a mi alrededor y se deshace.

Entonces empiezo a darle como un poseído buscando el éxtasis que solo me provoca Elena.

Una descarga cálida me recorre la columna cuando me acerco al límite.

Termino sin dejar de embestirla y ahogando sus gemidos con mis labios.

Me desplomo encima de ella y la envuelvo entre los brazos.

—Te quiero —susurro.

—Y yo a ti. —Se le quiebra la voz.

Levanto la cabeza de su cuello y le seco una lágrima de la mejilla con la yema del pulgar.

—¿Tan bien ha estado?

—Increíble. Pero me da miedo que cambies de opinión cuando las cosas se pongan difíciles.

—Te prometo que, mientras viva, no me apartaré de tu lado. Cuando la vida nos ponga a prueba, me apoyaré en ti. Y, cuando tú me necesites, podrás contar conmigo. Quiero que vivamos nuestra propia historia de amor. —Le doy un beso tierno.

—¿Sin arrepentimientos?

Yo le dedico una sonrisa con la que le intento transmitir todo lo que siento por ella.

—Sin arrepentimientos.