Amor en pole position (Dirty Air 3) 50. Jax
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50. Jax

Jax

Antes de conocer a Elena, siempre había pensado que soy un cabrón amargado e insufrible. Pero la vida sin ella es como vivir en el ojo del huracán. Todo es calma y silencio, pero sabes que en cualquier momento llegará la devastación.

Liam me mira con el ceño fruncido desde la otra punta del salón de mi suite.

—Vaya cara traes. Cualquiera diría que has conseguido la pole para la carrera de mañana.

—Puede que no lo parezca, pero me muero de ganas de que llegue mañana y se acabe la temporada de una vez. Necesito un descanso.

—¿Un descanso o una borrachera?

Aparte del momento de debilidad la noche del Gran Premio de Singapur, no he probado una gota de alcohol desde que llamé a Elena. Ni siquiera el whisky puede llenar el vacío que ha dejado ella en mi pecho, por mucho que lo desee.

Y cuánto lo deseo.

—Un descanso. Quiero pasar tiempo con mis padres. —Y quiero sanar. No puedo hacerlo cuando vivo bajo la lupa de Connor y las desmesuradas exigencias de la Fórmula 1.

—¿Irá contigo tu nuevo canguro?

Sam, mi nueva tobillera electrónica y el recordatorio constante de hasta qué punto he metido la pata, me espera en los sofás que hay al salir de la suite, dándome algo de privacidad por primera vez en todo el día.

—No. Connor confía en que esta vez me portaré bien. —Probablemente porque ya no seré una carga.

—Me sorprende. Creía que sería el primero que querría tenerte bien vigilado después de lo de la última vez.

—Ya no tiene motivos para preocuparse. A partir de mañana, se acabó la Fórmula 1 para mí.

Liam me mira fijamente con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo? No es gracioso, idiota.

—No es una broma.

—¿Te retiras? ¿Qué coño te pasa? —pregunta con una mueca.

—No he sido del todo sincero contigo —murmuro, y aparto la vista.

—No me digas.

Respiro todo lo hondo que puedo, intentando reunir el valor.

Estos son los momentos en los que desearía haberme tomado un Trankimazin.

Se lo suelto todo, desde que mis padres me contaron que mi madre tenía Huntington.

Las pastillas, el alcohol, la constante ansiedad que no me dejaba vivir.

Para cuando termino mi historia, nos quedamos los dos en silencio, procesándolo.

Liam se levanta del otro sofá y se sienta junto a mí. Parece aturdido.

—Me encanta que nos queramos tanto, tío, pero no hace falta que llores. —Le doy un codacito en las costillas.

Mi amigo me rodea los hombros con el brazo y me atrae hacia él para darme el abrazo más torpe que he experimentado en la vida.

—Eres un imbécil por haberte callado todo esto tanto tiempo —me espeta—. Podría haber estado a tu lado si me lo hubieras pedido.

—No quería ser una molestia para nadie. Además, ahora tienes a Sophie, y Noah a Maya.

—Seríamos unos amigos de mierda si pasáramos de ti para estar con nuestras novias cuando más nos necesitas.

Y, seamos sinceros, si hay algo que nos caracterice a Noah y a mí es que siempre lo damos todo en todos los ámbitos, las amistades incluidas.

—Me da un manotazo en la espalda y me suelta—: No tienes que enfrentarte a esto solo.

Si quieres dejar de competir, te apoyaremos en tu decisión. Te mereces hacer lo que te haga feliz.

—No sé si voy a ser nunca feliz de verdad —murmuro. Una vida sin Elena, aunque viva cerca de casa de mis padres, suena jodidamente solitaria.

—Tonterías. Solo tienes que encontrar algo que te haga sentir así. Si no es la competición, pues otra cosa. Si lo que necesitas es regresar a Londres y pasar página, adelante. Tienes dinero de sobra para no tener que volver a mover un dedo en lo que te queda de vida.

—Eso es verdad. —Le guiño el ojo.

Liam se ríe.

—Lo único que sé es que te voy a echar de menos. Por favor, dale una paliza a Noah mañana y márchate de la Fórmula 1 por la puerta grande. No me conformo con menos.

El sudor me empapa la espalda mientras el motor ruge contra mi columna. Las luces se apagan. Piso a fondo el acelerador y salgo disparado, oyendo los chirridos de los neumáticos detrás de mí. Mi coche supera la primera curva cuando empieza a sonar una voz en mi auricular.

—Oye, no aflojes el ritmo y vigila las ruedas. Ten cuidado con Noah, que no se va a despegar de ti.

No le quito el ojo de encima a Noah en toda la carrera para evitar que me adelante.

Vuelta tras vuelta, nos disputamos la primera posición.

Se pone primero en cierto momento, pero recupero la posición gracias a la estrategia de boxes de mi equipo técnico, que me permite rodar con neumáticos más nuevos.

—Has cogido la tercera curva demasiado abierta —me informa un ingeniero por radio.

Mi respiración se vuelve más pesada mientras sigo avanzando hacia la línea de meta. El público es apenas una mancha borrosa que grita mientras pasamos a toda velocidad por delante de las gradas.

Noah se me acerca al alerón trasero, pero piso el acelerador y completo otra vuelta a toda pastilla. Solo queda una vuelta más; tengo que llevar mi coche al límite.

Chris vuelve a dar señales de vida.

—Calma. No la cagues en la última vuelta.

Me concentro en la trazada sin dejar de echar un vistazo a los espejos retrovisores mientras exprimo al máximo las capacidades del coche. Curva tras curva, me mantengo en cabeza y un segundo por delante de Noah, evitando que se ponga a rango del DRS.

Un último giro y llego a la recta final del circuito, donde empiezan a lanzar fuegos artificiales en cuanto paso por delante de la bandera a cuadros. El clamor de la grada me saca una sonrisa mientras recorro una última vez la pista en la vuelta de enfriamiento.

—¡Lo has conseguido, joder! Dios, eres campeón del mundo por segunda vez. ¡Buen trabajo, Kingston! —celebra Chris.

Alzo el puño al aire y disfruto de la última vuelta de mi carrera profesional.

Los ojos me engañan. Es la única explicación que encuentro cuando veo una aparición a un lado del podio, observándome.

La mismísima Elena González en persona. Me sonríe y me saluda con la mano, luciendo una camiseta de McCoy con mi número. Liam, Sophie, Maya y Elías están de pie a su lado, animándonos.

¿Qué coño está haciendo aquí? Pero, lo más importante, ¿por qué me sonríe como si fuera un regalo de los dioses?

Intento ignorarla mientras Noah me rocía con champán, pero mis ojos vuelven a ella constantemente como por voluntad propia.

Cuando me hacen entrega del trofeo, le dedico una sonrisa antes de levantarlo en el aire.

El público se vuelve loco cuando Noah y Santiago bañan a los enfervorecidos aficionados en champán.

Los presentadores anuncian el fin de la celebración y me bajo del escenario.

La miro. Me quedo mirándola un buen rato, preguntándome cómo es posible que haya venido a mi último Gran Premio con todo lo que he hecho.

Me acerco pausadamente a ella, empapándome de su presencia como la tierra sedienta ante el primer aguacero tras un año de sequía.

—Hola —me saluda con una sonrisita nerviosa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Intento contener la sonrisa sin éxito.

—Quería ver cómo era un campeón del mundo de cerca. Me pareció que valía la pena comprobar si el podio final estaba a la altura de su fama.

—¿Y lo ha estado?

—La verdad es que no. Me esperaba fuegos artificiales mejores, si te soy sincera.

Sacudo la cabeza sin dejar de observarla. «¿Qué coño está haciendo aquí?».

Me coge de la mano y me aparta de mi grupo de amigos. Una descarga de electricidad me recorre el brazo ante el contacto. Me siento tentado de zafarme de su agarre, pero me apetece disfrutar de este pequeño instante de tortura.

Aunque estoy feliz de que haya venido, eufórico incluso, no soy capaz de expresarlo. Me quedo a la espera mientras ella me guía por un paddock a oscuras.

—No tienes que ponerte así por que haya venido —dice, alargando una mano a mi mejilla.

Me inclino hacia ella, buscando sus caricias como el desgraciado que soy. ¿Qué puede haber de malo en sucumbir a unos minutos de su atención, aunque sepa que cuando se marche me hundiré en la miseria?

—Estoy contento de verte. Lo digo de verdad.

—Pues menos mal —contesta—. No sabía si pasarías de mi culo o me comerías a besos.

Guardo silencio, por temor a que mis palabras delaten lo que siento por ella en realidad. Por mucho que desease con todas mis fuerzas que estuviera aquí, no es lo correcto.

Elena suspira.

—Bueno, será mejor que acabe con esto de una vez.

—Me pasa el pulgar por la barba incipiente antes de apartar la mano—.

Lo primero que debo decir es que eres el hombre más exasperante que he conocido en mi vida.

Me has apartado de tu vida con conocimiento de causa y, como me vuelvas a hacer algo así, te juro que te vas a enterar.

—No sé de qué me estás habl...

Me pone un dedo en los labios para callarme.

—Ahórrate las mentiras. Lo sé, Jax. Lo sé todo. —Su voz adquiere un matiz sombrío mientras me mira con lágrimas en los ojos.

—¿A qué te refieres? —inquiero con voz ronca.

—Sé que no te dieron el diagnóstico que esperabas.

Sé que me dijiste todas esas cosas horribles para que me alejara de ti.

Que conseguiste de alguna manera que Connor me pagara todos los meses de sueldo a pesar de haberme despedido y que Bandini me contrató por recomendación tuya.

Has hecho todo lo que estaba en tu mano para que estuviera bien sin ti, aunque te aseguro que no lo estaba.

Ya no tienes que seguir fingiendo que estás bien; no quiero que lo hagas.

Contigo quiero lo bueno y lo malo y todo lo demás.

Apoyo la frente contra la suya y suelto una larga exhalación.

—¿Quién te lo ha contado?

—¿Qué más da? Eso no es lo importante.

—No, pero ¿es ese el motivo por el que has venido? ¿Porque te he ayudado?

—No. —Deja escapar un suspiro de frustración—. He venido porque te lo mereces todo, todos los momentos dignos de bola de nieve. Y soy una egoísta porque quiero que todos esos momentos los pases conmigo.

Cierro los ojos, tragándome mi anhelo.

—Debería marcharme. Para siempre.

Ella suelta una risa sarcástica.