49. Elena #2
»Apenas vivía, apenas respiraba, pero me aseguré de cumplir con mis obligaciones como madre.
Un día, Zack me puso a nuestro bebé en brazos y, Dios, todavía recuerdo su discurso.
Es como si las palabras se me hubieran grabado a fuego en el corazón.
Me dijo: “A veces parece como si el sol dejara de brillar, porque lo tapa una nube o hay tormenta o se ha hecho de noche, pero en realidad sigue ahí. Lo resiste todo para no dejar en la estacada a los seres vivos que dependen de él. Tú eres mi sol. Me da igual si hay tormenta o si viene el puto fin del mundo. No puedo vivir sin ti, y tampoco me imagino un mundo en el que mi hijo quisiera hacerlo”.
—Un par de lágrimas se le escapan de los ojos.
La rodeo con los brazos, pero, como ella me ha pedido, no hablo.
—Dejé de brillar. Dejé de vivir. Permití que un diagnóstico que no me afectaría hasta pasados varios años me arrebatara la felicidad.
Pero logré salir adelante, gracias al cariño de Zack, a mi amor por Jax y a la terapia.
Y te estarás preguntando por qué te cuento todo esto, pero te juro que es importante.
Suelta un profundo suspiro y sigue:
—Entiendo a mi hijo mejor que nadie. Puede que físicamente se parezca más a su padre, pero por dentro es igual que yo.
Ha preferido alejarte antes que retenerte a su lado.
La primera vez, tardó años en acceder a ver a un genetista, pero, después de menos de una temporada contigo, ha estado dispuesto a pasar de nuevo por todo el proceso.
Por fin volví a percibir en él esa luz que no le veía desde hacía años.
Quería un futuro distinto del que había dado por hecho que tendría, no vivir solo el resto de su vida.
Se me tensa todo el cuerpo. Me da miedo escuchar lo que vaya a decir ahora, pero espero con el alma en vilo a oír sus palabras.
—Como madre, me preocupé cuando me dijo que quería hacerse las pruebas. ¿Cómo no iba a preocuparme? —Se le quiebra la voz—. Recé día tras día para que le dieran la noticia que tanto necesitaba oír, la que tanto anhelaba. Pero ocurrió justo lo contrario. —Vera se echa a llorar desconsolada.
Yo también lloro, y no intento secarme las lágrimas.
—Me destroza saber que mi hijo tiene Huntington por mi culpa. Me partió el alma que decidiera echar a perder su futuro contigo, sobre todo por lo mal que lo pasó al hacerlo. No soporto verlo sufrir por no poder estar con la persona a la que ama. No quiero eso para él.
¿Jax tiene Huntington? El corazón no me duele, sino que me explota en el pecho como una bomba. Todo lo que me rodea se vuelve gris mientras miro fijamente a su madre, deseando con desesperación que me diga que todo esto es una broma.
—¿Se lo han diagnosticado? —pregunto con un hilo de voz.
Ella mueve la cabeza arriba y abajo.
—Dios, cuánto desearía poder decirte que no.
Lloramos juntas, abrazadas. Las lágrimas me surcan el rostro mientras pienso en todo lo que ha hecho Jax para apartarme de su lado. Lloro por él y por el futuro del que tanto ansiaba escapar.
Vera deshace el abrazo y me coge las manos con las suyas.
—Quiero a mi hijo con todo mi ser, así que he venido aquí a pedirte que le perdones.
Estaba pasando por un momento muy complicado cuando te dijo todas esas cosas, y solo lo hizo para conseguir que le odiaras.
No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo poco a poco se va perdiendo hasta convertirse en alguien a quien apenas reconozco por haberse negado la posibilidad de amar y ser feliz.
Se merece el sol, por mucho que trate de esconderse de él y vivir en las tinieblas.
Sé un sol para él. Sácale de ahí. Ten el valor de luchar por él incluso cuando él mismo cree de todo corazón que no se lo merece.
El amor no es fácil, y no he venido a decirte que vuestra historia vaya a serlo.
Pero te prometo que mi hijo es uno de los mejores hombres que he conocido, y no lo digo porque lo haya criado yo.
Las cosas que ha hecho para protegerte después de apartarte de su vida dicen más de cómo es que todo lo que te pueda decir yo. Te es leal incluso sin estar juntos.
—No sé qué decir. —Me seco las lágrimas de las mejillas.
Siento una punzada de dolor en el pecho. Que Jax tenga que cargar con otro peso más aparte de su ansiedad... No puedo soportar pensar en lo mal que lo debe de estar pasando.
—Mi hijo hizo lo más difícil que puede hacer nadie, en mi opinión.
Le rompió el corazón a la mujer que ama para protegerla, para darle la oportunidad de ser feliz, aunque fuera a costa de su propia dicha.
Y, aunque me sabe mal que te haya hecho sufrir, debo decir que estoy muy orgullosa de él.
He conseguido que sea un hombre que se preocupa más por los demás que por sí mismo, y eso para mí es una victoria.
Así que, por favor, ten el valor de perdonarle.
Lucha por él como mi marido ha luchado por mí.
Demuéstrale que el sol no deja de brillar ni en los peores días.
—Me da un apretón en la mano antes de soltármela.
—¿Y si me vuelve a rechazar?
—Podría hacerlo. —Aprieta los labios en una fina línea—. Pero creo que la siguiente pregunta que deberías hacerte es: ¿y si te acepta, a pesar del futuro de mierda que os espera, porque no puede imaginarse una vida sin ti?
Y, con eso, Vera y yo nos quedamos contemplando el mar, cada una sumida en nuestros pensamientos.
Empiezo a comprender que no todas las historias de amor son iguales.
Jax y yo jamás estuvimos destinados a tener el típico final pasteloso de película.
En nuestra historia, soy yo la que tiene que sumergirse en las tinieblas para sacarle de ahí y salvarle.
De nuestro pasado. Por nuestro futuro. Y, sobre todo, por un amor que sé de sobra que es más fuerte que cualquier diagnóstico de mierda, más fuerte que la ansiedad.
No necesito un final feliz. Necesito nuestro final. Que puede que sea un desastre y muy lejos de lo perfecto, pero será nuestro.
Y ya va siendo hora de que vaya a luchar por lo que es mío.