49. Elena
Elena
Me levanto y me visto para ir a visitar a la abuela.
La nueva residencia en la que la dejé cuando empecé a trabajar con Jax está a solo unos minutos andando.
Es un lugar perfecto en todos los sentidos, y lo voy a echar de menos cuando se me acaben los ahorros y tenga que cambiarla de sitio.
La estabilidad es muy importante para las personas con alzhéimer, y me duele en el alma tener que trastocar su vida de nuevo.
Entro en el edificio y saludo al personal. Uno de los encargados me llama y me pide que le acompañe a su despacho.
Se me pasan mil ideas por la cabeza sobre qué querrá de mí. Llevo años recibiendo noticias desalentadoras sobre mi abuela, y temo que esta no sea una excepción. Me señala una silla vacía y toma asiento frente a mí.
—Bueno, señorita González, lamento haberla interceptado antes de que pudiera ver a su abuela, pero no quería perder la ocasión de comentarle una cosa.
—¿Está bien?
—¡Sí! No se preocupe, su abuela se encuentra bien y está bastante contenta aquí. De eso es de lo que le quería hablar.
Me relajo en el asiento mientras mi pulso vuelve a la normalidad.
—Buf, menos mal. Tenía miedo de que hubiera pasado algo.
—En el caso de que hubiera pasado algo, la habríamos llamado para que viniera aquí de inmediato.
«Ya, tiene sentido. No debería sacar conclusiones precipitadas». Asiento.
—Recuerdo que ya hablamos del detalle de las tarifas antes de que se fuera de viaje. Solo quería informarla de que se han cubierto los gastos del resto de su estancia.
Me quedo con la boca abierta.
—¿El resto? Pero no sé cuánto tiempo va a ser eso.
Hago cuentas en mi cabeza, pensando en quién podría tener tanto dinero. La única persona que se me ocurre que pudiera llevar a cabo un plan así es uno de los ciudadanos sin sangre azul más ricos de Londres.
El mismo que me rompió el corazón hace solo unas semanas.
Me llevo una mano temblorosa a la boca, intentando procesar el desglose de los pagos que me enseña el hombre. Cuando le pregunto quién los ha realizado, contesta que no me lo puede decir.
¿Por qué haría esto Jax? ¿Por qué me ayudaría después de decir que no quiere saber nada más de mí? Un dinero así no se da cuando no quieres volver a ver a alguien.
Esa es la única pregunta que no para de venirme a la cabeza: ¿por qué?
¿Por qué esto?
¿Por qué se sigue molestando?
¿Por qué me echó de su vida?
¿Por qué no me quiere lo suficiente para compartir su carga conmigo?
Me despido del encargado y subo las escaleras hacia la habitación de mi abuela. Su frágil cuerpo se hunde en el colchón. Me duele en el alma ver su rostro demacrado y su mirada ausente cuando me observa con ojos vidriosos.
Me siento junto a ella, como de costumbre, y le cojo la mano.
—Hola, ¿cómo estás? —le digo.
—Marisol, no me gusta la nueva doctora. Me ha pinchado con una aguja. Quiero irme a casa.
Niego con la cabeza y suspiro, deseando que la abuela me reconociera alguna vez. Se me llenan los ojos de lágrimas al meterme en el papel de mi madre. Cada minuto de este paripé me drena, pero me mantengo fiel a mi promesa de visitarla.
Aunque no se acuerde de mí.
Aunque se enfade por su situación y me grite que la estoy dejando abandonada para que se pudra en un geriátrico.
Aunque se me rompa el corazón cada día que vengo a verla con la esperanza de que me reconozca ni que sea un segundo.
Cumplo con mi deber familiar, asumiendo la carga. Mis padres habrían hecho lo mismo y mucho más. Dejo a un lado la tristeza y aprovecho el tiempo con mi abuela hasta que las enfermeras me avisan de que se ha acabado el horario de visitas.
Me levanto de la silla y estiro las piernas.
—Marisol, ¿vendrás mañana?
—Sí, claro. —Me inclino y le doy un beso en la coronilla antes de salir de su habitación.
Y entonces mi corazón se detiene. Mis pies se detienen. Todo a mi alrededor se detiene.
Vera está apoyada contra la pared, dando golpecitos en el suelo con el bastón al ritmo del segundero del reloj que tiene encima de su cabeza. Me dirige una sonrisa forzada.
—Elena. —Alrededor de los ojos se le forman unas arrugas que transmiten la misma tristeza que su mirada.
—¿Vera?
—Parece que hubieras visto un fantasma.
Observo su pelo rubio platino y su piel de porcelana.
—A ver, eres muy blanca, pero no —contesto—. Solo me ha sorprendido mucho verte. ¿Cómo sabías que estaría aquí?
—Tengo mis fuentes.
—¿Eres tú quien ha pagado los gastos de la estancia de mi abuela?
Vera sonríe.
—Prefiero que mis donaciones sigan siendo anónimas. Presumir está pasado de moda.
—¿También estás tú detrás de mi nuevo trabajo y el bonus de mi finiquito?
Ella niega con la cabeza.
—Imagino que el responsable de eso es otro Kingston. Yo soy fantástica, pero incluso mi poder tiene sus límites.
Se me escapa una risa incontenible.
—Ven, vamos a dar un paseo. —Me ofrece su codo.
Entrelazo mi brazo con el suyo y aprieto el puño, porque me han empezado a sudar las manos.
—Por muy agradable que sea la sorpresa, ¿qué haces aquí?
—Estoy cumpliendo con mi deber como madre —responde.
—¿Por Jax? —Mis palabras reflejan la confusión que sin duda tengo pintada en la cara.
—Por ti. —Y después de eso, se queda callada.
Trato de procesar sus palabras mientras salimos de la residencia. El sol de finales de octubre nos baña con su luz mientras caminamos hacia la costa. Vera escoge un lugar cerca del escarpado litoral con una vista privilegiada al mar Mediterráneo.
Nos sentamos juntas en un banco, como cuando tuvimos aquella charla en Londres hace tantos meses ya.
—Estoy aquí tanto por motivos egoístas como porque creo que no te vendría mal algún que otro consejo de madre.
Te arrebataron a la tuya cuando eras demasiado pequeña.
No me puedo imaginar lo que debes de haber sufrido y lo que sigues sufriendo ahora con tu abuela.
Debe de ser agotador ser tan joven y tener que cargar con una responsabilidad tan grande.
Asiento con la cabeza.
—Mi parte egoísta está cansadísima, la verdad.
—No es tu parte egoísta, sino tu parte humana. Es justo eso lo que te hace ser tú.
Agacho la vista y la fijo en los puños que tengo apretados sobre el regazo.
—Algunos días es muy duro visitarla.
—¿Porque piensa que eres su hija?
Trago saliva para combatir la sequedad de mi garganta.
—¿Lo has oído?
Vera me coge la mano en un gesto maternal, y entonces recuerdo sus temblores.
—No sabía que estaba tan mal.
—Es lo que hay. —Me encojo de hombros.
—Venga ya, a mí no me des respuestas de rueda de prensa. No tienes por qué hacerte la fuerte todo el rato. Cuéntame cómo te sientes de verdad.
—Sola. Tan sola que algunas noches lloro hasta que me quedo dormida. —Entre que Elías está siempre viajando y mi abuela cada vez peor, noto una carencia afectiva que me asfixia tanto como la oscuridad que odio.
Ella niega con la cabeza, me da unas palmaditas en la mano y dice:
—Mi hijo es un idiota. Un idiota abnegado, pero un idiota al fin y al cabo.
La sola mención a Jax me altera.
—Quiero contarte una historia —prosigue—, pero tienes que prometerme que me escucharás hasta el final. No me interrumpas hasta que termine.
Arrugo el entrecejo al imaginar qué clase de historia querrá contarme. Seguramente sea algo relacionado con Jax que haga que me desmorone delante de su madre. Pero Vera se merece mi respeto y mi tiempo, así que asiento a pesar de la mezcla de emociones que se desatan en mi interior.
—Me enteré de que estaba enferma unos meses después de dar a luz a Jax.
Cuando a mi abuelo le diagnosticaron la enfermedad de Huntington, mis padres me lo comunicaron por carta.
Ni una llamada de teléfono, ni una palabra bonita ni una felicitación por el bebé.
Solo una carta diciéndome que esperaban que estuviese bien y que debería hacerme las pruebas por si fuera portadora del gen. —La voz se le quiebra.
Me aprieta la mano con más fuerza y prosigue:
—No terminaba de entender lo que estaba sucediendo.
Estaba recién casada, acababa de ser madre...
Pero, cuando me enteré de lo de mi abuelo, fue como si mi mundo se detuviera.
Zack fue mi único apoyo durante todo el proceso, desde la primera visita al genetista.
El único motivo por el que me hice las pruebas fue mi hijo.
Yo podría haber vivido tan feliz sin saber algo que no me afectaría hasta la vejez, pero sentía que mi hijo se merecía saberlo.
Se merecía disfrutar de cada momento que pudiera ofrecerle antes de que la enfermedad empezara a pasarme factura.
Suelta una respiración entrecortada antes de continuar.
—Fue la decisión más difícil que he tenido que tomar en mi vida.
Cuando me enteré de que era portadora del gen, primero me enfadé y luego entré en depresión.
Zack estuvo ahí en cada paso del camino, asegurándose de que tuviera a alguien a mi lado.
Y, madre mía, mi marido apenas era un adulto también.
Su carrera en el boxeo estaba empezando a despegar, y ahí estaba yo, lastrándole por haberme casado con él.
La noticia de mi diagnóstico sumado a las hormonas posparto me sumieron en una profunda depresión.
Un pozo profundo, oscuro y solitario plagado de inseguridades y de odio.
Odio hacia mí, hacia la situación, hacia la horrible circunstancia en la que había puesto sin saberlo a mi hijo recién nacido.