48. Jax #2
—Qué raro. No he dicho nada de un plus de peligrosidad, pero Elena usó justo esas palabras.
«Mierda, mierda, mierda. Aborten misión».
—A ver, estuvimos juntos unos meses. No es tan raro que tengamos un sentido del humor parecido.
—Ya, claro. En fin, el caso es que te odio por haberle roto el corazón, pero no puedo odiarte por hacer lo posible por asegurarte de que esté bien. Lo admiro, aunque no quieras admitirlo. —Se endereza y me mira a los ojos.
—No sé de qué estás hablando —farfullo.
—Tu secreto está a salvo conmigo. Solo quería darte las gracias. —Elías me ofrece la mano.
Se la estrecho y entonces caigo.
—En ningún momento tenías pensado decírselo, ¿verdad?
Él sonríe con satisfacción.
—No. Solo quería confirmarlo. Ya le has hecho suficiente daño, así que prefiero que mantenga su dignidad en lo profesional.
—Eres un buen tío, Elías. Lo respeto.
—Ya iba siendo hora de que te dieras cuenta después de llevar toda la temporada trabajando conmigo.
Suelto la primera carcajada genuina del día. Al menos me queda el consuelo de que mi sacrificio le ha servido de ayuda a Elena, aunque ella no lo sepa.
—Llevaba un tiempo queriendo hablar contigo. —La voz de mi padre restalla por el altavoz del móvil.
Me dejo caer en el sofá de la suite, preparándome para una conversación que tenemos pendiente desde hace bastante.
A partir de recibir mi diagnóstico, he procurado no dejar entrever ninguna emoción durante las llamadas con mis padres, ya que no quiero que se preocupen más.
Mi madre no puede mirarme a la cara durante más de un minuto sin que se le llenen los ojos de lágrimas; mi padre, por el contrario, se muestra tranquilo y no me presiona con preguntas.
Debería haberme imaginado que estaba esperando el momento oportuno.
—Supongo que ha llegado la hora de que me des la charla —suspiro.
—Te preguntaría cómo estás, pero, a juzgar por los vídeos de las entrevistas, debes de encontrarte en la mierda.
Cojo el teléfono y quito el altavoz, para tener algo que hacer con las manos.
—Me muero de ganas de que se acabe la temporada.
—Ya me imagino. Ha sido un año bastante duro para ti.
—Decir eso es quedarse corto.
—¿Cómo has estado desde que lo dejaste con Elena?
—Pues de puta pena, por decirlo finamente.
Mi padre suspira.
—Bueno, ya sabes que no me gusta andarme con rodeos...
Me pellizco el puente de la nariz.
—Dispara.
—He procurado ser paciente, intentando esperar a ver cómo gestionabas todo el tema. Pero ya ha pasado demasiado tiempo, y me da miedo pensar en cómo va a acabar todo si sigues por este camino.
—Pero si me estoy portando bien —replico—. No he salido de fiesta ni me he tomado ninguna pastilla para sentirme mejor, por mucho que quisiera acabar con este sufrimiento.
—No estoy hablando de eso, aunque me alegra oír que has sido fuerte y no has recaído en viejos patrones. Me refiero a otro camino.
—Elena y yo hemos separado los nuestros.
—No es tarde para arreglarlo. Quiero hablar contigo y dar la cara por ella.
—Las cosas no funcionan así —gruño.
—Cuando no le estás dando la oportunidad de intentarlo contigo, sabiendo la verdad, sí.
—Tu caso y el suyo son muy distintos. Ella tiene la oportunidad de marcharse; tú no la tuviste.
—En eso te equivocas —me contesta—. Todos podemos elegir. Yo elegí quedarme con tu madre aun sabiendo que empeoraría y necesitaría ayuda porque os quiero más que a nada en este mundo. Ninguna enfermedad lograría separarme de vosotros.
Me arden los pulmones cuando inhalo profundamente.
—Estabas casado. Habías prometido en tus votos no abandonarla. Yo solo he adelantado lo inevitable con Elena.
—¿Y qué se supone que es lo inevitable?
—Que un día voy a estar enfermo y no quiero hundirla conmigo.
—Tu madre no me hunde ni nada que se le parezca.
Eso es justo lo que intento que comprendas.
Ella sigue siendo lo mejor de mis días, y no me podría imaginar que fuera de otra manera.
Incluso cuando peor está, me siento agradecido de tenerla a mi lado.
Por eso es por lo que decidí quedarme cuando le dieron el diagnóstico.
No se trata de un voto, sino de algo que siento por ella y que no es comparable a nada.
—Y por eso lo pasarás tan jodidamente mal cuando muera —farfullo—. Estás condenado a morir con ella en todos los aspectos relevantes.
Quiero a mi padre. Lo último que deseo en esta vida es ver cómo el brillo de sus ojos se va apagando según la enfermedad de mi madre empeora.
—No me voy a morir. —Deja escapar un largo suspiro—.
Voy a seguir siendo el hombre que le prometió que lucharía por ella y por ti.
Con independencia de lo que le ocurra a tu madre, siempre te tendré a ti.
Y eres el mejor regalo que me podía haber dado.
Por eso te he llamado para decirte que espabiles de una vez y vayas a recuperar a Elena, porque los Kingston no tiramos la toalla con la gente que nos importa.
Siento una opresión en el pecho.
—Te quiero, papá. Te respeto mucho por todo lo que me has dado, incluyendo tu ayuda cuando más la necesitaba.
—Pero...
Suelto un suspiro de resignación.
—Pero esta vez no puedo seguir tus consejos.
Él exhala un aliento igual de resignado que el mío.
—Al menos dale una vuelta a lo que he dicho. Y piensa en cómo sería la vida si te permitieras disfrutar de los buenos momentos que tendrías con Elena antes de que todo se pusiera difícil. Son un montón de buenos recuerdos para contrarrestar los menos buenos.
—Lo pensaré.
Su risa profunda resuena en el teléfono.
—No me mientas, hijo. Hazlo de verdad.
—No he hecho más que pensar en las decisiones que he tomado, tranquilo.
—Y aun así sigues hecho mierda. Pues tal vez no sea una buena decisión.
—¿Papá?
—¿Sí?
—¿Cómo te sientes cuando mamá tiene un mal día?
—Pues me entran ganas de remover cielo y tierra para encontrar una solución para que deje de sufrir. Quiero gritar que la vida no es justa y que qué sentido tiene ganar todo este dinero si no puedo comprar la única cosa que deseo.
—Ahí le has dado.
—Parece que no me quieres entender. Lo que te intento decir es que los días malos nunca pesarán más que los buenos.
Nada puede quitarme los recuerdos que tengo y los que sigo creando con tu madre.
Así que no, hijo, no vas a tergiversar mis palabras para creer que tienes razón.
Podría gritar que la vida no es justa, sí, pero la vida me ha dado a mi mujer, así que este es un sacrificio que estoy dispuesto a hacer.
Ahora lo que tienes que preguntarte es: ¿vas a dejar que Elena decida si está dispuesta a hacerlo por ti?