48. Jax
Jax
Mierda. La he cagado.
Beber ha sido una idea horrible. Haber llamado a Elena borracho es justo el motivo por el que tengo mis reservas con el alcohol.
Le escribo un mensaje de disculpa en cuanto me despierto por la mañana. Sin embargo, mientras mi dedo sobrevuela el botón de enviar, cambio de idea y llamo a Sophie.
—Hola. Necesito tu ayuda. —Mi ronquera refleja la desesperación que siento ahora mismo.
—¿A las siete de la mañana? —se queja ella.
—¿Puedes hacerme el favor de explicarme por qué cojones estás llamando a mi novia a estas horas? —Un bostezo corta las protestas de Liam.
—Quería pedirle consejo.
—Vale. Pues me debes un café de Starbucks por haberme despertado tan pronto —replica él.
Sophie le susurra algo que me imagino que será para calmarle un poco. Me entrarían ganas de vomitar si no me diera tanta envidia.
—Bueno, olvida lo del café, puedes molestarnos todas las mañanas si quieres —comenta Liam riéndose.
Oigo las sábanas removiéndose mientras Sophie me pide que espere un segundo. Una puerta se cierra a su lado de la línea y entonces me dice:
—Vale, ¿qué pasa?
—Siento darte la lata tan temprano.
Ella suelta una risita.
—No te preocupes.
—Ayer metí la pata.
—¿Qué hiciste? —Su voz de preocupación me hace sentir más culpable aún.
—En un momento de debilidad, llamé a Elena después de haber bebido.
Se le escapa un profundo suspiro.
—Vale, no es tan horrible como pensaba. ¿Qué le dijiste?
—Cosas que no debería haberle dicho. Le confesé cómo me sentía.
—Me cuesta entender por qué esto es algo malo. ¿Le dijiste que la echas de menos?
—Sí —bufo—. Es malo porque no quiero darle falsas esperanzas. Y ahora no sé si debería mandarle un mensaje disculpándome o hacer como si no hubiera pasado nada.
—¿Por qué quieres disculparte por decirle la verdad?
Me debato entre contarle a Sophie el motivo real por el que eché a Elena de mi vida o fingir que ya no necesito su ayuda, pero el temor a volver a hacerle daño a Elena hace que me trague mi orgullo.
—No he sido del todo sincero con vosotros sobre por qué rompí con ella. Es algo más enrevesado de lo que pensáis.
Casi tan enrevesado como las conexiones cerebrales que me instan a ir tras Elena pese a todo lo ocurrido.
—Dame un segundo —murmura Sophie al teléfono. Escucho sus pasos y una puerta se abre—. Liam, mi café lo quiero con un buen chorro de Baileys.
—¿A estas horas? —oigo que dice él.
—Jax, ¿crees que necesito alcohol para esta conversación?
Mi murmullo de confirmación basta para que ella despache a Liam para que cumpla con su petición.
—Cuéntame, ¿qué pasa?
Después de hacerle prometer que me guardará el secreto, le confieso todo lo que ha ocurrido hasta ahora. Cuando termino, ella solloza al teléfono con una tristeza tan inmensa como la mía.
—¿Por qué yo? ¿Por qué soy la primera persona a la que se lo cuentas?
—Porque necesito desesperadamente la opinión de una mujer para pedir perdón por una metedura de pata.
—Pero yo no quiero aconsejarte sobre eso —dice, sorbiéndose los mocos.
—Aunque aprecio tu buena voluntad, esto es lo único que puedo darle a Elena. Así que, por favor, ayúdame a encontrar las palabras adecuadas —susurro, resignado con la situación.
—Vale, lo primero que tienes que hacer es pedirle perdón por la sesión de confesionario en estado de ebriedad —empieza Sophie, que habla sin parar dándome una lista de instrucciones.
Después de redactar lo que según ella es el mensaje perfecto, pulso el botón de enviar sin pensármelo dos veces.
Jax: Soy perfectamente consciente de que no basta con decir que lo siento, pero quería decírtelo de todos modos.
Siento haberte llamado por no ser lo bastante fuerte para mantenerme alejado de ti más de dos semanas.
Siento haberme ganado tu confianza para luego destrozarla con mis decisiones.
Siento haberte roto el corazón cuando me habías dado permiso para protegerte y protegerlo.
Siento haber sido tan egoísta de hacer que nos enamoráramos para mandarlo todo a la mierda cuando las cosas se pusieron difíciles.
Y, sobre todo, lo siento por no ser el hombre que te mereces, a pesar de que desearía poder serlo.
Sophie cuelga después de asegurarme que no le contará mi secreto a Liam.
Pasan los minutos sin ninguna respuesta. Intento mantenerme ocupado haciendo ejercicio y revisando estrategias para la carrera, pero la incertidumbre y la inquietud empeoran con cada segundo que transcurre.
Entonces me vibra el teléfono y voy corriendo a cogerlo, con tan mala suerte que tiro el portátil al suelo.
En la pantalla veo una notificación de un mensaje de la persona que menos me esperaba.
Elías: Si le tienes algún cariño a tus dedos, no vuelvas a escribirle a Elena. Vete a la mierda, payaso.
Entonces caigo en la cuenta de una realidad que no quería aceptar y que echa por tierra la poca esperanza que me quedaba de que me perdone algún día.
—Hola, capullo. Buena suerte hoy en la clasificación. Sigo enfadado contigo, pero espero que consigas la pole —dice Caleb poniendo los ojos en blanco frente a la cámara.
Los mecánicos me ignoran mientras me apoyo en mi monoplaza, dando golpecitos en el suelo con la zapatilla.
—Gracias por tus palabras bonitas. Yo también te quiero, tío.
—Si me quieres como querías a Elena, creo que paso —me espeta. Sus palabras son como balas que atraviesan la coraza con la que me esfuerzo por protegerme.
—Qué sabrás tú del amor —replico.
—Lo suficiente para saber que la has cagado.
—¿Vas a decirme lo mismo todos los días de clasificación?
—Si es lo que hace falta para que espabiles, sin duda.
Echo un vistazo de reojo a Elías, que me lanza una mirada asesina desde el otro lado del garaje.
—Pues menos mal que solo quedan un par de semanas de competición. Ya no me acuerdo de cómo era la vida sin tus rapapolvos.
—Te lo tienes merecido por romperle el corazón a Elena. Mira que te lo advertí.
—No te llamo para que me eches la bronca —le suelto, porque el cansancio está haciendo que se me acabe la paciencia. Ya bastante me cuesta vivir con la culpa como para que venga un chaval de dieciséis años a darme lecciones con lo poco que sabe del amor.
—No, me llamas para no sentirte culpable. Pero yo no soy como la gente que trabaja para ti; si tengo que cantarte las cuarenta, lo hago.
—Pues venga, adelante.
—Tienes que recuperar a tu chica. Ya han pasado tres semanas, ¿a qué estás esperando?
Un milagro suena demasiado religioso para mi gusto, así que opto por mentir.
—A veces las relaciones simplemente no funcionan.
—Eso solo les pasa a los idiotas como tú que la cagan y lo mandan todo a la mierda.
—He hecho lo posible por enmendar mis errores y asegurarme de que no le falta de nada.
—Espera, ¿cómo dices? —pregunta Caleb, frunciendo el ceño.
«Mierda».
—He hablado con McCoy para dar la cara por mi metedura de pata —pruebo a contestar.
—No, ¿cómo te has asegurado de que no le falta de nada?
—¿De qué estás hablando? —«Muy sutil, Jax».
—Vale, tío, la quimio será una mierda, pero no me destroza las neuronas. Has dicho que has hecho lo posible por asegurarte de que no le falta de nada —insiste.
Un mecánico me hace señas para que vaya.
—Tengo que irme, me están llamando para que me prepare.
—Qué oportuno.
La risa que suelto suena forzada.
—¿Hablamos pronto?
Caleb me mira amusgando los ojos.
—Buena suerte, anda. Adiós. —Cuelga sin dejar que me despida.
Mierda. Por su bien y por el mío, espero que no le dé por indagar.
No puedo permitir que Elena se entere de que he sido yo quien ha movido los hilos para que tenga las oportunidades que le han llegado.
Elías me da un susto de muerte al salir del pit lane .
—Joder. ¿Qué pasa, te mola acechar a la gente en las esquinas?
Él tuerce el gesto.
—Me has pillado. Estaba esperando el momento justo para abalanzarme sobre ti.
—Si has venido a seguir dándome la brasa con el tema de Elena, ahórratelo. Estoy teniendo un día de mierda. —Mi clasificación ha sido un desastre después de hablar con Caleb. De alguna manera he conseguido mantener a raya el pánico antes de que fuera a más, pero ha afectado a mi rendimiento.
—No, de hecho quería darte las gracias.
Me quedo de piedra.
—¿Cómo que darme las gracias?
Elías se apoya contra la pared.
—Elena me dijo que Connor le había dado una cantidad ridícula de dinero para compensar los daños que habías causado.
Me encojo de hombros.
—Eso está genial. Al menos ha sacado algo bueno de lo imbécil que he sido. —Mi cuerpo se tensa cuando Elías me observa con detenimiento.
—Ya, menos mal que Connor es mucho más majo que tú, ¿eh?
—Pues sí —contesto con voz seca.
—Imagina mi sorpresa cuando la semana siguiente me llama para contarme que James Mitchell de Bandini le ha ofrecido un trabajo.
Alzo las cejas, fingiendo asombro.
—¿No me digas? A lo mejor mi mala prensa hizo que el enemigo se interesara por ella.
Elías sacude la cabeza.
—No sé. ¿Cómo de loco es que dos cosas así le pasen en el mismo mes a alguien como Elena?
—Igual de loco que tú al pensar que me apetece estar aquí hablando contigo de mi exnovia —replico con un tono resentido.
Es cierto que no quiero hablar de Elena, y menos con alguien como él.
Ya pienso bastante en ella como para que venga su guardaespaldas personal y mejor amigo a meter las narices donde no le llaman.
La sonrisilla de Elías se convierte en una sonrisa de oreja a oreja.
—Y luego recibí una llamada de Caleb porque quería «saber cómo está Elena y ponerme al día», pero, antes de colgar, mencionó algo de que te habías asegurado de enmendar tus errores y que no le faltara de nada. ¿Qué te parece?
«Joder, Caleb, confiaba en ti».
—Me parece que serías un detective malísimo.
—Creo que estás ocultando algo. Es imposible que a Connor de repente le dé el venazo de ingresarle doscientos mil euros para que no hable de su trabajo contigo. Ni siquiera él es tan generoso.
Hostia, debía de sentirse fatal por Elena.
—Eso es un montón de pasta; no sabía que el plus de peligrosidad por trabajar conmigo era tan alto.
Elías amusga los ojos.