47. Elena
Elena
En cuanto veo el saldo de mi cuenta bancaria, llamo a Connor.
—Ha habido una equivocación —voy al grano.
—Te aseguro que no.
Deambulo por el pequeño pasillo de mi apartamento.
—La semana pasada me dijiste que solo se me pagarían los meses que he trabajado. No es el dinero que habíamos acordado. —Compruebo una vez más el extracto para asegurarme de que no me lo estoy inventando—. Joder, ni siquiera con el bonus llegaría a esta cantidad.
Él suspira.
—No tendría que haber dicho aquellas cosas cuando estaba enfadado. Te esforzaste mucho para ayudar a Jax, y no deberías pagar el pato de sus errores. En cuanto al bonus, considéralo un plus de peligrosidad.
—¿Un plus de peligrosidad?
—Bueno, Jax se ha portado como un gilipollas y se ha cargado tu reputación. Y has cumplido con el acuerdo de confidencialidad y no has largado nada de lo que él haya podido decir o hacer durante el tiempo que le acompañaste.
—No puedo aceptar esta cantidad de dinero por algo así —contesto. Tengo mis valores, y aceptar doscientos mil euros por un trabajo que no ha salido bien sería como aprovecharme de la situación.
¿Me ha dolido que Jax me rompiera el corazón? Sí.
¿Significa eso que me merezca que me paguen un sueldo correspondiente a un año extra de trabajo? En absoluto.
—No sé qué decir —suspiro.
—Di que lo aceptas y sigue con tu vida. Yo tengo que ir a una reunión ahora, así que no puedo quedarme aquí charlando de chicos contigo.
Suelto una risita.
—Eres tú el que siempre quiere cotillear.
—Vale, tienes razón. En serio, me alegra hablar contigo, pero te tengo que dejar. Suerte con tu abuela, te deseo lo mejor de corazón.
¿Mi abuela? No recuerdo haberle hablado de ella a Connor. Me despido con un agradecimiento y cuelgo, imaginando que Elías se habrá ido de la lengua. Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá y le doy gracias a Dios.
Hay personas buenas en el mundo. Solo tengo que buscarlas en los lugares adecuados.
—Vaya pinta de cansancio —comenta Caleb acercándose a la pantalla durante una videollamada.
Sí, estoy hecha un cuadro porque nunca había dormido tan mal.
Me niego a acostarme con luces después de todo lo que me dijo Jax.
El miedo y los malos recuerdos siempre han sido mis mayores debilidades, y a lo mejor tenía razón.
No en todo lo que dijo, pero sí en algunas cosas.
Debo enfrentarme a mis miedos para que las pesadillas dejen de afectarme tanto.
Pero estas cosas llevan su tiempo, y he tenido pesadillas seis de las últimas siete noches.
Caleb reclama mi atención desde la pantalla.
—Oye, alegra esa cara.
—¿Así? —Me pinto una sonrisa falsa.
—Horrible. Déjate de chorradas, Elena. Ya ha pasado una semana y apenas has salido de tu apartamento.
—Es que es lo que hacía antes de tener un trabajo que me obligara a viajar por todo el mundo —replico.
—Ya. No me hagas ir allí y sacarte a la calle a patadas.
Amusgo los ojos.
—Habría que verte intentándolo. ¿A ver esos brazos otra vez?
—Cuando colguemos, guarda el puzle en la caja, ponte algo de ropa que no parezca de hace diez años y sal un rato, anda.
—Vaya, gracias. Con las cosas tan bonitas que me dices, deberíamos llamarnos más a menudo. Me subes muchísimo la autoestima.
—Venga ya. Tenías a Jax Kingston coladito por tus huesos, así que sabemos que fea no eres. —Caleb se ríe hasta ponerse a toser.
—¿Estás bien?
Hace un gesto para quitarle importancia.
—Sí, pero ¿tú qué? Estoy preocupado por ti. No sabía si estarías tan mal como Jax, pero, por lo que veo, estás casi igual que él.
Se me encoge el corazón al oír ese nombre.
—Caleb, por mucho que me apetezca hablar contigo, preferiría que no me lo mencionaras.
—¿No quieres saber cómo está? —se extraña.
—No.
—¿Ni lo horrible que es su vida sin ti? Vaya cara lleva el tío en las entrevistas. Tiene unas ojeras que ni con todo el maquillaje del mundo se podrían disimular.
Oír eso hace que me pique la curiosidad. Alzo una ceja, pero mantengo los labios con un gesto neutro.
—No, eso tampoco.
—Pues es una pena, porque te lo voy a contar de todos modos. Da pena verlo. Nunca había visto a un tío tan deprimido y hecho polvo después de haberlo dejado con alguien. ¿No te parece raro?
Daba por hecho que Jax estaría bien. Por todo lo que me dijo, entendía que lo que quería era estar sin mí.
Bueno, es que es lo que quiere. Nadie le dice esas cosas a alguien con quien quiere estar.
—Creo que ves cosas donde no las hay. —Tiro de un hilo suelto de la manta que tengo en el sofá—. Eres joven y todavía no has estado en una relación. Hay palabras que una disculpa no puede borrar.
—Puede que sea joven, pero he vivido cosas muy duras. Y no soy tonto ni estoy ciego. No tengo ni idea de qué te dijo, pero se nota que le está consumiendo por dentro.
—Qué bien, resulta que es humano —mascullo.
—Mira, a mí me parece que hay algo que no cuadra.
Es evidente que no es feliz sin ti. En la última carrera quedó séptimo.
¡Séptimo! Los pilotos como él no pasan de hacer podios a quedar en media tabla así como así.
Y menos cuando está a un par de carreras de arrebatarle el título a Noah.
¿Hola? ¡Lleva años sin ganar un campeonato!
—Pues qué pena. —Mi voz monótona no refleja la inquietud que empieza a rondarme la cabeza. Debería darme igual que Jax eche a perder su oportunidad de ganar el campeonato mundial, pero me cuesta no compadecerlo.
Aquí estoy, cayendo otra vez en la misma trampa que me ha hecho acabar así.
—Venga, hombre. —Caleb suspira—. Igual está enfermo.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Enfermo? ¿Por haberse roto el corazón a sí mismo?
—Por fin lo pilla —murmura él al techo.
Suelto una carcajada.
—¿Y qué sugieres que haga, listillo?
El chaval esboza una sonrisa que parecería siniestra si no fuera por las enormes gafas de carey que lleva.
—¿Tú? Nada. ¿Él? Todo.
Me quedo callada porque me da miedo preguntar. Le estoy muy agradecida a Caleb. Él y Elías me han mantenido cuerda esta última semana mientras procesaba la ruptura con Jax. Si no fuera por ellos, viviría a base de comida a domicilio y vino de mala muerte para anestesiar el dolor.
Caleb mira a un lado.
—Buf, están viniendo a hacerme unas pruebas rápidas. Te escribo luego, ¿vale?
—Claro. Adiós.
Cuelgo y sigo preparándome la cena. No puedo parar de darle vueltas a lo que me ha dicho Caleb. La única pregunta que me viene a la cabeza es: ¿por qué?
¿Por qué Jax está sufriendo después de cortar conmigo?
¿Por qué me importa lo que le pase?
¿Por qué siento el impulso de llamarle para ver cómo está a pesar de lo mal que me ha tratado?
Aparto el último interrogante de mis pensamientos, sin dejar que me afecte ni un segundo más. Me tomo mi triste cena para uno antes de meterme en la cama. La habitación se queda a oscuras cuando apago la última luz y me arropo hasta la barbilla.
El corazón me late con fuerza unos minutos antes de calmarse, y empiezo a quedarme dormida, deseando no tener pesadillas otra vez.
Voy corriendo a la cocina después de oler la comida quemada desde mi habitación. Sale una humareda del horno cuando abro la puerta, maldiciéndome entre dientes por no haberme acordado de poner un temporizador.
—Genial. Pues habrá que comer pasta. —Me pongo las manoplas y saco la bandeja del horno. Toso mientras intento apartarme el humo de la cara.
Dicen que hablar con uno mismo es señal de locura, pero lo cierto es que últimamente me resulta bastante reconfortante. Estoy acostumbrada a estar siempre ocupada. Llevo partiéndome el lomo desde la universidad, y me cuesta desconectar como me he visto forzada a hacer ahora.
De ahí mi intento por probar nuevas recetas.
Me suena el teléfono en la habitación, pero lo ignoro mientras lleno una cazuela de agua.
Parece que para, pero vuelve a sonar al instante, así que dejo la olla a medio llenar en el fregadero, salgo de la cocina y busco el teléfono entre mis sábanas.
Antes de que tenga ocasión de contestar, se corta la llamada.
Entonces me salta una notificación de un mensaje en el buzón de voz. Lo desbloqueo para escucharlo, sin identificar el número.
—Hola, señorita González. Soy James Mitchell, el jefe de escudería de Bandini.
No he tenido el placer de conocerla mientras trabajaba para McCoy, pero he oído maravillas de usted y su trabajo de boca de Connor y Noah.
Estoy buscando una relaciones públicas que pueda ayudarnos con las ruedas de prensa y la imagen personal de los chicos.
Necesitamos a alguien que trabaje en remoto desde Mónaco pero que esté disponible para viajar en cualquier momento y asistir a eventos o reuniones.
Si es algo que podría interesarle, por favor, póngase en contacto conmigo antes de este viernes para concretar los detalles.
Si no, tomaré su silencio como una negativa y pasaré al siguiente candidato. Que tenga un buen día.
Ay, madre. No puede ser.
Primero, las noticias de Connor de hace unos días, y ahora esto. No puedo tener tanta suerte.
¿Verdad?
Quiero decir, rezo de vez en cuando y todo eso, pero no pensaba que Dios estuviera tan pendiente de mí. Me llevo el móvil al pecho, me tiro en la cama y doy gracias a quien sea que esté ahí arriba ayudándome.
A pesar de todo lo que ha pasado esta semana, sonrío y me muestro agradecida por las pequeñas cosas buenas.
La paz solo dura unas pocas horas antes de despertarme sola en medio de la oscuridad, llorando por la muerte de mis padres. El miedo me paraliza mientras intento recuperar el aliento. La pesadilla me recuerda lo sola que estoy, y sigo llorando hasta dormirme de nuevo.
Esta noche la oscuridad me gana la partida y me arrebata la poca felicidad que he logrado sentir.
Me despierto cuando mi teléfono vuelve a sonar. Con los ojos a medio abrir, lo cojo de la mesita de noche.
—¿Sí? —contesto con voz ronca.
El silencio al otro lado de la línea me hace mirar quién ha llamado. A buenas horas. «Mierda».
—¿Jax?
Su respiración agitada me dice que sigue ahí.
—¿Qué coño haces llamándome a las cuatro de la mañana? Más bien, ¿qué coño haces llamándome, en general?
—No lo sé —contesta arrastrando las palabras.
Genial. Ya puedo tachar «recibir una llamada de un ex borracho» de la lista.
—Vaya, que me has llamado porque has vuelto a darle a la bebida.
—No —contesta demasiado rápido.
—No quiero hablar contigo. Y menos si estás pedo.
—No tenía pensado beber esta noche.
—Y sin embargo aquí estamos.
—He bebido solo —hipa— en mi habitación del hotel, para celebrar haber ganado la carrera.
—Enhorabuena, has ganado el Gran Premio de Singapur y el premio al mayor capullo del planeta en un solo fin de semana. Deberías sentirte orgulloso.
Él suspira.
—No me siento orgulloso. Solo intento sobrevivir.
—¿Por qué me has llamado? —pregunto con un tono de resentimiento en la voz.
—¿Quieres que te diga la verdad?
—Conociéndote, tal vez prefiera que me mientas. Tu versión de la verdad es demasiado cruda para mi gusto.
—Vale, pues te miento. No te echo de menos.
El corazón se me encoge en el pecho.
—Creo que voy a colgar ya —murmuro, pero por algún motivo no me decido a hacerlo.
—Otra mentira. Soy feliz sin ti. —Suspira de nuevo—. No pienso en ti en ningún momento. No me despierto cada mañana soñando que estás ahí para darme cuenta de que no es verdad. Mentira, mentira, mentira.
Me empiezo a cabrear al ver cómo juega conmigo.
—No tienes derecho a llamarme, borracho y solo, para decirme que me echas de menos cuando eres tú el que me ha echado de su vida. Yo no estoy aquí para consolarte. Me has destrozado. —«Nos has destrozado».
—Lo sé —dice sombríamente—. Solo quería oír tu voz. Ha sido muy egoísta por mi parte.
—¿Y por qué lo has hecho entonces?
—Para recordar por qué estoy haciendo todo esto. Por qué tengo que sentir este dolor, esta soledad... todo. Para no sucumbir y suplicarte que vuelvas conmigo.
—Jax... No sé qué quieres que diga. —Siento un dolor sordo y punzante en el pecho al oír su confesión. Soy incapaz de comprender cómo funciona su cabeza.
—Nada. Ya tengo lo que necesitaba, así que gracias por contestar. Siento haber llamado. No volverá a pasar. —Cuelga antes de que pueda responder.
Mi confusión se convierte en ira antes de degenerar en tristeza. No entiendo el motivo real por el que me ha llamado; lo único que sé es que me ha dejado un agujero en el corazón del tamaño de su puño.