Amor en pole position (Dirty Air 3) 46. Jax
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46. Jax

Jax

Respiro hondo mientras subo las escaleras a mi jet privado.

—Ey, cabeza de chorlito, ¿piensas entrar o vas a tenernos aquí fuera esperando todo el día? —grita Liam detrás de mí.

Sophie se ríe.

—¿Por qué narices os habré invitado? —Aprieto los puños y entro en el avión.

Me asaltan los recuerdos nada más ver el asiento que siempre ocupaba Elena. El vacío en mi pecho se transforma en nostalgia mientras contemplo el puzle terminado.

—Porque eres un buen amigo y yo tengo el jet en el taller —contesta Liam mientras pasa tras de mí.

—Deberías ir en un vuelo comercial.

Él finge horror.

—¿Tanto me odias?

Me dejo caer en el asiento de enfrente del de Elena. Sophie echa un vistazo al puzle y repasa el borde con el dedo.

—Vaya, qué pasada. No me imaginaba que te gustaran los puzles.

—Es que no le gustan. —Liam se acomoda frente a mí.

—Aaah. —Los ojos de su novia se iluminan al reconocer la situación.

—Las cosas que hacemos por amor... —comenta mi amigo, dando palmaditas en el asiento que hay a su lado para que Sophie se ponga con él.

—¿Por qué has roto con Elena? —pregunta esta, mordiéndose el labio inferior.

—No quiero hablar de eso con vosotros —replico—. Aún estáis a tiempo de coger otro vuelo.

La culpa me impide pensar con claridad cuando recuerdo el motivo por el que lo he dejado con Elena. En mi mente aparece la imagen de ella enfadada y decepcionada, aguantándose las lágrimas y alzando la barbilla desafiante. Lo odio.

Pero, sobre todo, odio preguntarme si me acabaré arrepintiendo de haberla alejado de mi vida. Invitar a mis amigos tampoco está siendo de mucha ayuda; más bien me frustra haberles dado acceso libre a mi infierno personal.

Liam frunce el ceño.

—No te pongas borde con nosotros por haberla cagado.

—Para. —Sophie le da un pellizco en el costado.

—No. ¿Por qué tengo que andarme con rodeos?

—Porque no sabes qué razones tienen los demás para hacer lo que hacen.

«Eso, Liam, escucha a tu novia». Me pongo los auriculares y hago como que no oigo lo que dicen.

—¿Tú le has visto? Con lo mal que está, no sé si ha tomado la decisión correcta. Alguien tiene que ser la voz de la razón.

«Venga, no me jodas».

—No tienes ni puta idea de nada —le espeto—. Tomar la decisión correcta y tomar la fácil son dos cosas muy distintas. No te pongas a juzgar sobre lo que no sabes.

La rabia me sienta bien. Tan bien que quiero aferrarme a ella en lugar de dejarme arrastrar por la ansiedad, como siempre.

Liam abre mucho la boca.

—Lo siento —murmura—. Solo quiero ayudarte.

—No quiero la ayuda de nadie, y mucho menos con cosas que no puedes llegar a comprender, ni mucho menos solucionar.

Se nota en su cara que le han dolido mis palabras.

—Oye, no puedo entenderte si no me cuentas qué está pasando. Somos amigos, y los amigos están para ayudarse.

—Esto no es algo que se arregle con una sonrisa y un discursito moñas. No todo el mundo puede ser el jodido Liam Zander, experto en liarla parda y aun así conseguir todo lo que quiere. —La piel me arde y me pica, y me pongo en pie de un salto.

Mi mirada se detiene en el puzle. Me embarga un cúmulo de emociones que me oprime el pecho al contemplar los globos aerostáticos.

El recuerdo de cuando llevé a Elena a aquel festival me atormenta.

Todavía la veo ahí, con una sonrisa radiante observando el cielo con la misma ilusión con la que me miraba a mí.

Me acuerdo de cómo me besó hasta que se nos hincharon los labios, y de las palabras bonitas que me susurraba.

Los globos me hacen recordar lo estúpido e ingenuo que he sido al elegir hacerme las pruebas por amor. La ira y la tristeza se funden para alejar esos recuerdos y remplazarlos con desconsuelo.

Antes de que nadie me lo pueda impedir, barro la mesa violentamente con el brazo. Cientos de piezas vuelan por los aires y caen sobre la moqueta negra como si fueran copos de nieve.

Nieve.

Me asalta otro recuerdo, esta vez de las bolas de nieve de Elena, y me agarro la camiseta por encima del pecho como si así pudiera mitigar el dolor.

Piso las piezas mientras me dirijo al cuarto privado que hay en la parte trasera de la cabina, y algunas se rompen sin querer bajo el peso de mis botas. Doy un portazo casi tan fuerte como los latidos de mi corazón antes de dejarme envolver por el silencio.

El silencio no es para los débiles. Es donde los demonios campan a sus anchas.

«Bienvenido a casa, desgraciado».

Unos toquecitos en la puerta me despiertan. Me levanto de la cama, abro y me encuentro a Sophie mirándome.

—Hola, ¿podemos hablar?

—¿Tengo elección?

Liam interviene desde el otro extremo de la cabina:

—No, ya te digo yo a ti que no, cabronazo. Y más te vale tratar bien a mi novia, porque si no te parto la cara de chulito esa que tienes.

Sophie pronuncia una disculpa silenciosa.

Asomo la cabeza por la puerta y busco los ojos de mi amigo.

—Lo siento por haber perdido los papeles antes.

Su expresión se ablanda.

—Ya, ya. Ahora no me vengas con cara de cordero degollado —dice sonriendo mientras finge secarse unas lágrimas con el dedo corazón.

Suelto una carcajada y abro la puerta un poco más para que Sophie pueda pasar.

—Entra.

—¡Ni se te ocurra cerrar la puerta, Sophie Marie Mitchell! Ya conoces la regla sobre los demás chicos —resuena la voz de su novio.

Ella se muerde el labio para aguantarse la risa. Ignoro las quejas de Liam y cierro la puerta tras ella.

—Siento haberme puesto así —repito, sentándome en una silla al lado de la cama.

—Y yo siento que lo estés pasando tan mal. —Sophie se acomoda en el borde del colchón.

—Da igual, no debería reaccionar así. No puedo dejarme llevar por la rabia de esa forma.

—Todos somos humanos y tenemos emociones. Sinceramente, me alegra que te hayas expresado, aunque sea en forma de rabia, porque creo que llevas mucho tiempo reprimiendo tus sentimientos.

Ladeo la cabeza.

—¿Por qué lo crees?

—Porque te conozco desde hace casi dos años. Todo el mundo sabe que lo que se esconde detrás de una fachada de mujeriego nunca es bonito.

—¿Y qué te ha hecho llegar a esa conclusión?

—He comparado lo feliz que se te veía con Elena con cómo estás ahora sin ella.

Respiro hondo en un intento por calmar la inquietud que me provoca que Sophie esté hurgándome en la mente.

—¿Y bien?

—Pues es evidente que la quieres lo suficiente para que su ausencia te destroce.

—¿Podemos no hablar de...?

Sophie se pone de pie y se acerca a mí. Se inclina para rodearme con los brazos y me estrecha contra su cuerpo.

—No sé por qué has roto con ella, pero no tienes por qué enfrentarte a la tristeza y a la ansiedad solo —dice—. No tomes las pastillas. Déjanos estar para ti, por favor, no nos alejes de tu lado. Sobre todo a Liam. Le importas mucho, y solo quiere ayudarte si se lo permites.

—No sé cómo empezar a explicarlo —murmuro.

Ella se aparta y me sonríe.

—Eso es lo bonito de la amistad. Estaremos contigo aunque no entendamos exactamente qué está pasando.

Por primera vez en varios días, siento alivio. Tengo amigos que se preocupan lo suficiente por mí para no dejarme recaer en los malos hábitos con los que suelo hacer frente a los sentimientos que me abruman.

Y, con el alivio, llega también una chispa de esperanza. Esperanza de que podré con esto.

Me he propuesto que Elena no padezca más las consecuencias de mi error. Después de cuadrar sus cuentas con Connor, necesito conseguirle contactos. Empiezo con la escudería que mejor conozco y a partir de ahí ya veré.

Liam me concierta una cita con James Mitchell, el jefe de Bandini, básicamente el que maneja el cotarro allí. Puede que tenga el pelo canoso y algunas arrugas, pero el tío es una absoluta bestia. Juraría que me superaría haciendo press de banca cualquier día de la semana.

James me clava sus severos ojos verdes antes de echarle un vistazo al papel que tiene delante. Cruza las piernas, se apoya en el respaldo de su silla de oficina y me fulmina con la mirada.

—¿Por qué ella? —farfulla.

—Noah me ha contado que no le gustan los relaciones públicas de Bandini. Pensé que podía matar dos pájaros de un tiro y arreglar tu problema y el mío.

Bueno, más bien Noah accedió después de que le explicara la situación de Elena por culpa de mi error, pero eso no tiene por qué saberlo James.

Alza una ceja oscura.

—A ver si lo entiendo: la cagaste, hiciste que la echaran y ahora quieres que la contrate otra empresa. Me pregunto a qué se debe.

Por fuera, soy el Jax de siempre, frío y distante. Pero, por dentro, me muero de vergüenza al ver hasta qué punto he metido la pata que hasta James se ha enterado.

—Es una currante y una profesional de los pies a la cabeza —afirmo—. Mi comportamiento no hace justicia a su ética de trabajo. Es más, tiene mérito que aguantara casi toda la temporada conmigo.

—Y, sin embargo, tú mantienes el trabajo y la millonada de sueldo mientras que ella se ha ido al paro. Qué divertido es el mundo.

—No es divertido. Si no quieres contratarla, vale; me llevaré la recomendación a Sauvage.

—No he dicho eso. Pero, cuéntame, ¿a ti qué te importa si la contrato o no? —Mantiene el rostro inexpresivo salvo por un ligero tic en los labios.

—¿En serio hace falta que lo diga?

—Por favor, y explícalo despacio para que me entere bien, que ya tengo una edad.

Estoy a punto de hacerle una peineta, pero me contengo porque que Elena consiga trabajo es más importante que mis ganas de mandarlo a paseo.

—Ya me advirtió Liam de cómo eras...

—Todo lo que te haya dicho probablemente sea una versión edulcorada de la realidad, tenlo muy presente —afirma él, esta vez esbozando una sonrisa de satisfacción.

Me doy golpecitos en la rodilla con una mano temblorosa.

—Quiero que esté bien. No se merece perder todo por lo que tanto ha trabajado por mi culpa. He cometido errores, muy graves, pero no era mi intención dejarla sin lo que más le importa.

—Por lo que voy deduciendo de lo que me cuentas, no sé si el trabajo es lo que más le importa —comenta.

Yo frunzo el ceño.

—¿Qué sabrás tú?

—Si que estés aquí es un indicativo de lo mucho que te importa, sospecho que ella siente lo mismo por ti.

No me gusta ir dando consejos gratis, pero, si yo fuera tú, me plantearía arreglar las cosas.

Puedo echarle un vistazo a su currículum y tenerla en cuenta para el futuro, pero eso no cambia el daño que has causado.

—¿Tenerla en cuenta?

—No fuerces la máquina, anda —me advierte—. Dile que la quieres. Este tipo de gestos grandiosos son muy bonitos, sí, pero...

—No lo puede saber —le espeto.

James ladea la cabeza.

—Eso sí que es interesante. ¿Por qué?

—No quiero que sepa que la he recomendado yo para el trabajo... en el caso de que decidieras contratarla, vaya. —Y más le vale hacerlo, joder.

—Voy a ser franco contigo, como hice con Liam.

—Mierda —murmuro para mí.

—Vaya, veo que estás al tanto de mi sermón.

Bueno, pues permíteme hacerte de padre un par de minutos, ya que eres amigo de mi hija y todo eso.

—Me mira fijamente a los ojos—. Piensa bien lo que quieres hacer con esta situación.

No todo el mundo encuentra el amor en su vida, y me refiero a un amor real.

—Golpea con las yemas de los dedos el currículum de Elena para darle más énfasis a su mensaje—.

Si Elena es esa persona para ti, déjate de mierdas y arréglalo.

Trágate el orgullo, pide perdón de corazón y recupérala.

Los errores se pueden olvidar, pero el tiempo perdido no te lo devuelve nadie.

Sus palabras me sacuden por dentro, pero no como él pretende.

Elena no puede perder el tiempo con una persona como yo.

Una persona cuya vida va a estar envuelta en la amargura.

Una persona que no va a tener nunca hijos propios, ni mucho menos vivir lo suficiente para ver a sus nietos.

Una persona que jamás será digna de su amor, por mucho que lo quiera.

Y esta última es la mayor verdad de todas.