Amor en pole position (Dirty Air 3) 45. Jax
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45. Jax

Jax

—Espero que estés contento, hijo de la gran puta —me suelta Elías, dándome un empujón.

Tengo la cara empapada en sudor tras una sesión de práctica de lo más intensa.

Mis padres pensaron que sería buena idea que no compitiera este fin de semana, pero no podía hacerle eso a la escudería.

Además, despertaría demasiadas sospechas en Elena.

A estas alturas, con todo lo que he perdido, me la suda ganar el campeonato.

Estar a solo unos puntos de Noah no me hace sentir nada.

¿Cómo voy a alegrarme de la posibilidad de ganar un premio en un par de meses cuando no hay nada bueno esperándome después de eso?

De alguna manera, Elías ha logrado contener su enfado unas horas mientras terminábamos las entrevistas y entrenábamos.

Era evidente que me guardaba rencor por lo que le he hecho a Elena esta mañana, pero se ha comportado delante de la prensa y el equipo técnico.

Sin embargo, mi momento de paz llega a su fin cuando se planta delante de mí con las fosas nasales dilatadas y una mirada asesina.

Me vuelve a empujar, y los mecánicos se giran hacia nosotros.

—No me toques si no quieres que te parta la cara —le espeto.

—Eres el peor compañero del mundo. El peor novio del mundo. Eres lo puto peor —masculla.

—Dime algo que no sepa. —Me guardo las manos en los bolsillos para que no vea cómo me tiemblan.

—No debería haberla animado a intentarlo contigo.

Lo has jodido todo. Ahora su abuela va a tener que irse a otra residencia después de haberse aclimatado a su nuevo hogar.

Todo porque eres un gilipollas que no es capaz de mantener la compostura un año.

¡Un puto año! Elena y yo crecimos prácticamente sin nada, y ahora la has dejado sin trabajo porque te ha dado la puta gana.

Me voy a encargar personalmente de hacer que tu vida aquí sea un infierno. Te lo prometo.

Me quedo de piedra.

—¿Qué quieres decir con que su abuela se va a tener que cambiar de residencia?

Elías aprieta los puños.

—Su contrato estipulaba un sueldo proporcional a los meses que trabajara, y ahora que la han despedido no le llega el dinero para pagar la nueva residencia.

Además, Elena no acepta dinero de nadie si no ha trabajado para ganárselo, así que no sirve de nada que me ofrezca a cubrir los costes, porque no accedería.

Créeme, lo he intentado. Tu numerito no solo ha hecho que le resulte más difícil encontrar clientes, sino que encima ahora no tiene ni la paga ni el bonus con el que contaba para pagar las facturas.

Así que vete a la puta mierda, Kingston.

Espero que disfrutaras de la juerga del otro día, porque te has cargado tu reputación y la suya con la tontería.

—Elías me saca el dedo y se marcha del garaje.

Mierda. No me había parado a pensar en el tema del contrato de Elena. ¿Cómo iba a hacerlo, con las noticias que acababan de darme?

Joder. Por eso siempre le doy tantas vueltas a todo.

Las decisiones irracionales solo llevan a mierdas como esta.

Ignoro la ansiedad que intenta hacerse con el control de mi cerebro porque no puedo permitirme el lujo de perder los papeles ahora.

Elena necesita mi ayuda, la quiera o no. Es lo mínimo que puedo hacer.

Voy corriendo al despacho de Connor y entro sin llamar.

—Era cuestión de tiempo que aparecieras por aquí. ¿Has venido para que te cante las cuarenta otra vez? Me sorprende que no hayas tenido suficiente con la bronca de esta mañana.

«Créeme, esa bronca ha sido lo menos malo que me ha pasado esta semana».

—No he venido por mí. Tengo que hablar contigo de Elena.

Connor sacude la cabeza.

—¿Qué más te da? Eres tú quien no ha querido seguir con ella.

Me siento en la silla vacía frente a su escritorio.

—No quiero seguir con ella, pero eso no significa que no se merezca una compensación por todos los daños que he causado. Pagaré de mi bolsillo los meses de sueldo que le quedan por percibir. No se merece perder ese dinero por culpa de mi error. Puedes decirle que es un plus de peligrosidad.

—Debería negarme para que aprendas la lección y vivas con las consecuencias de tus actos.

Mi esperanza se desploma.

—Castígame como quieras; me da igual siempre y cuando ella reciba el dinero con el que contaba. —La desesperación tiñe mi tono de voz.

Connor se apoya en el respaldo de su silla y me mira fijamente.

—Dime por qué lo has hecho y veré si puedo hacer algo.

—No.

—No estás en condiciones de negociar. Si no hablas, no es mi problema lo que le pase a Elena. —Se encoge de hombros.

Sopeso la decisión detenidamente. Respiro hondo unas cuantas veces, pero no logro aliviar el nudo que tengo en el estómago.

—No era mi intención joderle el trabajo y dejarla sin sueldo.

—Y aun así lo hiciste. —Da golpecitos con el bolígrafo contra la mesa.

«Inspira, espira. Inspira, espira. Inspira... Bah, a la mierda».

—Me hice las pruebas —suelto al fin.

El rostro de Connor pasa de la ira a la compasión.

—Joder.

—Los resultados no eran los que esperaba. —Aparto la vista; no quiero ver su expresión de lástima. Aceptar la compasión de los demás sería como aceptar la realidad de mi enfermedad, y no estoy preparado para eso.

—Dios, lo siento mucho, Jax, aunque sé que lo que te diga no te va a servir de nada. ¿Cómo puedo ayudarte?

Trago saliva, intentando no dejarme vencer por los pensamientos negativos. He evitado hablar de esto con nadie, incluidos mis padres, porque la negación parece más segura que aceptar el desolador destino de mi vida.

Lo primero que se me pasó por la cabeza ayer al enterarme fue que tenía que alejar a Elena de mí.

No por las razones egoístas que le he dicho, sino precisamente porque no soy lo bastante egoísta.

Sé que muchas de las decisiones que he tomado han sido fruto de pensar solo en mí mismo, pero ¿romper con Elena?

Eso ha sido lo peor que me he hecho en la vida.

—Quiero que todo siga igual. Preferiría que nadie se enterase hasta que termine la temporada, y eso si decido contarlo.

—Pero ¿la presión no te va a hacer más daño? No quiero que la Fórmula 1 suponga un estrés añadido para tu cuerpo.

—Es lo único que tengo. Me he pasado toda la vida detrás del volante; creo que podré aguantar lo que queda de temporada.

Connor asiente con la cabeza y dice:

—Ayudaré a Elena. No te preocupes por eso.

—No le digas que ha sido cosa mía, por favor.

—¿De verdad vas a dejarla escapar?

Aparto la vista.

—Su futuro no está a mi lado. La vida conmigo sería como vivir en una jaula de oro: muy bella por fuera, pero una jaula al fin y al cabo.

Nunca había sentido un dolor ni siquiera parecido al de romperle el corazón a Elena.

Enterarme de que estoy enfermo y cargarme cualquier futuro posible con la persona a la que amo en apenas veinticuatro horas me ha dejado agotado.

Hago todo lo posible para no llamarla y pedirle una oportunidad; para no luchar por ella, por nosotros, porque no puedo imaginarme sin ella.

Me cuesta lo indecible entrar en nuestro dormitorio después de la discusión de esta mañana.

Mi dormitorio.

Me ducho para mantenerme ocupado. Cuando estoy a punto de salir del baño, veo de reojo algo en la papelera.

La cojo y la vuelco. Todas las lámparas quitamiedos que le había comprado a Elena caen sobre el lavabo.

El dolor sordo en mi pecho se convierte en una herida abierta al ver también entre ellas los papelitos morados, que debe de haber sacado de mi frasco de pastillas.

Me debato entre darle un puñetazo al espejo y coger una botellita de alcohol del minibar para ahogar las emociones. Sin embargo, me aguanto las ganas y descarto ambas opciones, tratando de controlarme lo suficiente para superar este mal trago.

Cojo las notitas del lavabo. En lugar de volver a tirarlas a la basura, me las guardo en la mochila. Las manos me tiemblan mientras dejo las lámparas quitamiedos donde las he encontrado, porque no son mías.

Me tumbo en la oscuridad, pero me cuesta dormir sin ella. Para no caer en la tentación de llamarla, me dirijo al baño a coger un vaso de agua. El cubo lleno de lamparitas se ríe de mí una vez más. En un impulso, cojo una y la enchufo en el lado de la cama de Elena.

Me quedo mirando el cochecito de Fórmula 1 con la esperanza de que algún día Elena sea capaz de amar a otra persona. Hacerle daño ahora en lugar de más tarde me pareció la mejor opción, pero el motivo de mis actos no logra aliviar el dolor que siento en el pecho.

No quiero imaginármela llevándome de un lado a otro en silla de ruedas ni renunciando a la posibilidad de tener hijos. Su vida ya ha estado plagada de sacrificios, y no soy lo bastante egoísta para contribuir a su calvario.

Cierro los ojos y abrazo la pena, sabiendo que he hecho lo correcto.

Mi madre llama a la puerta antes de entrar en mi habitación.

—Tu padre quería que te preguntara si te apetece venir a cenar con nosotros. No queremos que te vayas a dormir con hambre antes de las rondas de clasificación de mañana.

Ni me molesto en levantarme de la cama. Después de haber puesto buena cara durante los entrenamientos libres, lo único que quiero hacer ahora es regodearme en la miseria.

—No, gracias —contesto—. En un rato llamo para que me traigan algo de comer.

Mi madre se acerca al otro lado del colchón y se sube. Se tumba y me coge la mano como si volviera a ser un niño pequeño.

—Dime qué puedo hacer para ayudarte. ¿Cómo puedo arreglarlo?

—No hay nada que arreglar. Ya está, me lo he cargado todo.

Ella me aprieta la mano con más fuerza.

—Siempre puedes pedir perdón. Si te arrepientes, nunca es tarde para arreglar las cosas con Elena. Estás pasando por un momento difícil; entendería mejor que nadie que se te haya ido de las manos.

—No. Me he asegurado de que no quiera volver a hablar conmigo nunca más, y mucho menos estar conmigo. He usado todos los secretos y los momentos vulnerables que hemos compartido para hacerle daño.

—¿Por qué? —Mi madre no puede ocultar la tristeza que tiñe su voz.

—Porque no soy su príncipe azul. Soy la jodida parca, arrebatándole el futuro.

—Me siento tan culpable... Me rompe el corazón oírte hablar así. —Gira la cabeza, y unas lágrimas le bajan por el rostro hasta mi almohada.

Se me hiela la sangre al ver su angustia.

—No llores, por favor. Lo siento.

—No puedo evitarlo. Eres mi hijo, y tienes esta enfermedad por mí. Es mi culpa.

—Había un cincuenta por ciento de probabilidades. Lo tenía todo en contra desde el principio.

—Pero eras feliz. —Se enjuga unas pocas lágrimas—. Por fin estabas encontrando la felicidad. Debería haberte dicho que no te hicieras las pruebas... Pero no, te ayudé, porque creía que sería distinto. Y ahora...

—Ahora he salvado a Elena de una vida de sufrimiento. La incertidumbre me habría acabado consumiendo; es mejor saberlo ahora, antes de casarme y...

—Tener hijos —termina mi madre por mí, asintiendo con la cabeza en señal de comprensión.

—No habría podido negarle a Elena esa experiencia, si lo nuestro llegara a ser así de serio.

—¿No deberías dejar que sea ella quien lo decida? —replica.

—Decidiría quedarse a mi lado y apoyarme.

—Pues ese es justo el tipo de persona que quieres en tu esquina del ring —comenta mi madre con una sonrisa trémula.

—No lo entiendes. No soportaría cargar con la culpa de su infelicidad si está conmigo. Yo jamás tendré un hijo, sabiendo que podría transmitirle este gen. Y tampoco querría que mi novia, o mi esposa algún día, tuviera que cuidar de mí mientras me voy consumiendo poco a poco.

Ella se aparta de mí; el cuerpo se le tensa.

—¿Así es como piensas que se siente tu padre conmigo?

—Joder, no. Papá te quiere más que a nada. Pero no estoy ciego, veo lo mal que lo pasa al verte triste y sufriendo.

Le tiembla el labio.

—Te pido por favor que recapacites sobre tu relación con Elena. No es buena idea tomar una decisión tan importante cuando estás vulnerable y perdido. Te han dado una noticia que trastocaría a cualquiera, y no es momento de hacer nada que condicione tu futuro de esta forma.

—Da igual, ya he mandado a la mierda cualquier oportunidad que tuviéramos de volver.

Tenía que hacerlo. Sinceramente, no me esperaba dar positivo.

—Se me quiebra la voz—. Pensaba que saldría bien, porque los temblores habían mejorado después de cambiar de medicación y tenía la ansiedad bastante controlada.

Hice bien mi trabajo de aniquilar cualquier ilusión que tuviera Elena de una vida conmigo. Abracé su dolor como si fuera mío, y cada palabra herida que salía de su boca se me clavó en el pecho como una daga.

Tenía esperanza, por una vez en mi vida. Pero, como siempre ocurre, era un sentimiento inútil y pasajero.

Mi madre me aprieta la mano con más fuerza y contesta:

—Lo sé. Yo también confiaba en que fuera bien. Dios, no paré de rezar desde que concertamos la cita.

Se me escapa una lágrima. No estoy acostumbrado a llorar, pero siento como si todo se estuviera desmoronando a mi alrededor. Absolutamente todo.

—¿Y ahora qué hago?

—Salir adelante y aprovechar los años de vida que te quedan. Yo no soy quién para decirte cómo debes vivirla; eso solo lo sabes tú.

—Todo lo que quería o lo que pensaba que quería parece imposible ahora —murmuro, mirando al techo.

—Solo te lo parece a ti —sentencia mi madre antes de quedarse callada, haciéndome compañía en mi miseria.

No dice nada más, se limita a darme la mano mientras me tambaleo al borde del abismo.

La tristeza remite y da paso al vacío.

Un vacío oscuro y gélido.