Amor en pole position (Dirty Air 3) 44. Elena
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44. Elena

Elena

Me despierto con el ruido que hace mi móvil al caerse de la mesita de noche por no parar de vibrar. Me obligo a salir de la cama y me agacho a cogerlo, esperando que quien sea que me esté llamando a las cinco de la mañana tenga una buena razón para hacerlo.

Veo cuatro llamadas perdidas de Connor, ocho mensajes de Elías y un montón de notificaciones de redes sociales. Antes de poder abrir alguna aplicación, el aparato vibra otra vez mostrando en la pantalla el nombre de Connor. Lo cojo al instante.

—Hola, Connor. Me acabo de despertar y he visto que tengo varias llamadas tuyas.

—¿Dónde cojones estabas anoche? —Su voz irritada me despierta como un chute de cafeína.

Los latidos de mi corazón se aceleran.

—Durmiendo en el hotel, ¿por?

—¿Por qué coño no estabas vigilando a Jax? —me espeta.

—¿Jax? Está con sus padres.

—Mira las fotos que te he mandado.

Pongo a Connor en altavoz para poder abrir los mensajes que me ha enviado. Cada una es peor que la anterior: primero se ve a Jax de fiesta con unos desconocidos y poco a poco va perdiendo los estribos hasta acabar descontrolado por completo. Siento que me falta el oxígeno.

—¿Por qué haría esto? —Las palabras me salen en un hilo de voz.

—No lo sé, pero entenderás que contrate a otra persona para que se encargue. Necesito a alguien que vea la situación de forma objetiva. Fue un error pensar que podíais seguir trabajando juntos después de que empezarais a sentir cosas el uno por el otro. Asumo mi parte de culpa.

—Espera. No me digas que me estás despidiendo.

—No es nada personal —responde—. Ya sabes que opino que se te da genial tu trabajo, pero Jax... No solo él, tú también estás demasiado implicada emocionalmente, y necesito que alguien arregle esto ya de ya.

—Déjame arreglarlo a mí, por favor. —Odio suplicar. Va en contra de todo lo que soy, pero estoy dispuesta a hacerlo por Jax y por la abuela.

Connor suspira.

—Lo siento, no creo que sea una buena idea.

—Pero... —Me muero de la vergüenza al oír mi voz quebrada.

—No sabes cuánto siento tener que rescindir tu contrato antes de tiempo. Odio hacer esto, de verdad; me gustaba mucho trabajar contigo.

—Lo entiendo. —Y eso es lo que hace que toda la situación sea más dolorosa aún. He metido la pata, así de sencillo. He metido tanto la pata que no sé si mi carrera se podrá recuperar de algo así—. Gracias por la oportunidad. Soy yo la que siente que haya pasado todo esto.

—Elena, por favor, no dejes que este despido te mine la moral, ni Jax tampoco. Eres una profesional increíble, lo digo en serio.

¿Qué más da que sea increíble si no tengo dinero para pagarle los cuidados a mi abuela?

—Gracias —logro decir.

—Y no dudes en pedirme referencias o una carta de recomendación si lo necesitas. Aunque lo de Jax no haya funcionado, estoy seguro de que habrá otros perfiles que encajarán mejor con los servicios que ofreces.

—Te lo agradezco.

Las consecuencias de la decisión de Jax me destrozan por dentro. No paro de temblar mientras trato de guardar la compostura al teléfono.

—Le pediré a la empresa que te mande el finiquito. Si necesitas cualquier otra cosa, ya sabes dónde estoy.

Suelto una exhalación temblorosa mientras asimilo que me he quedado sin el bonus.

—Gracias por todo, Connor. Siento haberte decepcionado. Adiós.

—Cuídate, Elena.

El sonido del teléfono al colgar intensifica la sensación de vacío que me constriñe el pecho.

La habitación me da vueltas. Me tumbo en la cama y cierro los ojos, intentando aguantarme las lágrimas.

La oscuridad que tan bien conozco amenaza con instalarse en mi interior.

Trato de combatirla con todas mis fuerzas, pero la traición me envuelve el corazón roto en una opresiva capa de tristeza.

Jax ha hecho más que dilapidar mi confianza en él.

Le ha bastado una sola decisión impulsiva para despojarme de la oportunidad de darle a mi abuela los mejores cuidados posibles.

Hundo la cara en la almohada para ahogar los sollozos.

La única persona a la que he dejado entrar en mi vida se la ha cargado en cuestión de veinticuatro horas.

Lloro por mi abuela y por mi reputación como profesional. Las lágrimas de tristeza pronto se convierten en lágrimas de frustración mientras me maldigo por haberme encariñado de alguien como Jax. Ya me advirtió él mismo que no saldría nada bueno de esto, y tenía razón.

Pensaba que podía ser su salvación, pero resulta que él era mi perdición.

Haga lo que haga, no puedo salvar a alguien que está empeñado en ahogarse en alcohol, autodesprecio y victimismo. Y menos si se esfuerza tanto por mantener a todo el mundo alejado, alimentando así su propia depresión y ansiedad. Pero, sobre todo, no quiero.

Me merezco algo mejor. Qué coño; me merezco a alguien mejor.

Me paso la siguiente hora haciendo la maleta para matar el tiempo.

En algún momento Jax tendrá que venir a coger su mochila para ir a los entrenamientos libres, y necesito distraerme con algo.

Si no, acabaré llorando otra vez, y no quiero dejar que los pensamientos negativos me ganen la partida hoy.

Hacia las siete de la mañana, Jax entra en la suite como si fuera el dueño del lugar. Echa un vistazo a mi equipaje junto a la puerta antes de volverse hacia mí.

—¿Por qué? —me limito a preguntar, mientras le miro con furia a esos ojos enrojecidos que inevitablemente me recuerdan la cantidad de alcohol que bebió anoche.

Su mirada indiferente me parte el alma.

—Quería pasármelo bien —contesta.

—¿Por qué me mentiste? ¿Por qué no me pediste que fuera contigo? —«¿Por qué has elegido romperme el corazón sin piedad?».

—Porque no quería que estuvieras ahí, evidentemente. No estaba de humor para tus reproches y tus críticas.

—¿Le ha pasado algo a tu madre? ¿Por eso ha venido a Italia? —inquiero—. Si es así, podría entender que se te hayan cruzado los cables y hayas metido la pata. En serio. —Sería difícil, pero estaría dispuesta a perdonarle porque me importa.

—No, qué va. Es solo que tengo un montón de cosas en la cabeza y necesitaba una noche sin ti. Quería poder dormir tranquilo sin que te despertaras gritando ni movidas de esas.

Sus palabras terminan de destrozarme por dentro.

—¿De verdad piensas eso? Hace un par de meses decías que querías ser diferente. Nadie cambia tanto de la noche a la mañana. ¿Qué ha ocurrido? —Mi voz se quiebra.

—No quiero seguir contigo. Las cosas están avanzando demasiado rápido y no doy abasto. No puedo estar pendiente de ti y al mismo tiempo estar concentrado en la competición. Siento mucho que las cosas terminen así.

—No quiero que lo sientas; quiero estar con alguien que se atreva a ser más fuerte que sus miedos. —De algún modo logro sonar menos dolida de lo que me siento, ocultándome tras un muro de frialdad.

—Manda huevos que lo digas tú, que te da miedo la oscuridad —replica.

Tomo aire bruscamente, pero no consigo calmar el escozor que siento en el pecho y en los ojos.

—No te reconozco —murmuro.

Gira la cara para no mirarme y dice:

—Ahora sé que estoy demasiado jodido como para lidiar con alguien que se encuentra igual de mal que yo.

Todo lo que está pasando ahora mismo no hace sino demostrarme que no puedo ser el salvador que necesitas.

Y a mí tampoco me viene bien estar con una persona traumatizada que no para de tener pesadillas y que arruina el cumpleaños de mi madre porque no es capaz ni de ver una película para adolescentes.

Puede que yo sea un desastre, pero tú también; solo que lo escondes mejor.

Vete a casa y arregla tu vida. Sana. Encuentra a alguien que te convenga más que yo. —Se le rompe la voz.

Se me escapa una sola lágrima y me resbala por la mejilla.

—No sabía que pensabas eso de mí.

El pecho se le sacude, dejando ver su irritación contenida.

—Ayer me di cuenta de que, con todo lo de mi madre, necesito a una persona que pueda ayudarme en lugar de necesitar que yo la ayude a ella. La vida es demasiado corta para desperdiciarla con la persona equivocada.

Me arden los pulmones con la exhalación entrecortada que suelto.

—La única persona que está equivocada aquí, por no decir algo peor, eres tú.

Disfruta de tu vida, Jax. Espero que sea larga para que puedas pudrirte en tu resentimiento y tu odio a ti mismo.

Gracias por joderme el trabajo, y gracias por hacerme trizas el corazón para que valga lo mismo que el tuyo.

—Cojo mi equipaje y paso por su lado sin mirarle—.

Y puede que me dé miedo la oscuridad, pero tal vez sea con motivo, teniendo en cuenta que hay monstruos como tú sueltos por ahí.

—Me marcho con la barbilla bien alta a pesar de tener el alma por los suelos.

Me paso todo el camino al taxi repitiéndome como un mantra que yo puedo con esto.

Que puedo mantener la compostura hasta que nadie me vea.

En cuanto entro en el vehículo, se me escapa un sollozo de lo más profundo de la garganta.

Apago el móvil y sucumbo a la tristeza y la sensación de traición, permitiéndome un breve instante de debilidad.

Me prometo que cuando llegue a casa no volveré a llorar. Ni por mi carrera, ni por mi pasado ni mucho menos por alguien que no es capaz de apreciar las cosas buenas que hay en su vida.

Me he cansado de salvar a gente a costa de mi propio bienestar.

Me he cansado de aferrarme a un pasado lleno de dolor con la confianza en que todo mejorará como por arte de magia, sin necesidad de poner de mi parte.

Y, sobre todo, me he cansado de Jax Kingston, y nada ni nadie me hará cambiar de opinión.