Amor en pole position (Dirty Air 3) Epílogo extendido
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Epílogo extendido

Elena

TRES AÑOS DESPUÉS

—¿Cuánto suele tardar un parto por cesárea? —pregunto, secándome el sudor de las manos en el vestido.

—Ni idea. ¿Quieres que lo busque en internet? —Jax no para de mover la pierna con nerviosismo.

Estamos en la sala de espera de un hospital alemán rodeados de toda la familia de Liam, nuestros amigos y el padre de Sophie, que da la casualidad de que es mi jefe también.

—Unos cuarenta y cinco minutos —contesta Lukas, el hermano mayor de Liam y su viva imagen, mientras da vueltas por la estancia.

Jax se mira el reloj y dice:

—Aún queda media hora.

Le noto demasiado inquieto, pero no sé por qué.

—¿Quieres que estiremos las piernas un poco?

Asiente. Salimos de la sala de espera y recorremos los pasillos juntos. Él permanece callado unos cuantos minutos antes de frenar en seco.

—¿Estás segura de que no quieres tener hijos propios? —me suelta.

Yo retrocedo un paso.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Porque tanto Maya como Sophie ya se han quedado embarazadas y tú nunca sacas el tema. —Se pasa una mano temblorosa por el pelo.

—No le he dado muchas vueltas. —Mentira. No paro de pensar en ello últimamente, sobre todo después del baby shower de Sophie.

—Sé sincera.

Le ignoro y sigo andando, rehuyéndole la mirada.

—No me trates como si fuera de porcelana —se queja.

No podría estar más equivocado en su suposición.

Giramos otra esquina y me detengo. Detrás de una cristalera se ven varios bebés en una especie de cunitas de plástico, envueltos en mantitas azules o rosas.

Pongo la mano en el cristal y respiro hondo.

—Sé que no eres frágil.

—Entonces, ¿qué te impide querer un bebé?

—No se trata de ti, sino de mí. —Las palabras se quedan flotando entre nosotros.

—¿A qué te refieres? —Se coloca a mi lado, contemplando también a los bebés.

La verdad escapa de entre mis labios antes de que pueda hacer nada para evitarlo.

—Me da miedo no ser suficiente para ellos.

Jax me rodea con los brazos y apoya la barbilla en mi coronilla.

—Siempre vas a ser suficiente. Cualquier niño tendría suerte de tenerte como madre.

—Me asusta hacerlo sola. Echo de menos a mis padres, y no tengo familia que me ayude. Me aterra que pueda pasar algo. ¿Y si pierdo también a mi hijo? —La voz se me rompe.

—No puedo devolverte a tus padres, pero puedo compartir los míos contigo.

Y estaré ahí para protegerte a ti y a cualquier hijo que tengamos.

No vas a estar sola ningún día de tu vida mientras yo viva.

Estaré a tu lado, enseñándoles palabrotas y demostrándoles que su madre es lo mejor que hay en este mundo.

Mi pecho se sacude con la risa. Él me da un último achuchón antes de soltarme. Vuelvo a fijarme en los bebés. Uno de ellos me llama la atención; en su ficha solo pone su peso y su altura. Se chupa el diminuto pulgar y nos mira con unos enormes ojos marrones.

—¿Por qué crees que no tiene nombre?

—Al pobre lo han dejado abandonado en la puerta de una iglesia. Nadie le ha puesto ningún nombre todavía —oímos una voz detrás de nosotros. Una enfermera nos sonríe empujando un carrito de productos para bebés por el pasillo.

—¿No tiene padres? —inquiero, sin apartar la vista del pequeño, acurrucado en su mantita, con esa adorable carita morena y regordeta.

—No, que sepamos. Y, sinceramente, dudo que aparezcan. Por el estado en el que encontraron al bebé, sería mejor que lo adoptaran de todos modos.

Abandonado. Solo. Necesitado de una familia.

Es como si se nos encendiera la bombilla a los dos a la vez.

—¿Estás pensando lo mismo que yo? —susurro, apoyando la mano en el cristal.

—Ese niño es nuestro hijo, no hay más que hablar.

Jax coloca una mano sobre la mía, sujetándola contra el cristal. Nuestro hijo nos mira con esos preciosos ojos marrones en los que podría perderme. Su llegada a este mundo ha sido de todo menos idílica, pero, con Jax a mi lado, vamos a darle a ese bebé todo el amor que tenemos dentro.

Y así, juntos los tres, creamos nuestro primer momento digno de bola de nieve como familia.