Amor en pole position (Dirty Air 3) 37. Elena
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37. Elena

Elena

El teléfono me vibra y me estiro para cogerlo de la mesita de noche de nuestra habitación de hotel, pero Jax me lo arrebata antes de que me dé tiempo a mirarlo.

Me observa desde las alturas y niega con la cabeza.

—Ni hablar, me lo quedo secuestrado una semana entera.

—Da igual, tengo un iPad.

Él sonríe con malicia.

—Ya te lo he confiscado, bonita.

Frunzo el ceño.

—¿Qué? ¿Por qué?

—No trabajar significa no trabajar. Y, conociéndote, no podía arriesgarme a que rompieras las reglas. Al fin y al cabo, es lunes.

—Dice el que me incitó a romper las reglas con él —mascullo para mí.

—Ah, pero eso era muy distinto. Yo me beneficiaba de que rompieras esas reglas. Sea como sea, cambia la cara, que nos vamos por ahí.

—¿Por ahí? —Hasta donde yo sé, Jax tiene una gala esta noche. Con un solo vistazo al reloj del hotel me doy cuenta de que ya casi no le queda tiempo para prepararse.

Él me coge la mano y me levanta de la cama.

—Vas a ir a una gala.

—Ya he ido a una gala.

—Sí, pero ¿alguna vez te has emborrachado en una gala con champán de doscientos euros la botella? —inquiere, sonriendo maliciosamente.

Ya veo por dónde van los tiros. Diría que no, pero la sonrisa de Jax me dice que un favor es un favor y, si no quiero deberle más, me toca apechugar.

—Me voy a arrepentir de esto, ¿verdad? —farfullo.

—Solo mañana por la mañana, bonita. Ahora suéltate la melena y vamos a divertirnos.

Para las personas como Jax, divertirse significa meterse en líos. Pero, cuando estás saliendo con el mayor de los granujas, tarde o temprano acabas uniéndote a la fiesta.

Dejo el champán después de una sola copa porque, si pretendo emborracharme, no es ese el tipo de resaca que quiero mañana.

Jax le pide al camarero una botella de tequila del bueno.

Una botella entera. Cien por cien agave y cien por cien de probabilidades de que acabemos ciegos más pronto que tarde.

Cojo la bandeja con la sangrita, las rodajas de lima, la sal y ocho vasos de chupito para nosotros y todos nuestros amigos.

Elías y yo enseñamos a los demás la forma correcta de beber tequila. No se trata de pimplarse un chupito tras otro; nuestros abuelos nos enseñaron a apreciar los matices tomándolo a pequeños sorbos.

Jax me retira la silla para que me siente. Sophie y Maya miran con ganas la botella y Noah se frota los ojos.

—Nos encanta el tequila —afirma Sophie, cogiendo uno de los vasitos.

—Al váter también le encanta cuando luego lo vomitas —señala Liam, arrugando la cara.

—Eso hace mucho que no pasa —se ríe Maya.

—¿El mes pasado es mucho tiempo? —repone Noah secamente con una sonrisa de suficiencia.

—Vale, recordad darle sorbitos en lugar de tragároslo de una —dice Elías mientras nos sirve.

Todos alzamos los chupitos llenos en el centro de la mesa.

—Un brindis —propone Santiago.

—Por los amigos... —empieza Elías.

—... que se convierten en familia —termina Noah, sonriendo en dirección a Maya y Santi.

Elías y yo intercambiamos una mirada. Él fue quien puso en marcha este vínculo con ellos organizando la noche de juegos, pero Jax y los demás lo consolidaron. No puedo evitar sentir cierta vulnerabilidad al pensar en hacer nuevos amigos.

Luego me giro hacia Jax y de repente lo veo todo con claridad.

Maldito sea. Se está colando por cada resquicio de mi alma.

Me hace querer ser aceptada por él y por su grupo de amigos, que actúan como la familia que siempre he querido tener y no he podido.

Nadie quiere ser amigo de alguien que siempre cancela los planes por trabajo o por otras obligaciones como cuidar de su abuela.

Bueno, nadie salvo Elías, que no acepta un «Estoy ocupada» por respuesta.

Jax debe de notar mi cambio de humor, porque me da un apretón en la rodilla para que sepa que está conmigo.

—Y por los pobres desgraciados como Liam que no volverán a ganar un campeonato en su vida —dice antes de chocar su vaso con los de los demás.

El grupo se ríe, alejando los pensamientos oscuros de mi mente.

—Y por los capullos que han hecho historia enamorándose antes de lo esperado. —Liam le guiña un ojo a Jax.

Finjo no darme cuenta de que este sacude la cabeza intentando no sonreír. Finjo que el corazón no me da un vuelco al pensar en la posibilidad de que se enamore de mí. Finjo tan bien que acabo bebiendo mucho más rápido de lo que pretendía.

Tras unos cuantos chupitos, tengo amigos nuevos y una resaca mortal asegurada.

Pero, sin duda alguna, a pesar de la jaqueca que me espera, la noche habrá merecido la pena.

—Verás, llevo un tiempo muriéndome de ganas de hacerte una pregunta —me dice Sophie, balanceándose sobre las zapatillas.

—Ay, madre... —Maya se tapa los ojos.

La sala es un hervidero de periodistas y cámaras que preparan todo el material antes de que comience la rueda de prensa con Noah, Jax, Santiago y Elías. Los cuatro están sentados uno al lado del otro a una mesa larga, esperando. Nadie nos presta mucha atención.

Por ahora, me están encantando mis vacaciones.

La verdad es que me lo estoy pasando pipa, incluyendo la quedada de chicas con Maya y Sophie para ir a que nos hicieran un masaje y luego atiborrarnos a helado mientras veíamos una serie nueva.

Es algo muy normal, lo sé, pero no era consciente de cuánto lo necesitaba.

—Todos sabemos que Jax es un elemento de cuidado, no sé si me explico —empieza Sophie, ignorando las protestas de Maya—.

Me da muchísima curiosidad saber si tiene algún fetiche oculto.

Ya sabemos que le va el exhibicionismo, pero...

no sé, ¿le mola que le llamen «papi» en la cama o el rollo dominante?

Si tuviera un vaso de agua, este sería el momento de atragantarme bebiendo.

Sí, Jax sin duda tiene un fetiche con hacerlo en público.

No sé si podré volver a ver una foto del London Eye sin acordarme de nuestra experiencia allí.

Pero, en lugar de confesarles los detalles íntimos, mantengo la compostura como enseño a hacer a mis clientes.

—¿Perdona? ¿El rollo dominante?

Sophie mira a su alrededor antes de susurrar:

—Sí, ya sabes. Dar azotes, esas cosas. Va, venga, cuéntaselo a tus chicas.

Hago todo lo posible para no estallar en una carcajada histérica. Los reporteros siguen haciendo preguntas, centrándose en los pilotos en lugar de en nuestra sesión de chismorreo en el fondo de la sala.

«Echar balones fuera. Esa es la clave».

—¿Tiene fama de eso o qué? —pregunto.

«Por favor, dime que no. No sé si mi corazón podría soportar que le gustara que le llamen “papi”».

Ella se encoge de hombros.

—Por eso te lo pregunto. Tú eres la novia.

Maya se frota los ojos e intenta alejarse de Sophie.

—Ignórala —me dice—. Lleva un año obsesionada con esta idea suya.

—¿Es algún tipo de ritual de iniciación para que seamos amigas? —Ladeo la cabeza.

Ambas estallan a reír a la vez. Vale, eso ha dado un poco de miedo. No estoy preparada para ese nivel de amistad con nadie.

Maya me sonríe.

—Ya llevas un tiempo siendo nuestra amiga; la borrachera con tequila del otro día fue la guinda del pastel.

—Pero un poco de salseo como muestra de lealtad tampoco estaría mal —añade Sophie, guiñándome un ojo.

Me río con ellas. Pasar tiempo juntas sin preocuparme de mis obligaciones es un soplo de aire fresco.

Jax nos echa un vistazo y sonríe de oreja a oreja. No aparta sus ojos de mí mientras Noah contesta a una pregunta. Yo le mantengo la mirada, disfrutando de cada segundo de su atención.

La rueda de prensa llega a su fin y Jax me rapta diciendo que necesita una siesta. Entramos en el coche que nos espera y volvemos al hotel.

Me quedo rumiando las palabras de Sophie en silencio cinco minutos enteros antes de dejar que la curiosidad me pueda.

—Tengo una pregunta...

Él alza una ceja.

—¿Vale?

—¿Te gusta que te llamen «papi» en la cama?

Se le escapa una risotada que responde por sí misma a la pregunta.

—Voy a decirle a Liam que le compre a Sophie una mordaza para que aprenda a cerrar la boca.

Yo abro la mía exageradamente.

—¡Entonces era cierto! Una mordaza es lo típico que usaría alguien a quien le gusta que le llamen «papi».

Él se ríe hasta toser.

—Ni de coña. Si me llamaras «papi», creo que se me encogería tanto que desaparecería.

—Gracias a Dios —susurro al techo del coche.

—Pero sí que tengo... otros gustos. —Sonríe con picardía.

Me demuestra una vez más cuánto le gustan las muestras públicas de afecto. No para de besarme en el trayecto mientras el chófer pone la radio a toda pastilla.

Jax me lleva a una nueva sección del paddock de McCoy, sin soltarme la mano mientras recorremos los estrechos pasillos. Yo no paro de fijarme en cómo el mono de carreras le marca el culo.

—¿No tienes que prepararte para la carrera?

—Bajaré al garaje en cuanto te deje instalada. —Me sonríe por encima del hombro mientras abre las puertas a una estancia enorme.

—¿Dónde está todo el mundo? —pregunto, echando un vistazo a la sala vacía.

—Es un espacio privado destinado a mi familia y amigos. —Me lleva a una zona con un sofá y televisiones en las que se retransmiten imágenes de antes de la carrera.

Eso explica la ausencia de gente. Jax mantiene a su familia alejada del ojo público.

No les deja asistir a las carreras, ni siquiera al Gran Premio de Gran Bretaña.

Su problema es que siente tanto amor por los suyos que le preocupa lo que pueda decir la prensa sobre la enfermedad de su madre, así que elige alejarse todo lo posible de los medios.

Ver que pasa los días de carrera solo hace que se me encoja el corazón.

Ahora entiendo cómo su favor, aunque me sirve para relajarme y desconectar, también le beneficia a él, ya que tiene a su lado a alguien que le apoye.

Me pone unos cascos en la cabeza y comprueba todos los cables con una sonrisa inmensa dibujada en la cara.

—Con esto podrás oír todo lo que se diga por radio —anuncia, antes de explicarme lo que hacen los distintos botones y cómo silenciarle a él, como si quisiera hacer eso. Esto es como un pase VIP a la cabeza de Jax durante un día de carrera, y pienso aprovecharlo al máximo.

Le miro sonriente.

—¡Qué pasada! Me hace mucha ilusión.

—Disfrútalo. Me moría de ganas de traerte aquí, pero siempre te las arreglabas para tener que trabajar durante las carreras. —Me atrae hacia él y me da un beso en los labios.

Siento que el corazón se me va a derretir en cualquier momento. Mi cuerpo entero vibra de emoción.

—Hay agua en la nevera, y puedes pulsar el botón que hay al lado de la tele si quieres que te traigan bebida o champán.

—Guau, ni que estuviera en un resort. Ten cuidado, Kingston; podría terminar acostumbrándome a que me traten así. —Alzo una ceja.

Jax se ríe para sí.

—Eres fácil de complacer. —Abre un cajón y saca un paquete de Reese’s.

Si no tuviera ya claro todo lo que siento por él, este sería el punto de inflexión definitivo. Me escuecen los ojos al ver cómo se desvive por que no me falte de nada.

—Creo que nadie me ha cuidado así de bien nunca —comento—. Al menos desde que mi abuela...

—Lo sé. Y quiero, para variar, mimarte un poco. Si me dejas, claro —murmura con una sonrisa vergonzosa.

«Dios, ayúdame». Su versión tierna resulta irresistible, pero su versión tímida me hace querer volar agitando los pies de felicidad, como en los dibujos animados.

Me acerco a él, me pongo de puntillas y le transmito con un beso todo mi agradecimiento. Por primera vez en mucho tiempo, me permito dejar que me cuiden.