Amor en pole position (Dirty Air 3) 38. Jax
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38. Jax

Jax

Mi relación con Elena ha evolucionado a lo largo de los meses.

He pasado de evitarla a no poder separarme de ella, todo por el cambio que tuvo lugar en Londres durante el parón de verano.

Desde que nos marchamos de casa de mis padres, hemos adoptado una rutina muy agradable.

Todo fluye con naturalidad, y mi prioridad es hacerla feliz en todo momento.

Después de todos los eventos que ha organizado para mí, no puedo por menos que devolverle el favor. Con el pretexto de limpiar mi imagen, monto una gala benéfica para recaudar fondos para una ONG que elijo yo mismo. Solo que esta vez Elena no sabe nada.

Sí, lo he planeado todo solo después de una semana de investigación, con la ayuda de Maya y suplicando a mis amigos que participen.

—Me debes una gorda por esto —masculla Noah entre dientes.

Examino la sala de reuniones de McCoy que he reservado para la actividad de hoy.

Unas luces brillantes nos iluminan a Noah, a Liam y a mí, sentados en sendas sillas uno al lado del otro.

Maya ha desplegado todo tipo de productos de maquillaje y utensilios delante de nosotros y ha colocado su cámara en un trípode en el centro de la sala, preparada para grabarnos.

—Me apuesto algo a que gana Sophie —comenta Liam, poniendo una sonrisa chulesca.

—No estaría yo tan seguro —replica Noah—. He visto a Maya hacer esto con Santi y, cuando terminó con él, parecía la reina del baile.

—Vale, Sophie ya está viniendo con ella —anuncia la mentada, saltando de su silla.

Se oyen pasos por el pasillo. La puerta chirría y Sophie y Elena entran en la estancia. Elena nos escanea a todos antes de dirigirme una mirada confusa.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta extrañada.

—¡Sorpresa! —Sophie aplaude—. ¡Vamos a hacer un concurso de maquillaje!

—¿Un concurso de maquillaje? —repite, boquiabierta, y vuelve a fijar la vista en mí—. ¿Te has acordado?

¿Cómo iba a olvidarlo? Después de reírme de ella hace meses en el avión, aquí estoy, haciendo justo lo que me imaginaba que mis amigos calzonazos hacían por sus novias. Un concurso de maquillaje por una causa benéfica.

Así soy, un romántico empedernido. El sentimentalismo oculto de Noah y las lecciones de vida de mi padre me han terminado calando hondo en más de un sentido.

—Tu novio quiere recaudar fondos de una manera un poco distinta, a través del canal de YouTube de Maya —le explica Liam, lanzándome una mirada cargada de significado.

Ya, lo entiendo. Después de la murga que les he dado con sus novias, he caído en la misma trampa que ellos. «Me pasa por listo».

—No puede ser. —Elena no es capaz de contener la emoción.

Vale, puede que las quejas de mis colegas merezcan la pena por verla con esa sonrisa.

—¡Sí! Y ha elegido una ONG muy guay. Quiere donar el dinero que consigamos con los anuncios de mi vídeo para la investigación del alzhéimer —añade Maya, comprobando el plano de la cámara.

Elena entorna los ojos con ternura. Se acerca a mí y se me planta entre las piernas.

—¿Has hecho todo esto por mí?

La siento en mi regazo.

—Bueno, también me viene bien para mejorar mi reputación, ¿no?

—¿Y de verdad piensas que la mejor forma de hacerlo es con un concurso de maquillaje?

—Alguien me dijo una vez que los novios hacían este tipo de cosas, así que he querido darle una oportunidad, a ver qué onda.

—Tu madre tenía razón —murmura con una sonrisilla.

—¿Con qué?

—Me dijo que en el fondo eras un trozo de pan, y no haces más que demostrármelo.

—¿Un trozo de pan? —interviene Liam desde el otro lado de Noah—. Ahora tengo curiosidad de ver cómo es Jax cuando nadie le mira.

Le hago una peineta.

—No sé, a mí me parece que, más que un trozo de pan, es un polvorón. Cuesta de tragar —se mofa Noah.

—Vale, venga, dejad de decir tonterías y vamos al lío. —Sophie echa un vistazo a la mesa, coge una especie de pinza que parece un pequeño instrumento de tortura y lo agita delante de la cara de su novio—. Te voy a dejar las pestañas tan bonitas que me voy a morir de envidia.

—Jax, me debes un fin de semana en Ibiza después de esto —protesta Liam.

—Hecho.

Elena me da un beso en la mejilla.

—Gracias. Significa mucho para mí que hayas elegido una ONG en honor a mi abuela.

Su aprobación me llena de calidez. Me alegra haber decidido hacer algo para ayudar a gente como su abuela y, al mismo tiempo, ofrecerle a Elena una versión propia de lo que tanto le gusta ver en el móvil.

—Chicas, a sus puestos —exclama Maya.

Elena se baja de mi regazo.

—El deber me llama —dice.

—Déjame guapísimo; que se enteren estos de quién es el más sexy de los tres.

Algo dentro de mí está cambiando, y no solo por la nueva medicación. Es más que eso, y creo que se debe al tiempo que llevo con Elena, a las sesiones con Tom y a este sentimiento de esperanza que poco a poco va creciendo en mi interior.

Esperanza en que mi vida tome un rumbo distinto.

Esperanza de no tener Huntington.

Esperanza de poder vivir feliz con Elena, libre de tristeza y preocupaciones.

—¿Estás listo para el Gran Premio de esta semana? —me pregunta Tom después de recibirme en su despacho y tomar asiento frente a mí.

—Por supuesto. —Me pongo cómodo en el sofá—. He estado pensando...

—Pensar es bueno.

Suelto una carcajada.

—Vale, a ver, he estado pensando varias cosas. La primera es que no sabía que me gustaba estar con alguien.

—¿Y cómo va la relación?

Tamborileo con los dedos en el agujero de mis vaqueros rotos.

—Bien. Sorprendentemente bien. —Tan bien que espero de verdad no cagarla.

—¿Te sorprende?

—Hombre, claro. Nunca había tenido algo serio como esto.

—¿Cuánto tiempo llevas saliendo con Elena? ¿Dos meses ya?

—Casi. Yo tampoco termino de creérmelo.

Tom entrelaza los dedos.

—¿Y qué es lo que no te terminas de creer de estar en una relación?

—¿Aparte del hecho de que yo soy yo y Elena es Elena?

Ladea la cabeza.

—Cuéntame, ¿a qué te refieres?

«Ay, Tom». Ahora que nos sentimos más cómodos el uno con el otro, sus preguntas se han vuelto más directas. No es que me moleste, pero me hace sincerarme más con él.

—Elena tiene la vida bastante encarrilada, salvo por un par de cosas.

Pero incluso sus partes más caóticas son una nimiedad en comparación con las mías.

Ella tiene grandes expectativas respecto a sí misma y a su vida, y no le asusta enfrentarse a sus problemas.

Y, joder, confía en mí y en que la ayude con sus miedos.

—¿Y eso te asusta? ¿Que alguien se apoye en ti de esa manera?

—Me acojona vivo.

Tom suelta una risita y contesta:

—Lo entiendo.

—Estás casado. Ese es el nivel máximo de confianza y dependencia, ¿no?

—Desde luego. Pero no querría que fuera de otra forma.

Hago el esfuerzo de no poner los ojos en blanco.

—¿Qué vas a decir tú? Casado y terapeuta; no te queda otra que dar discursitos esperanzadores.

—Dime una cosa. ¿Cómo te hace sentir saber que Elena confía en ti lo suficiente como para contar contigo cuando tiene miedo?

—Bien. Jodidamente bien. Estaría dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que desaparecieran todas las cosas que le impiden avanzar.

—Pues ahí lo tienes. Yo también me siento así cuando alguien confía en mí.

Mierda. Hablar con Tom me da otra perspectiva de las cosas.

—Tengo otro problema —digo entonces.

—Cuéntame.

Me trago el nudo en la garganta.

—Quiero hacerme las pruebas predictivas. Necesito saber si tengo la enfermedad de Huntington o no para poder seguir con mi vida. Voy a pedirle a mi madre que me pida cita con un genetista que me haga el test de una vez por todas.

Tom alza las cejas, delatando su sorpresa. Luego se inclina hacia mí.

—Eso es muy valiente por tu parte. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

Todo. Absolutamente todo. Y no hay nada que pueda hacer para evitarlo, porque Elena se ha colado en mi corazón y ha derribado las barreras protectoras que me había puesto como si fueran de papel.

—He pensado que a lo mejor no estaba enfocando el asunto como debería. Con la medicación nueva, han mejorado los temblores, y no me gustaría seguir rayándome por algo que podría no ser nada.

—Me alegra oír que la medicación te está yendo bien. Se nota que le has dado un gran cambio a tu vida, y estoy muy orgulloso de ti.

Asiento.

—No quiero que las preocupaciones me impidan vivir. Es agotador.

—Ya sabes que siempre hago de abogado del diablo y, si bien estoy muy sorprendido y contento de todos los avances que has hecho, me genera cierta inquietud pensar en qué pasará si no recibes las noticias que quieres oír. Sobre todo si llegan antes del final de la temporada. ¿Qué ocurrirá entonces?

Agacho la cabeza y clavo la mirada en mis manos.

—Entonces haré lo que mejor se me da.

—¿El qué?

—Mandarlo todo a la mierda.