Amor en pole position (Dirty Air 3) 36. Jax
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36. Jax

Jax

Liam me lleva aparte y deja a Sophie y Maya soltándole la chapa a Elena mientras esperamos a entrar a la escape room .

—Quería decirte que me alegra que hayas dejado de montar numeritos cada semana. El amor te sienta bien. —Le entrega la tarjeta de débito al empleado que nos atiende.

En lugar de contestarle con un comentario ingenioso, le pongo la mano en el hombro y le doy un apretón.

—Gracias. Siento no haber estado muy tratable este año.

El empleado nos deja solos, murmurando algo sobre ir a ver si nuestra sala está preparada.

—Vaya eufemismo —contesta él—. Pero, teniendo en cuenta que te estabas tomando el equivalente a un sedante para caballos, no te culpo. Hablando de lo cual, ¿sigues tomándote esas pastillas?

Me cruzo de brazos.

—No.

Liam alza las cejas.

—¿No en plan «No, las he dejado» o en plan «No, me tomo una de vez en cuando para darme un capricho»?

Me río.

—No, paso de esa mierda. Nunca más.

Él suelta una profunda exhalación.

—Gracias a Dios.

—Sigo teniéndolas por si me da un ataque de pánico repentino, pero he cambiado de medicación. —Ignoro el impulso de contarle a Liam que estoy yendo a terapia con Tom.

—¿Me prometes una cosa?

Me apoyo en el mostrador, buscando algo que me sostenga de cara a lo que quiera decirme.

—¿El qué?

—Estoy feliz por ti y tu relación. De verdad. Pero quiero que me asegures que, incluso si esto no saliera bien, no vas a volver a recaer con el tema de las pastillas y el desmadre.

Frunzo el ceño.

—¿Ya das por hecho que va a salir mal?

Él niega con la cabeza.

—No, pero las relaciones requieren esfuerzo. No son fáciles.

—¿Y?

—Y, conociéndote, me preocupa que puedas retomar patrones autodestructivos para lidiar con las cosas malas que te puedan ocurrir.

—Te prometo que no pasará, aunque mi relación termine fracasando o las cosas se pongan difíciles. No quiero volver al Trankimazin, y salir de fiesta ya no es divertido sin ti y sin Noah.

Liam me sorprende tirando de mí para darme un abrazo.

—Bien. Ahora vamos a demostrarle a Noah quiénes somos los más listos. Se lo tiene muy creído y piensa que va a ganar aquí también.

El empleado regresa unos minutos más tarde y nos conduce a un pasillo.

—Vale, escuchadme todos. Os vais a vendar los ojos y os vamos a separar en dos calabozos oscuros.

Formad dos grupos con las personas que queráis ir juntas.

Cuando suene la alarma, se encenderán las luces y ya podréis quitaros las vendas de los ojos.

No os las quitéis antes bajo ningún concepto.

Buscad pistas para descubrir cómo salir de la celda con vuestros amigos.

Tenéis una hora. Si necesitáis una pista extra, usad el walkie-talkie que tiene el líder del grupo —explica, y reparte las vendas negras.

—Esto me trae buenos recuerdos, ¿verdad, Sophie? —dice Liam, guiñándole el ojo mientras agita la venda frente a su cara.

—¡Ay, qué vergüenza! —Sophie se sonroja y viene corriendo a mi lado—. Pues ahora me voy al equipo de Jax.

—Estamos todos en el mismo equipo —masculla Noah, mirando con el ceño fruncido el mono naranja que nos han pedido que nos pongamos.

Elena sujeta su venda con las manos temblando.

—¿Estás bien? —le pregunto.

Ella echa un vistazo a su alrededor antes de susurrar:

—No sabía que íbamos a estar a oscuras.

—¿Prefieres no hacerlo?

—No puedo marcharme, qué bochorno. —Las mejillas se le sonrojan al pensarlo.

—No le va a importar a nadie. Podemos ir a hacer otra cosa, o visitar Austin.

Se queda mirando unos segundos la venda antes de mirarme a mí, con el miedo plasmado en el rostro.

—¿Estaríamos en el mismo grupo?

—Claro.

Suspira, se coloca la venda en los ojos y me coge la mano para sentirse más segura.

Antes de conocerla, nunca había sido una fuente de seguridad para nadie.

Mejor dicho, nunca había querido serlo. Pero, con Elena, estos momentos me llenan de una sensación que no había experimentado jamás.

Debería asustarme, pero su confianza me da fuerzas.

Nuestra relación se ha ido fortaleciendo poco a poco, y no puedo decir que lo lamente.

Le doy un apretón cuando nos conducen a nuestras celdas. Nos piden que pongamos las manos en los barrotes, pero yo no suelto a Elena. Le tiembla la mano, y se nota que empieza a respirar más fuerte cuando meten a Liam, Maya, Santiago y Elías en la otra celda.

—Tú puedes —susurro en la dirección en la que creo que debe de estar su oreja.

Oír cómo cierran la puerta de la otra celda me da esperanza de que todo esto terminará pronto. Cuando suena la alarma, me quito la venda. Elena hace lo propio y dice en voz baja con una sonrisa tímida:

—¡Lo he conseguido!

—Sabía que lo harías. Ahora, por favor, céntrate y demuestra lo que vales. Eres nuestra única esperanza. —Le tiro de la manga del mono naranja.

Pasamos casi diez minutos rastreando la pequeña celda en busca de pistas. Se me desencaja la mandíbula cuando veo a Elena arrodillada en el suelo de cemento.

—No acabas de meter la mano en un retrete.

Ella me fulmina con la mirada con medio brazo dentro de la taza vacía.

—Puede haber algo aquí —repone.

—Me repugna y me impresiona a partes iguales tu nivel de compromiso.

—¿Puedes parar de tontear con tu novia y buscar alguna pista? No has hecho nada —me espeta Noah, yendo de un lado para otro del calabozo tratando de encontrar algo que nos pueda ayudar a escapar.

Sophie intenta levantar el colchón de la cama, pero no lo consigue. Voy a ayudarla y lo levanto con un brazo mientras ella inspecciona las costuras.

Esta es la persona que soy ahora, quedando con mis amigos para hacer cosas normales sin temor a que un ataque de pánico me arruine el momento.

Elena y Elías se han integrado fácilmente en el grupo.

Aunque, claro, ya hicieron buenas migas durante la noche de juegos que les arruiné después de tomarme alguna pastilla de más.

Aunque todos hacemos como que no nos acordamos de eso.

—Tierra llamando a Jax: ¿puedes pasarme la cuchara? —me suelta Elena, todavía junto al retrete.

—No quiero que toques la única pista que hemos encontrado con esas manos sucias.

Agita una mano perfectamente limpia delante de mí antes de sacarme el dedo.

—Se nota que has pasado demasiado tiempo con Jax —comenta Noah, riéndose.

—Más bien he pasado demasiado tiempo dentro de ella —replico.

—¡Jax! ¡Cállate! —Ella me fulmina con la mirada.

—Sí, por favor, que Elena es como una hermana para mí y no necesito oír esas cosas —masculla Elías desde el otro calabozo.

Las dos celdas se llenan de carcajadas. No me molesta. De hecho, me reconforta, pues me demuestra que estoy sanando poco a poco. Con Elena a mi lado, tengo fe en que podré resarcirme de mis errores y compensar por mi comportamiento a las personas a las que alejé de mi vida.

Quiero cambiar, pero todavía hay una cosa que me frena. Y, por primera vez en mucho tiempo, me planteo lo impensable. Lo que mi madre lleva años pidiéndome hacer.

Y, joder, estoy cagado de miedo.

—El autobús de la fiesta nos vino a buscar al hospital y nos dio vueltas durante una hora antes de dejarnos en la discoteca que nos alquilaste. Fue una pasada, parecía sacado de los mismísimos años veinte —grita Caleb, emocionado.

—¿Le pediste un baile a Francesca? —pregunto poniéndole en altavoz mientras me ato los cordones de las zapatillas de competición.

Tras la visita de la fundación Make-A-Wish, Caleb quiso instaurar la tradición de llamarme antes de las rondas de clasificación, porque, según él, puede ser mi amuleto de la suerte.

¿Alguna vez has intentado decirle que no a un adolescente? Son insistentes y tremendamente cabezotas. Así que, como es lógico, para evitar sus quejas y el bombardeo de mensajes, cedí y acepté esta nueva tradición.

—Claro —contesta—. Con los pasos de baile que me enseñó Elena, fui el más popular de la fiesta.

—Probablemente eres el más popular a secas.

Caleb se ríe.

—Gracias, pero te aseguro que más bien soy el friki por excelencia. El premio al más guay se lo lleva Dylan. Ya ha acabado con el tratamiento, que en esta unidad del hospital es el mayor logro.

—¿Cómo ha ido tu última sesión?

—Pues una mierda, no te voy a mentir.

Se me encoge el corazón al imaginármelo sufriendo. He acabado cogiéndole cariño al chaval. Me envía memes todos los días desde que le di permiso para escribirme cuando quisiera.

—¿Te estás cuidando? —me intereso.

—Sí, al menos en la medida de lo posible. Pero me muero de aburrimiento. Me han quitado los canales de pago, así que se me ha acabado el chollo.

Suelto una carcajada.

—¿Y por qué no vas a algún rincón a darte el lote con Francesca? —sugiero.

—¿Sabes que te comportas como un hermano mayor de lo más raro?

Joder, la verdad es que no le falta razón.

—Ya te gustaría a ti tenerme como hermano.

—Hombre, claro. Eso me daría muchísimo caché por estos lares. Haber estado contigo fue lo que me hizo poder acercarme a Francesca y sus amigos. Dylan pasó a un segundo plano una semana entera después de hacerme un tatuaje con el mismísimo Jax Kingston.

¿Quién me iba a decir que en los hospitales había la misma jerarquía social que en el instituto?

—¿Y cómo está mi princesa mexicana? —cambia de tema Caleb, zalamero.

—Bien.

—¿Solo bien? Qué mal novio debes de ser.

No puedo evitar reírme.

—¿Por qué lo dices?

—Porque ella dijo lo mismo de ti cuando la llamé la semana pasada.

—¿Hablas con Elena?

—Hombre, claro. Alguien tiene que vigilar que no te pases de la raya.

—¿Y dijo que las cosas conmigo estaban bien? —La curiosidad me hace sonar como un completo idiota.

—Por Dios, cualquiera diría que os dirigís la palabra. Me dijo que las cosas estaban bien y que está contenta. ¿Te parece suficiente?

Más que suficiente. Por alguna razón, oírlo de boca de Caleb le da más importancia. Es mejor, porque eso significa que quiere compartir parte de nuestra relación con los demás.

«Definitivamente me estoy convirtiendo en un calzonazos».

—Sí, son buenas noticias —contesto.

—Por favor, no le rompas el corazón. Al menos no hasta que cumpla dieciocho y pueda estar ahí para ayudarla a recoger los pedazos.

Le río la broma, confiando en que eso no ocurra. No porque no quiera que Caleb se la apropie, sino porque quiero pasar con ella más tiempo del que me imaginaba en un principio.

Lo siento, Caleb, una eternidad es mucho tiempo.

—Quiero cobrarme el favor que me debías —anuncio, apoyado contra el marco de la puerta mientras Elena prepara su equipaje.

Ella se sube las gafas. Me encanta verla así, con pintas de andar por casa. Me parece igual de sexy cuando va con pantalones de chándal y una sudadera mía que cuando lleva vestidos y tacones. Siento un cosquilleo en los dedos, que se mueren por quitarle la prenda que me ha arrebatado.

—¿Favores a estas alturas? —Ladea la cabeza.

—Me gané el mío de forma legal, así que te vas a tomar una semana libre.

Levanta las cejas.

—¿Cómo? ¿Una semana libre de qué exactamente?

—Del trabajo.

—No puedo hacer eso... —dice sacudiendo la cabeza.

—Claro que puedes, ya se lo he preguntado a Connor. Y, antes de que digas nada, he prometido portarme bien para que puedas disfrutar como Sophie y Maya.

—No puedes llamar a mi trabajo y pedirme unos días en mi nombre.

—Sí puedo, lo he hecho. —Me encojo de hombros—. Ya me darás las gracias. No podemos dejar que te mates trabajando.

La idea se me ocurrió cuando Elena me confesó que nunca se había pedido un día libre. Ni siquiera cuando tenía diecisiete años y le tocó trabajar el día de su cumpleaños. Eso es una tragedia que no le deseo ni a mi peor enemigo.

Me estoy esforzando para ayudarla a mejorar su conciliación laboral y que tenga tiempo libre para disfrutar de la vida que se ha labrado.

«Quién me ha visto y quién me ve. Mi madre estaría orgullosa de lo considerado que me he vuelto».

—Todavía no entiendo cómo esto puede ser un favor para ti. —Arruga la nariz de una forma adorable.

Adorable. Mona. Preciosa. Elena saca el romántico empedernido que hay en mí y que no quiere nada más que provocarle una sonrisa. Siento el impulso de tocarme los testículos para ver si sigo teniendo, pero me contengo.

—Quiero que disfrutes de una semana a mi lado como mi novia. Galas, ruedas de prensa, podios... Ya sabes, vivir el Gran Premio de México como una fan en lugar de como una empleada.

Ella suelta una carcajada que me tranquiliza.

—A la gente le sorprendería saber que, a pesar de lo que indiquen los tatuajes, los músculos y las malas pulgas, en realidad eres un buenazo.

—Menos mal que se te da bien tu trabajo, bonita, porque no me puedo permitir que ese secreto salga a la luz.

Elena me dedica una sonrisa arrebatadora que hace que me arda la piel. Se aleja de la cama y me tira de la camiseta para acercarme a ella.

—Te guardaré el secreto con mi vida si hace falta.

—Anda, ¿y eso? —pregunto con la voz ronca, delatando las ganas que le tengo.

—Eres famoso; todo el mundo sabe más de ti de lo que nos gustaría a los dos. Pero el hombre que eres cuando apagan las cámaras... a ese lo quiero solo para mí. Es egoísta, lo sé; nunca dije que fuera un ángel. —Su sonrisa se torna pícara, y el brillo en sus ojos me deja ver sus intenciones.

—Sé todo lo egoísta que quieras. No me interesan los ángeles.

Me rodea la nuca con la mano y funde sus labios con los míos. Me demuestra exactamente por qué los ángeles están sobrevalorados y que la lujuria es el mejor de los pecados capitales.