Amor en pole position (Dirty Air 3) 35. Elena
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35. Elena

Elena

Austin, Texas, está lleno de fans estadounidenses ataviados con ropa de Bandini, sombreros de cowboy y botas sacadas de una peli del Oeste.

Ponen música country en la radio y se reúnen a comer y beber en las partes traseras de sus camionetas.

Me dejo llevar por el ambiente, deleitándome con los platos sureños y la emoción de la semana de carrera.

Jax y yo elegimos cenar en un restaurante cerca del circuito. Optamos por una mesa en la terraza, para ver a los turistas que pasan por delante de nosotros.

Le observo con curiosidad y me doy cuenta de que está tenso.

—Puedes quitarte las gafas de sol —comento—. Está anocheciendo.

—Quiero pasar desapercibido —contesta, bajándose las Ray-Ban antes de volver a colocárselas en su sitio.

Es verdad. Nadie se nos ha acercado durante la cena, que ya es mucho decir.

—¿Y planeas vivir el resto de tu vida así, esforzándote por que no te reconozcan?

Él ladea la cabeza.

—No. Si por mí fuera, viviría cerca de mis padres pero en mi propio espacio. Cuando me retire, mi idea es comprar una finca enorme y construir en ella una casa tan guay que no me haga ni falta salir.

—¿A qué te refieres con guay?

—Pues con una bolera, una sala de cine privada, una piscina con tobogán... Tal vez incluso un río lento tontorrón.

Junto las manos, emocionada.

—No te olvides del campo de minigolf.

—Y un campo de minigolf —añade con una sonrisa.

—¡Y una casita en un árbol!

Jax suelta una carcajada.

—¿Algo más?

—Una hoguera con guirnaldas de luces alrededor. Ya sabes, como las que salen en las películas y en Pinterest.

—Me va a acabar costando una millonada como hagamos todo lo que quieres.

Pongo los ojos en blanco.

—Eres tú el que ha dicho que quiere una finca de la que no tenga que salir, yo solo te estoy ayudando a hacer tu sueño realidad. Deberías darme las gracias.

—En algún momento habrá que salir, pero cuanto menos, mejor.

—¿Para hacer la compra, por ejemplo?

—Exacto. Que les jodan a los paparazzis que no dejan de molestarme. No quiero eso para mí ni para mi... —Su voz se apaga.

Deduzco lo que iba a decir por la forma en que aprieta los puños frente a él.

El peso de su desliz, sumado a su hermetismo, revela hasta qué punto le afectan las palabras que ha preferido callarse.

Llevamos un mes juntos y todavía le cuesta pensar en el futuro.

Intento no tomármelo como algo personal, pero se me encoge el corazón al ver su recelo.

No le pido que me jure amor eterno, pero no estaría mal que tuviera un poco de fe en nosotros.

Intento destensar el ambiente.

—¿Y cuándo pretendes poner en marcha este plan maestro tuyo?

—No lo sé. No hace ni un mes que tengo novia, y además necesito un poco de tiempo y esas cosas, pero ¿quién sabe lo que puede pasar?

«¿Novia?».

«¡¿Novia?!».

Me pongo a gritar por dentro mientras trato de mantener la compostura por fuera.

—Conque novia, ¿eh? ¿Y quién es? —Me inclino sobre la mesita del restaurante y le doy un golpecito con el dedo en el pecho.

—Una persona en la que no puedo parar de pensar.

—Anda, cuéntame más. —Pestañeo.

—Tiene una boca que me trae loco en todos los sentidos.

Me río por la nariz.

—Qué talentosa.

—Ya te digo —contesta—. Además, nadie le llega a la suela de los zapatos. Es, de lejos, la mujer más preciosa que he conocido en la vida. —Jax se ríe, ofreciéndome la mejor versión de sí mismo: despreocupado y guapo a rabiar.

—Mmm... Ten cuidado, que la belleza no lo es todo.

—No hablaba de su aspecto.

El corazón se me derrite al oír sus palabras.

—Ah, ¿y he dicho ya que me prepara el té para el desayuno justo como a mí me gusta? ¿Y que me encanta que de alguna manera haya decidido colarse todas las noches en mi habitación sin preguntarme? ¿Y cómo me chupa la...?

—¡Vale, vale! ¡Ya lo he pillado!

Los otros comensales se giran para mirarnos con el ceño fruncido, y yo hago un gesto como de disculpa.

—Te has olvidado de una parte importante —digo manteniendo el gesto serio.

—¿Cuál? —Pasa de sonreír a entrecerrar los ojos.

—En ningún momento le has pedido a esta chica que sea tu novia, Kingston. Entiendo que es un concepto poco familiar para ti, ya que casi nunca pides nada. —Doy un sorbo de agua mirando a la distancia, haciendo como que no me muero de ganas de ver qué va a decir a continuación.

—Qué raro. Creía que después de pasar tanto tiempo juntos se sobrentendía. —Se inclina por encima de la mesa y dejo de oír el ruido a nuestro alrededor mientras mantiene los labios muy cerca de los míos, sin llegar a darme el beso que tanto anhelo.

—Pedir y dar por hecho son dos cosas muy distintas —replico.

Jax pega sus labios a los míos y yo suelto un gemido.

—Elena González —otro beso—, ¿me concederías el honor —recorre mis labios con la lengua, haciendo que me estremezca a pesar del calor estival— de ser mi novia? Oficialmente. —Me roza el labio inferior con los dientes antes de pasarme la lengua por la zona dolorida.

—Sí —contesto casi sin aliento.

Me da un último pico antes de sonreír de oreja a oreja.

—¿Ves? Sabía que dirías que sí. No me gusta hacer preguntas cuando ya sé la respuesta.

Y, así, Jax me roba otra parte de mi corazón, con un par de besos y una sonrisa.