34. Jax
Jax
Me coloco los auriculares en los oídos, aislándome del resto del mundo. Los mecánicos empujan mi coche a la segunda posición de la parrilla. El motor ruge a mis espaldas mientras se calienta, recordándome que hoy es día de carrera.
Un calor sofocante. Una presión brutal. Y, lo peor de todo, mis propios demonios particulares: la ansiedad y el miedo al fracaso.
—¡Dios mío, esto es una puta pasada! Elena le ha dicho al ingeniero que me deje hablar contigo por radio. ¿Crees que me van a oír por la tele? —grita Caleb al micrófono.
De fondo se escucha a Elena diciéndole, como si pudiera leerme la mente, que hable más bajo.
—Disfruta, chaval.
—¿A quién llamas «chaval»? ¡Solo tengo como diez años menos que tú!
—Una década no es moco de pavo cuando tienes mi edad. —Agarro con fuerza el volante con las manos enguantadas.
—No te pongas melodramático, anda, que tienes una carrera por delante —me suelta.
Yo me río entre dientes.
—¿Últimas palabras antes de que te quiten el micrófono?
—Machácalos, Kingston. Enséñales a esos cabrones lo que significa llevar el éxito en la sangre. Tu padre fue una leyenda en el ring, pero tú eres el rey de la pista.
Su comentario me hace reír. Salta a la vista que no sabe que mi sangre, si quitamos a mi padre de la ecuación, deja mucho que desear. Pero me prometo hacerlo lo mejor posible por Caleb; quiero que disfrute de cada segundo de esta experiencia.
Los mecánicos realizan las últimas comprobaciones antes de que dé comienzo la carrera. Retiran los calentadores de neumáticos y salen corriendo de la pista.
—Te dejo ya, tío. Nos vemos luego en el podio.
Una a una, se van encendiendo las luces rojas por encima de mi casco antes de apagarse.
Piso a fondo el acelerador y aprieto varios botones del volante.
Mi coche sale disparado y los neumáticos chirrían mientras trato de mantener la plaza detrás de Noah, el líder de la carrera.
Noto todo el cuerpo en tensión y el corazón bombeando sangre a toda prisa.
El rugido de los motores intensifica mi euforia, alimentando al demonio que llevo dentro y que vive de la adrenalina.
—Buen trabajo, has salido ileso de la primera curva. No se puede decir lo mismo de un piloto de Sauvage. Ten cuidado con la segunda, es donde más tiempo se te escapaba durante las rondas de clasificación —me dice el ingeniero por radio.
Mantengo la concentración y consigo ponerme a la altura de Noah en la recta, pero me relega enseguida al segundo puesto. El borrón rojo que veo por el retrovisor me advierte de que tengo a Santiago demasiado cerca del alerón trasero para mi gusto.
—Echadle un ojo a Santiago, por favor. No me gustaron algunas cosas que hizo ayer —pido, y me quedo a la espera de la respuesta del otro ingeniero. Santiago suele jugársela con maniobras arriesgadas que suelen darle resultado, y no pienso permitir que me joda la carrera en casa con un accidente.
Un enjambre de gente me anima desde las gradas mientras paso por delante de ellos como una exhalación.
El orgullo me impulsa a darlo todo para adelantar a Noah en la siguiente curva.
Es increíble representar a mi país desde la primera fila de la parrilla.
El Gran Premio de Gran Bretaña siempre ha sido una de mis carreras favoritas, porque vienen fans de toda la nación para apoyarme.
Tomo la siguiente curva por fuera para trazarla al mismo tiempo que Noah y freno una centésima de segundo más tarde de lo recomendable. Eso me permite salir por delante de él y asegurar la primera posición de la carrera.
Paso a toda velocidad por otra de las gradas haciendo rugir el motor. El clamor de los fans me llena de energía, alimentando mi ego e inyectándome adrenalina. Al ver esos colores azul, rojo y blanco me invade una mezcla de nostalgia y orgullo.
Vuelta tras vuelta, Noah y yo nos disputamos la victoria. Entramos en boxes y, nada más salir, seguimos pugnando por el primer puesto. Recupero enseguida el liderato y le mantengo vigilado por el espejo retrovisor.
Devuelvo la mirada a la pista un segundo más tarde de lo que debería, y un trozo de escombro se me clava en la rueda.
—¡Mierda! —Cambio de marchas confiando en que no haya pasado nada.
Tras una vuelta, me llegan las malas noticias.
—Estás perdiendo presión en los neumáticos. Vas a tener que entrar en boxes —anuncia Chris.
Agarro con fuerza el volante; y el subidón de energía de antes se ve remplazado por un sentimiento de rabia. Si hago otra parada, Noah se pondrá primero y será muy difícil que logre recuperar la posición.
Joder...
Entro en boxes y los mecánicos me cambian las ruedas a toda prisa. Mi coche sale pitando por el pit lane y se reincorpora a la carrera.
Vuelo sobre el asfalto, alcanzando velocidades arriesgadas y jugándomela en cada curva para recuperar la segunda plaza. Apenas me quedan unas vueltas para intentar ganar ante mi afición. Santiago me deja un pequeño hueco por el interior en la siguiente curva, lo cual me permite adelantarle.
Unas gotitas de sudor me caen por la cara hasta el pasamontañas cuando me hago con la segunda posición.
—¡Buen trabajo, Jax! —restalla la voz de Chris.
El coche traquetea cuando piso el acelerador. Noah se mantiene en el centro de la pista, impidiéndome el paso por ningún lado.
—Joder, no baja la guardia.
—Tienes dos vueltas más para intentarlo —me informa el ingeniero.
«No me digas». Cuando paso por la siguiente grada, me invade un sentimiento de pavor más que de emoción. El miedo a decepcionar a mis fans mina mi confianza de conseguir una victoria.
Por mucho que lo intente, Noah no afloja ni un instante. Tampoco es una situación ideal estar entre él y Santiago, sobre todo porque este último se me pega al culo como si quisiera algo conmigo.
Noah sella mi destino durante la última vuelta. Cruzamos la línea de meta con apenas un segundo de diferencia y se proclama ganador del Gran Premio.
Siento una punzada de decepción por no haber conseguido el primer puesto en mi carrera en casa.
Sin embargo, esta vez, a diferencia de antes, soy capaz de mantener la calma en lugar de dejar que la ansiedad empeore mi frustración.
Me jode no haber ganado, sí, pero tampoco quiero hacer un mundo de ello.
Cuando terminen los festejos, tendré a Elena y a Caleb a mi lado, y eso me emociona mucho más que un trofeo.
Cuando Noah, Santiago y yo nos subimos al podio, no paro de sonreír. Me giro hacia el lateral en el que están Elena y Caleb animándome.
Puede que no haya quedado primero, pero el premio es igual de bueno.
Mis ojos se encuentran con los de la mujer que ha sido capaz de mantenerme cuerdo toda la temporada, que me observan con una alegría inmensa, y no con el desprecio que veía al principio en ellos.
Y Caleb..., bueno, Caleb parece a punto de desmayarse de tanto chillar y saltar.
Mi mayor fan se abalanza sobre mí en cuanto me bajo del escenario. Me rodea con los brazos y me estruja con una fuerza asombrosa para alguien con un aspecto tan enclenque.
—Gracias por estos recuerdos tan increíbles —me dice—. No los olvidaré en lo que me quede de vida.
Le devuelvo el abrazo.
—Eres una de las personas más guais que he conocido. Me inspiras.
Caleb me suelta y me mira con incredulidad.
—¿Te inspiro?
Mis ojos pasan de los suyos a los de Elena, y veo la preciosa sonrisa con la que nos observa.
—Sí. Me inspiras a ser más fuerte que los demonios que me impiden avanzar.
—¿De verdad te tienes que ir ya? —Mi madre me rodea con los brazos, impidiéndome moverme.
—Ya solo queda la mitad de la temporada. Luego volveré a casa y pasaré más tiempo contigo.
—Vale, bueno, si no hay más remedio... Pero ¿no nos puedes dejar a Elena aquí? La alimentaremos bien, te lo prometo —dice asintiendo enérgicamente con la cabeza mientras mi padre tose para no reírse.
—Necesito que siga ayudándome. A lo mejor vuelve en otro momento de visita. —Le guiño un ojo a la aludida.
Mi madre se acerca entonces a ella, apoyándose en el bastón. Envuelve entre sus brazos a la persona que me ha robado el corazón, y se me corta el aliento cuando veo que le susurra algo.
No sé qué cojones me pasa ni de dónde ha salido esta emoción, pero me ahoga.
Mi madre nunca ha tenido una hija ni una novia mía con la que hablar.
Ver a Elena abrazándola despierta un deseo en mí.
El deseo de que siga a mi lado. El deseo de que pase más tiempo con mi familia, celebrando noches de cine o tocando el piano después de la hora del té.
El deseo de que se convierta en una constante en mi vida.
Y, por encima de todo, el deseo de hacerle frente al mayor de mis miedos a cambio de la mejor de las recompensas.