33. Elena
Elena
—Feliz cumpleaños, mamá —le dice Jax a Vera, que se levanta de la mesa de la cocina para darle un abrazo a su hijo.
—¿Es tu cumpleaños? —pregunto con una mueca.
Ella sonríe de oreja a oreja.
—Sí. No suelo darle mucha importancia, así que no te preocupes por no saberlo.
Jax le da un beso en la coronilla.
—Con que le traigas una tarta de su pastelería favorita, estará contenta.
Vera se sienta de nuevo sin parar de sonreír mientras su hijo se pone a mi lado. Jackie le sirve a Jax el desayuno con una taza de té mientras él me roba un trozo de beicon de mi plato.
—Hablando de cosas que me ponen contenta, me encantaría pasar este día con las personas más importantes de mi vida.
—Lo que gustes —dice Jax con la boca llena. Observo su sonrisa despreocupada y le devuelvo una propia, ganándome así una mirada de aprobación de su madre.
Con cada día que pasa, está más relajado, y no soy la única que se da cuenta.
—Tengo unas cuantas ideas —comenta Vera.
—¿Por ejemplo?
—Me encantaría usar por fin la sala de cine que ha renovado tu padre. —Junta las manos emocionada.
—Suena genial —le digo con una sonrisa.
—Qué monos son —le susurro a Jax, mirando de reojo a sus padres, que se dedican arrumacos unos asientos más allá. Una enorme pantalla cuelga frente a nosotros y crea el ambiente como de sala de cine.
—No opinarías lo mismo si hubieras crecido teniendo que soportarlo las veinticuatro horas del día.
«Ojalá», pienso para mis adentros, con la punzada de dolor que siempre me da en el pecho al acordarme de mis padres.
Jax no nota mi cambio de humor y coge un puñado de palomitas del cubo que tengo en el regazo. Entonces desaparecen los créditos iniciales y el corazón me martillea en el pecho al ver el principio de la película de Los juegos del hambre .
De pronto, me entran ganas de vomitar. Agarro el cubo de palomitas con las manos sudorosas, tratando desesperadamente de mantener la calma.
Comienza la primera escena, que me recuerda con tanta intensidad a mi infancia, a mis padres y a todo lo que he perdido que dejo el cubo de palomitas en el asiento de al lado y salgo corriendo de la sala.
Unas lágrimas calientes me resbalan por la cara mientras recorro el pasillo. Siento como si el tatuaje del dedo me escociera, como burlándose de mi absurdo intento de hacerme la valiente. Odio estar llorando, así que me seco la cara con la manga del jersey.
—Elena, para —me llama Jax.
Sigo andando, ignorándole.
—Elena. —Su voz suena más cerca.
Doblo una esquina, buscando poner distancia al tiempo que anhelo el consuelo que solo me da él. «Genial, incluso mis pensamientos son un jodido desastre».
Jax me agarra del brazo y me gira.
—¿Qué ocurre? Pensaba que te gustaban Los juegos del hambre —dice con una mueca.
Le rehúyo la mirada y me limito a contestar:
—No.
—¿Y por qué te has hecho ese tatuaje? No quería que te pusieras así, te lo juro. Creía que te haría ilusión.
Hago un esfuerzo sobrehumano para ignorar cómo me mira.
—Me hice el tatuaje por mi padre.
—Mierda. No paro de cagarla.
Niego con la cabeza, intentando dejar de llorar.
—No. No es culpa tuya. No podías saberlo. El libro... —Exhalo un aliento entrecortado—. El libro que estaba leyendo la noche en que los mataron...
—Era Los juegos del hambre —termina por mí—. Joder. —Me envuelve la nuca con la mano, obligándome a mirarle—. Podemos poner otra peli. A mi madre le importa una mierda qué veamos con tal de que tú estés cómoda.
Le observo el rostro. Su sinceridad me consuela, hace que una nueva sensación de calidez remplace el frío de mi interior.
Su presencia me da fuerzas para hacer algo tan estúpido como valiente. Para ahuyentar algunos de los últimos recuerdos dolorosos que me siguen atormentando.
—Creo que quiero verla.
El pulgar de Jax se queda quieto en el lugar del cuello donde se me nota el pulso acelerado.
—¿Aunque te dé miedo?
—Precisamente porque me da miedo —contesto alzando la barbilla.
—Estoy contigo, ¿vale? Cuenta conmigo.
Me creo todas y cada una de sus palabras.
Volvemos a la sala de cine de la mano. Alguien le da al play y la película sigue por donde se había quedado.
Jax no me suelta la mano en ningún momento.
Me acaricia suavemente el tatuaje nuevo mientras yo sollozo en silencio en la parte que recuerdo que leí aquella funesta noche, la peor de mi vida.
Sus acciones me dicen todo lo que no pueden decir las palabras: «Estoy a tu lado.
Yo te ayudaré a enfrentarte a esos recuerdos. Saldremos de esta juntos».
Y no puedo evitar enamorarme un poco más de él.
—No me puedo creer que vaya a estar contigo en el garaje el día de la carrera. ¡Hostia puta! —Caleb no para de dar saltitos.
—Oye, esa lengua. Hay niños delante. —Me entran ganas de darle en la cabeza con el portapapeles.
—Pero entiéndeme. Es la cosa más guay del mundo. Mira a Jax con el mono de carreras, espera. —Saca el móvil y me enseña una foto.
«Tranquilo, que soy perfectamente consciente de lo guapo que está Jax los días de carrera».
Salgo de mi aturdimiento y digo:
—Venga, deja que los cámaras os hagan una foto juntos.
—Por supuesto, princesa. Buena idea —responde el chaval con una sonrisa encantadora.
Jax se ríe mientras le pasa un brazo por los hombros al adolescente. Les sacan unas cuantas fotos en las que Caleb no para de sonreír.
La madre del chico se acerca lentamente. Me imagino que si Caleb tuviera pelo, sería igual de rubio que el de ella. Tienen los mismos ojos claros y las mismas pecas en la nariz. Al llegar a mí, me da un abrazo.
—Gracias por todo lo que has hecho por mi hijo. No ha hablado de otra cosa en todo el mes. Le ha dado fuerzas para soportar otra sesión de quimio. —Su sonrisa flaquea cuando me suelta.
—No hay de qué, faltaría más —contesto—. Has hecho un trabajo genial como madre, es un chico único.
—En todos los sentidos. Tengo dos más pequeños, y ninguno tiene su personalidad. —Señala a los otros dos niños, pequeños y rubios, alucinados con el trabajo de los mecánicos con los coches de carreras.
—No sé cómo lo haces —comento—. Tres hijos son muchísimos.
—¿Tú no tienes?
—Qué va. Al menos todavía no. —Se me corta la respiración con solo pensarlo.
—Bueno, ya te llegará el momento. Yo fui hija única, y no quería eso para mis niños. Puede que tres parezcan muchos, pero tuve que convencerme de no tener un cuarto, así que imagínate. —Se ríe.
—Tres son suficientes.
—Desde luego. Ya verás, un día entenderás de lo que hablo. Estos tres no podían ser más distintos entre sí, pero se quieren mucho. Y harían cualquier cosa por sus hermanos. —Sonríe contemplando a sus hijos.
De pronto se instala en mi corazón un anhelo completamente nuevo. Uno que no debería sentir pero que no soy capaz de ignorar.
No quiero tener algo pasajero con nadie. Lo quiero todo. Una relación. Una familia. Momentos felices que me acompañen durante el resto de mi vida.
Y, sobre todo, creo que podría querer todo eso con Jax.