Amor en pole position (Dirty Air 3) 32. Elena #2
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32. Elena #2

Saltan de nuevo los flashes de las cámaras, y yo aguanto el impulso de taparme los ojos.

—Respira —me susurra él al oído.

—Siento que mi parte introvertida se está muriendo poco a poco.

Jax se ríe, captando aún más la atención de los periodistas mientras yo me aferro a la manga de su esmoquin.

Camina por la alfombra roja con esa soltura y esa actitud chulesca tan propias de él.

Me aprieta la mano y me lanza una sonrisa por encima del hombro.

Siento que el corazón está a punto de explotarme al ver su cara de pura felicidad.

Una reportera le llama. Él se detiene y me atrae a su costado. La periodista rubia habla a su micrófono:

—Jax. Es una pena que tu padre no haya podido venir esta noche.

La sonrisa del aludido flaquea, pero se recompone enseguida.

—Sí, quiere que transmita su pesar por no poder asistir. Pero está muy orgulloso de cuánto ha crecido la organización desde que empezó a colaborar con ella hace diez años.

La reportera asiente con entusiasmo.

—Sin duda. Y debo decir que no es muy común verte con una mujer del brazo. ¿Quién es tu cita de esta noche?

Jax no aparta la vista de mí mientras contesta a la pregunta.

—Tengo suerte de que Elena González haya decidido acompañarme esta noche.

La mujer frunce el ceño.

—¿González? ¿De la familia que domina el mercado farmacéutico latinoamericano?

Yo me tapo la boca con la mano libre para ocultar una sonrisa. Los ojos de Jax brillan divertidos al ver mi reacción. Se gira hacia la reportera y responde:

—No. Elena González es una relaciones públicas increíble que nos mantiene a raya a mí y a otros pilotos de la Fórmula 1. —Esboza una sonrisa encantadora para la cámara y me da un apretón en la mano.

Me encanta esa sonrisa. Me gusta tanto que tardo unos segundos en procesar sus palabras, pero, cuando lo hago, siento que estoy a punto de estallar de felicidad al oír su cumplido.

La reportera se queda parpadeando, a todas luces desarmada por el enigma que es Jax Kingston.

«Ya somos dos, hermana».

Entonces se dirige a mí.

—Bueno, es un placer conocerla, señorita González.

Debe de tener algún poder especial si es capaz de controlar a este hombre.

Me imagino que no debe de ser fácil. —Su voz destila admiración—.

¿Y qué está llevando esta noche? Diría que se trata de la nueva colección de verano de Valentino, pero no quiero meter la pata.

—Eh... No sé, no me acuerdo. —Me encojo de hombros, arrepintiéndome al instante de lo que he dicho. Me arden las mejillas y me planteo corregir mis palabras, pero tanto Jax como la reportera se ríen, aplacando mi inquietud.

Él se inclina hacia mí y me besa la sien antes de rozarme la oreja con los labios y susurrar:

—No tienes ni idea de cuánto me gustas.

Me pierdo en sus palabras, tratando de ahuyentar el síndrome de la impostora que me sigue a todas partes. Jax tiene el don de hacerme sentir que mi lugar es este, junto a él. Y ningún periodista ni ninguna pregunta me pueden arrebatar algo así.

Alzo la barbilla y miro a la reportera directamente a los ojos con confianza. Aunque no tenga ninguna prenda de Valentino ni ningún fondo fiduciario, este sigue siendo mi lugar. Me lo he currado año tras año ayudando a la élite, y va siendo hora de que disfrute un poco.

Un peón no se convierte en reina por pura suerte. Requiere agallas, tesón y confianza.

Y estoy más que preparada para cruzar el tablero de una maldita vez.

—Bienvenida al club de «Oh, no, soy famosa». —La cama cruje cuando Jax se tumba encima de mí.

Me aparto los pelos de la cara y digo:

—¿Cómo? ¿Hay un club de eso?

Él se ríe, saca el móvil de debajo del edredón y me lo pasa. Leo el artículo en diagonal, ignorando cómo los labios de Jax se posan en mi zona favorita del cuello.

—Madre mía. He tardado menos de veinticuatro horas en perder el anonimato. —Los nervios que creía que sentiría cuando la prensa me relacionara con Jax no llegan. Al contrario, me invade una sensación cálida al leer en el artículo que él y yo estamos juntos.

—Te pintan muy bien, y además mencionan el éxito de tu empresa con Elías, Liam y yo. ¿Has visto? —Toca la pantalla para enseñármelo—. No han dicho nada malo. Y menos mal, porque no quiero que tengas que lidiar con una pelea de tu cliente con la prensa.

—Mmm... —Me mordisqueo el labio.

—Di que nunca volverás a dudar de mí y que siempre tengo la razón —me pide, mirándome fijamente.

Como me quedo callada demasiado tiempo, me hace cosquillas. Me río hasta que se me saltan las lágrimas, y entonces admito que tenía razón con todo esto.

Cojo el móvil, que se ha caído.

—¿En serio han dicho que Jax Attack está ahora domesticado y fuera del mercado?

Lo primero: el mote es terrible. Y lo segundo: salimos guapísimos en esta foto.

—Hago zoom, apreciando la buena pareja que hacemos.

Me sorprende ver lo segura que parezco bajo los focos después de lo nerviosa que estaba en la limusina.

Su barba incipiente me roza el torso según va bajando por mi cuerpo.

—Te aseguro que Jax Attack está domesticado para todo el mundo menos para ti.

La risa sarcástica que suelto se convierte en un gemido cuando me levanta la camisa y me pasa la lengua por el pezón.

—En serio, no hables de ti mismo en tercera persona. Pareces Julio César.

—O un cavernícola. Lo cual tendría más sentido, porque quiero hacerte mía como un animal a todas horas.

Se me calientan las mejillas.

—No eres de palabras bonitas, ¿eh?

—Las palabras obscenas son la mejor forma de conquistar un corazón —contesta.

Yo suelto una risita.

—No estoy yo tan segura de eso.

Pero sigue bajando por mi cuerpo hasta llegar al clítoris y, con unos cuantos lametones, yo misma empiezo a gritar obscenidades al techo.

—Ya te puedes dar la vuelta —dice Jax, emocionado.

—¿Qué estamos haciendo aquí? —Miro a mi alrededor. Nos encontramos en una azotea con bar.

—Prefiero enseñártelo directamente. —Me coge de la mano y me lleva al borde del balcón.

Se me desencaja la mandíbula y me apoyo en la barandilla.

—No puede ser.

—Sorpresa —me susurra al oído antes de abrazarme por detrás. Su aliento cálido me provoca un estremecimiento. A él no se le escapa la reacción, a juzgar por cómo se ríe contra mi oreja antes de darle un mordisquito.

Cientos de globos aerostáticos flotan por el cielo en un despliegue de colores digno de un caleidoscopio.

—Qué pasada. Es casi igual que en el puzle.

—Solo te falta ir de éxtasis hasta las cejas —comenta.

Apoyo la cabeza contra su pecho y me río.

—Es un puzle bastante feo, ¿verdad?

—Espantoso. Tienes que ir a revisarte la vista.

—Dice el hombre que más atrae a mis ojos.

—Vale, es verdad. Tienes que ir a revisarte la vista y la cabeza.

Se me escapa una risotada estrepitosa, de las que te salen de dentro.

Jax me estrecha entre sus brazos.

—Me gusta cuando te ríes así. Pero, sobre todo, me encanta ser yo el causante de esa risa.

—Tu narcisismo no conoce límites.

Él se ríe, apretándome contra su pecho.

—Me gusta que me doren la píldora.

—Entre otras cosas —contesto con una sonrisa.

—Entonces, ¿te lo imaginabas así en tus mejores sueños?

No estoy segura de a qué sueños se refiere. A los de que por fin se abriera a mí y nos atreviéramos a darnos una oportunidad o a mi anhelo de asistir a un festival de globos aerostáticos. Para no meter la pata, me decanto por esta última opción.

—Me prometí que iría a un evento de estos cuando fuera más mayor.

—¿Más mayor? ¿Por qué no ahora? —se sorprende, entrelazando sus dedos con los míos sobre la barandilla. Un rastro de calor me sube por el brazo directo al corazón.

—Quería ir cuando sintiera que había superado mi pasado. Quería que fuera un gran acto de liberación o algo así.

—Es mucha presión, ¿no te parece?

—¿Por qué lo dices?

—Creo que hay cosas que nunca se superan del todo.

Puedes sanar, claro, pero pasar página implica que no quieres ni acordarte de ello.

En realidad, los recuerdos no son el problema.

El error que comete la gente es dar por hecho que el dolor es malo, cuando, en realidad, el dolor significa que sientes algo, que estás vivo.

La clave se encuentra en usarlo como un arma en lugar de como una debilidad.

Así que, si quieres mi opinión, sana las heridas, pero no te desprendas de los recuerdos. Son los que te hacen ser tú.

Me quedo un momento reflexionando sobre sus palabras.

—Eso ha sido... Guau. —No consigo expresarlo de otra forma. Lo único que sé es que quiero empaparme de esta nueva versión suya antes de que desaparezca. Cuando me trataba como el culo, vivía entre el deseo y el desprecio; esta versión de él, sin embargo, es una pasada.

Jax se gira y me empuja contra el cristal de la terraza. Me rodea la cara y me da un beso suave en los labios.

—Quiero conocer tu sufrimiento. Quiero conocer los demonios que habitan en la parte más oscura de tu mente. Puedes compartir conmigo tanto los recuerdos felices como los aterradores; no los cambiaría por nada. Me he cansado de resistirme a aquello a lo que debería haber sucumbido hace mucho tiempo.

—¿Y qué es eso?

—Tú. Siempre has sido tú. Mi suerte estaba echada desde el momento en el que entraste a esa sala de reuniones de McCoy cuando Liam necesitaba ayuda.

Incluso cuando me propuse mantenerme alejado de ti, pero sobre todo cuando te mostraste vulnerable conmigo.

Estamos los dos rotos, pero quiero que estemos rotos juntos.

—Las cosas normalmente no funcionan así.

Él se inclina y sus labios rozan los míos de nuevo.

—Que le jodan a lo normal. No quiero que seamos perfectos. Quiero que seamos un puto mosaico, hecho de pedazos rotos pero con unos colores tan impresionantes que sea imposible no ver la belleza que desprenden.