Amor en pole position (Dirty Air 3) 32. Elena
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32. Elena

Elena

Los gruñidos de esfuerzo de Jax y su padre mientras practican MMA resuenan en el gimnasio con ring incluido que tienen en casa. Vera y yo nos sentamos en un banco que parece hecho a propósito para que ella esté lo más cómoda posible.

—Te noto distinta, Elena —me comenta, dándome un golpecito en la zapatilla con el bastón.

—Estoy probando un nuevo peinado. —Me paso una mano por la corona de trenzas.

Ella sacude la cabeza.

—No me vengas con cuentos —replica—. Tienes un brillo en la piel que no acostumbro a ver, y mi hijo ha estado mucho más sonriente que de costumbre. Esa fue la pista definitiva.

Me sonrojo.

—Quizá es por algo que nos ha dado de comer Jackie. Ya decía yo que los brownies sabían un poco raros...

Vera suelta una carcajada.

—Sea lo que sea lo que hayas hecho por Jax, gracias.

—Sus palabras me sorprenden más que el abrazo que les sigue—.

Mi mayor deseo era que encontrara a alguien que le hiciera feliz, que le ayudara a ver que la vida es mucho más que trofeos y contratos.

Estas últimas semanas contigo han sido increíbles para él.

—No sé qué decir.

Ella se aparta.

—Da igual. Lo único que quiere una madre es ver felices a sus hijos, y tú le das justo eso.

—Solo llevamos teniendo una buena relación un mes... dos, a lo sumo —repongo.

—Al corazón le da igual el tiempo; solo le importan los sentimientos. —Se da golpecitos en el pecho.

—¿Y si no es lo correcto?

—La pregunta que deberías hacerte es: «¿y si sí lo es?» —contesta, y se gira de nuevo hacia el ring.

Entonces Jax me grita desde arriba:

—¿Piensas quedarte todo el día mirándome o vas a subir de una vez?

—Creo que me llaman. —Me levanto del banco.

—Enséñale lo que vale un peine.

Le dedico una sonrisa por encima del hombro mientras me acerco al ring. Zack me hace un gesto con la cabeza antes de bajarse e ir junto a su esposa.

—Quiero comprobar una teoría —dice Jax, abriendo las cuerdas para que pase.

—Cuéntame, por favor.

—¿Cuántos segundos crees que tardas en rendirte?

—Quince. —Esbozo una falsa sonrisa nerviosa.

—Cinco —dice él, sonriendo con chulería.

Me encojo de hombros.

—Venga.

—Cuando estés aporreando el suelo con la mano, suplicando que esto acabe, acuérdate de no volver a rechazarme.

—Lo dices como si te hubiera rechazado en la cama en lugar de negarme a que me des clases de defensa personal. —La semana pasada, cuando me lo sugirió, rechacé educadamente la oferta, aduciendo que no las necesitaba. Supongo que todavía me guarda algo de rencor por ello.

Zack grita desde el otro lado del gimnasio, empezando la cuenta atrás. En cuanto nos da la señal de comenzar, Jax hace un movimiento inteligente que no me esperaba.

Me hace un barrido con el pie, tirándome de espaldas. Zack se ríe mientras Vera me grita que me levante y le demuestre que las mujeres mandamos. Mantengo las piernas a ambos lados de su robusta estructura, lo cual me da una buena ventaja.

Jax se coloca sobre mí haciendo como que me estrangula con una sonrisa. Sin embargo, se asegura de no ponerme todo el peso encima, lo cual me viene de perlas.

—Estás muy guapa con mis manos en el cuello.

Se me escapa una carcajada.

—Estás fatal de la cabeza.

—Pero te gusto así. —Me da un besito en la mejilla antes de colocarse mejor y aplicar más presión.

Sin embargo, vacila cuando le dedico una sonrisa chulesca parecida a la suya.

Uso su postura en su contra, rodeándole la cintura con las piernas a la vez que empujo con el brazo derecho el interior de su codo izquierdo y con el brazo izquierdo su omóplato derecho.

Apoyo el pie en su cadera antes de girar el cuerpo.

Saco las dos piernas de debajo de las suyas y le estampo la cabeza contra la lona.

Le inmovilizo los brazos entre mis piernas antes de sujetarle la muñeca y simular el crujido de un hueso al romperse.

—¿Qué decías?

Vera me vitorea y Zack aplaude. Jax se queda mirándome boquiabierto.

—Esto me ha puesto cachondísimo.

Le aprieto un poco más la muñeca, pero sin llegar a hacerle daño, y él golpea la lona con la otra mano.

Me levanto y le ofrezco ayuda para levantarse.

—Rechacé tu oferta porque ya había ido a clases de defensa personal. Si no te hubieras puesto de morros, te lo habría contado.

Él me coge la mano y se pone en pie, sin lograr ocultar su sonrisa.

—Cada día que pasa me gustas más. Puede que seas la chica de mis sueños, González.

El calor que me recorre el cuerpo al oír sus palabras pone de manifiesto cuánto deseo que eso sea verdad.

Voy a ser la acompañante de Jax en la gala benéfica de esta noche.

El evento tiene el objetivo de recaudar fondos para una fundación que ayuda a niños de acogida con la que él colabora generosamente cada año en honor a su padre.

Esto significa que voy a desfilar por la alfombra roja de su brazo, presentándonos oficialmente como pareja.

Vaya, dicho de forma suave, estoy cagada de miedo.

No paro de dar vueltas de un lado a otro por la habitación; los tacones resuenan contra el parqué. Se me revuelve el estómago solo de imaginarme mi nombre escrito en la prensa rosa y en publicaciones de internet.

Al oír que llaman a mi puerta, me enderezo. Respiro hondo unas cuantas veces y abro. Jax está apoyado contra el marco, guapísimo con su esmoquin. La tela brillante reluce y se ajusta a su figura de la mejor forma posible.

—Creo que deberíamos hablar antes de lo de esta noche —afirma entrando en mi cuarto sin invitación. Aunque no es que la necesite, teniendo en cuenta que a estas alturas viene a diario.

—¿Sobre qué? —Me acerco a la cómoda y me pongo a hurgar en el bolsito de mano.

—Aún estamos a tiempo de echarnos atrás antes de que todo esto se nos vaya de las manos.

—Ya se nos ha ido por completo de las manos —mascullo para mí.

—No. No quiero que te arrepientas de que se relacione tu nombre con el mío. Podemos llegar por separado y nadie se daría cuenta. —Aparece detrás de mí, calentándome la espalda. Se me encoge el corazón al ver su mirada sincera a través del espejo.

—Dame un buen motivo para ir contigo.

—¿No es esa la pregunta del millón? —Me gira hacia él—. Puedo darte miles de razones por las que no deberías hacerlo. Eso sería lo fácil. Pero, si aparezco contigo en público presumiendo de que eres mía, ya no habrá marcha atrás.

—No te estás sabiendo vender.

Me agarra la barbilla con los dedos, obligándome a mirarle.

—No quiero decepcionarte —musita—. Y, joder, sé que lo haré. Pero lo cierto es que quiero que se te relacione conmigo; no me da vergüenza decirlo. Quiero fardar de lo guapa que estás con este vestido y dejarle claro al mundo entero que eres mía y que ningún otro capullo puede tenerte.

—¿Pero?

—Pero la parte buena de mí, por pequeña que sea, quiere decirte que salgas corriendo. Que no merece la pena que te arriesgues por mí. Que podrías verte arrastrada conmigo a un futuro incierto.

—Sí que merece la pena que me arriesgue por ti —digo con seguridad, a pesar de que cada uno está hablando de una cosa. Él, de su futuro, y yo, de mi corazón. Solo es cuestión de cuál se irá a la mierda primero.

—¿Aunque a Connor pueda no parecerle bien? —pregunta.

—Le va a dar igual.

Las cejas se le juntan.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque hablé con él el otro día.

—Bien. Yo también. —Jax esboza una sonrisita.

—¡Idiota! ¡Me estabas poniendo a prueba!

—Sé lo mucho que te importa tu trabajo, y no quiero que me cojas rencor por que pueda salir algo mal en ese frente.

—Me encanta mi trabajo, pero...

—Pero ¿qué? —Se inclina hacia mí y me deposita un suave beso en los labios, dejándome con ganas de más.

—Pero trabajar no es mi mayor objetivo en la vida.

—¿Y cuál es?

Me encojo de hombros, sin ganas de forzar la máquina más de la cuenta.

—Eso me toca averiguarlo a mí.

El objetivo que tengo en mente no me asusta tanto como debería, lo que ya de por sí solo demuestra lo fácil que era que acabara enamorándome de alguien como Jax.

Esperemos que él esté dispuesto a tirarse a la piscina conmigo.

—¿Estás preparada, bonita? —Jax abre la puerta de la limusina.

Yo me quedo sentada en el sitio, clavando las uñas en el cuero del asiento.

—No, la verdad.

La presión de las expectativas me hace sentirme avergonzada de mí misma.

Jax nunca va acompañado a este tipo de eventos, y mucho menos con alguien como yo.

Alguien que no pertenece a una familia con dinero ni está en una empresa de éxito.

Alguien que tiene deudas y bebe botellas de vino barato.

¿En qué estaba pensando cuando accedí a esto?

Le echo un vistazo a Jax, disfrutando de lo bien que le queda el esmoquin.

«Vale, esto es en lo que estaba pensando».

Saltan un par de flashes al otro lado de las lunas del vehículo; los periodistas nos esperan con impaciencia. Siento como si me faltara el aire cuando el pánico empieza a aflorar.

—Oye, no te preocupes. Respira hondo. —Jax me recoge un mechón de pelo detrás de la oreja. Respira profundamente conmigo y me hace sentir menos tonta por estar tan nerviosa—. Con que les contestes a una pregunta, ya te los habrás metido en el bolsillo. Te lo prometo. Se te da bien la gente.

Su halago me reconforta como pocas palabras podrían hacerlo.

—Lo siento. No suelo ponerme así. En plan, nunca.

En sus labios se intuye la sombra de una sonrisa.

—Ya me va bien ser el que mantiene la calma para variar. Normalmente soy yo el que entra en pánico.

—Es una forma de verlo. —Me río—. Cuando salimos de casa pensé que estaría bien.

Me rodea la mejilla con la mano.

—Si quieres marcharte, solo dilo. Podemos meternos en un pub cualquiera y bebernos hasta el agua de los floreros.

Me quedo sin aliento ante su propuesta. Me parece increíble que esté dispuesto a perderse un evento tan importante para él solo por mí.

Alzo la barbilla, disimulando mi turbación.

—No. Vamos a hacerlo.

—Así se habla, bonita.

De alguna manera, esa palabra hace que me derrita por dentro. Jax sale de la limusina y me ofrece su mano. Salgo con las piernas temblorosas, rezando por no tropezarme con los tacones.