Amor en pole position (Dirty Air 3) 31. Jax #2
63%

31. Jax #2

—No estaré satisfecho hasta conocer todos y cada uno de los secretos oscuros que se esconden en esa cabecita.

—Creía que estaba hueca por dentro, como mis muñecas.

—Bonita, lo único vacío que ha habido en nuestras conversaciones han sido mis palabras. Me arrepiento de haber dicho eso.

Ella pone los ojos en blanco, así que le doy un apretón en la mano.

—Lo siento... De verdad, siento todas las mierdas que dije. Te lo compensaré poco a poco. Con mis palabras, con mis actos y, sobre todo, con mi leng...

—¡Calla! Vale, te perdono —se apresura a responder, sonrojada desde el cuello hasta las mejillas.

Me meto una patata frita en la boca y sonrío de oreja a oreja.

Después de cenar y de beber un par de pintas nos dirigimos al London Eye, ya iluminado. Me salto la cola con Elena de la mano. Ella me mira con una ceja levantada cuando el guardia de seguridad nos deja pasar sin poner pegas ni pedirnos identificación de ningún tipo.

El encargado del acceso a las cabinas se me queda mirando con los ojos como platos.

—¡Hostia! ¡Jax Kingston!

Al oírlo, otro trabajador me sonríe y me pide un autógrafo.

—Claro. Dadme lo que queréis que os firme. ¿Tenéis un rotulador o algo?

Los dos chicos sonríen y me entregan sus gorras de trabajo. Me preguntan por la temporada y me dicen que esperan que gane el Gran Premio de Gran Bretaña que se celebrará en un par de semanas.

Pensar en ello me llena de pavor. No quiero que se acaben mis vacaciones con Elena.

Las cosas empiezan a funcionar entre nosotros.

Aparto esos pensamientos de mi mente, le aprieto la mano y me meto en la siguiente cápsula con ella, que, convenientemente, después de una petición de última hora a mi fan, está vacía.

Ella suelta una risita mientras se dirige a la barandilla.

—¿De qué te ríes? —Me acerco y presiono su cuerpo contra el metal.

—El tío ha hecho lo imposible para conseguirte una cabina privada.

—Mejor para nosotros, así es más divertido.

Elena me mira alzando una ceja antes de inclinarse hacia el cristal. Yo pego mi torso contra su espalda y le subo una mano por el muslo. Agradezco que lleve vestido, porque así tengo fácil acceso a lo que llevo deseando todo el día.

—¿Qué estás haciendo? —susurra a pesar de que no hay nadie más con nosotros.

—¿Tú qué crees? —Le aparto el pelo al otro lado del cuello para poder besárselo. Recorro un chupetón de ayer con la lengua antes de volver a chuparle la piel sensible.

Elena gime y empuja el culo contra mi entrepierna.

—Para —dice—. Nos pueden ver.

—¿Quién?

Mira a nuestro alrededor, a las otras cápsulas que se atisban desde la nuestra.

Los tíos que me han pedido el autógrafo nos han dejado una cabina vacía justo detrás de la nuestra, y las personas que se han montado antes están demasiado ocupadas contemplando las vistas nocturnas de Londres, sin ningún interés por lo que nos traigamos entre manos.

—Ahí hay gente. —Elena señala la cápsula ocupada.

Le levanto el vestido para ver su culo contra mis vaqueros.

—¿A quién coño le importa? Peor para ellos; yo tengo vistas mucho mejores. —La rodeo con una mano para mantenerla en su sitio y luego le quito las bragas deprisa y me las guardo en el bolsillo—. Gírate.

—¿Y la cámara? —dice, apuntando con la barbilla al techo del receptáculo.

—¿Recuerdas a mi nuevo fan preferido? Le he dicho muy claramente que quería privacidad, incluyendo las cámaras.

—¿Siempre consigues lo que quieres o qué?

Suelto una risita.

—Pues sí. Ahora gírate.

Ella se da la vuelta hacia mí con indecisión.

—Siéntate en la barandilla —le ordeno.

Gira la cabeza de nuevo hacia las personas de la otra cápsula.

—Madre mía, no doy crédito contigo.

—No te lo voy a volver a pedir. Siéntate en la barandilla como la buena chica que los dos sabemos que te gusta ser.

Se sonroja mientras se apoya en el metal frío. Está de espaldas a nuestros vecinos, y la parte trasera de la falda del vestido les impide ver cómo me arrodillo frente a ella.

Elena obedece mi orden silenciosa y me coloca las piernas sobre los hombros, dejándome acceso total a ella. Sus ojos se cierran cuando hundo mi lengua en su interior.

Dios. Me encanta cómo sabe, casi tanto como ver la reacción de su cuerpo a mis caricias. Se le escapa un gemido que hace que se me ponga dura en los vaqueros. Le doy placer con la lengua, provocándola hasta llevarla casi al límite.

Me agarra el pelo con dedos ansiosos para acercarme más a ella. Le chupo el clítoris y le saco un suspiro delicado que no me importaría escuchar cada día.

Cada puto día.

Joder.

La ansiedad me trepa por la columna antes de que pueda frenarla. No quiero agobiarme ni sentirme culpable por el futuro, pero Elena no para de hacerme pensar en los «¿y si...?», y eso ya de por sí es peligroso.

Vuelco mi confusión en su cuerpo, devorándola sin piedad hasta que el orgasmo la sacude por completo. Las piernas le tiemblan sobre mis hombros mientras intenta recomponerse.

Pero yo no quiero que se recomponga. Quiero que se muera de ganas de más, que entienda mi necesidad de hacerla mía sin que tenga que decir nada. Porque necesito sentir que de alguna manera sigo teniendo algo de control sobre el torbellino en el que se están convirtiendo nuestras vidas.

Me pongo de pie y Elena hace amago de bajarse de la barandilla, pero niego con la cabeza.

—No te muevas. —Me desabrocho los pantalones y me los bajo lo justo para liberar mi miembro. Me la sacudo un par de veces, disfrutando de cómo me mira embobada.

Elena gira la cabeza hacia nuestros vecinos, pero el grupo de turistas está flipando con el Big Ben y todas las bondades de Londres.

—Se la suda una barbaridad lo que esté pasando aquí —le aseguro antes de sacarme un condón de la cartera y ponérmelo.

Elena suspira cuando coloco la punta en su entrada.

—Esto es lo que me haces —susurro, apartándole las piernas para que se abra para mí—. Haces que siempre quiera más.

Los dos gemimos cuando la penetro de una acometida. Me retiro un instante solo para volver a entrar en ella de golpe, y apoyo la mano en el cristal al lado de su cabeza.

—Madre mía... —Elena suelta una exhalación mientras se agarra a mis hombros para no caerse.

Aumento el ritmo según nos vamos acercando a la parte más alta de la noria. Para cuando llegamos, una gota de sudor me recorre la espalda. La conexión que tengo con Elena se fortalece aún más con cada embestida, y siento que estoy a punto de perder el control.

Entonces me coge la cabeza con las manos y me besa.

Me quedo quieto dentro de ella, sintiendo cómo la energía cambia a nuestro alrededor.

Está cargándose, convirtiéndose en algo inconmensurable.

Sus besos dicen todo lo que no se puede decir con palabras.

Reclama mi atención hincándome el diente en el labio inferior.

Sigo follándomela sin dejar de besarla, con movimientos cada vez más rápidos y torpes. Elena ahuyenta todos mis pensamientos negativos con sus apasionados besos, impregnados de confianza y salvación.

De pronto surge en mí un deseo irrefrenable de ser todo lo que necesita, a pesar de mi ansiedad.

De ser todo lo que no sabía que quería pero sin lo que ya no puedo vivir.

Y, con ese pensamiento en la cabeza, explotamos juntos en más de un sentido.