Amor en pole position (Dirty Air 3) 31. Jax
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31. Jax

Jax

—Bueno, Jax, cuéntame, ¿cómo has estado? —Tom me dedica toda su atención a pesar de hablar por videollamada en el portátil.

Me había dado una semana libre antes de volver a tener sesiones telemáticas semanales. Incluso se ofreció a alquilar una oficina temporal aquí, pero me negué cuando mencionó que su familia estaba en Estados Unidos y tenía ganas de verla. Puede que sea un capullo egoísta, pero no hasta ese punto.

—Bien. ¿Qué tal la familia?

—Genial. Están contentos de que haya podido venir unos días. ¿Y la tuya? —Los ojos de Tom irradian su amabilidad habitual.

—Mejor ahora que he podido venir. Ver a mi madre feliz hace que todo sea más fácil.

—Tú también pareces más feliz. ¿Te ha servido ver con tus propios ojos cómo está en lugar de solo intuirlo por las llamadas de teléfono?

—Sin duda. —Y tampoco me ha venido mal tener a Elena en mi cama.

—¿Cómo estás llevando los cambios? —se interesa—. Sé que la Fórmula 1 es muy importante para ti, así que me pregunto cómo te está sentando el parón en el día a día.

—No le he dado muchas vueltas... Aparte de la visita de Caleb la semana pasada, que quería saberlo todo de McCoy, he estado bien. Bastante contento, la verdad; nada estresado.

No estoy seguro de si el cambio se debe a la positividad que exuda Elena, a estar en casa o al paso a una medicación para la ansiedad más adecuada.

Tom alza las cejas.

—Eso es genial. Vaya, fantástico.

Me paso una mano por el pelo.

—Sí. De hecho, hoy voy a llevar a Elena a ver Londres, las cosas turísticas y todo el rollo. La semana pasada la tuvimos bastante ocupada, así que no hemos salido mucho.

—Entiendo que lo de que Elena conociera a tus padres está yendo mejor de lo que esperabas, ¿no?

—Bueno, tampoco pasaría nada si mi madre no se encariñara en exceso con ella. Pero aparte de eso... —me detengo, preguntándome cuánto debería contarle a Tom.

Él se queda esperando en silencio, dejándome elegir.

Me armo de valor y me sincero.

—Sí, todo está yendo genial. Nuestra relación ha evolucionado de repente a algo más... Bueno, se podría decir que hemos empezado a entendernos muy bien. —Tanto en la cama como fuera de ella, pero Tom no necesita todos los detalles.

—¿Está al tanto de la enfermedad de tu madre? —inquiere.

—Sí.

—¿Y sabe que a ti te preocupa tenerla también?

—Por desgracia, sí. No me quedaba otra que serle honesto, teniendo en cuenta que podía buscar toda la información por internet y enterarse de todas formas.

Si Tom se sorprende, lo esconde muy bien.

—Te has permitido abrirte a ella —comenta—. Es un gran logro, tratándose de ti. Deberías sentirte orgulloso de todo lo que has avanzado durante estos últimos meses.

—Ella tiene mucho que ver en eso —contesto.

—¿Te has vuelto a plantear lo de las pruebas?

«Sí».

—No.

—¿Crees que no saber si tienes la enfermedad podría afectar al desarrollo de tu relación con Elena?

«Sí».

—No.

Él asiente.

—Bueno, si finalmente quieres hacértelas, cuenta conmigo para apoyarte en el proceso.

Y, como si no hubiéramos hablado en ningún momento del asunto, Tom continúa preguntándome otras cosas, como dónde tengo planeado llevar hoy a Elena.

Le agradezco el cambio de tema. Esta semana me he planteado más veces hacerme las pruebas genéticas que en los últimos años.

Entre ver a mi madre pasándolo mal y que Elena está poniendo patas arriba mi vida entera, me veo capaz de tomar esa decisión, aun poniendo en riesgo mi salud mental.

La idea de conocer lo que me depara el futuro es igual de tentadora que Elena: inevitable y destructiva.

—Nadie debería estar tan emocionado por ver el palacio de Westminster —me burlo de Elena, dándole un codazo en las costillas.

Ella me dedica una sonrisa radiante después de sacar una foto.

—¡Es que es el Big Ben! No me esperaba que fuera tan grande.

—Si quieres ver algo grande solo tienes que pedirlo —replico, guiñándole un ojo.

Se cubre la boca con la mano para sofocar una risa.

—Dios mío, dame paciencia.

—Qué raro, anoche también me confundiste con Dios —me burlo.

Esta vez se le escapa una carcajada.

—¡Ay, para ya! —Y me da un manotazo en las manos cuando le pellizco los costados—. No soporto esta versión de ti.

—¿La versión maja? ¿Acaso prefieres que vuelva a ser un borde?

Ella se endereza y me sonríe.

—No. La felicidad te sienta bien.

—Pero ¿sabes qué es lo que mejor me sienta?

Pone los ojos en blanco, anticipando una respuesta de broma.

—Tú. Estar contigo me sienta bien. —Le doy un beso en la coronilla.

Elena se alisa el vestido rosa claro mientras un rubor natural se le extiende por las mejillas. Le doy sendos besos en cada una y ella suspira.

—Creía que estaba viviendo una pesadilla cuando eras un borde, pero he cambiado de opinión. Que seas tierno y cariñoso da muchísimo más miedo.

—Ay, bonita. Ya les gustaría a las pesadillas parecerse a mí —digo, girando sobre los tacones de mis botas.

Su risa me atraviesa el corazón de la mejor de las maneras. Sé que voy a acabar adicto a cómo me hace sentir, a pesar de temer que no sea más que algo temporal.

Pasamos la mayor parte de la tarde visitando las zonas más turísticas de Londres. Elena me invita a tomar el té y le dejo pagar porque al parecer mostrar gratitud es muy importante para ella.

Me doy cuenta de que no me disgusta estar alejado del circuito de la Fórmula 1.

Durante el parón de verano no estoy sintiendo esa ansiedad que me consume a diario cuando compito.

Es una sensación increíble, la verdad. Por primera vez en la vida, me planteo si realmente quiero competir.

Esta duda tan poco corriente me lleva a cuestionarme si disfruto lo suficiente de la competición como para estar dispuesto a sacrificar los pocos años buenos que le quedan a mi madre.

Elena me planta su móvil en la mano, obligándome a dejar mi dilema interno para otro momento. Luego se da la vuelta y se mete en una cabina de teléfono.

—¿Puedes hacerme una foto? Quiero mandársela a Elías.

Posa como una influencer. Le saco unas cuantas capturas antes de soltarle una tontería y, por supuesto, la foto en la que sale riéndose es mi favorita. Como buen cursi que soy, me la envío a mí mismo antes de devolverle el teléfono.

—¿Algún otro deseo antes de que volvamos a casa de mis padres?

—¿Podemos subirnos ahí? —Señala el London Eye, la atracción turística por excelencia y, a mi juicio, un estorbo para la vista.

Se me ocurre una idea antes de que la sangre me baje a la entrepierna. Puede que me esté portando como un caballero, pero no lo soy en absoluto.

—Claro. Vamos a esperar a que anochezca. Será mucho mejor, ya verás.

Para pasar el rato, la llevo a un pub cercano. Nos sentamos en un rincón, lejos de miradas indiscretas, y yo me coloco de espaldas a la barra.

Estos son los momentos en los que odio ser famoso. Solo hoy, veinte personas se han acercado a pedirme un autógrafo. Tanta atención a veces me satura, sobre todo cuando lo único que quiero es pasar desapercibido como un tío normal paseando con su chica por la ciudad.

«Mierda. ¿Mi chica? ¿En serio?».

La camarera me echa un vistazo de arriba abajo y noto que me reconoce. Sin embargo, hace como si nada cuando nos pregunta por las bebidas. Gracias a Dios.

Elena arruga la nariz mientras mira la carta.

—¿Qué me pido?

Que confíe en mí aunque sea para cosas tan sencillas me llena de un orgullo que no acostumbro a sentir.

—Dos pintas de Guinness, por favor —le digo a la camarera con una sonrisa. Ella se marcha y vuelve enseguida con la comanda.

Elena me deja vía libre para elegir la comida también, así que pido dos raciones de fish and chips . Al ver cómo reacciona al primer sorbo de su bebida, por poco escupo la mía.

—Esto está asqueroso —dice tosiendo, antes de tragarse medio vaso de agua.

—Lo mismo dijiste la primera vez que te tragaste... otra cosa, y mira dónde estamos ahora.

Me lanza una mirada que hace que me parta de risa.

—¿Puedes, por favor, volver a tu versión menos encantadora? —ironiza.

—¿Significa eso que te encanto? ¿En serio? —Pestañeo.

Ella me tira su servilleta enrollada a la cara.

—No, para nada.

—Bueno, pero sí que te encantaba anoche cuando estaba entre tus...

—¡Dos de fish and chips ! —me corta la camarera, dejando la comida con las mejillas ruborizadas.

—Esto se va a filtrar a la prensa seguro. Muchas gracias —suelta Elena antes de meterse una patata frita en la boca.

—¿Te molestaría?

—¿Cómo?

—Si de alguna manera acabara saliendo una foto nuestra o algo en internet.

Ella se come unas pocas patatas fritas más, sin duda ganando algo de tiempo para pensar.

—No lo sé, la verdad. La idea me asusta porque soy una persona bastante reservada.

—Y yo no —resoplo con más saña de la que pretendía. No es por ella, sino por la situación. La fama no es lo que parece. Al contrario que a Liam y a Noah, a mí no me importaría dejar todo esto atrás.

—No es tu culpa, pero no puedes escapar de la fama asociada a tu nombre y tu profesión. Yo prefiero estar en un segundo plano.

—A mí tampoco me gusta —replico—. Ni la fama ni la sensación de estar decepcionando a todo el mundo cada vez que la cago.

Elena frunce el ceño.

—Ya, claro... También me asusta lo que pueda pensar la gente de mi oficio de mí. Podrían dar por hecho que me acuesto con cualquiera para conseguir más clientes.

—Que les jodan. ¿A quién le importa lo que diga de lo nuestro gente que ni conocemos?

Ella alza una ceja.

—¿Hay un «lo nuestro»?

«Eso, Jax. A ver cómo sales ahora de esta».

—Sé que no debería haberlo —me precipito a decir.

Elena agacha la cabeza.

—Ya —murmura.

Es totalmente desconcertante cómo me duele el pecho al verla dolida.

Le agarro la mano y no se la suelto.

—Pero quiero tener algo más contigo. Que pasemos tiempo juntos y nos conozcamos a niveles más profundos.

—Ya hemos pasado meses juntos. Sinceramente, no me habría importado vivir sin saber que bebes zumo de naranja después de lavarte los dientes. Debería ser el octavo pecado capital.

Sonrío sacudiendo la cabeza.

—Quiero saberlo todo de ti.

—Te aseguro que no —repone.