Amor en pole position (Dirty Air 3) 30. Jax
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30. Jax

Jax

Ayer todo cambió. No me esperaba bajar las defensas con ella de esta forma.

Pero, al ver sus ojos tristes después de conocer su traumático pasado, me resultó imposible no desear hacer las cosas bien con ella.

Ser alguien en quien pueda confiar en este mundo que se lo arrebató todo, y compensarle por el daño que le he hecho.

En algún momento en mitad de la noche se marchó de mi habitación, dejando que me despertara en una cama vacía impregnada en nuestro olor.

La incertidumbre se apodera de mí, haciendo que necesite verla. No soporto pensar que pueda volver a poner barreras entre nosotros y evitarme después de todo lo que ha ocurrido.

Y han ocurrido muchas cosas. No sé cómo describir lo que siento por ella; es más que una adicción. Si lo de anoche fue un ejemplo de cómo podría ser lo nuestro, quiero darle un puñetazo a mi yo del pasado por haberme privado tanto tiempo de ello.

Voy al centro de la casa, donde se encuentra la habitación de invitados en la que se está quedando, y llamo a la puerta.

—Elena, abre.

La puerta se abre y aparece ella, somnolienta y con el pelo ondulado como si saliera de un videoclip de los años ochenta.

Me fijo en sus muslos, apenas cubiertos por su enorme camiseta.

Se le ven unos cardenales violáceos, lo cual me arranca una sonrisa.

Me encantaría darle la vuelta, levantarle la camiseta y ver si sigue teniendo las marcas de mis dedos en el culo.

Puede que fuera un poco brusco, pero es que no me pude contener.

Después de pasar meses ignorando mi atracción por ella, me resultaba imposible controlarme, y su cuerpo pagó las consecuencias.

Elena se frota los ojos.

—¿Qué pasa? Estoy echándome una siesta.

—¿A las nueve de la mañana? ¿Quién eres tú y qué has hecho con Elena?

—Me has tenido despierta la mayor parte de la noche. ¿Qué esperabas? —replica antes de bostezar, arrugando la cara de una forma adorable.

—Pues que te quedaras hasta por la mañana, eso para empezar —digo con más inquina de la que pretendía.

—No quería que tus padres me pillaran en tu habitación.

—No se acercan a mi cuarto desde que era adolescente, ¿recuerdas? Siempre usan el intercomunicador.

Entorna los ojos y murmura:

—Es verdad...

—Sí, lo es. Entonces, ¿en tu cuarto o en el mío?

—¿Qué? —Se cruza de brazos, tratando en vano de taparse los pezones, que se le empiezan a poner duros. Una pena.

—Venga, que se nos va a hacer tarde. Decide ya.

Responde abriéndome la puerta del todo para dejarme pasar.

—Buena elección. —La cojo en volandas y la suelto sobre el colchón, provocándole un chillido que me hace sonreír.

—¿Qué estás haciendo? —Se ríe.

Me meto en la cama con ella y nos tapo a los dos con las sábanas.

—Calla, anda. No me has dejado dormir casi nada, necesito mis ocho horas de sueño para mantenerme guapo —contesto abrazándola.

—Jax... —dice con la cabeza sobre mi pecho.

—¿Sí? —Me envuelvo el puño con su pelo para que no se mueva. El olor a fresa de su champú me calma mientras trato de ignorar mi creciente erección ante su cercanía.

—¿Ahora qué pasa?

—Que lo intentamos.

Es la única respuesta que le puedo dar, pero a mí me sirve. Es ella la que debe preguntarse si es capaz de tener algo conmigo. No soy ningún santo, soy un cabrón egoísta que lo quiere todo para él sin dejar nada a los demás.

Pero, con Elena, estoy dispuesto a compartir. Lo bueno, lo malo y todo lo demás.

—¿A qué debo el placer de esta llamada? —responde Connor después de dos tonos.

Estoy tumbado en la cama, mirando el techo abovedado.

—Para empezar, quería felicitarte por haber conseguido tomarte unas vacaciones como Dios manda.

Connor se ríe.

—Me has servido de inspiración.

—Ya te dije que descansar de vez en cuando merece la pena.

—Lo sé. A ti también te oigo mejor. Más relajado.

Toso.

—Sí, hablando de eso... Quería contarte una cosa.

—Dime. —Oigo de fondo como papeles moviéndose.

—Sé que no has dicho directamente que Elena no pueda tener una relación conmigo, pero...

—¿Estáis juntos?

—Bueno, estamos... explorando nuestras opciones. Solo quería contártelo antes de que un paparazzi nos saque una foto o algo.

—No necesitáis mi aprobación. Pero una cosa sí te quiero pedir: por favor, no...

—¿Que no le rompa el corazón? —le interrumpo.

Él se ríe.

—No, no soy tan predecible. Iba a pedirte que no te olvides de cuidarte. Estás en un momento vulnerable, y me preocupa que una relación se te pueda hacer bola ahora que acabas de encontrar cierto equilibrio.

—Tranquilo, lo tengo todo bajo control.

—Me temo que no termino de creérmelo... —replica—. Es solo que no quiero que pierdas a la persona que más te ha ayudado durante todo este proceso.

—No voy a perderla por querer probar cosas con ella.

—El sexo anal no es la clave para enamorar a una chica, por mucho que te digan por ahí.

Aprieto la mandíbula para contener la frustración.

—Lo digo en serio. Quiero intentar ser mejor, por ella y por mí. Y no es solo sexo.

Connor se queda callado unos segundos antes de contestar.

—Las relaciones serias requieren esfuerzo. No puedes rendirte a la primera de cambio cuando las cosas se pongan difíciles.

—No me digas —replico con ironía—. Tranquilo, para consejos amorosos ya tengo a mi madre.

—Si lo que buscas es mi aprobación...

—No. Quiero asegurarme de que no le va a pasar nada malo si la relación se hace pública.

Él suelta una risita.

—Si me estás pidiendo que no despida a Elena, no te preocupes, que no lo haré. Siempre y cuando os comportéis como adultos profesionales en todo lo relacionado con McCoy, me da igual lo que hagáis.

—Tranqui, no mezclaré el trabajo con la vida personal —afirmo.

—¿Por qué tengo la sensación de que me voy a arrepentir de esto? —suspira Connor.

«Ya somos dos». Pero antes pretendo disfrutar de lo lindo.