Amor en pole position (Dirty Air 3) 29. Elena
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29. Elena

Elena

Apoyo las manos en el pecho de Jax, tratando de asimilar sus palabras.

Él me las envuelve con las suyas y las mantiene apretadas contra su torso. El corazón le late desbocado bajo mis palmas.

—Siento haber sido tan capullo contigo —murmura—. Joder, de verdad, siento haberte tratado así de mal. Siento haberme pasado con el alcohol, haberte buscado las cosquillas, haberte dicho cosas crueles... Te mereces algo mucho mejor que lo que yo te he dado.

—No quiero que nadie sienta que tiene que cuidarme por lo que me ha pasado. —Trato de alejarme de él, pero no me lo permite.

—No es por lo que te ha pasado. Es por cómo eres a pesar de lo que te ha pasado.

Sus palabras me estrujan el corazón y me dejan paralizada. No sé qué decir ni cómo sentirme ante este cambio de actitud por su parte. No le he contado mi historia para que se compadezca de mí. A decir verdad, ni siquiera sé qué me ha llevado a compartir esa parte tan oscura de mi vida con él.

Pero lo he hecho. Quería que me viera tal y como soy; no la fachada impecable que procuro mostrar a los demás, sino quién soy cuando se elimina todo lo superfluo y pasajero.

—Dame la oportunidad de hacerlo bien —murmura, acariciándome la mejilla con sus ásperos dedos.

No puedo por menos que asentir.

Él inclina la cabeza y me roza los labios con los suyos. Siento un cosquilleo ante el suave contacto y un ardor en el bajo vientre, pero aparto la cabeza para mirarlo a los ojos.

—¿Quieres ponerlo todo en peligro? ¿En serio?

—No estoy poniendo nada en peligro, solo estoy ganando.

Bueno, ¿qué puedo contestar a eso?

Jax me ahorra la respuesta pegando sus labios a los míos. El calor del vientre se me extiende por todo el cuerpo cuando me recorre el borde de la boca con la lengua. La misma lengua que me conquista, disipando cualquier tipo de duda sobre nuestra conexión.

Me rodea la cintura con una mano y coloca la otra en mi nuca. Nuestra respiración se vuelve errática mientras nos besamos con ansia, y nuestros dientes se chocan con las prisas.

Baja la mano hasta mi culo para pegarme por completo a su cuerpo. Gimo en su boca al sentir su erección contra el vientre. Él me mordisquea el labio inferior antes de apartarse.

—Te deseo tanto que no sé ni por dónde empezar —masculla.

Recorro sus pectorales con los dedos, sacándole un gruñido.

—Tengo una idea —susurro antes de cogerle por la nuca y atraerlo a mis labios. Nuestras bocas se chocan mientras derribo la última barrera mental que nos separaba.

Me invade el deseo mientras nos besamos hasta quedarnos sin aliento. Jax gime al despegar sus labios de los míos para recorrerme con la lengua la boca hinchada. Me agarra la mano y coge mi teléfono del atril del piano antes de arrastrarme por los pasillos y subir las escaleras hacia su dormitorio.

No hablo hasta que cierra la puerta de su habitación.

—Conque al final acabamos así —murmuro.

Él esboza una sonrisa pícara que me derrite.

—No. Nada de acabar, esto solo es el principio —replica.

Retrocedo hacia la cama mientras él deja mi móvil en la cómoda. Después se acerca lentamente hacia mí, como un depredador acechando a su presa, con una mirada que me consume por dentro. La luz tenue que entra por la ventana nos sirve para orientarnos.

Él coge el dobladillo de mi sudadera para quitármela, dejando a la vista mi sencillo sujetador de algodón, que ahora me da vergüenza de lo poco sexy que es.

Jax no aparta los ojos de mi pecho. Intento cruzarme de brazos para taparme un poco, pero no me lo permite. Me desabrocha el sujetador y lo lanza para atrás por encima de su hombro.

—No te pongas vergonzosa. Eres preciosa. —Agarra la cinturilla de mis leggings y me los baja despacio, provocándome un escalofrío con el cálido roce de sus dedos por mi piel.

Me quedo solo con las braguitas de lunares. Antes de que pueda comentar nada al respecto, Jax me levanta en volandas y me planta el trasero en la cama. Me abre las piernas y se coloca entre ellas.

Entonces me besa perezosamente mientras su mano explora la parte interna de mi muslo, hasta presionar con la palma la zona que más requiere su atención.

Me aferro a sus hombros cuando aparta la tela a un lado. Me pasa los dedos por la abertura antes de llegar al clítoris, y mi cuerpo da una sacudida al sentirlo ahí. Extiende el producto de mi excitación y se me escapa un gemido.

—Cómo te pone todo lo que te hago, ¿eh? —Se le iluminan los ojos antes de continuar con su lenta tortura en mi manojo de nervios.

Luego introduce un dedo en mi interior mientras posa los labios en la curva de mi cuello y susurra—: Me pregunto qué sonidos harás cuando te folle con la lengua.

¿Eres más de gemir, de gritar? ¿O eres de las calladas que todavía no han tenido un orgasmo que les vuele la cabeza?

—¿Un orgasmo que te vuela la cabeza? —me mofo contra su pecho.

Mi burla no es bien recibida, porque me empuja contra el colchón y de repente me veo envuelta por el calor de todo su cuerpo.

—Más te vale que esta sea la última vez que te ríes mientras te toco —me advierte, aplicando más presión con el pulgar en mi clítoris y robándome una exhalación con la boca.

Sus labios bajan hasta mi pezón. Tira de él con los dientes, causándome un intenso dolor que pronto se convierte en placer cuando empieza a lamer esa misma zona al ritmo al que me mete los dedos.

Mi espalda se arquea sobre el colchón cuando me chupa la sensible piel de alrededor del pecho. Se toma su tiempo en cada lugar en el que se detiene antes de continuar, y su destreza y su entrega me provocan otra oleada de placer.

Aparecen marcas rojas por todas las partes por donde pasa su boca. Mi impaciencia aumenta ante sus lentas acometidas, que no me llevan al límite.

—¿Vas a ser fiel a tu palabra o vas a seguir torturándonos a los dos? —logro pronunciar entre jadeos, rompiendo el silencio.

—Torturarte es mi pasatiempo favorito —replica con una sonrisa.

—No es gracioso.

—Pero te prometo que en la cama solo va a ser tortura del mejor tipo.

El corazón se me acelera al oír eso, latiéndome con fuerza contra el pecho cuando Jax sigue bajando, dejando un reguero de besos por mi vientre. El sonido de sus rodillas apoyándose en el suelo de madera me excita.

Me quita las braguitas antes de remplazar sus dedos con su lengua.

Su maldita lengua. La que hace que se me erice la piel de todo el cuerpo. Su boca me devora, dejándome sin aliento y muerta de ganas. Se me escapan unos cuantos gemidos desesperados, un sonido que nunca antes había oído de mi boca.

Jax me mete dos dedos al tiempo que me estimula el clítoris con la lengua. Veo las estrellas tras mis párpados. Un calor abrasador me baja por la columna y se expande por mi vientre.

Cuando acabo, pasa la lengua por mi sexo hasta el interior de mi muslo mientras me recupero del orgasmo.

El cuerpo me tiembla antes de que se centre en la piel de esa zona, dejando chupetones donde nadie más puede verlos.

Marcándome solo para su disfrute. Como si no necesitara que nadie más que él mismo supiera que he sido suya.

Jax me provoca de todo. Gemidos, jadeos, estremecimientos constantes ante su tortura. Se pone de pie mientras se relame sin apartar los ojos de los míos. Es una imagen totalmente erótica.

Me incorporo para quitarle la camiseta. Repaso con los dedos los tatuajes que le cubren el pecho, deseando poder verlos mejor.

Él cierra los ojos mientras paso por un rey de corazones que tiene cerca del hombro; solo que, en este diseño, no hay un imponente rey, sino un esqueleto en su lugar al lado de un corazón roto.

Se me cae el alma a los pies al interpretar el significado del tatuaje.

Jax es un hombre perdido que se ha impuesto a sí mismo una pena de aislamiento total. No confía en su futuro, no tiene esperanzas a pesar de lo bien que le ha ido hasta ahora en la vida. Alguien tiene que mostrarle lo que se está perdiendo antes de que siga por este camino de autodestrucción.

Y yo quiero demostrarle lo mucho que me importa. Puede que sienta que no se merece cariño ni alguien a su lado, pero yo pienso hacerle ver que se equivoca.

Le atraigo hacia mi cuerpo y nuestros labios se funden. Le hundo los dedos en el pelo, tirándole de los suaves mechones. Él se aprieta contra mí y yo me dejo caer hacia atrás, arrastrándole conmigo sin romper el beso.

Levanto las caderas hacia su erección, incitándole a girarse para cambiarnos el puesto y quedar yo encima de él. Me separo, incorporándome sobre su regazo, y Jax suelta un gruñido de protesta.

—Apóyate en el cabecero y agárrate a la estructura —le exijo, señalándole el espacio entre los barrotes de hierro.

—No eres quién para darme órdenes.

Pongo los ojos en blanco.

—Llevo toda la temporada haciéndolo —replico.

—Pues las cosas van a cambiar —dice con fuego en los ojos.

—Eso espero. —Le sonrío con timidez, confiando en que esas palabras se refieran a todos los aspectos de su vida.

Él hace lo que he pedido: se sienta con la espalda apoyada contra el cabecero y se agarra a la barra metálica. Ver todo su cuerpo tatuado a mi merced me pone muchísimo.

Se muerde el labio inferior mientras me pongo a cuatro patas encima de él. Le agarro la cinturilla de los pantalones de chándal y, cuando levanta las caderas, se los quito.

—Joder —murmuro.

Jax se ríe.

—Espero que no sea nada malo.

Trato de no mostrar el temor que me provoca su tamaño.

—No, para nada —contesto, pasando un dedo vacilante por su longitud. El miembro le late mientras repaso una vena que se le marca antes de coger la gotita de líquido preseminal que tiene en la punta.

—Dios... —Echa la cabeza para atrás.

Sonrío antes de medio tumbarme entre sus piernas abiertas y cambiar los dedos por mi lengua, recorriéndole de arriba abajo.

Jax empieza a jadear, animándome a seguir. Le envuelvo la punta con los labios y suelta un gemido cuando empiezo a chupar y a jugar con la lengua. El cuerpo se le tensa mientras yo continúo provocándole hasta llevarle al límite para luego parar y volver a lamerle despacio.

—Cuanto más juegues, peor será mi venganza.

Al oír eso, se me contrae el bajo vientre. Aprieto las piernas con fuerza intentando aliviar la intensidad del deseo, pero fracaso estrepitosamente. Vuelvo a metérmela en la boca, pero él se aparta y me empuja para tumbarme de espaldas.

—¿En serio? —me quejo.

—Ya es suficiente por esta noche. Si me voy a correr, quiero que sea dentro de ti, sintiendo cómo te contraes a mi alrededor. —Jax se baja de la cama y saca un envoltorio plateado del cajón de la mesita de noche.

—¿Un condón en la mesita de noche? ¿Tenías pensado triunfar en casa de tus padres?

—Estaba manifestando —contesta, poniéndose el preservativo a toda prisa.

¿Quién me iba a decir a mí que me molarían los tíos creídos?

Me agarra por los muslos y me arrastra al borde del colchón. Siento un cosquilleo en la espalda ante lo que está por venir.

—¿No decías que tu postura sexual favorita era a cuatro patas?

Él me recorre el sexo con la punta, preparándome.

—Siempre hay una próxima vez —contesta.

«Una próxima vez». Oírle decir eso hace que me dé un vuelco el corazón.

Me levanta las piernas, se las coloca sobre los hombros y, con un movimiento ágil, me penetra. Se me escapa un siseo ante la repentina intrusión. Sin avisar. Sin besos tiernos. Solo pura dominación mientras me hunde los dedos en las caderas, marcándome la piel.

Dios, me encanta. Me gusta cómo cierra los ojos, una imagen de puro gozo y de algo más que no sé interpretar. Cuando los abre, sin moverse ni un centímetro, me mira fijamente, como si pudiera leerme.

Siento un torrente de emociones. Me incorporo sobre los codos para darle un beso suave en los labios y preguntarle:

—¿Estás bien?

—Sí, solo un poco abrumado.

No pregunto por qué, y él no se molesta en explicarse. Se inclina hacia mí para dejarme un reguero de besos por la mandíbula hasta llegar a mi cuello. Y entonces vuelve a moverse. Sus embestidas son cada vez más erráticas mientras yo intento seguir su ritmo con el cuerpo.

Me encanta sentirle. Sentirme llena de él, sentir su fuerza, sentir la presión en aumento en mi interior.

Me pone las manos en el trasero, me alza un poco y ajusta el ángulo para darme en el lugar exacto que hace que se me corte la respiración con cada acometida. Siento un calor cada vez mayor subiéndome por la columna cuando el orgasmo se apodera de mi mente y de mi cuerpo.

Mi explosión enardece a Jax, que pierde el control y me agarra las nalgas con tanta fuerza que me duele. Me aferro al edredón para no moverme mientras él sigue embistiéndome como un loco.

Su miembro me roza una vez más el punto G y hace que vuelva a sentir como si me saliera de mí misma.

—¡Joder! —El cuerpo de Jax se sacude, pero sus caderas no paran de arremeter contra mí.

Baja el ritmo poco a poco mientras recupera el aliento.

Me baja las piernas de sus hombros antes de desplomarse encima de mí, escondiendo la cabeza en mi cuello—.

Elena... ¿qué coño voy a hacer ahora contigo?

—Me da un beso tiernísimo en el punto donde se me nota el pulso acelerado.

—Algo se nos ocurrirá —contesto.

Él suelta una carcajada ronca que me llena el pecho de una calidez a la que no quiero renunciar. Quiero verle reír así todos los días hasta que se acostumbre a la felicidad y el optimismo.

Y no me importaría ser yo la causante de esa alegría.