Amor en pole position (Dirty Air 3) 28. Jax
58%

28. Jax

Jax

No puedo apartar la vista de Elena, que no para de sonreír a pesar de que el pelo empapado se le pega a la cara.

No debería parecerme tan atractiva en este momento, ya que se parece más a un gato mojado que a una persona.

Caleb y ella bailan bajo la lluvia, riéndose mientras un trueno hace temblar la ventana que tengo al lado.

Su sonrisa me deja sin respiración. Quiero arrebatársela al chaval, conquistar sus labios, sus sonrisas y todo lo demás.

Elena suelta una carcajada mirando al cielo oscuro cuando Caleb la hace girar de nuevo. Ignoran todo lo que les rodea y se centran en bailar fatal los dos juntos en medio de la tormenta.

Algo hace clic dentro de mí. Quiero pasar más tiempo con ella. Quiero más momentos furtivos y más besos apasionados. Quiero verla frustrada por no acabar sus puzles e ir a ayudarla en silencio.

Mantenerme lejos de Elena es una tarea imposible, por mucho que me esfuerce.

No solo por nuestra innegable química; sería estúpido fingir que no hay algo en ella que me cautiva, aunque esta guerra interna entre mi cordura y mis deseos me traiga de cabeza.

Quiero ser diferente, cambiar el rumbo de mi vida por ella.

Pero, sobre todo, quiero ser normal con ella.

No se trata solo de atracción, es algo más profundo. Algo que ya no puedo pasar por alto.

Quiero estar con Elena, y me he cansado de fingir que no.

Después de una hora de dar vueltas sin parar en la cama, me levanto para ir a la cocina a por un vaso de agua.

El suave sonido del piano me conduce al salón. Mi madre ya casi nunca lo toca, y me encantaría pillarla jugueteando con las teclas al lado de mi padre como cuando era pequeño. En cambio, me sorprendo al ver a Elena en la penumbra.

Está sola, sentada en la banqueta de espaldas a mí. Reconozco la melodía de River Flows in You , de Yiruma, pero noto algo raro en el sonido.

Se pasa la manga por la cara y se sorbe la nariz.

Doy un paso vacilante hacia ella.

—No sabía que tocabas el piano.

Ella se sobresalta. Salvo la distancia que nos separa y veo que tiene el móvil colocado en el atril, con la canción puesta en YouTube.

—¿Por qué te sientas al piano si no vas a tocar? —pregunto, haciéndole un gesto para que me deje sentarme a su lado.

Elena sonríe levemente.

—No sé tocar.

Me siento tentado de indagar en la causa de sus lágrimas, pero cambio de idea cuando veo que gira la cara para limpiarse las mejillas con la manga de la sudadera.

—¿Y por qué esta canción?

—A mi madre le encantaba. Ella sí tocaba, pero no logró convencerme de probarlo porque yo prefería centrarme en el ballet en lugar de que me enseñara por las tardes. Ahora desearía haberle hecho caso.

No se me pasa por alto su uso del pasado. En vez de sonsacarle más información, pongo el vídeo en pausa. Acaricio las teclas con los dedos antes de empezar la canción desde el principio.

Ella abre mucho los ojos.

—¿Sabes tocarla?

Asiento.

—Es un clásico.

Elena se reacomoda para verme tocar mejor. Me detengo un instante a contemplar su rostro marcado por el llanto. Verla tan triste me hace contraer el gesto. Cuando vuelven a caerle un par de lágrimas por las mejillas, regreso a las teclas para darle algo de privacidad.

La melodía nos envuelve mientras le toco la canción. Cuando llego al segundo estribillo, le doy más fuerza, añadiendo algunas notas de mi propia cosecha. Mis dedos revolotean sobre las teclas mientras ella me observa.

Normalmente solo toco para mi madre, pero hacerlo para Elena me llena de energía. No quiero que se acabe este momento, quiero seguir intentando animarla. Borrar el sufrimiento de su rostro aunque solo sea unos minutos.

Cuando la canción se acaba, hace el amago de levantarse, pero yo la agarro por la muñeca.

—Espera. Una más.

Se sienta de nuevo, asombrada. Me invade la emoción cuando comienzo a tocar las primeras notas de una canción de Cole Griffin.

Se le ilumina la cara al reconocer la melodía.

—Sinceramente, no sé si estoy soñando ahora mismo. ¿Me pellizcas?

Paro de tocar y le doy un tirón de pelo.

—¿Suelo aparecer en tus sueños?

—Vale, no es un sueño. —Sus hombros se agitan mientras intenta esconder una risa.

Me centro en las teclas y le toco una canción que me recuerda a la esperanza que ella me hace sentir. Esa motivación que me inspira para querer ser mejor.

Mejor para ella. Mejor para mí.

Somos una mezcla explosiva pero imparable. Mi contención ha llegado a su límite, como una goma elástica a punto de romperse.

Elena coloca una mano sobre la mía cuando termino de tocar la canción y me dice:

—Gracias. —Una nueva lágrima le recorre la mejilla.

Odio sus lágrimas. Antes de que tenga ocasión de marcharse, se las seco con mi otra mano.

—¿Por qué lloras? ¿Y qué puedo hacer para que pares?

Me mira con los ojos empañados.

—Escucharte tocar esa canción que tanto le gustaba me ha traído muchos recuerdos bonitos. La segunda ha sido un regalo inesperado.

—¿Qué sientes? —pregunto con la voz ronca.

—De todo. Alegría, dolor, agradecimiento... Tengo tantas cosas en la cabeza que no soy capaz de procesarlas todas. Pero, sobre todo, la echo de menos.

—¿Entiendo que perdiste a tu madre?

Ella se sorbe los mocos.

—Sí. Cuando tenía doce años.

—Joder. Lo siento mucho. —La sola idea de vivir el resto de mi vida sin mi madre me da ansiedad; no puedo ni imaginarme cómo es haber crecido sin una.

—La perdí a ella y a mi padre el mismo día. —Se detiene unos segundos, con la mirada fija en las teclas—. Los asesinaron —confiesa, soltando una exhalación temblorosa.

Le cojo la mano trémula y le aprieto los dedos con firmeza para que sepa que estoy aquí con ella.

—Qué horror.

—Yo estaba ahí cuando ocurrió.

Hostia puta. No sé ni qué decir. Me duele todo de pensar en que una niña tenga que pasar por ese tipo de experiencia traumática.

—Fue la peor noche de mi vida —prosigue—. Estaba leyendo en el armario, escondida por si mis padres venían a ver si estaba dormida antes de acostarse. Pero entonces les oí gritar, y luego sonaron unos disparos. Y después silencio, solo silencio.

—No tienes por qué seguir hablando si no quieres.

—No, lo necesito. —Inspira hondo—. Los hombres trataron de encontrarme, pero estaba bien escondida detrás de la ropa y algunas cajas. Cuando estuve segura de que se habían marchado, bajé las escaleras y ahí estaban. —Aparta su mano de la mía y se cubre la cara para ocultar su angustia.

El sollozo que se le escapa me rompe el corazón, y me siento totalmente impotente mientras se desmorona. Nada de lo que diga podrá aliviar un dolor así.

—Por eso no duermo a oscuras. Tengo pesadillas —explica—. En algunas, los hombres me encuentran y me matan después de asesinar a mis padres. En otras, les disparan delante de mis ojos sin que yo pueda hacer nada por detenerlos.

Me pongo de pie y levanto a Elena conmigo para estrecharla con fuerza contra mi pecho. Necesito tenerla cerca.

—Conseguiremos que esas pesadillas desaparezcan, ya lo verás. Nadie se va a atrever a volver a hacerte daño.

Elena se merece tener a alguien a su lado dispuesto a protegerla. Por cómo me mira, me siento tentado de ocupar yo ese puesto. Pero no soy ningún héroe.

Y eso es lo que más me duele de todo.