27. Elena
Elena
Vaya, que ha demostrado ser absolutamente irresistible.
Después de la cena, Jax llama a su tatuador de confianza para que abra el estudio mientras yo me pongo en contacto con la madre de Caleb para ver si está de acuerdo con su decisión. Al poco rato me manda una copia escaneada de su consentimiento firmado.
Se le ve... feliz. Feliz de verdad, como nunca lo había visto. No sé si es que estar en Londres le calma o si se trata más bien de haberse alejado de la presión y el estrés de la competición.
Una parte de mí espera que todo salte por los aires en algún momento. Pero una parte más grande (y más estúpida y esperanzada) se pregunta si seguirá así el resto de la temporada.
Dios, espero que sí. Esta versión de Jax me gusta más cada día que pasa.
El coche se detiene delante de una fachada con aspecto moderno, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Estás preparada? —Caleb me ofrece su mano después de bajarse del coche.
—No sé si esto es una buena idea... —Le cojo la mano.
—Las mejores ideas no suelen parecerlo. —Me da un beso en el dorso antes de soltarme.
En serio, no sé de dónde ha sacado sus trucos para ligar, pero cada vez es más exagerado. Me hace muchísima gracia.
Entramos en un local muy chic que jamás pensaría que es un negocio de tatuajes. Sobre nuestras cabezas, una lámpara moderna ilumina la acogedora sala de espera.
—Este sitio es una pasada —le susurro a Jax. Aprovecho que me he inclinado hacia él para observar cómo la camisa negra se le pega a los brazos, resaltando los músculos a los que me aferraba el otro día. Los mismos que me encantaría recorrer con la lengua.
Él me levanta la barbilla con los dedos y me guiña un ojo. «Pillada».
Las mejillas se me sonrojan antes de girarme hacia la curiosa pared que tenemos a nuestra izquierda.
—Todo lo que ves son diseños de Alan —explica Jax—. Si te fijas bien, puede que encuentres un par de tatuajes míos.
—¡No fastidies! Qué guay. —Observo los distintos dibujos mientras Caleb y Jax rellenan el papeleo.
Me pierdo en las ilustraciones; me encanta la mezcla de colores y de estilos artísticos del dueño del local. Paso los dedos por una serpiente que me resulta familiar.
—¡He encontrado uno! —exclamo.
—Cuando la veo así, de frente, da más mal rollo —comenta Jax, acercándose a mi vera. Noto el calor que desprende su cuerpo.
Le cojo la mano sin pensar.
—No, lo que hace que dé mal rollo es que esté entre huesos de esqueleto.
Se queda mirando nuestras manos.
—¿Por qué? —pregunta.
—Es... macabro.
Sus labios se curvan hacia abajo.
—Me lo hice en honor a mi padre.
«Y ahora me siento como la mierda».
—No pretendía...
Esboza una leve sonrisa.
—Es coña, no me ha molestado. Como bien dijo Caleb, el Rey Cobra era el mejor en su día. Es un pequeño homenaje a él.
—¿Y los huesos? —me intereso.
Los dedos de Jax se entrelazan con los míos.
—Bueno, eso es más un tema de ser guay. No lo entenderías.
—Precisamente tú no necesitas ningún tatuaje para demostrar lo guay que eres.
Me mira ladeando la cabeza.
—¿Eso ha sido un cumplido?
Pongo los ojos en blanco sin dejar de sonreír y replico:
—No te acostumbres.
—¡Jax, deja de ligar con mi cita! ¡Vamos! —Caleb nos hace un gesto desde el pasillo del fondo.
Jax parece a punto de decir algo, pero le tiro de la mano. Seguimos a Caleb a la trastienda, donde Alan, el tatuador, dispone sus utensilios.
El chico se sienta en el sillón y Alan empieza a prepararle la piel. Jax y yo nos sentamos juntos en el atestado lugar. Mi cuerpo reacciona al instante a su proximidad al notar su pierna pegada a la mía.
El deseo hace que se me encoja el estómago cuando entrelaza sus dedos con los míos de nuevo. Me acaricia con el pulgar los delicados huesos de la mano, haciendo que se me ponga la piel de gallina.
—¿De verdad quieres hacerte eso, tío? —pregunta Jax echándole un vistazo al boceto del tatuaje de Caleb.
— Sip .
Él le hace un gesto afirmativo con la cabeza a Alan, reprimiendo una sonrisa, y le dice:
—Pues dale al chaval lo que quiere.
Caleb aguanta el dolor como un campeón, bromeando con Alan mientras le perfila las letras. El proceso es bastante corto. Nuestro nuevo amigo presume del tatuaje que se ha hecho en la parte interna del brazo, cerca de donde normalmente te sacan sangre.
Le paso suavemente el dedo por la piel enrojecida para no hacerle daño.
—«Sin lluvia, no hay flores». Interesante elección para una persona de tu edad.
—Es la frase favorita de mi madre.
—¿Y el lugar?
—Me pareció que estaría guay tener algo que me diera fuerzas durante la siguiente sesión de quimio.
La respuesta de Caleb hace que se me nuble la vista. Él me dedica una sonrisa insegura.
—No llores por mí, bonita. Es lo que hay.
—Oye, no la llames como yo. —Jax me rodea los hombros con el brazo, atrayéndome hacia él.
Ese simple gesto de posesividad por su parte me pone el corazón a mil.
—Pues ya estaría —dice Alan, al tiempo que recoge los utensilios.
—Espera —suelto—. Yo también quiero un tatuaje.
—¿Un tatuaje? ¿Tú? —pregunta Jax, desconcertado.
—¿Tan difícil es de creer?
—La verdad, sí —interviene Caleb.
Suelto una risa irónica antes de girarme hacia Alan y decir:
—Uno pequeño.
Jax me mira alzando una ceja.
—¿Estás segura de esto?
—Sí.
Se encoge de hombros y va a sentarse con Caleb al otro lado de la sala. Agradezco que no me haga más preguntas, porque no quiero perder los nervios aquí.
Le enseño a Alan el diseño que quiero y dónde lo quiero. Puede que desde fuera parezca algo tonto e infantil, pero para mí simboliza todo en lo que me quiero convertir al tiempo que me ayuda a abrazar mis partes rotas.
Alan me mira unos segundos y después saca su iPad y esboza el dibujo, haciéndolo casi idéntico a la foto que le he enseñado.
—Perfecto.
—¿Y lo quieres aquí, dices? —Señala el lado de mi dedo corazón, donde sigo teniendo la fea cicatriz de hace tantos años.
—Eso es. —Estiro la mano y él se pone a pasar el dibujo al papel de calco.
Después de prepararme la piel, enciende la máquina, y el zumbido resuena por toda la estancia. Me estremezco cuando la aguja me toca la piel; exhalo abruptamente ante el inesperado dolor.
Alan frunce el ceño y murmura:
—Lo siento. Va a doler un poco.
—Caleb no ha ni pestañeado. ¿Cómo es posible?
—Me pinchan todo el rato con agujas —contesta el aludido, encogiéndose de hombros.
Jax le da un apretón en un gesto supertierno. Ver cómo mira a Caleb hace que por un momento se me olvide el dolor.
—Por eso eres el tío más fuerte que he conocido —le dice.
Caleb se ríe como si le hubieran contado un chiste buenísimo. Como Jax no se ríe con él, junta las cejas y pregunta con voz confundida:
—Ah, ¿que lo dices en serio?
—Claro que sí. Cualquier persona que haya pasado por la mierda que has pasado tú y siga manteniendo la sonrisa día tras día es un máquina a mi juicio.
—Hala, vas a hacer que me emocione y todo. —Se ajusta las gafas.
Jax niega con la cabeza.
—Lo digo de verdad. En algunas cosas te admiro mucho.
Siento que el corazón está a punto de explotarme.
No me esperaba que la visita del chaval fuera a marcar tanto a Jax, pero agradezco que haya podido conectar con alguien que lidia con su propio infierno día sí, día también.
Caleb sigue adelante con fortaleza y optimismo, y eso es algo de lo que Jax puede aprender mucho.
—Bueno, eh... Gracias. —El chico se sonroja y baja la vista a su nuevo tatuaje.
Jax arrastra la silla a mi lado y me coge la mano que tengo libre.
—Los tatuajes en los dedos duelen más. Apriétame cuando te duela mucho. Ya verás, se te va a pasar volando.
Mi mente se centra en el contacto con su piel en lugar de en el escozor.
—Madre mía. ¿Cómo has podido llenarte el cuerpo de tatuajes?
—El dolor es temporal —dice con una sonrisa tensa.
Alan retoma su tarea. Yo me agarro a la mano de Jax como si me fuera la vida en ello, concentrándome en las calmantes caricias de su pulgar. Caleb charla con el tatuador mientras yo sigo absorta en Jax.
Le miro a los ojos y le pillo observándome. Resisto el impulso de apartar la vista y me dejo llevar por el momento. Los ojos se le oscurecen mientras me recorren el cuerpo, deteniéndose unos segundos en mi pecho antes de volver a encontrarse con los míos.
Punto para mí por haber elegido el vestido verde para esta noche. La forma en que me mira hace que haya merecido la pena ponerme sujetador sin tirantes.
—Joder, es que eres increíble. Preciosa tanto por dentro como por fuera, por muy cursi que suene. —Se lleva mi mano a la cara y posa suavemente los labios en el dorso.
El cuerpo me arde con deseo, ignorando ya por completo la aguja que me aguijonea la piel.
Arrugo la nariz en un fingido gesto de repulsión.
—¿Quién me iba a decir que eras un negado para ligar?
—Eso es porque no suele tener que esforzarse; las mujeres se le tiran encima. Tú pónselo difícil —dice Caleb por encima del zumbido de la máquina.
—¿Este crío no sabe callarse la boca? —farfulla Jax.
— Nop . Empecé a hablar con un año y no he parado. Mi madre siempre me amenaza con comprarme un bozal.
Alan me da luz verde para levantarme, poniendo fin al momento.
—Nunca me habían pedido nada de esa película —comenta.
Se me empaña la vista al contemplar la insignia del sinsajo que me cubre la cicatriz de la noche en que mis padres murieron. Trato de ocultar mis emociones, pero Jax me coge la mano y examina el delicado tatuaje.
—Interesante elección para un primer tatuaje —comenta.
—Entiendo que te encanta Katniss Everdeen, ¿no? —Caleb me empuja el hombro con el suyo.
—Hm. —No sé si diría eso. Pero no puedo ignorar la conexión que tengo con la historia, puesto que es uno de los últimos recuerdos que albergo de mi padre.
—¿Tú quieres algo? —pregunta Alan señalando con la aguja a Jax, que niega con la cabeza.
—No, estoy bien por hoy.
Jax no me deja pagarme el tatuaje. Se hace cargo de todos los gastos y nos guía a la salida. Nos quedamos todos quietos, contemplando el aguacero, sin ver la limusina por ninguna parte.
—Mierda. Voy a ver dónde está el chófer. —Jax saca el móvil y vuelve dentro, dejándonos bajo la marquesina del local.
—Oye, Caleb, ¿alguna vez has bailado bajo la lluvia?
Él sacude la cabeza.
—No.
—¿Pasa algo si te mojas un poco?
—Me gusta cómo piensas. Además, nunca digo que no a una señorita —contesta con una sonrisa de oreja a oreja.
Le cojo la mano y le arrastro al temporal. Las gotas nos salpican en la piel mientras empieza a sonar una canción cualquiera que he puesto en el móvil. Caleb me hace girar sobre mí misma.
¿Es una imprudencia que el chico se la juegue de esta manera? Sí.
¿Merece la pena por darle su propio momento digno de bola de nieve? Sin duda.