26. Jax
Jax
—¿Este es Caleb? Parece...
Elena alza una ceja, tentándome a terminar la frase.
—Muy puro —digo entonces.
Durante el tiempo que me he estado mensajeando con Caleb, no sonaba para nada inocente. Pero me basta con verlo para que la idea que me había hecho de él salte por los aires.
No termino de entender que un chaval esmirriado, con pajarita, bermudas y náuticos pueda ser uno de mis mayores fans. Su calva resplandece bajo el sol mientras se despide del chófer que le ha traído.
—No juzgues un libro por su portada —murmura Elena.
—Con las guarradas que lees, claro que lo hago.
—Son novelas románticas —dice riéndose.
Me encantaría besarle ese cuello. Desde que nos liamos ayer en mi habitación, no puedo sacármela de la cabeza. Besar a Elena es jodidamente erótico. Quiero hacerlo otra vez, en otras circunstancias, a ser posible sin ropa.
No me basta con haberla probado. Quiero tenerla entera para mí, que grite mi nombre mientras la embisto en un intento desesperado por hacerla mía de todas las maneras posibles.
Dejo a un lado la lujuria para centrarme en el chaval que está subiendo las escaleras de mi casa.
—Caleb, bienvenido. Mis padres están deseando conocerte.
—¡De puta madre! —exclama—. ¡Vaya casoplón! ¡Y tú, qué pasada! El mismísimo Jax Kingston en persona. ¡Joder! —Se ajusta las gafas de carey subiéndoselas al puente de la nariz.
—Con lo inocente que parece, vaya lengua maneja. Hombres... —me susurra Elena.
—No esperaba menos de un fan mío. —Le guiño un ojo y le cojo a Caleb la bolsa de ropa para el fin de semana.
Entramos en la casa y les presento a mis padres a nuestro invitado.
—Sí, hombre. ¡No me habían dicho que podría conocer al Rey Cobra también! —La voz del chico resuena en las paredes del vestíbulo.
Mi padre se ríe mientras alarga la mano para que Caleb se la estreche.
—Hace mucho tiempo que no oía ese mote, la verdad —comenta.
—Por favor. Eres uno de los mejores boxeadores de la historia. He visto varias peleas tuyas que mi padre tiene grabadas en VHS.
—Bueno, creo que acabas de hacerme veinte años más viejo ya solo con esa frase —bromea mi padre antes de hacerse a un lado para que mi madre salude al chaval.
—Es un placer tenerte en nuestra casa. Cuando Elena nos contó que querías pasar tiempo con Jax, supimos que teníamos que invitarte a venir. Cualquier cosa por su mayor fan.
—La mejor decisión de mi puta vida —suelta Caleb, chocándole los cinco a Elena.
Ella arruga la nariz, y yo no puedo evitar reírme.
—Pues ya verás mañana. Elena ha organizado un montón de cosas guais para que hagamos juntos.
—¡Bien! —El chaval alza el puño.
Mis padres se pasan la cena entera haciéndole preguntas. Por lo visto es un granujilla que ha intentado un par de veces escapar de la habitación del hospital.
Me parece que nos vamos a llevar bien.
Caleb posee muchas virtudes que me parecen apropiadas.
Es un bromista y domina el sarcasmo a la perfección. Sus aficiones son ver mis carreras, buscar música nueva en internet y ligar con las enfermeras. En otras palabras, mi tipo de colega.
El chaval tiene energía por un tubo. Quiere seguir haciendo cosas después de haber venido conmigo a una reunión de McCoy y a un evento con patrocinadores.
Elena dice que está así por la emoción de pasar tiempo con su ídolo.
Yo. Un ídolo. Que Dios nos ampare.
—Aquí tienes tu casco. —Le doy a Caleb la equipación de seguridad mientras él admira con la boca abierta el antiguo coche de Fórmula 1. Los mecánicos nos han dejado solos en la pista, volviendo al garaje para darnos instrucciones por radio cuando estemos preparados para la carrera.
—¿De verdad vamos a pilotar estos coches? No me lo puedo creer.
Yo me río.
—Ya te dije que Elena había preparado cosas divertidas.
—Hostia puta, voy a tener que besarla en los morros.
Alzo una ceja.
—Te doy la oportunidad de pensártelo dos veces.
El chico se sonroja. Por lo visto mi nuevo colega se ha enamorado.
—¿Qué rollo os traéis vosotros? ¿Estáis juntos?
—No.
—Pero ¿folláis?
—No. —Pongo los ojos en blanco.
—¿Os liais?
—¿A qué viene este interrogatorio? —Me meto las manos en los bolsillos del mono de carreras y me apoyo en mi coche.
Caleb esboza una sonrisilla.
—Conque os liais, ¿eh? Qué pasada. —Me ofrece el puño para que se lo choque.
Le sigo el juego con la esperanza de que así deje de hablar de Elena.
—¿Y cuándo vais a pasar de los besos a algo más? —insiste.
Para eso ha servido mi intento de satisfacer su curiosidad.
—Igual deberíamos ir a la sala de prensa en lugar de al circuito. Con la cantidad de preguntas que haces, tal vez te resulte más divertido.
Caleb se mofa mientras se pone el casco.
—No te pongas así, anda, solo es que me da curiosidad.
—Menos curiosidad y más adrenalina, por favor.
—Créeme, el corazón me late en el pecho a un ritmo que a mi médico no le haría mucha gracia.
Se me borra la sonrisa.
—¿En serio? Quizá no deberíamos hacer esto...
Él le quita importancia con un gesto de la mano enguantada.
—No fastidies. ¡Llevo años esperando este día!
—¿De verdad?
—Sí —contesta—. El cáncer es una mierda, pero al menos la fundación Make-A-Wish hace que no sea tan horrible.
—Lo siento mucho, tío. Se nota que eres un buen chico que no se merece esto para nada. —Como suele ocurrir con las mejores personas; es una lección que he aprendido una y otra vez.
—Gracias. Pero tampoco es que odie mi vida ni nada; al fin y al cabo, te he conocido. Por mí, al cáncer le pueden dar por el culo.
Le dedico una leve sonrisa.
—¿Cuál es tu secreto para estar siempre de tan buen humor?
—Nadie me asegura que esté vivo mañana, así que más me vale disfrutar como un cabrón del presente.
No puedo contener la carcajada estentórea que se me escapa. Es difícil no admirar a alguien como Caleb, que no deja que su enfermedad le defina. Quiero aprender a ser más como él. Quizá si fuera tan valiente no sería un despojo comido por la ansiedad y con miedo a lo desconocido.
—Admiro mucho a las personas como mi madre y como tú que no perdéis la sonrisa pase lo que pase —murmuro.
—¿Tu madre? ¿Ella también tiene cáncer? —Se queda boquiabierto.
«Mierda. Qué cagada».
—No. Venga, vamos ya. —Señalo el coche de Caleb para instarle a seguir con lo que tenemos entre manos.
Pero él me ignora.
—¿Qué le pasa a tu madre? Puedes confiar en mí. Preferiría pasar por otra ronda de quimio antes que revelar tus secretos.
—No es una cuestión de confianza...
No. Más bien es que no quiero que una persona que ha pasado por un infierno y aun así sigue sonriendo me juzgue por no haberme hecho las pruebas. No puedo mirar a Caleb sin ser consciente de mi cobardía.
—Ya, pero quiero que lo sepas de todos modos. ¿Al menos me puedes decir si se encuentra bien?
Suspiro. Por cómo frunce los labios y entrecierra los ojos, me queda claro que no va a dejar el tema por mucho que lo quiera.
—Mi madre tiene la enfermedad de Huntington. No es como el cáncer, pero también tiene un pronóstico bastante malo.
—Lo siento mucho, tío. —Me pone la mano en el hombro—. No será cáncer, pero es otro infierno más. Todas las enfermedades terminales son igual de duras.
Si sabe algo de la posibilidad que existe de que yo también la tenga, no dice nada. Y yo se lo agradezco.
Siento que compartir esta parte de mí con Caleb es un avance.
Bueno, en general pasar el fin de semana con él me ha servido para poner en cuestión algunos pensamientos y creencias que tenía sobre vivir con una enfermedad terminal.
Su forma de ver la vida, a pesar del cáncer, hace que mi ansiedad parezca injustificada.
Quiero ser valiente como él. ¿Podría ser que conocerle y descubrir esta otra manera de ver la vida haya sido cosa del destino?
A lo mejor el destino no es tan cabrón y despiadado como me lo imaginaba.
—Venga, Elena, dime qué tendría que hacer para tener una cita contigo. —Caleb se sienta a su lado en el sofá del salón.
Me entra un arrebato de posesividad y farfullo:
—¿Aparte de ser mayor de edad?
—Anda ya. La edad es solo un número —replica.
Alzo una ceja.
—Eso es lo que dicen todos antes de entrar en la cárcel.
Elena disimula su risa cubriéndose la boca con la mano.
—¿Y una cena? —insiste él, subiendo y bajando las cejas en un gesto pícaro.
Ella niega con la cabeza.
—Te sacaremos los dos a cenar —suelto yo.
Caleb se me queda mirando con los ojos amusgados, claramente descontento.
—¿Los dos?
—Sí, tú y yo la invitaremos a cenar.
—Tío, ¿en serio? Vaya forma de chafarme el plan.
—¿Qué prefieres, eso o que te rechace?
Él se encoge de hombros, cediendo.
—Vale, tú ganas. Elena, ponte tu mejor vestido y las joyas buenas.
—Por lo general, para tener una cita, la otra persona tiene que aceptar. —Miro a Elena, retándola a decir que no.
Caleb se pone de rodillas delante de ella.
—Por favor, Elena González de Ciudad de México, ¿me concederías el lujo de sacarte a cenar? A ser posible a cuenta de Kingston, que estoy pelado después de gastarme la paga mensual en comprarme un par de zapatillas de edición limitada.
Ella se ríe cuando Caleb le coge la mano y se la besa.
—Claro, por ti lo que sea.
Ya podría el chaval marcharse por ahí mientras yo la llevo a cenar los dos solos. Como la probabilidad de que acepte una cita conmigo es nula, me quito la idea de la cabeza.
Se me da bien privarme de lo que deseo, y Elena es lo que más deseo. Justo por eso estoy tan jodidamente rayado.
Caleb no iba en broma cuando nos ha pedido que nos pusiéramos elegantes. Él mismo aparece una hora más tarde vestido con traje y pajarita.
Me lo quedo mirando con incredulidad.
—¿En serio te has traído eso en la bolsa de viaje?
—Claro. Un caballero nunca sabe cuándo va a necesitar un traje.
—¿Estás seguro de que eres de este siglo?
Un sonido de tacones hace que nos giremos y miremos a las escaleras.
Elena está arriba, tirándose del borde de su vestido verde. Baja los escalones con la tela ciñéndose a sus curvas de una forma que hace que se me despierte la entrepierna, se me haga la boca agua y sienta que daría cualquier cosa por follármela.
Toso y le doy un codazo a Caleb.
—Dile que está muy guapa —le susurro.
Él pone los ojos en blanco.
—Novato... Mira y aprende. —Rodea el sofá y saca un ramo de rosas.
El mocoso este está intentando ganarme la partida. Aunque me fastidia un poco ver cómo se le iluminan los ojos a Elena al ver las flores, reconozco que Caleb se lo ha currado. Está claro que tengo que ponerme las pilas.
—Ay, qué detalle, muchas gracias. —Ella inspira el aroma de las rosas antes de dedicarle una sonrisa deslumbrante.
Vale, admito que el chaval sabe lo que se hace.
Los ojos marrón claro de Elena se encuentran con los míos. Brillantes y preciosos, con un punto de picardía. Mi tipo de chica.
Caleb saca un reloj de bolsillo antiguo y dice:
—Será mejor que vayamos tirando. La reserva es a las ocho. —Le ofrece el codo a Elena y ella se echa a reír.
Elena me contagia su alegría y, poco a poco, sortea la barrera protectora que con tanto celo he levantado; solo que esta vez no puedo decir que lo lamente.
El chófer nos deja en un restaurante caro que haría a cualquier hombre adulto llorar nada más ver la cuenta.
No es que piense que a Elena le gusten este tipo de cosas, pero Caleb me dijo que nunca había probado un bistec de cincuenta dólares.
Me niego a dejar que el chaval se vaya sin haber probado lo mejor de lo mejor.
Una camarera nos acompaña a una mesa apartada, con más privacidad. Caleb le retira la silla a Elena antes de excusarse para ir al lavabo.
—Esto es un poco excesivo, ¿no te parece? —comenta ella, mirándome por encima de la carta.
Me quedo embobado mirando cómo la llama de la vela hace que le brillen los ojos.
—Supongo que sí, pero le hace ilusión. No te chives a su madre, pero tengo pensado dejarle beber un poco de vino.
Se le escapa una risita.
—Eres de lo que no hay.
—Dice la chica que ha removido cielo y tierra para que tenga el mejor fin de semana de su vida. Solo intento estar a la altura.
—Pero si tú has organizado una fiesta de graduación falsa en un par de semanas para él y sus amigos porque no pueden asistir a una de verdad. Soy yo la que no está a la altura.
—Y, aun así, probablemente considere esta cita su momento favorito. Se ha aprovechado de ti a base de bien.
Las mejillas se le tornan de un precioso color rosa.
—Si le hace feliz, adelante.
—Eres demasiado buena.
Ella ladea la cabeza, curiosa, pero Caleb nos interrumpe.
—¿Qué hay que hacer para conseguir una bebida aquí?
Elena se ríe. Pedimos los entrantes y yo, fiel a mi palabra, pido una copa extra para echarle un poco de vino a Caleb de vez en cuando. La comida no tarda en llegar.
—¿El bistec está tan bueno como te esperabas?
—No sé si podré volver a tragarme la comida del hospital —contesta él, cerrando los ojos para saborear otro trozo.
—¿Y a ti te gusta? —le pregunto a Elena para llamar su atención. Me estoy convirtiendo en un idiota dependiente, y no sé cómo parar. Por favor, que alguien me ayude.
—No soy muy de restaurantes sofisticados, pero este sin duda hace honor a su fama. —Se mete el tenedor en la boca y cierra los ojos batiendo las pestañas.
No me cuesta imaginármela haciendo el mismo gesto al rodearme el miembro con los labios. Reverente y seductora mientras se la mete hasta estar al borde de la arcada.
Me obligo a apartar la vista y me reacomodo los pantalones.
—Me alegra oír eso. Aunque yo hago un bistec cojonudo en la parrilla... Si no sale bien lo de la Fórmula 1, siempre puedo intentarlo por ahí.
—¿Sabes cocinar? —Caleb se apoya en el respaldo de la silla.
—Claro. Cuando era pequeño, me gustaba pasar el rato con Jackie en la cocina. Ella me enseñó todo lo que sé.
—Guau. —Elena se me queda mirando.
—¿Y tú qué cosas ricas sabes hacer? —le pregunta el chaval a Elena—. No dejes que Jax te gane en esto.
—Sobre todo platos mexicanos que probablemente no conozcas.
—Si dices guacamole, puede que no te deje escapar.
Elena se ríe.
—Y totopos caseros.
—Eres la chica perfecta —suelta él, obnubilado—. Cásate conmigo esta misma noche. Tú cocinas y yo friego los platos. La pareja ideal. —Le sonríe.
Ella niega con la cabeza mientras se le escapa una carcajada.
—Eres adorable, pero no tengo ningún interés en pasar el resto de mi vida entre rejas. Lo siento.
—Vale, pues tengo una última petición antes de que se me acabe el tiempo con vosotros. —Caleb juguetea con su pajarita.
Le lanzo una mirada severa.
—No vamos a ir a un club de striptease .
Elena se atraganta.
—Por Dios, Jax, para. Le estás abochornando.
Caleb levanta la barbilla y anuncia:
—Quiero hacerme un tatuaje.
Le clavo la vista.
—¿En serio? Pero solo tienes dieciséis años.
—Tiene gracia que digas eso, cuando tú te hiciste tu primer tatuaje a la misma edad.
—Es distinto. Yo tenía autorización.
Él se frota la calva.
—A mi madre le parecerá bien.
Me giro hacia Elena y la miro a los ojos.
—¿Qué me dices? ¿Le concedemos este último deseo?
—Nada me gustaría más. —La sonrisa que me dedica hace que el corazón se me encoja de un modo extraño.
«Mierda».
No quiero enamorarme, pero, joder, esa sonrisa me lo pone muy difícil.