25. Elena
Elena
—Qué ganas tenía de estar un ratito a solas contigo antes de que Caleb venga mañana, pero Jax me decía siempre que estabas ocupada. ¿Te han dicho alguna vez que trabajas demasiado? —Vera agarra con fuerza su bastón mientras paseamos por un pequeño parque del centro de Londres.
Antes, cuando le he preguntado si quería que parara un taxi después de recorrer varias tiendas, ha rechazado mi propuesta aduciendo que le apetecía dar una vuelta.
Se tropieza otra vez, así que la llevo a un banco cercano.
—¿Te importa que nos sentemos? Me están matando los zapatos.
Ella me dedica una sonrisa cómplice.
—Ya, esas sandalias no parecen nada cómodas —dice sarcásticamente.
Me río mientras nos sentamos bajo un árbol.
—No le pasas ni una a nadie, ¿eh?
—Qué aburrida sería la vida entonces, ¿no crees? Además, me han contado alguna que otra cosa sobre ti que me hace pensar que tú eres igual.
—Cree el ladrón que todos son de su condición —replico.
—Pero no me equivoco. Cualquiera que pueda aguantar a mi hijo tantos meses se merece un Nobel de la Paz —se ríe—. Cuéntame, ¿por qué aceptaste el trabajo de ayudarle?
Mantengo los ojos fijos en una familia que juega en el césped que tenemos delante.
—Necesitaba el dinero que me ofrecían.
—Para ayudar a tu abuela, ¿verdad? Jax nos comentó que está enferma.
Asiento.
—Qué gesto tan amable por tu parte. Y muy sacrificado también para alguien de tu edad.
—Ella estuvo siempre para mí cuando era chica. Se lo debo todo, así que lo mínimo que puedo hacer es asegurarme de que recibe un buen cuidado. —No me doy cuenta de que he metido la pata hasta que ya es demasiado tarde.
—¿Y tus padres? ¿Viven en Europa? —pregunta con una voz armoniosa.
Me trago el nudo que se me forma en la garganta y aparto la vista.
—No. Mis padres murieron cuando era pequeña.
—Cielo santo. Siento mucho oír eso. Jax no nos había dicho nada. —Me envuelve la mano con la suya temblorosa en un gesto maternal.
—No lo sabe. No es algo que comparta con la gente.
—Valoro mucho que hayas confiado en mí. Sé bien que el dolor tiende a hacer que nos repleguemos en nosotros mismos.
Nos quedamos sentadas observando la afluencia de personas durante unos minutos. No sé qué decir, y el silencio de Vera me hace pensar que ella tampoco.
Entonces suelta una risita.
—Mis padres son unos cabronazos, ¿sabes? La verdad es que todos en mi familia son una panda de impresentables.
Me vuelvo hacia ella.
—¿Y eso?
—Me amenazaron con repudiarme cuando empecé a salir con el padre de Jax.
Al principio, pensaban que estaba en una fase rebelde por elegir a un hombre que quería ganarse la vida a base de pegarse con otras personas.
Cuando las cosas se pusieron más serias entre Zack y yo, no pudieron soportar que su hija no saliera con alguien con una ocupación más respetable.
Iba en contra de todo lo que querían para mí, y no dudaron en transmitirme su descontento.
—¿En serio? ¿Y qué hiciste?
—Les dije a mis hermanas que podían hablar conmigo cuando quisieran y a mis padres, que podían pudrirse en el infierno.
—No. —Me tapo la boca con la mano.
—Y sacándoles el dedo con las dos manos, debo añadir. —Me guiña un ojo.
Se me escapa una carcajada.
—Eres de lo que no hay. ¿Cómo haces para seguir teniendo una actitud tan positiva?
—¿Y qué otra cosa puedo hacer? ¿Regodearme en el diagnóstico y odiar mi vida?
—No... no me refería a eso. Siento mucho si te he ofendido. —Levanto las manos en señal de sumisión.
—Lo sé, te estaba tomando el pelo. —Me da un empujoncito con el hombro—. Siempre he sido así. Querer es poder, ese es mi lema de vida. No puedo cambiar las cartas que me han tocado, pero sí cómo decido jugarlas.
Vale, la madre de Jax acaba de usar una referencia de póker. Por si no era ya lo suficientemente guay.
—Es una filosofía admirable.
—Ojalá pudiera pegarle algo a mi hijo. —Vera aprieta los labios formando una fina línea—. Ha cambiado junto con mis condiciones de vida, y me rompe el corazón. Intento mostrarme más optimista que de normal con él porque creo que no podría soportarlo si hiciera otra cosa.
—Yo también lo creo. —A juzgar por cómo se toma Jax todo lo relacionado con su madre ahora, no quiero ni imaginarme cómo sería para él si le contara cuánto sufre en realidad.
—Es una persona frágil, por mucho que se haga el fuerte.
Ese chico es un trozo de pan, da igual lo mal que lo pinten en la prensa.
Pero estas últimas semanas ha cambiado para mejor.
Le noto menos agitado cuando le llamo y, por supuesto, todos sabemos que no se está metiendo en tantos líos esta temporada...
, bueno, en ninguno. Gracias a ti, tengo entendido.
—Es mi trabajo —le contesto con una sonrisa.
Ella niega con la cabeza.
—Es más que eso. Decir que es por trabajo le quita la importancia que tiene realmente.
—¿A qué te refieres?
—Ha sido el destino el que ha hecho que trabajes con él. Las personas llegan a nuestras vidas por un motivo, y creo que no te vendría mal indagar en eso.
Me quedo callada pensando en lo que ha dicho. Ella entrelaza sus manos temblorosas.
—Lo único que quiero es que mi hijo conozca la felicidad. Una felicidad real y profunda. Mucho mejor que la euforia que siente cuando compite. Quiero que pueda sanar y madurar, y tú tienes un papel vital en esa ecuación.
¿Qué se puede responder a eso? Nada. Absolutamente nada.
Vera cambia de tema y me ahorra que le dé vueltas en exceso a lo que acabo de escuchar. Pasamos una hora en el parque hablando de lo divino y lo humano.
En cierto momento acabamos las dos llorando mientras le cuento mi historia de principio a fin.
Es la primera persona aparte de mi abuela y Elías que sabe lo que me ha pasado.
Vera tiene un aura maternal que me tranquiliza y me consuela, y no era consciente de cuánto necesitaba algo así, aunque solo sea de forma temporal.
Me envuelve en un abrazo en cuanto nos levantamos del banco.
—Gracias por ser valiente y compartir esa parte de tu vida conmigo.
Cuando me enteré de todo lo que estabas haciendo por Jax, sabía que debías ser una persona muy fuerte, pero no sabía hasta qué punto.
Gracias por ser todo lo que mi hijo necesita.
Para haber perdido tanto a una edad tan temprana, es increíble lo que ofreces al mundo.
Después de mi día con Vera, el padre de Jax ha preparado su versión de una cena familiar.
Está frente a la barbacoa, con su hijo a su lado, y los dos charlan mientras Vera y yo disfrutamos de un vino juntas sentadas a una mesa cerca de la piscina.
No es para nada lo que me esperaría de una familia con dinero suficiente para tener servicio doméstico las veinticuatro horas del día.
—No le diría que no a un poco más de vino. ¿Tú quieres otro? —me pregunta Vera señalando mi copa vacía.
—Claro, pero ya me encargo yo. —Me pongo en pie, pero ella me planta una mano temblorosa en el hombro.
—Ni se te ocurra. Eres la invitada, no tardo nada. —Se apoya en su bastón para levantarse de la silla. Su marido le ofrece su ayuda, pero ella le manda al cuerno.
Jax se acerca a mí y se apoya en la mesa de cristal.
—¿Sobreviviendo a un día entero con mi madre?
—Más bien disfrutando. Es una mujer increíble. —Estiro el cuello y le sonrío.
Él me devuelve la sonrisa con un brillo en los ojos que me encanta verle.
—Buena respuesta. La verdad es que me sorprende que estés tan relajada con todo esto; a cualquier chica normal le asustaría conocer a los padres de un chico.
Suelto una risa sarcástica, haciendo como que no estaba como un flan por ir a conocer a Zack y Vera.
—Eso solo pasa si a la chica le gusta el chico —replico.
Como es el caso, aunque eso no pienso confesárselo.
Él se lleva una mano al pecho.
—Y yo que pensaba que te gustaba. Me rompes el corazón.
—A ver...
Se oye el sonido de cristal haciéndose añicos a lo lejos.
Zack entra corriendo en la casa; Jax y yo le seguimos de inmediato.
Otro estallido de cristales nos conduce hacia el mueble bar.
Vera tiene la vista clavada en el suelo y las mejillas sonrojadas húmedas por las lágrimas.
El dulce aroma a vino impregna el ambiente.
—Mierda. ¿Te has hecho daño, cariño? —le pregunta su marido, acercándose a ella para sujetarla entre los brazos sin preocuparse de no pisar los cristales.
—No. ¡Qué desastre! Otro día que le arruino la fiesta a todo el mundo. No sé por qué sigues conmigo —suelta.
Zack coge a Vera en volandas y la sienta en un taburete lejos del estropicio.
—Porque no me imagino un día sin ti.
—Déjate de chorradas. Esto es un infierno para todos. —Los ojos se le oscurecen. Resulta sorprendente ver el contraste con la calidez que suelen desprender.
Me impacta presenciar un cambio de humor tan súbito por su parte. ¿A esto es a lo que se refieren las revistas especializadas cuando hablan de las alteraciones del estado de ánimo en los pacientes de Huntington?
—No. Solo es un mal rato en medio de un buen día. Es muy distinto. —Zack le da una palmadita en el muslo.
Me fijo en Jax. Sus ojos reflejan la preocupación de su rostro mientras su padre comprueba si Vera se ha hecho daño.
—Mierda, te has cortado. Deja que vaya a por el kit de primeros auxilios. —Sale corriendo después de ver el tajo en el pie de Vera.
—¿Qué ha pasado, mamá? —Jax se acerca a ella y le coge la mano trémula.
—¿Tú qué crees? No cuesta mucho adivinarlo.
Él me mira con una expresión de dolor que me atraviesa el corazón. Abro la boca para intentar calmar los ánimos, pero la cierro cuando le veo negar con la cabeza.
Jax se vuelve de nuevo hacia su madre.
—Estas cosas pasan. Solo es una botella de vino.
—Lo que no puede pasar es que siga pensando que puedo tener una vida normal. No hago más que meter la pata y molestar a todo el mundo.
Su hijo inspira hondo.
—Mamá, tú no eres así.
—Claro que soy así. Eso es lo peor de todo. —Se le humedecen los ojos.
Se me encoge el corazón al verla tan vulnerable. Jax y Vera no necesitan espectadores en un momento tan tenso. Me alejo de ellos, retrocediendo lentamente hasta llegar al pasillo.
Me giro y me doy de bruces con un cuerpo sólido. Zack me sujeta los brazos para que no me caiga, y veo que le corre una lágrima por la cara. Es descorazonador saber cuánto sufren estos dos hombres en silencio cada día.
—Lo siento —murmuro.
—Por favor, no tengas en cuenta lo que ha pasado. Vera tiene estos cambios de humor de vez en cuando. No es algo de lo que se enorgullezca, así que te pido que hagas como si no la hubieras visto desmoronarse así.
—Claro. ¿Puedo ayudar de alguna otra manera?
Él traga saliva y asiente.
—¿Puedes echarle un ojo a la comida? Debe de estar ya chamuscada, pero solo nos faltaba que se incendiara algo.
Le aseguro que lo haré, y él vuelve hacia el mueble bar. Mis pasos resuenan en las paredes de los pasillos vacíos. Sin prestar mucha atención, controlo la parrilla mientras ordeno mis pensamientos.
Cuando busqué información sobre la enfermedad de Vera, muchos médicos hablaban de problemas de irritabilidad y cambios de humor; pero una cosa es leerlo y otra es verlo con tus propios ojos.
No me extraña que Jax sienta tanto estrés y ansiedad por la condición de su madre.
Si yo estuviera en su lugar, dudo mucho que lo llevara mejor, sin poder hacer nada mientras ella empeora.
Me sobresalto cuando oigo un clic y la parrilla se apaga. Me giro y me encuentro los ojos de Jax mirándome. No se esfuerza por ocultar el dolor que hay en su mirada mientras respira profundamente. Sin pensarlo dos veces, le rodeo la cintura con los brazos y le estrecho con fuerza contra mí.
—Siento mucho lo de tu madre. Dios, de verdad, siento muchísimo que tengas que convivir con esto y hacer como que todo está bien. Nadie en tu familia se merece esto, y mucho menos ella.
Sus brazos me envuelven a su vez y me aprietan contra su cuerpo mientras me apoya la barbilla en la cabeza.
—No quiero que esté enferma.
—Yo tampoco...
—No quiero que tenga estos cambios de humor. No porque me moleste, sino porque sé que le parte el corazón. Se odia después por haber dicho todas esas cosas. Yo sé que ella no es así, pero a veces me cuesta no tomarme sus palabras como algo personal.
—Es normal que te sientas de esa forma. ¿Ocurre muy a menudo? —Me aparto un poco de él, pero sus brazos no me sueltan.
—Las suficientes para que le hayan cambiado la medicación hace poco. Es la única parte de su enfermedad que no puede ocultar con una sonrisa. Cuando se pone así, es una batalla contra ella misma.
—¿Y cómo te sientes al respecto?
—Me entran ganas de donar todo el dinero que tengo para que encuentren una cura.
—¿Crees que la pueden encontrar?
—Probablemente no a tiempo para que ayude a mi madre.
Espero que, si Jax tiene la enfermedad de su madre, se descubra una forma de curarla antes de que empiecen los síntomas. Pero no, no quiero ni pensar en eso.
Él me suelta y me deja espacio para respirar aire fresco. Sin embargo, mis manos actúan como por su cuenta y le cogen la cara para obligarle a mirarme.
—Puedes hablar conmigo siempre que quieras —le aseguro—. Estoy aquí para ayudarte.
—¿Y cuando tengas que irte al final de la temporada?
—A lo mejor no me quiero ir.