24. Elena #2
—No quería volver a despertarme con tus gritos.
—Ya, claro. —Pongo los ojos en blanco. Antes de pararme a pensar en las consecuencias, me alzo de puntillas y le doy un levísimo beso en los labios—. Elige ser mejor.
Doy un paso atrás, pero tira de mí hacia él. Me pasa los dedos por el pelo y me sujeta la cabeza mientras me besa.
Qué coño, decir que me besa sería quedarse muy corto. Jax me devora, lamiéndome y mordisqueándome los labios antes de conquistarme con la lengua. Los trofeos de la estantería se tambalean cuando me empotra contra la pared.
Aprieta su cuerpo contra el mío; el roce hace que pierda la cabeza. Su lengua lucha con la mía mientras mueve la mano de mi cabeza a mi pierna para levantarme el vestido. Estoy a punto de tomar una de las decisiones más imprudentes de mi vida, pero no puedo parar.
No, más bien no quiero parar. No cuando el corazón me late con fuerza contra las costillas y todo en mí palpita de una forma que casi hasta duele. Deseo a este hombre, y no pienso negarme este pequeño placer. Me hace sentir cosas que nunca había sentido.
—Joder. Quiero besarte por todas partes y comprobar si sabes tan bien como me imagino. —Me pasa la lengua por el cuello.
Es absolutamente embriagador besarle, tocarle. Como si me diera un chute de adrenalina.
Me estremezco cuando me acaricia el interior del muslo con la mano.
—Esto está fatal —murmuro.
—Pero se siente demasiado bien. —Me calla pegando sus labios a los míos.
Sus dedos tiran de mi tanga y me lo bajan antes de recorrerme la abertura, sacándome un jadeo.
Luego aprieta la palma de la mano contra mi parte más sensible.
La presión en mi interior aumenta mientras él me provoca, estimulándome el clítoris con el pulgar.
Jax ahoga mi gemido con la boca cuando me introduce un dedo.
No debería gustarme tanto que me toque. Si tuviera algo de sentido común, le apartaría y acabaría ahora mismo con esto que está surgiendo entre nosotros. Sin embargo, sucumbo a nuestra atracción, pues ya no estoy dispuesta a renunciar a ella.
¿Cómo podría, si mi cuerpo se muere por él?
Mete y saca el dedo antes de añadir otro, llenándome y excitándome aún más.
—Mira cómo te sonrojas solo con mis dedos. Me pregunto cómo de roja te pondrás cuando te la haya metido hasta el fondo.
Con la otra mano, me baja la tira del vestido y la copa del sujetador de una sola vez, exponiendo mi pecho. Siento el aire frío contra la piel antes de que la boca de Jax me envuelva el pezón.
No paro de gemir mientras sus dedos aumentan el ritmo.
Echo la cabeza para atrás al sentir el roce de sus dientes.
No debería disfrutar del dolor de su leve mordisco, ninguna persona en sus cabales lo haría.
Pero no puedo frenar este impulso desquiciado que me pide a gritos aceptar todo lo que Jax quiera darme.
—Córrete para mí. Sé que quieres. Y, joder, no tienes ni idea de la cantidad de veces que me he preguntado qué cara pondrás cuando te haga llegar al orgasmo.
Las piernas me tiemblan tanto que me fallan, pero él me mantiene de pie. Con unas acometidas más de sus dedos, que me dan justo en mi punto más sensible, me entrego al placer y dejo que me invada el cuerpo y la mente.
Jax me observa con fuego en la mirada. Cuando mi respiración se relaja, saca los dedos de mi interior y me los pasa por la abertura una vez más para enseñarme lo desesperada que estaba por él. Ni se molesta en ir al baño a lavarse las manos.
No. Continúa con el espectáculo, lamiéndose los dedos tatuados hasta dejárselos bien limpios. Casi me desmayo solo de verlo.
—Jax, ¿sabes dónde está Elena? —oímos la voz de su madre crepitar—. Me ha dicho que tenía que consultarte una cosa, pero no ha vuelto.
«¡Mierda!». Me pongo de pie bien erguida y el miedo me quita de un plumazo la excitación. Él me sonríe y me guiña un ojo antes de acercarse a un intercomunicador que hay en la pared.
Madre mía. Casi me da un ataque al corazón. No me puedo creer que haya llegado a pensar que su madre estaba en el cuarto.
Jax pulsa un botón y dice:
—Se ha ido hace nada. Ha dicho que tenía que ir a coger el bolso antes de bajar contigo.
¿Quién es esta versión de él y cómo puedo quedármela para siempre?
—Vale, pues ahora la llamo a su habitación.
Me llevo una mano al pecho, comprobando mis pulsaciones.
—Dios mío, pensaba que estaba aquí.
—¿Cómo iba a estar aquí? Nunca vienen a mi lado de la casa. Al menos no desde que era adolescente y me pillaron masturbándome.
Por muchas ganas que tenga de conocer los detalles de esa historia, debo centrarme.
—No podemos hacer esto en casa de tus padres.
—Me gustan más las frases en afirmativo. Como «Dios, podemos hacer esto más, sobre todo en casa de tus padres». Va, mujer, que la vida son dos días. —Se ríe.
Me agacho para coger mi tanga del suelo, pero él se me adelanta.
—Devuélvemelo.
—Es que le he cogido cariño. Cómprate otro.
—¿Cómo? ¿Qué clase de persona le coge cariño a una prenda de ropa interior?
—Yo. Me lo quedo como si fuera tu bandera blanca de rendición.
—¿A qué me he rendido? ¿A tomarte por una persona cuerda?
Su sonrisa de oreja a oreja hace que me dé un vuelco el corazón.
—Me encantan nuestras peleas dialécticas. —Tira de mí para darme otro beso a pesar de que necesito salir de esta habitación ya.
—Jax, para —protesto casi sin aliento después de que me bese durante un minuto entero.
—Sí, más te vale ponerte en marcha, que parece que mi madre quiere darte un día para el recuerdo.
—Entonces, ¿vamos a hacer como si esto no hubiera pasado? —pregunto, señalando la escena del crimen.
—Qué va. Claro que ha pasado. Y volverá a pasar. Más de una vez.
—¿Y lo de ser la mayor putada del destino dónde ha quedado? —me burlo.
—Si el destino está empeñado en darme por culo, qué menos que disfrutarlo.